La naturaleza se concentra en esferas, Y sus efímeros orgullosos, aferrados a la superficie y al exterior, escanean el perfil de la esfera; Si supieran lo que eso significa, una nueva génesis habría aquí.
El ojo es el primer círculo; el horizonte que forma es el segundo; y en toda la naturaleza esta figura primordial se repite sin fin. Es el emblema supremo en el jeroglífico del mundo.
San Agustín describió la naturaleza de Dios como un círculo cuyo centro estaba en todas partes y su circunferencia en ninguna. Nos pasamos la vida entera leyendo el sentido copioso de esta primera de las formas.
Una moraleja ya hemos deducido, al considerar el carácter circular o compensatorio de cada acción humana. Otra analogía trazaremos ahora, la de que toda acción admite ser superada.
Nuestra vida es un aprendizaje de la verdad de que alrededor de cada círculo se puede trazar otro; de que no hay fin en la naturaleza, sino que cada fin es un principio; de que siempre hay otra aurora alzada sobre el mediodía, y bajo cada sima se abre una sima más baja.
Este hecho, en la medida en que simboliza el hecho moral de lo Inalcanzable, lo Perfecto huidizo, alrededor del cual las manos del hombre nunca pueden encontrarse, a la vez inspirador y condenador de todo éxito, puede servirnos convenientemente para conectar muchas ilustraciones del poder humano en todos los ámbitos.
No hay elementos fijos en la naturaleza. El universo es fluido y volátil. La permanencia es solo una palabra de grados. Nuestro globo visto por Dios es una ley transparente, no una masa de hechos. La ley disuelve el hecho y lo mantiene fluido.
Nuestra cultura es el predominio de una idea que arrastra tras de sí esta cauda de ciudades e instituciones. Elevemosnos a otra idea: ellas desaparecerán.
La escultura griega se ha desvanecido por completo, como si hubiese sido de estatuas de hielo; aquí y allá una solitaria figura o fragmento subsiste, tal como vemos motas y jirones de nieve que quedan en los fríos valles y hendiduras de la montaña en junio y julio. Pues el genio que la creó crea ahora alguna otra cosa. Las letras griegas duran un poco más, pero ya están cumpliendo la misma condena y cayendo en el foso inevitable que la creación del pensamiento nuevo abre para todo lo viejo.
Los nuevos continentes se construyen con las ruinas de un viejo planeta; las nuevas razas se alimentan de la descomposición de las precedentes. Las nuevas artes destruyen las viejas. Veáse la inversión de capital en acueductos vueltos inútiles por la hidráulica; las fortificaciones, por la pólvora; los caminos y canales, por los ferrocarriles; las velas, por el vapor; el vapor por la electricidad.
You admire this tower of granite, weathering the hurts of so many ages.
Yet a little waving hand built this huge wall, and that which builds is better than that which is built. The hand that built can topple it down much faster.
Better than the hand and nimbler was the invisible thought which wrought through it; and thus ever, behind the coarse effect, is a fine cause, which, being narrowly seen, is itself the effect of a finer cause.
Everything looks permanent until its secret is known.
- A rich estate appears to women a firm and lasting fact; to a merchant, one easily created out of any materials, and easily lost.
- An orchard, good tillage, good grounds, seem a fixture, like a gold mine, or a river, to a citizen; but to a large farmer, not much more fixed than the state of the crop.
Nature looks provokingly stable and secular, but it has a cause like all the rest; and when once I comprehend that, will these fields stretch so immovably wide, these leaves hang so individually considerable?
Permanence is a word of degrees. Everything is medial. Moons are no more bounds to spiritual power than bat-balls.
La clave de todo hombre es su pensamiento. Por recio y desafiante que parezca, tiene un timón al que obedece, que es la idea según la cual se clasifican todos sus hechos. Solo puede ser reformado mostrándole una nueva idea que domine a la suya.
La vida del hombre es un círculo que se despliega por sí mismo, el cual, desde un anillo imperceptiblemente pequeño, se precipita por todos lados hacia afuera, hacia círculos nuevos y más amplios, y ello sin fin. La medida en que esta generación de círculos, rueda sin rueda, llegará a avanzar, depende de la fuerza o la verdad del alma individual.
Pues es el esfuerzo inerte de cada pensamiento, habiéndose formado a sí mismo en una onda circular de circunstancias —como por ejemplo un imperio, las reglas de un arte, un uso local, un rito religioso—, amontonarse sobre esa cresta, solidificarse y cercar la vida.
Pero si el alma es vivaz y fuerte, rompe ese límite por todas partes y expande otra órbita en el gran abismo, la cual también se eleva en una gran ola, con el intento, una vez más, de detener y de atar. Pero el corazón se niega a ser encarcelado; en sus primeros y más estrechos latidos, ya tiende hacia afuera con una fuerza vastísima y hacia expansiones inmensas e innumerables.
Todo hecho último no es más que el primero de una nueva serie; toda ley general, solo un hecho particular de alguna ley más general que pronto se revelará. No hay exterior, no hay muro circundante, no hay circunferencia para nosotros. El hombre termina su historia —¡qué buena! ¡qué definitiva! ¡cómo cambia el semblante de todas las cosas!— Él llena el cielo. ¡He aquí que del otro lado se levanta también un hombre y traza un círculo alrededor del círculo cuyo contorno acabábamos de proclamar como la esfera! Entonces, ya nuestro primer orador deja de ser el hombre, para ser solo un primer orador. Su único recurso es trazar de inmediato un círculo por fuera del de su antagonista. Y así hacen los hombres consigo mismos. El resultado de hoy, que persigue a la mente y del que no se puede escapar, pronto se resumirá en una palabra, y el principio que parecía explicar la naturaleza quedará incluido a su vez como un ejemplo de una generalización más audaz. En el pensamiento del mañana hay un poder capaz de trastocar todo tu credo, todos los credos, todas las literaturas de las naciones, y conducirte a un cielo que ningún sueño épico ha descrito todavía. Cada hombre no es tanto un obrero en el mundo como una sugerencia de lo que debe ser. Los hombres caminan como profecías de la era venidera.
Paso a paso subimos esta misteriosa escalera: los peldaños son acciones; la nueva perspectiva es poder.
Cada resultado intermitente es amenazado y juzgado por lo que le sigue. Cada uno parece ser contradicho por lo nuevo; solo es limitado por lo nuevo.
La nueva afirmación siempre es aborrecida por la vieja y, para quienes habitan en la vieja, se presenta como un abismo de escepticismo.
Pero el ojo pronto se habitúa a ella, pues el ojo y ella son efectos de una misma causa; entonces aparecen su inocencia y su beneficio, y al poco tiempo, agotada toda su energía, se desvanece y mengua ante la revelación de la nueva hora.
No temas a la nueva generalización.
¿Parece el hecho grosero y material, amenazando con degradar tu teoría del espíritu?
No te opongas; sirve igualmente para refinar y elevar tu teoría de la materia.
No hay ataduras para los hombres, si apelamos a la conciencia.
Cada hombre supone que no se le comprende por completo; y si hay algo de verdad en él, si descansa por fin en el alma divina, no veo cómo puede ser de otro modo.
La última cámara, el último aposento, debe sentir que nunca fue abierto; hay siempre un residuo desconocido, inanalizable.
Es decir, todo hombre cree que tiene una posibilidad mayor.
Nuestros estados de ánimo no creen unos en otros.
Hoy estoy lleno de pensamientos y puedo escribir lo que me plazca. No veo razón por la cual no deba tener el mismo pensamiento, la misma fuerza de expresión, mañana.
Lo que escribo, mientras lo escribo, parece lo más natural del mundo; pero ayer vi una desolada vacuidad en esta dirección en la que ahora veo tanto; y de aquí a un mes, no lo dudo, me preguntaré quién fue el que escribió tantas páginas seguidas.
¡Ay de esta fe endeble, de esta voluntad poco esforzada, de este vasto reflujo de un vasto flujo!
Soy Dios en la naturaleza; soy una mala hierba junto al muro.
El continuo esfuerzo por elevarse por encima de sí mismo, por trabajar un tono más alto que su última altura, se delata en las relaciones del hombre.
Tenemos sed de aprobación, pero no podemos perdonar al aprobador. Lo dulce de la naturaleza es el amor; sin embargo, si tengo un amigo, me atormentan mis imperfecciones. El amor hacia mí acusa a la otra parte. Si fuera lo suficientemente elevado como para desdeñarme, entonces podría amarlo y elevarme mediante mi afecto a nuevas alturas.
El crecimiento de un hombre se observa en los coros sucesivos de sus amigos. Por cada amigo que pierde por la verdad, gana uno mejor.
Pensé mientras caminaba por los bosques y meditaba sobre mis amigos, ¿por qué habría de jugar con ellos a este juego de idolatría? Conozco y veo demasiado bien, cuando no estoy voluntariamente ciego, los rápidos límites de las personas llamadas elevadas y dignas. Ricos, nobles y grandes son por la generosidad de nuestro discurso, pero la verdad es triste.
¡Oh Espíritu bendito, al que abandono por estos, ellos no son tú! Cada consideración personal que permitimos nos cuesta el estado celestial. Vendemos los tronos de los ángeles por un placer breve y turbulento.
¿Cuán a menudo debemos aprender esta lección?
Los hombres dejan de interesarnos cuando descubrimos sus limitaciones. El único pecado es la limitación. Tan pronto como topas con las limitaciones de un hombre, todo se acaba con él.
¿Tiene talento? ¿Tiene iniciativa? ¿Tiene conocimiento? De nada sirve. Infinitamente seductor y atractivo era para ti ayer, una gran esperanza, un mar en el que nadar; ahora, has encontrado sus orillas, has descubierto que es un estanque, y te importa unbledo si vuelves a verlo.
Cada nuevo paso que damos en el pensamiento reconcilia veinte hechos aparentemente discordantes, como expresiones de una sola ley.
Aristóteles y Platón son considerados los respectivos jefes de dos escuelas. Un hombre sabio verá que Aristóteles platoniza.
Yendo un paso más atrás en el pensamiento, las opiniones discordantes se reconcilian al ser vistas como dos extremos de un principio, y nunca podremos retroceder tanto como para excluir una visión aún más alta.
Guardaos de cuando el gran Dios suelta a un pensador en este planeta. Entonces todas las cosas corren peligro.
Es como cuando se ha declarado un incendio en una gran ciudad, y ningún hombre sabe qué está a salvo, ni dónde terminará. No hay retazo de ciencia cuyo flanco no pueda ser atacado mañana; no hay reputación literaria, ni los nombres de la fama llamados eternos, que no puedan ser revisados y condenados.
Las mismísimas esperanzas del hombre, los pensamientos de su corazón, la religión de las naciones, los modales y la moral de la humanidad están todos a merced de una nueva generalización. La generalización es siempre un nuevo influjo de la divinidad en la mente. De ahí la emoción que la acompaña.
El valor consiste en el poder de la autorrecuperación, de modo que a un hombre no se le puede flanquear ni vencer con maniobras estratégicas, sino que, ponlo donde lo pongas, se mantiene firme.
Esto solo puede lograrse prefiriendo la verdad a su comprensión anterior de la verdad, y aceptándola con presteza desde cualquier bando; mediante la convicción intrépida de que sus leyes, sus relaciones con la sociedad, su cristianismo y su mundo pueden en cualquier momento ser reemplazados y dejar de existir.
Hay grados en el idealismo.
Aprendemos primero a jugar con él de manera académica, como el imán fue antaño un juguete.
Después vemos, en el apogeo de la juventud y la poesía, que puede ser verdad, que lo es en destellos y fragmentos.
Luego su rostro se vuelve austero y grandioso, y vemos que debe de ser verdad. Se muestra ahora ético y práctico.
Aprendemos que Dios es; que él está en mí; y que todas las cosas son sombras suyas.
El idealismo de Berkeley no es sino una tosca formulación del idealismo de Jesús, y este a su vez es una tosca formulación del hecho de que toda la naturaleza es la rápida emanación de la bondad ejecutándose y organizándose a sí misma.
Mucho más obviamente, la historia y el estado del mundo en un momento dado dependen directamente de la clasificación intelectual que entonces exista en la mente de los hombres.
Las cosas que son caras a los hombres en esta hora lo son debido a las ideas que han emergido en su horizonte mental, y que provocan el orden actual de las cosas, así como un árbol da sus manzanas.
Un nuevo grado de cultura revolucionaría al instante todo el sistema de las empresas humanas.
La conversación es un juego de círculos. En la conversación levantamos los términos que delimitan los ejidos del silencio por todas partes. No ha de juzgarse a las partes por el espíritu del que participan y que incluso expresan bajo este Pentecostés. Mañana habrán retrocedido desde esta marca de pleamar. Mañana los hallaréis agobiados bajo las viejas albardas. Sin embargo, gocemos de la llama trunca mientras brilla en nuestras paredes.
Cuando cada nuevo orador enciende una nueva luz, nos emancipa de la opresión del orador anterior, para oprimernos con la grandeza y exclusividad de su propio pensamiento, y luego nos entrega a otro redentor, parecemos recuperar nuestros derechos, convertirnos en hombres. ¡Oh, qué verdades profundas y ejecutables solo en eras y orbes se presuponen en el anuncio de cada verdad!
En las horas comunes, la sociedad permanece fría y estatuaria. Todos aguardamos, vacíos —sabiendo, tal vez, que podemos estar llenos, rodeados de poderosos símbolos que no son símbolos para nosotros, sino prosa y juguetes triviales—. Entonces llega el dios y convierte las estatuas en hombres de fuego, y con un destello de sus ojos quema el velo que lo envuelve todo, y el significado de los propios muebles, de la taza y el platillo, de la silla, el reloj y el cielo de cama, se hace manifiesto. Los hechos que se alzaban tan grandes entre las nieblas de ayer —la propiedad, el clima, la crianza, la belleza personal y cosas por el estilo— han cambiado extrañamente sus proporciones. Todo lo que dábamos por sentado tiembla y repiquetea; y las literaturas, las ciudades, los climas, las religiones, abandonan sus cimientos y danzan ante nuestros ojos.
¡Y aun así, hé aquí de nuevo la rápida circunspección! Tan bueno como es el discurso, el silencio es mejor, y lo avergüenza. La extensión del discurso indica la distancia de pensamiento entre el que habla y el que escucha. Si estuviesen en perfecto entendimiento en alguna parte, no serían necesarias las palabras al respecto. Si estuviesen unidos en todas partes, no se toleraría palabra alguna.
La literatura es un punto fuera de nuestro círculo hodierno mediante el cual puede describirse uno nuevo.
La utilidad de la literatura es brindarnos una plataforma desde la cual podamos dominar una vista de nuestra vida presente, un punto de apoyo con el cual podamos moverla.
Nos llenamos de sabiduría antigua, nos instalamos lo mejor que podemos en casas griegas, púnicas, romanas, solo para ver con mayor sabiduría las casas y modos de vida franceses, ingleses y estadounidenses.
Del mismo modo, vemos mejor la literatura desde en medio de la naturaleza agreste, o desde el bullicio de los asuntos, o desde una alta religión. El campo no puede verse bien desde dentro del campo. El astrónomo debe tener su diámetro de la órbita de la tierra como base para hallar la paralaje de cualquier estrella.
Por tanto, valoramos al poeta.
Todo el argumento y toda la sabiduría no están en la enciclopedia, ni en el tratado de metafísica, ni en el Body of Divinity, sino en el soneto o en la obra de teatro.
En mi labor diaria tiendo a repetir mis viejos pasos, y no creo en la fuerza curativa, en el poder del cambio y de la reforma.
Pero algún Petrarca o Ariosto, embriagado con el vino nuevo de su imaginación, me escribe una oda o un romance vivaz, lleno de audaces pensamientos y acciones. Me golpea y me despierta con sus tonos agudos, rompe toda mi cadena de hábitos, y abro los ojos a mis propias posibilidades.
Él le pone alas a los costados de todo el sólido trasto viejo del mundo, y soy capaz una vez más de elegir un camino recto en la teoría y en la práctica.
Tenemos la misma necesidad de dominar una perspectiva de la religión del mundo. Nunca podremos ver el cristianismo desde el catecismo;—desde los pastos, desde una barca en el estanque, desde en medio de los cantos de las aves del bosque tal vez podamos.
Purificados por la luz y el viento elementales, sumergidos en el mar de formas hermosas que el campo nos ofrece, quizás alcancemos a arrojar una mirada certera hacia la biografía.
El cristianismo es justamente querido por lo mejor de la humanidad; sin embargo, nunca hubo un joven filósofo cuya crianza hubiera recaído en la iglesia cristiana que no apreciara especialmente aquel valiente texto de Pablo:—«Entonces también el Hijo se sujeta a Aquel que le sujetó todas las cosas, para que Dios sea todo en todos».
Sean las pretensiones y virtudes de las personas cuán grandes y bienvenidas fueren, el instinto del hombre presiona con anhelo hacia lo impersonal e ilimitado, y de buen grado se arma contra el dogmatismo de los fanáticos con esta generosa palabra sacada del libro mismo.
El mundo natural puede concebirse como un sistema de círculos concéntricos, y de vez en vez detectamos en la naturaleza ligeras dislocaciones que nos advierten que esta superficie sobre la que ahora nos paramos no es fija, sino deslizante.
Estas múltiples cualidades tenaces, esta química y esta vegetación, estos metales y animales, que parecen estar ahí por su propia cuenta, son solo medios y métodos; son palabras de Dios, y tan fugaces como las otras palabras.
¿Ha aprendido su oficio el naturalista o el químico, que ha explorado la gravedad de los átomos y las afinidades electivas, pero que aún no ha discernido la ley más profunda de la cual esto es solo una declaración parcial o aproximada, a saber, que lo semejante atrae a lo semejante, y que los bienes que le pertenecen gravitan hacia usted y no necesitan ser perseguidos con penas y costos?
Sin embargo, esa declaración también es aproximada, y no definitiva. La omnipresencia es un hecho superior. No a través de sutiles canales subterráneos deben ser atraídos el amigo y el hecho hacia su contraparte, sino que, bien consideradas, estas cosas proceden de la generación eterna del alma. La causa y el efecto son dos caras de un mismo hecho.
La misma ley de la procesión eterna ordena todo lo que llamamos virtudes, y extingue a cada una a la luz de otra mejor.
El gran hombre no será prudente en el sentido popular; toda su prudencia será una deducción de su grandeza. Pero a cada cual le incumbe ver, cuando sacrifica la prudencia, a qué dios la consagra; si a la comodidad y al placer, más le valdría seguir siendo prudente; si a una gran misión, bien puede prescindir de su mula y sus alforjas quien en su lugar tiene un carro alado.
Geoffrey se calza las botas para cruzar los bosques, a fin de que sus pies estén más seguros contra la mordedura de las serpientes; Aarón jamás piensa en semejante peligro. En muchos años ninguno de los dos resulta dañado por tal accidente. Sin embargo, me parece que con cada precaución que tomas contra semejante mal te pones en el poder del mal. Supongo que la prudencia más alta es la prudencia más baja.
¿Es esta una carrera demasiado repentina desde el centro hasta la frontera de nuestra órbita? Piensa cuántas veces recaeremos en cálculos mezquinos antes de encontrar nuestro reposo en el gran sentimiento, o de hacer de la frontera de hoy el nuevo centro.
Además, tu sentimiento más valiente es familiar para los hombres más humildes. Los pobres y los humildes tienen su manera de expresar los últimos hechos de la filosofía tan bien como tú. «Bendito sea la nada» y «Cuanto peor van las cosas, mejor son» son proverbios que expresan el trascendentalismo de la vida común.
La justicia de un hombre es la injusticia de otro; la belleza de un hombre, la fealdad de otro; la sabiduría de un hombre, la necedad de otro; a medida que uno contempla los mismos objetos desde un punto más elevado.
Un hombre piensa que la justicia consiste en pagar las deudas, y su aborrecimiento no conoce medida hacia otro que es muy negligente en este deber y hace esperar tediosamente al acreedor. Pero ese segundo hombre tiene su propia manera de ver las cosas; se pregunta: ¿Qué deuda debo pagar primero, la deuda con los ricos o la deuda con los pobres? ¿la deuda de dinero, o la deuda de pensamiento con la humanidad, del genio con la naturaleza?
Para ti, oh corredor de bolsa, no hay más principio que la aritmética. Para mí, el comercio es de importancia trivial; el amor, la fe, la verdad de carácter, la aspiración del hombre, estos son sagrados; ni puedo separar un deber, como tú, de todos los demás deberes, y concentrar mis fuerzas mecánicamente en el pago de sumas de dinero.
Déjame seguir viviendo; verás que, aunque más lento, el progreso de mi carácter liquidará todas estas deudas sin cometer injusticia con reclamos superiores. Si un hombre se dedicara al pago de pagarés, ¿no sería esto una injusticia? ¿Acaso no debe más que dinero? ¿Y deben posponerse todas las reclamaciones hacia él en favor de un propietario o un banquero?
No hay virtud que sea definitiva; todas son iniciales. Las virtudes de la sociedad son los vicios del santo. El terror de la reforma es el descubrimiento de que debemos arrojar nuestras virtudes, o lo que siempre hemos estimado como tales, en el mismo foso que ha devorado nuestros vicios más groseros:—
“Perdona sus crímenes, perdona también sus virtudes, Esas faltas menores, medio conversas al bien.”
Es el poder supremo de los momentos divinos que anulan también nuestros arrepentimientos.
Me acuso de pereza e improductividad día tras día; pero cuando estas olas de Dios fluyen en mí, ya no cuento el tiempo perdido.
Ya no calculo mezquinamente mi logro posible por lo que me queda del mes o del año; pues estos momentos confieren una suerte de omnipresencia y omnipotencia que no pide nada a la duración, sino que ve que la energía de la mente es proporcional a la obra por hacer, sin tiempo.
Y así, oh filósofo circular —oigo exclamar a algún lector—, has llegado a un bello pirronismo, a una equivalencia e indiferencia de todas las acciones, ¡y bien quisieras enseñarnos que, si somos veraces, por cierto, nuestros crímenes pueden ser piedras vivas con las cuales construiremos el templo del Dios verdadero!
No me preocupa justificarme.
Confieso que me regocija ver el predominio del principio sacarino en toda la naturaleza vegetal, y no menos contemplar en la moral esa inundación desenfrenada del principio del bien en cada rendija y agujero que el egoísmo ha dejado abiertos, sí, en el egoísmo y en el pecado mismos; de modo que ningún mal es puro, ni el infierno carece de sus satisfacciones extremas.
Pero para no desviar a nadie cuando sigo mi propio criterio y obedezco mis caprichos, permítaseme recordar al lector que no soy más que un experimentador. No concedáis el menor valor a lo que hago, ni el menor descrédito a lo que no hago, como si pretendiera sentar nada como verdadero o falso.
Lo desestabilizo todo. Ningún hecho me es sagrado; ninguno es profano; simplemente experimento, un buscador sin fin sin un Pasado a mis espaldas.
Sin embargo, este movimiento y progresión incesantes de los que todas las cosas participan nunca podrían hacérsenos sensibles sino por contraste con algún principio de fijeza o estabilidad en el alma.
Mientras la generación eterna de los círculos prosigue, el generador eterno permanece. Esa vida central es algo superior a la creación, superior al conocimiento y al pensamiento, y contiene todos sus círculos.
Por siempre se afana en crear una vida y un pensamiento tan vastos y excelentes como él mismo, pero en vano, pues lo que está hecho instruye sobre cómo hacer algo mejor.
Así pues, no hay sueño, ni pausa, ni conservación, sino que todo se renueva, germina y brota. ¿Por qué habríamos de importar harapos y reliquias a la hora nueva? La naturaleza aborrece lo viejo, y la vejez parece ser la única enfermedad; todas las demás desembocan en esta. La llamamos con muchos nombres: fiebre, intemperancia, locura, estupidez y crimen; todas son formas de vejez; son descanso, conservadurismo, apropiación, inercia; no novedad, no el camino hacia adelante. Nos encanecemos cada día. No le veo la necesidad. Mientras conversamos con lo que está por encima de nosotros, no envejecemos, sino que rejuvenecemos. La infancia, la juventud, receptivas, aspirantes, con mirada religiosa hacia lo alto, se consideran a sí mismas como nada y se abandonan a la instrucción que fluye por todas partes. Pero el hombre y la mujer de setenta años presumen de saberlo todo, han sobrevivido a su esperanza, renuncian a la aspiración, aceptan lo actual como lo necesario y hablan con condescendencia a los jóvenes. Que se conviertan, pues, en órganos del Espíritu Santo; que sean amantes; que contemplen la verdad; y sus ojos se alzarán, sus arrugas se alisarán, se perfumarán de nuevo con esperanza y poder. Esta vejez no debería insinuarse en una mente humana. En la naturaleza cada momento es nuevo; el pasado es siempre tragado y olvidado; solo el porvenir es sagrado. Nada es seguro sino la vida, la transición, el espíritu energizante. Ningún amor puede ser atado por juramento o pacto para garantizarlo frente a un amor superior. No hay verdad tan sublime que mañana no pueda resultar trivial a la luz de los nuevos pensamientos. La gente desea estar asentada; solo en la medida en que estén desasentados hay alguna esperanza para ellos.
La vida es una serie de sorpresas. Hoy no adivinamos el estado de ánimo, el placer, el poder del mañana, cuando estamos construyendo nuestro ser. De los estados inferiores, de los actos de rutina y de los sentidos, podemos decir algo; pero las obras maestras de Dios, los crecimientos totales y los movimientos universales del alma, él los oculta; son incalculables. Puedo saber que la verdad es divina y útil; pero cómo habrá de ayudarme no puedo tener la menor idea, pues ser así es la única vía de acceso para saber así. La nueva posición del hombre que avanza posee todas las potestades de la antigua, mas las tiene todas nuevas. Lleva en su seno todas las energías del pasado, y sin embargo es en sí misma una exhalación de la mañana. Desecho en este nuevo momento todo mi conocimiento antaño atesorado, por vacua y vanas. Ahora, por primera vez, me parece que conozco algo rectamente. Las palabras más simples—no sabemos lo que significan sino cuando amamos y aspiramos.
La diferencia entre el talento y el carácter es la habilidad para mantenerse en el círculo viejo y trillado, y el poder y el valor para abrir un camino nuevo hacia metas nuevas y mejores.
El carácter crea un presente abrumador; una hora alegre y decidida, que fortifica a toda la compañía al hacerles ver que mucho de lo que no se había pensado es posible y excelente.
El carácter amortigua la impresión de los acontecimientos particulares. Cuando vemos al conquistador, no pensamos mucho en una batalla o un éxito determinados. Vemos que habíamos exagerado la dificultad. Para él fue fácil.
El gran hombre no es convulsionable ni atormentable; los acontecimientos pasan sobre él sin dejar gran impresión.
La gente dice a veces: «Miren lo que he superado; miren qué alegre estoy; miren cómo he triunfado por completo sobre estos acontecimientos negros». No si todavía me recuerdan el acontecimiento negro. La verdadera conquista consiste en hacer que la calamidad se desvanezca y desaparezca como una nube matutina de resultado insignificante en una historia tan vasta y progresiva.
Lo único que buscamos con insaciable deseo es olvidarnos de nosotros mismos, ser sacados por sorpresa de nuestra compostura, perder nuestra memoria sempiterna y hacer algo sin saber cómo ni por qué; en suma, trazar un nuevo círculo.
Jamás se ha logrado nada grande sin entusiasmo. El camino de la vida es maravilloso: consiste en el abandono. Los grandes momentos de la historia son las facilidades de ejecución mediante la fuerza de las ideas, al igual que las obras de genio y de religión.
«Un hombre —dijo Oliver Cromwell—, nunca asciende tan alto como cuando no sabe hacia dónde va».
Los sueños y la embriaguez, el uso del opio y del alcohol son la apariencia y la falsificación de este genio oracular, y de ahí su peligrosa atracción para los hombres. Por la misma razón piden la ayuda de las pasiones violentas, como en el juego y en la guerra, para remedar de algún modo estas llamas y generosidades del corazón.