No hay grande ni pequeño Para el Alma que hace todo: Y a donde llega, todo es Y llega a todas partes.
Yo soy dueño de la esfera, De las siete estrellas y el año solar, De la mano de César y el cerebro de Platón, Del corazón de Cristo Señor y el verso de Shakespeare.
Hay una sola mente común a todos los hombres individuales. Cada hombre es una vía de acceso a la misma y a la totalidad de la misma. Quien es admitido una vez en el derecho de la razón, se hace ciudadano libre de toda la hacienda.
Lo que Platón ha pensado, él puede pensarlo; lo que un santo ha sentido, él puede sentirlo; lo que en cualquier momento le ha sucedido a cualquier hombre, él puede comprenderlo.
Quien tiene acceso a esta mente universal es partícipe de todo lo que es o puede ser hecho, porque este es el único y soberano agente.
De las obras de esta mente, la historia es el registro. Su genio se ilustra mediante la serie entera de los días. El hombre no es explicable por nada menos que toda su historia.
Sin prisa, sin pausa, el espíritu humano avanza desde el principio para encarnar cada facultad, cada pensamiento, cada emoción que le pertenece, en acontecimientos apropiados.
Pero el pensamiento es siempre anterior al hecho; todos los hechos de la historia preexisten en la mente como leyes. Cada ley a su vez se vuelve predominante por las circunstancias, y los límites de la naturaleza otorgan poder a una sola a la vez.
- Un hombre es la enciclopedia entera de los hechos.
- La creación de mil bosques está en una sola bellota, y Egipto, Grecia, Roma, Galia, Britania, América, ya yacen replegadas en el primer hombre.
Época tras época, campamento, reino, imperio, república, democracia, son meramente la aplicación de su espíritu múltiple al mundo múltiple.
Esta mente humana escribió la historia, y ella debe leerla. La esfinge debe resolver su propio enigma.
Si la totalidad de la historia está en un solo hombre, toda ella debe explicarse a partir de la experiencia individual. Hay una relación entre las horas de nuestra vida y los siglos del tiempo.
Así como el aire que respiro se extrae de los grandes depósitos de la naturaleza, así como la luz sobre mi libro es emitida por una estrella situada a cientos de millones de millas de distancia, así como el equilibrio de mi cuerpo depende de la balanza de las fuerzas centrífuga y centrípeta, las horas deben ser instruidas por las eras y las eras explicadas por las horas.
De la mente universal, cada hombre individual es una encarnación más. Todas sus propiedades consisten en él.
Cada nuevo hecho en su experiencia privada arroja luz sobre lo que grandes cuerpos de hombres han hecho, y las crisis de su vida remiten a crisis nacionales.
Toda revolución fue primero un pensamiento en la mente de un hombre, y cuando ese mismo pensamiento se le ocurre a otro hombre, es la clave de esa era.
Toda reforma fue una vez una opinión privada, y cuando vuelva a ser una opinión privada resolverá el problema de la época.
El hecho narrado debe corresponder a algo en mí para ser creíble o inteligible. Nosotros, al leer, debemos convertirnos en griegos, romanos, turcos, sacerdote y rey, mártir y verdugo; debemos arraigar estas imágenes en alguna realidad de nuestra experiencia secreta, o no aprenderemos nada correctamente. Lo que le sucedió a Asdrúbal o a César Borgia es tanto una ilustración de los poderes y depravaciones de la mente como lo que nos ha sucedido a nosotros. Cada nueva ley y movimiento político tiene un significado para ti. Párate ante cada una de sus tablas y di: «Bajo esta máscara se ocultaba mi naturaleza de Proteo».
Esto remedia el defecto de nuestra excesiva cercanía a nosotros mismos. Esto pone nuestras acciones en perspectiva; y así como los cangrejos, las cabras, los escorpiones, la balanza y el cántaro pierden su bajeza cuando se cuelgan como signos en el zodíaco, yo puedo ver mis propios vicios sin enojo en las personas distantes de Salomón, Alcibíades y Catilina.
Es la naturaleza universal la que da valor a los hombres y a las cosas particulares.
La vida humana, por contener esto, es misteriosa e inviolable, y la cercamos con penas y leyes. Todas las leyes derivan de ahí su razón última; todas expresan de manera más o menos clara algún mandato de esta esencia suprema e ilimitada.
La propiedad también pertenece al alma, encubre grandes hechos espirituales y, de manera instintiva, al principio nos aferramos a ella con espadas, leyes y amplias y complejas combinaciones.
La oscura conciencia de este hecho es la luz de todo nuestro día, la pretensión de pretensiones; la demanda de educación, de justicia, de caridad; el cimiento de la amistad y del amor, y del heroísmo y la grandeza que pertenecen a los actos de confianza en uno mismo.
Es notable que involuntariamente leemos siempre como seres superiores. La historia universal, los poetas, los novelistas, en sus cuadros más majestuosos—en los palacios sacerdotales, en los imperiales, en los triunfos de la voluntad o del genio—en ninguna parte pierden nuestro oído, en ninguna parte nos hacen sentir que nos inmiscuimos, que esto es para hombres mejores; sino que más bien es verdad que en sus trazos más grandes nos sentimos como en casa. Todo lo que Shakespeare dice del rey, aquel mocoso que lee en el rincón siente que es verdad respecto de sí mismo. Simpatizamos en los grandes momentos de la historia, en los grandes descubrimientos, en las grandes resistencias, en las grandes prosperidades de los hombres;—porque allí se promulgó la ley, se surcó el mar, se halló la tierra, o se dio el golpe, para nosotros, como nosotros mismos en ese lugar habríamos hecho o aplaudido.
Tenemos el mismo interés en la condición y el carácter. Honramos a los ricos porque poseen externamente la libertad, el poder y la gracia que sentimos propios del hombre, propios de nosotros.
Así, todo lo que se dice del sabio, ya sea por el estoico, el oriental o el ensayista moderno, describe a cada lector su propia idea, describe su yo no alcanzado pero alcanzable.
- Toda la literatura escribe el carácter del sabio.
- Los libros, los monumentos, los cuadros, la conversación, son retratos en los que él halla los rasgos que está formando.
Lo silencioso y lo elocuente lo alaban y lo abordan, y él se siente estimulado por dondequiera que va, como por alusiones personales. Por tanto, un verdadero aspirante nunca necesita buscar alusiones personales y laudatorias en el discurso.
Escucha la alabanza, no de sí mismo, sino, lo que es más dulce, de aquel carácter que busca, en cada palabra que se dice acerca del carácter, sí, aún más, en cada hecho y circunstancia—en el río correntoso y en el maíz susurrante.
La alabanza es mirada, el homenaje rendido, el amor fluye, de la naturaleza muda, de las montañas y de las luces del firmamento.
Estas insinuaciones, caídas por así decirlo del sueño y de la noche, utilicémoslas a plena luz del día.
El estudiante ha de leer la historia de manera activa y no pasiva; debe estimar su propia vida como el texto, y los libros como el comentario.
Así compelida, la Musa de la historia proferirá oráculos, como nunca a quienes no se respetan a sí mismos. No tengo expectativa alguna de que nadie lea la historia correctamente si piensa que lo que se hizo en una época remota, por hombres cuyos nombres han resonado lejos, tiene un sentido más profundo que lo que él mismo está haciendo hoy.
El mundo existe para la educación de cada hombre.
No hay edad ni estado de sociedad ni modo de acción en la historia con el que no haya algo correspondiente en su vida.
Todo tiende de manera maravillosa a abreviarse y a rendirle su propia virtud. Él debería ver que puede vivir toda la historia en su propia persona.
Él debe sentarse firmemente en su hogar, y no consentir en ser intimidado por reyes o imperios, sino saber que él es más grande que toda la geografía y todo el gobierno del mundo; debe trasladar el punto de vista desde el cual se lee comúnmente la historia, desde Roma, Atenas y Londres, hasta sí mismo, y no negar su convicción de que él es el tribunal, y si Inglaterra o Egipto tienen algo que decirle, él juzgará el caso; si no, que callen para siempre.
Debe alcanzar y mantener esa sublime visión en la que los hechos ceden su sentido secreto, y la poesía y los anales son iguales.
El instinto de la mente, el propósito de la naturaleza, se traiciona a sí mismo en el uso que hacemos de las narraciones memorables de la historia.
El tiempo disipa en éter brillante la angularidad sólida de los hechos. Ningún ancla, ningún cable, ninguna cerca sirven para mantener un hecho como hecho.
Babilonia, Troya, Tiro, Palestina y aun la Roma primitiva están pasando ya a la ficción. El jardín del Edén, el sol detenido en Gibeon, son poesía de ahí en adelante para todas las naciones.
¿A quién le importa cuál fue el hecho, cuando hemos hecho de él una constelación para colgar en el cielo como un signo inmortal? Londres, París y Nueva York han de seguir el mismo camino.
«¿Qué es la historia —dijo Napoleón—, sino una fábula en la que todos están de acuerdo?
Esta vida nuestra está revestida de Egipto, Grecia, Galia, Inglaterra, Guerra, Colonización, Iglesia, Corte y Comercio, como con tantas flores y adornos silvestres, graves y alegres. No haré más caso de ellos. Creo en la Eternidad. Puedo hallar Grecia, Asia, Italia, España y las Islas —el genio y principio creativo de cada una y de todas las épocas— en mi propia mente.
Siempre nos topamos con los hechos enfáticos de la historia en nuestra experiencia privada y los verificamos aquí. Toda historia se vuelve subjetiva; en otras palabras, propiamente no hay historia, solo biografía. Toda mente debe aprender por sí misma toda la lección, debe recorrer todo el terreno. Lo que no ve, lo que no vive, no lo conocerá. Lo que la época anterior ha resumido en una fórmula o regla para su comodidad operativa, perderá todo el beneficio de verificarlo por sí misma, por medio de la muralla de esa regla. En alguna parte, en algún momento, exigirá y encontrará una compensación por esa pérdida, haciendo el trabajo por sí misma. Ferguson descubrió muchas cosas en la astronomía que ya se conocían desde hacía tiempo. Tanto mejor para él.
La historia debe ser esto o no es nada. Toda ley que el Estado promulga indica un hecho de la naturaleza humana; eso es todo. Debemos ver en nosotros mismos la razón necesaria de cada hecho; ver cómo pudo ser y debió ser. Así debemos pararnos ante toda obra pública y privada; ante una oración de Burke, ante una victoria de Napoleón, ante el martirio de Sir Thomas More, de Sidney, de Marmaduke Robinson; ante un Reinado del Terror francés y un ahorcamiento de brujas en Salem; ante un Avivamiento fanático y el Magnetismo Animal en París o en Providence. Asumimos que nosotros, bajo una influencia semejante, seríamos afectados de igual manera y lograríamos lo mismo; y aspiramos a dominar intelectualmente los pasos y alcanzar la misma altura o la misma degradación que nuestro prójimo, nuestro representante, ha alcanzado.
Toda indagación sobre la antigüedad, toda curiosidad respecto a las Pirámides, las ciudades excavadas, Stonehenge, los Círculos de Ohio, México, Menfis—es el deseo de anular ese salvaje, bárbaro y absurdo Allá o Entonces, e introducir en su lugar el Aquí y el Ahora. Belzoni cava y mide en las fosas de momias y las pirámides de Tebas, hasta que puede ver el fin de la diferencia entre la obra monstruosa y él mismo. Cuando se ha convencido, en general y en detalle, de que fue hecha por una persona como él, tan armada y tan motivada, y con fines hacia los cuales él mismo también habría trabajado, el problema está resuelto; su pensamiento recorre toda la línea de templos, esfinges y catacumbas, los atraviesa a todos con satisfacción, y vuelven a vivir para la mente, o son ahora.
Una catedral gótica afirma que fue hecha por nosotros y no hecha por nosotros. Ciertamente fue obra del hombre, pero no la hallamos en nuestro hombre. Sino que nos aplicamos a la historia de su producción.
Nos ponemos en el lugar y el estado del constructor. Recordamos a los habitantes de los bosques, los primeros templos, la adhesión al primer tipo, y la decoración de este a medida que aumentaba la riqueza de la nación; el valor que el tallado confiere a la madera condujo a tallar en toda la montaña de piedra una catedral.
Cuando hemos pasado por este proceso, y le hemos sumado la Iglesia católica, su cruz, su música, sus procesiones, sus días de los santos y la veneración de imágenes, hemos sido, por decirlo así, el hombre que hizo la catedral; hemos visto cómo pudo y debió ser. Tenemos la razón suficiente.
La diferencia entre los hombres está en su principio de asociación.
Unos hombres clasifican los objetos por el color y el tamaño y otros accidentes de la apariencia; otros por la semejanza intrínseca, o por la relación de causa y efecto.
El progreso del intelecto conduce a una visión más clara de las causas, la cual desdeña las diferencias superficiales.
Para el poeta, para el filósofo, para el santo, todas las cosas son amistosas y sagradas, todos los acontecimientos provechosos, todos los días santos, todos los hombres divinos. Pues el ojo está fijado en la vida y menosprecia la circunstancia.
Toda sustancia química, toda planta, todo animal en su crecimiento, enseñan la unidad de causa, la variedad de apariencia.
Sostenidos y rodeados como estamos por esta naturaleza creadora de todo, blanda y fluida como una nube o el aire, ¿por qué habríamos de ser pedantes tan duros y magnificar unas pocas formas?
¿Por qué habríamos de hacer caso del tiempo, de la magnitud o de la figura? El alma no los conoce, y el genio, obedeciendo a su ley, sabe jugar con ellos como un niño pequeño juega con los ancianos y en las iglesias.
El genio estudia el pensamiento causal, y muy lejos, en el vientre de las cosas, ve los rayos que parten de un solo orbe, los cuales divergen, antes de caer, en diámetros infinitos.
El genio observa a la mónada a través de todas sus máscaras mientras realiza la metempsíosis de la naturaleza.
El genio descubre a través de la mosca, a través de la oruga, a través de la larva, a través del huevo, al individuo constante; a través de innumerables individuos la especie fija; a través de muchas especies el género; a través de todos los géneros el tipo inquebrantable; a través de todos los reinos de la vida organizada la unidad eterna.
La naturaleza es una nube mutable que siempre es y nunca es la misma. Proyecta el mismo pensamiento en tropas de formas, como un poeta hace veinte fábulas con una sola moraleja.
A través de la tosquedad y dureza de la materia, un espíritu sutil doblega todas las cosas a su propia voluntad. El diamante fluye en una forma suave pero precisa ante él, y mientras lo miro su contorno y textura vuelven a cambiar.
Nada es tan fugaz como la forma; sin embargo, nunca se niega del todo a sí misma.
En el hombre todavía rastreamos los vestigios o indicios de todo lo que consideramos insignias de servidumbre en las razas inferiores; sin embargo, en él realzan su nobleza y su gracia; como Ío, en Esquilo, convertida en vaca, ofende la imaginación; pero ¡cuán cambiada cuando, convertida en Isis en Egipto, se encuentra con Osiris-Jove, una hermosa mujer sin que le quede de la metamorfosis otra cosa que los cuernos lunares como espléndido adorno de su frente!
La identidad de la historia es igualmente intrínseca, la diversidad igualmente obvia. Hay, en la superficie, una variedad infinita de cosas; en el centro hay una simplicidad de causa. ¡Cuán numerosos son los actos de un solo hombre en los que reconocemos el mismo carácter! Observemos las fuentes de nuestra información respecto al genio griego. Poseemos la historia civil de ese pueblo, tal como nos la han dado Heródoto, Tucídides, Jenofonte y Plutarco; un relato muy suficiente de qué clase de personas eran y qué hicieron. Tenemos de nuevo esa misma mente nacional expresada en su literatura, en la poesía épica y lírica, en el drama y en la filosofía; una forma muy completa. Luego la tenemos una vez más en su arquitectura, una belleza semejante a la templanza misma, ceñida a la línea recta y al cuadrado: una geometría construida. Después la tenemos de nuevo en la escultura, la «lengua en la balanza de la expresión», una multitud de formas en la más absoluta libertad de acción y que nunca transgreden la serenidad ideal; como devotos que ejecutan alguna danza religiosa ante los dioses y que, aun en medio de un dolor convulsivo o de un combate mortal, jamás se atreven a romper la figura y el decoro de su danza. Así, del genio de un pueblo notable poseemos una representación cuádruple; y a los sentidos, ¿qué hay más desemejante que una oda de Píndaro, un centauro de mármol, el peristilo del Partenón y las últimas acciones de Foción?
Todos habrán observado rostros y formas que, sin ninguna semejanza en sus rasgos, causan una impresión semejante en el espectador.
Un cuadro determinado o una copia de versos, aunque no despierten la misma serie de imágenes, inducirán sin embargo el mismo sentimiento que un paseo por una montaña agreste, si bien el parecido no es en modo alguno evidente para los sentidos, sino oculto y fuera del alcance del entendimiento.
La naturaleza es una combinación y repetición interminable de muy pocas leyes. Tararea la vieja y conocida melodía a través de innumerables variaciones.
La naturaleza está llena de un sublime aire de familia en todas sus obras, y se complace en sorprendernos con semejanzas en los rincones más inesperados.
He visto la cabeza de un viejo sachem del bosque que de inmediato recordaba a la vista la cumbre de una montaña calva, y las arrugas de la frente sugerían los estratos de la roca.
Hay hombres cuyos modales poseen el mismo esplendor esencial que la sencilla y solemne escultura en los frisos del Partenón y los vestigios del arte griego más temprano.
Y hay composiciones de la misma índole que se pueden hallar en los libros de todas las épocas. ¿Qué es la Aurora de Rospigliosi de Guido sino un pensamiento matutino, así como los caballos en ella no son más que una nube matutina?
Si tan solo alguien se toma la molestia de observar la variedad de acciones hacia las cuales se siente igualmente inclinado en ciertos estados de ánimo, y aquellas que le repugnan, verá cuán profunda es la cadena de afinidad.
Un pintor me dijo que nadie podía dibujar un árbol sin convertirse en algún grado en un árbol; ni dibujar a un niño estudiando meramente los contornos de su forma, sino que, observando durante un tiempo sus movimientos y juegos, el pintor penetra en su naturaleza y puede entonces dibujarlo a voluntad en cualquier actitud.
Así Roos «penetró en la íntima naturaleza de una oveja».
Conocí a un dibujante empleado en un estudio topográfico que descubrió que no podía esbozar las rocas hasta que primero se le explicaba su estructura geológica.
En un cierto estado de pensamiento se encuentra el origen común de obras muy diversas. Es el espíritu y no el hecho lo que es idéntico. Mediante una comprensión más profunda, y no primordialmente mediante la adquisición penosa de muchas habilidades manuales, el artista alcanza el poder de despertar en otras almas una actividad determinada.
Se ha dicho que «las almas comunes pagan con lo que hacen, las almas nobles con lo que son». ¿Y por qué? Porque una naturaleza profunda despierta en nosotros, mediante sus acciones y palabras, mediante sus mismas miradas y modales, el mismo poder y la misma belleza a los que se dirige una galería de esculturas o de pinturas.
La historia civil y natural, la historia del arte y de la literatura, deben explicarse a partir de la historia individual, o de lo otro no serán más que palabras. No hay nada que no esté relacionado con nosotros, nada que no nos interese —reino, colegio, árbol, caballo o herradura—, las raíces de todas las cosas están en el hombre. Santa Croce y la Cúpula de San Pedro son copias cojas de un modelo divino. La catedral de Estrasburgo es la contraparte material del alma de Erwin von Steinbach. El verdadero poema es la mente del poeta; el verdadero barco es el constructor naval. En el hombre, si pudiera abrirse, veríamos la razón del último adorno y zarcillo de su obra; así como cada espina y cada tono en la concha marina preexisten en los órganos secretores del pez. Toda la heráldica y la caballería están en la cortesía. Un hombre de buenos modales pronunciará vuestro nombre con todo el ornamento que los títulos de nobleza jamás podrían añadir.
La experiencia trivial de cada día nos está verificando siempre alguna vieja predicción y convirtiendo en cosas las palabras y los signos que habíamos oído y visto sin prestarles atención.
Una dama con quien cabalgaba por el bosque me dijo que los bosques siempre le parecieron esperar, como si los genios que los habitan suspendieran sus actos hasta que el caminante hubo pasado de largo; un pensamiento que la poesía ha celebrado en la danza de las hadas, la cual se interrumpe ante la aproximación de pies humanos.
El hombre que ha visto a la luna creciente salir de entre las nubes a medianoche, ha estado presente como un arcángel en la creación de la luz y del mundo.
Recuerdo un día de verano en los campos en que mi compañía me señaló una amplia nube, que bien podría extenderse un cuarto de milla en paralelo al horizonte, con la forma bastante exacta de un querubín tal como se pinta en las iglesias: un bloque redondo en el centro, al que era fácil animar con ojos y boca, sostenido a ambos lados por alas simétricas y ampliamente extendidas. Lo que aparece una vez en la atmósfera puede aparecer a menudo, y fue sin duda el arquetipo de ese conocido ornamento.
He visto en el cielo una cadena de relámpagos estivales que de inmediato me demostró que los griegos bebieron de la naturaleza cuando pintaron el rayo en la mano de Júpiter.
He visto un ventisquero a lo largo de los lados del muro de piedra que evidentemente dio la idea del habitual rollo arquitectónico para contrafuerte de una torre.
Al rodearnos de las circunstancias originales, inventamos de nuevo las órdenes y los adornos de la arquitectura, tal como vemos que cada pueblo se limitó a decorar sus moradas primitivas.
- El templo dórico conserva la apariencia de la cabaña de madera en la que habitaba el dorio.
- La pagoda china es claramente una tienda tártara.
- Los templos indios y egipcios aún delatan los túmulos y las casas subterráneas de sus antepasados.
«La costumbre de hacer casas y tumbas en la roca viva —dice Heeren en sus Investigaciones sobre los etíopes— determinó muy naturalmente el carácter principal de la arquitectura nubio-egipcia hacia la forma colosal que adoptó. En estas cavernas, ya preparadas por la naturaleza, el ojo estaba acostumbrado a contemplar formas y masas enormes, de modo que cuando el arte vino en auxilio de la naturaleza no pudo moverse en pequeña escala sin degradarse. ¿Qué habrían sido estatuas de tamaño habitual, o pórticos y alas pulcros, asociados a esas salas gigantescas ante las cuales solo los colosos podían sentarse como guardianes o apoyarse en los pilares del interior?»
La iglesia gótica se originó claramente en una ruda adaptación de los árboles del bosque, con todas sus ramas, a una arcada festiva o solemne; como bien indican las ligaduras en torno a los pilares hendidos, que recuerdan a las varas verdes que los ataban.
Nadie puede caminar por un camino abierto entre pinares sin que le llame la atención la apariencia arquitectónica de la arboleda, especialmente en invierno, cuando la desnudez de todos los demás árboles deja ver el bajo arco de los sajones.
En los bosques, durante una tarde de invierno, uno puede advertir con facilidad el origen de la vidriera policromada con la que se adornan las catedrales góticas en los colores del cielo occidental contemplados a través de las ramas desnudas y entrecruzadas del bosque.
Tampoco puede ningún amante de la naturaleza adentrarse en los viejos edificios de Oxford y en las catedrales inglesas sin sentir que el bosque subyugó la mente del constructor, y que su cincel, su sierra y su cepillo reprodujeron todavía sus helechos, sus espigas florales, su acacia, su olmo, su roble, su pino, su abeto y su picea.
La catedral gótica es una eclosión en piedra domeñada por la insaciable exigencia de armonía en el hombre. La montaña de granito florece en una flor eterna, con la ligereza y el acabado delicado, así como con las proporciones aéreas y la perspectiva de la belleza vegetal.
De igual manera, todos los hechos públicos deben ser individualizados; todos los hechos privados, generalizados.
Entonces, de inmediato, la Historia se vuelve fluida y verdadera, y la Biografía, profunda y sublime.
Así como el persa imitó en los esbeltos fustes y capiteles de su arquitectura el tallo y la flor del loto y de la palma, la corte persa en su época magnífica nunca abandonó el nomadismo de sus tribus bárbaras, sino que viajó desde Ecbatana, donde pasaba la primavera, hasta Susa en verano y a Babilonia para el invierno.
En la historia primitiva de Asia y África, el nomadismo y la agricultura son los dos hechos antagónicos.
La geografía de Asia y de África hizo necesaria una vida nómada. Pero los nomadas eran el terror de todos aquellos a quienes la tierra o las ventajas de un mercado habían inducido a construir ciudades.
La agricultura fue, por tanto, un mandato religioso, debido a los peligros que el nomadismo suponía para el Estado. Y en estos países tardíos y civiles de Inglaterra y América estas propensiones aún libran la vieja batalla, en la nación y en el individuo.
Los nómadas de África se veían obligados a deambular por los ataques del tábano, que enloquece al ganado y obliga así a la tribu a emigrar en la estación de lluvias y a llevarse el ganado hacia las regiones arenosas más altas.
Los nómadas de Asia siguen los pastos de mes en mes.
En América y Europa el nomadismo es de comercio y curiosidad; un progreso, sin duda, desde el tábano del Astaboras hasta la anglo e italomanía de la bahía de Boston.
Ciudades sagradas, a las que se prescribía una peregrinación religiosa periódica, o leyes y costumbres rigurosas, tendientes a vigorizar el vínculo nacional, eran el freno para los antiguos nautas; y los valores acumulados de una larga residencia son las restricciones para el nomadismo de la actualidad.
El antagonismo de las dos tendencias no es menos activo en los individuos, según predomine el amor a la aventura o el amor al reposo.
Un hombre de salud robusta y espíritu expansivo posee la facultad de la rápida domesticación, vive en su carromato y deambula por todas las latitudes con tanta facilidad como un calmuco.
En el mar, o en el bosque, o en la nieve, duerme tan abrigado, almuerza con tan buen apetito y se relaciona con tanta felicidad como junto a su propia chimenea.
O tal vez su facilidad esté más arraigada, en el radio ampliado de sus facultades de observación, que le procuran puntos de interés dondequiera que nuevos objetos salgan al encuentro de sus ojos.
Las naciones pastorales estaban necesitadas y hambrientas hasta la desesperación; y este nomadismo intelectual, en su exceso, arruina la mente mediante la disipación de la energía en una miscelánea de objetos.
El ingenio sedentario, por otra parte, es esa continencia o contenido que halla todos los elementos de la vida en su propio suelo; y que tiene sus propios peligros de monotonía y deterioro, de no ser estimulado por infusiones extranjeras.
Todo cuanto el individuo ve fuera de sí corresponde a sus estados mentales, y a su vez todo le es inteligible, en la medida en que su pensamiento en curso lo conduce hacia la verdad a la que pertenece ese hecho o serie.
El mundo primigenio —el Foreworld, como dicen los alemanes— puedo bucear en él dentro de mí mismo tan bien como tantearlo con dedos investigadores en catacumbas, bibliotecas y los relieves rotos y torsos de villas arruinadas.
¿Cuál es el fundamento de ese interés que todos los hombres sienten por la historia, las letras, el arte y la poesía griegas, en todos sus períodos, desde la época heroica u homérica hasta la vida doméstica de los atenienses y espartanos, cuatro o cinco siglos más tarde?
¿Cuál sino este, que cada hombre atraviesa personalmente por un período griego.
El estado griego es la era de la naturaleza corporal, la perfección de los sentidos, de la naturaleza espiritual desplegada en estricta unidad con el cuerpo. En él existieron aquellas formas humanas que proporcionaron al escultor sus modelos de Hércules, Febo y Júpiter; no como las formas que abundan en las calles de las ciudades modernas, en las que el rostro es un difuso borrón de rasgos, sino compuesto de rasgos incorruptos, nítidamente definidos y simétricos, cuyas cuencas oculares están formadas de tal manera que sería imposible para tales ojos estrabiar y lanzar miradas furtivas a uno y otro lado, sino que deben girar toda la cabeza.
Las costumbres de aquel período son sencillas y fieras. La reverencia que se manifiesta es hacia las cualidades personales; el valor, la destreza, el dominio de sí mismo, la justicia, la fuerza, la rapidez, una voz fuerte, un pecho ancho. El lujo y la elegancia son desconocidos. Una población escasa y la escasez hacen que cada hombre sea su propio ayuda de cámara, cocinero, carnicero y soldado, y el hábito de proveer a sus propias necesidades educa al cuerpo para desempeños maravillosos.
Tales son el Agamenón y el Diomedes de Homero, y no muy diferente es el retrato que Jenofonte da de sí mismo y de sus compatriotas en la Retirada de los Diez Mil.
“Después de que el ejército hubo cruzado el río Teleboas en Armenia, cayó mucha nieve, y las tropas yacían miserablemente en el suelo cubiertas por ella. Pero Jenofonte se levantó desnudo, y tomando un hacha, comenzó a partir leña; tras lo cual otros se levantaron e hicieron lo mismo”.
En todo su ejército reina una libertad ilimitada de palabra. Se pelean por el botín, discuten con los generales sobre cada nueva orden, y Jenofonte tiene una lengua tan afilada como cualquiera y más afilada que la mayoría, por lo que devuelve los golpes tan bien como los recibe. ¿Quién no ve que esto es una pandilla de muchachos grandulones, con el código de honor y la disciplina laxa que tienen los muchachos grandulones?
El costoso encanto de la antigua tragedia, y de hecho de toda la literatura clásica, reside en que los personajes hablan con sencillez: hablan como personas que poseen un gran sentido común sin saberlo, antes de que el hábito reflexivo se convirtiera en el hábito predominante de la mente. Nuestra admiración por lo antiguo no es admiración por lo viejo, sino por lo natural. Los griegos no son reflexivos, sino perfectos en sus sentidos y en su salud, con la organización física más fina del mundo. Los adultos actuaban con la sencillez y la gracia de los niños. Hicieron vasos, tragedias y estatuas, tales como unos sentidos sanos deben hacerlas, es decir, con buen gusto. Semejantes cosas se han seguido haciendo en todas las épocas, y se hacen ahora, allí donde existe un físico saludable; pero, como clase, debido a su superior organización, los han superado a todos. Combinan la energía de la madurez con la entrañable inconsciencia de la infancia.
El atractivo de estos modales radica en que pertenecen al hombre, y son conocidos por todo hombre en virtud de haber sido niño alguna vez; además de que siempre hay individuos que conservan estas características. Una persona de genio infantil y energía innata sigue siendo griega, y reaviva nuestro amor por la Musa de la Hélade.
Admiro el amor a la naturaleza en el Filoctetes. Al leer esas hermosas apostrofes al sueño, a las estrellas, rocas, montañas y olas, siento que el tiempo pasa como un mar en retirada. Siento la eternidad del hombre, la identidad de su pensamiento. El griego tenía, al parecer, los mismos semejantes que yo. El sol y la luna, el agua y el fuego, tocaron su corazón exactamente como tocan el mío. Entonces, la jactanciosa distinción entre griego e inglés, entre las escuelas clásica y romántica, parece superficial y pedantesca. Cuando un pensamiento de Platón se convierte en un pensamiento para mí—cuando una verdad que encendió el alma de Píndaro enciende la mía—, el tiempo deja de existir. Cuando siento que nosotros dos nos encontramos en una percepción, que nuestras dos almas están teñidas con el mismo matiz y, por decirlo así, se funden en una sola, ¿por qué habría de medir grados de latitud, por qué habría de contar años egipcios?
El estudiante interpreta la edad de la caballería según su propia edad de la caballería, y los días de aventura marítima y circunnavegación mediante experiencias propias en miniatura bastante paralelas.
Para con la historia sagrada del mundo, posee la misma llave. Cuando la voz de un profeta procedente de lo profundo de la antigüedad se limita a hacerle eco de un sentimiento de su infancia, de una oración de su juventud, entonces penetra en la verdad a través de toda la confusión de la tradición y la caricatura de las instituciones.
De vez en cuando surgen entre nosotros espíritus raros y extravagantes que nos revelan nuevos hechos de la naturaleza.
Veo que los hombres de Dios han caminado de cuando en cuando entre los hombres y han hecho sentir su mandato en el corazón y en el alma del oyente más común.
De ahí evidentemente el trípode, el sacerdote, la sacerdotisa inspirados por el soplo divino.
Jesús asombra y subyuga a la gente sensual. No pueden unirlo a la historia, ni reconciliarlo consigo mismos. A medida que llegan a venerar sus intuiciones y aspiran a vivir santamente, su propia piedad explica cada hecho, cada palabra.
Con qué facilidad se domestican en la mente estos viejos cultos de Moisés, de Zoroastro, de Manú, de Sócrates.
No encuentro en ellos ninguna antigüedad. Son tan míos como suyos.
He visto a los primeros monjes y anacoretas, sin cruzar mares ni siglos. Más de una vez se me ha aparecido algún individuo con tal negligencia del trabajo y tan imperiosa contemplación, un altivo beneficiario que mendiga en nombre de Dios, que hizo válidos para el siglo XIX a Simón el Estilita, la Tebaida y los primeros capuchinos.
El sacerdocio de Oriente y Occidente, del mago, del brahmán, del druida y del inca, se explica en la vida privada del individuo. La influencia encorsetadora de un formalista rígido sobre un niño pequeño —al reprimir su alegría y su valor, paralizar su entendimiento, y ello sin engendrar indignación, sino tan solo miedo y obediencia, y aun mucha simpatía hacia la tiranía— es un hecho conocido, que el niño, al convertirse en hombre, solo se explica al comprender que el opresor de su juventud es a su vez un niño tiranizado por aquellos nombres, palabras y formas de cuya influencia él no fue para el joven más que el mero instrumento. El hecho le enseña cómo se adoraba a Belo y cómo se construyeron las pirámides, mejor que el descubrimiento por parte de Champollion de los nombres de todos los obreros y el coste de cada teja. Encuentra Asiria y los túmulos de Cholula a la puerta de su casa, y él mismo ha colocado los cimientos.
Una y otra vez, en esa protesta que toda persona reflexiva hace contra la superstición de su época, repite paso a paso el papel de los antiguos reformadores y, en su búsqueda de la verdad, halla, como ellos, nuevos peligros para la virtud. Aprende de nuevo qué vigor moral se necesita para suplir el cinto de una superstición.
Una gran licencia pisa los talones de una reforma. ¡Cuántas veces en la historia del mundo ha tenido el Lutero de turno que lamentar la decadencia de la piedad en su propio hogar!
«Doctor —le dijo su esposa a Martín Lutero un día—, ¿cómo es que, mientras estábamos sujetos al papado, rezábamos tan a menudo y con tanta fervor, mientras que ahora rezamos con la máxima frialdad y muy pocas veces?».
El hombre que avanza descubre cuán profunda posesión tiene en la literatura—en toda fábula así como en toda historia.
Descubre que el poeta no era un tipo extraño que describía situaciones extrañas e imposibles, sino que el hombre universal escribió con su pluma una confesión verdadera para uno y verdadera para todos.
Su propia biografía secreta la halla en líneas maravillosamente inteligibles para él, bosquejadas antes de que él naciera.
Una tras otra, en sus aventuras privadas, se topa con cada fábula de Esopo, de Homero, de Hafiz, de Ariosto, de Chaucer, de Scott, y las corrobora con su propia cabeza y sus propias manos.
Las hermosas fábulas de los griegos, al ser creaciones propiamente de la imaginación y no de la fantasía, son verdades universales.
¡Qué amplitud de significados y qué pertinencia perpetua tiene la historia de Prometeo!
Además de su valor primario como el primer capítulo de la historia de Europa (la mitología descorriendo levemente el velo de los hechos auténticos, la invención de las artes mecánicas y la migración de colonias), ofrece la historia de la religión, con cierta cercanía a la fe de las edades posteriores.
Prometeo es el Jesús de la mitología antigua. Es el amigo del hombre; se interpone entre la injusta «justicia» del Padre Eterno y la raza de los mortales, y padece voluntariamente todas las cosas por causa de ellos.
Pero donde se aparta del cristianismo calvinista y lo presenta como el desafiante de Jove, representa un estado de ánimo que aparece fácilmente siempre que la doctrina del teísmo se enseña en una forma burda y objetiva, y que parece la autodefensa del hombre contra esta verdad a medias, a saber, un descontento con el hecho creído de que Dios existe, y un sentimiento de que la obligación de la reverencia es onerosa.
Robaría, si pudiera, el fuego del Creador, y viviría apartado de él e independiente de él. El Prometeo encadenado es el romance del escepticismo.
No menos fieles a todos los tiempos son los detalles de aquel majestuoso apólogo.
Apolo guardaba los rebaños de Admeto, decían los poetas. Cuando los dioses vienen entre los hombres, no son conocidos. Jesús no lo fue; Sócrates y Shakespeare tampoco.
Anteo fue sofocado por el abrazo de Hércules, pero cada vez que tocaba a su madre tierra su fuerza se renovaba. El hombre es el gigante roto, y en toda su debilidad tanto su cuerpo como su mente se vigorizan con los hábitos de la conversación con la naturaleza.
El poder de la música, el poder de la poesía, para desanudar y por decirlo así dar alas a la naturaleza sólida, interpreta el enigma de Orfeo.
La percepción filosófica de la identidad a través de las interminables mutaciones de la forma le hace conocer a Proteo.
¿Qué otra cosa soy yo, que reí o lloré ayer, que dormí anoche como un cadáver, y esta mañana estuve de pie y eché a correr?
¿Y qué veo por todas partes sino las transmigraciones de Proteo?
Puedo simbolizar mi pensamiento usando el nombre de cualquier criatura, de cualquier hecho, porque cada criatura es el hombre, ya sea agente o paciente.
Tántalo no es sino un nombre para ti y para mí. Tántalo significa la imposibilidad de beber las aguas del pensamiento que siempre brillan y se agitan a la vista del alma.
La transmigración de las almas no es ninguna fábula. Ojalá lo fuera; pero los hombres y las mujeres son solo medio humanos. Cada animal del corral, del campo y del bosque, de la tierra y de las aguas que están debajo de la tierra, se ha apañado para conseguir un punto de apoyo y dejar la huella de sus rasgos y su forma en uno u otro de estos seres erguidos que miran al cielo.
¡Ah!, hermano, detén el flujo menguante de tu alma —que mengua hacia abajo adentrándose en las formas en cuyos hábitos te has deslizado ya desde hace muchos años—.
Tan cercana y propia es también aquella vieja fábula de la Esfinge, que se decía que se sentaba a la vera del camino y planteaba adivinanzas a todo transeúnte. Si el hombre no podía responder, ella lo devoraba vivo. Si podía resolver el enigma, la Esfinge era abatida.
¿Qué es nuestra vida sino un vuelo interminable de hechos o acontecimientos alados? Con espléndida variedad llegan estos cambios, todos planteándole preguntas al espíritu humano.
Aquellos hombres que no pueden responder mediante una sabiduría superior a estos hechos o preguntas del tiempo, se convierten en sus sirvientes. Los hechos los estorban, los tiranizan y hacen de ellos hombres de rutina, hombres de sentido común, en quienes una obediencia literal a los hechos ha extinguido cada chispa de esa luz por la cual el hombre es verdaderamente hombre.
Pero si el hombre es fiel a sus mejores instintos o sentimientos, y rechaza el dominio de los hechos, como quien proviene de una raza superior; se mantiene firme en el alma y discierne el principio, entonces los hechos caen de manera oportuna y dócil en su lugar; reconocen a su amo, y el más humilde de ellos lo glorifica.
Véase en la Helena de Goethe el mismo deseo de que cada palabra sea una cosa. Estas figuras, solía decir, estos Quirones, grifos, Forcías, Helena y Leda, son algo y ejercen una influencia específica en la mente. En la medida en que son entidades eternas, son tan reales hoy como en la primera Olimpiada. Dando muchas vueltas a todo ello, despliega libremente su humor y les da cuerpo ante su propia imaginación. Y aunque ese poema sea tan vago y fantástico como un sueño, resulta mucho más atractivo que las piezas dramáticas más regulares del mismo autor, por la razón de que ofrece un alivio maravilloso a la mente frente a la rutina de las imágenes habituales —despertando la inventiva y la fantasía del lector mediante la libertad desenfrenada del diseño y la incesante sucesión de ágiles golpes de sorpresa.
La naturaleza universal, demasiado fuerte para la mezquina naturaleza del bardo, se sienta sobre su cuello y escribe a través de su mano; de modo que, cuando parece dar salida a un mero capricho y a un romance salvaje, el resultado es una alegoría exacta.
De ahí que Platón dijera que «los poetas pronuncian cosas grandes y sabias que ellos mismos no comprenden».
Todas las ficciones de la Edad Media se explican por sí mismas como una expresión enmascarada o lúdica de aquello que, con absoluta seriedad, la mente de aquel periodo se esforzó por lograr.
- La magia y todo lo que se le atribuye es un profundo presentimiento de los poderes de la ciencia.
- Los zapatos de velocidad, la espada afilada, el poder de someter los elementos, de utilizar las virtudes secretas de los minerales, de comprender las voces de los pájaros, son los esfuerzos oscuros de la mente en una dirección correcta.
- La destreza sobrenatural del héroe, el don de la juventud eterna y cosas por el estilo son, asimismo, el empeño del espíritu humano por «doblar las apariencias de las cosas ante los deseos de la mente».
En el Perceforest y en el Amadís de Gaula una guirnalda y una rosa florecen sobre la cabeza de la mujer fiel, y se marchitan en la frente de la inconstante. En la historia del Muchacho y el Manto, incluso un lector maduro puede sentirse sorprendido por un destello de virtuoso placer ante el triunfo de la amable Venelas; y, en verdad, todos los postulados de los anales élficos —que a las hadas no les gusta ser nombradas; que sus dones son caprichosos y no dignos de confianza; que quien busca un tesoro no debe hablar; y cosas por el estilo—, los hallo ciertos en Concord, por mucho que pudieran serlo en Cornualles o en Bretaña.
¿Es de otro modo en la novela más reciente? Lejé La novia de Lammermoor.
Sir William Ashton es una máscara para una tentación vulgar, Ravenswood Castle un buen nombre para la pobreza orgullosa, y la misión de estado en el extranjero solo un disfraz a lo Bunyan para la industria honesta.
Todos podemos disparar a un toro salvaje que embestiría a lo bueno y a lo hermoso, luchando contra lo injusto y lo sensual.
Lucy Ashton es otro nombre para la fidelidad, que siempre es hermosa y siempre está expuesta a la calamidad en este mundo.
Pero junto con la historia civil y metafísica del hombre, otra historia avanza cotidianamente —la del mundo externo—, en la cual él no está menos estrictamente implicado.
Él es el compendio del tiempo; es también el correlativo de la naturaleza. Su poder consiste en la multitud de sus afinidades, en el hecho de que su vida está entrelazada con toda la cadena del ser orgánico e inorgánico.
En la antigua Roma, los caminos públicos que comenzaban en el Foro se extendían hacia el norte, sur, este y oeste, hasta el centro de cada provincia del imperio, haciendo que cada villa comercial de Persia, España y Bretaña fuera accesible a los soldados de la capital: así, desde el corazón humano parten, por decirlo así, carreteras hacia el corazón de cada objeto en la naturaleza, para someterlo bajo el dominio del hombre. Un hombre es un haz de relaciones, un nudo de raíces, cuya flor y cuyos frutos son el mundo.
Sus facultades se refieren a naturalezas fuera de él y predicen el mundo que ha de habitar, como las aletas del pez presagian que el agua existe, o las alas de un águila en el huevo presupone el aire. No puede vivir sin un mundo.
Poned a Napoleón en una prisión insular, permitid que sus facultades no hallen hombres sobre los cuales actuar, ni Alpes que escalar, ni una apuesta en juego, y se batirá contra el aire y parecerá estúpido. Transportadle a países vastos, de población densa, de intereses complejos y poder antagonista, y veréis que el hombre Napoleón, es decir, limitado por tal perfil y contorno, no es el Napoleón virtual. Esto no es más que la sombra de Talbot;—
“Su sustancia no está aquí. Pues lo que veis no es sino la más pequeña parte y la menor proporción de la humanidad; mas si estuviera aquí la estructura entera, es de un tono tan amplio y elevado, que vuestro techo no bastaría para contenerla.”
Colón necesita un planeta sobre el cual trazar su rumbo. Newton y Laplace necesitan miríadas de eras y regiones celestes densamente sembradas. Puede decirse que un sistema solar gravitatorio ya está profetizado en la naturaleza de la mente de Newton.
No menos el cerebro de Davy o de Gay-Lussac, explorando desde la infancia las afinidades y repulsiones de las partículas, se adelanta a las leyes de la organización.
¿Acaso el ojo del embrión humano no predice la luz? ¿El oído de Haendel no predice la brujería del sonido armónico? ¿Acaso los dedos constructores de Watt, Fulton, Whittemore, Arkwright no predicen la textura fusible, dura y templable de los metales, las propiedades de la piedra, el agua y la madera? ¿Acaso los encantadores atributos de la niña no predicen los refinamientos y decoraciones de la sociedad civil?
Aquí también se nos recuerda la acción del hombre sobre el hombre. Una mente podría ponderar su pensamiento durante edades y no obtener tanto autoconocimiento como la pasión del amor le enseñará en un día. ¿Quién se conoce a sí mismo antes de haber vibrado de indignación ante un ultraje, o de haber escuchado una lengua elocuente, o de haber compartido el palpitar de miles en una exaltación o alarma nacional?
Ningún hombre puede anticipar su experiencia, ni adivinar qué facultad o sentimiento desencadenará un nuevo objeto, del mismo modo que no puede dibujar hoy el rostro de una persona a quien verá mañana por primera vez.
No iré ahora más allá de la afirmación general para explorar la razón de esta correspondencia. Baste decir que, a la luz de estos dos hechos, a saber, que la mente es Una y que la naturaleza es su correlato, debe leerse y escribirse la historia.
Así, de todas las maneras, el alma concentra y reproduce sus tesoros para cada discípulo. Él también atravesará todo el ciclo de la experiencia. Concentrará en un foco los rayos de la naturaleza. La historia dejará de ser un libro aburrido. Andará encarnada en cada hombre justo y sabio. No me hablarán mediante lenguas y títulos de un catálogo de los volúmenes que han leído. Me harán sentir qué épocas han vivido. Un hombre será el Templo de la Fama. Caminará, como los poetas han descrito a esa diosa, con un manto pintado por todas partes de acontecimientos y experiencias maravillosas;—su propia forma y sus rasgos, por su inteligencia exaltada, serán esa vestidura recamada. En él hallaré el Mundo Antiguo; en su infancia la Edad de Oro, las Manzanas del Saber, la Expedición Argonáutica, la vocación de Abraham, la construcción del Templo, el Advenimiento de Cristo, la Época Oscura, el Renacimiento de las Letras, la Reforma, el descubrimiento de nuevas tierras, la apertura de nuevas ciencias y de nuevas regiones en el hombre. Él será el sacerdote de Pan, y traerá consigo a las humildes cabañas la bendición de las estrellas matutinas y todos los beneficios consignados del cielo y de la tierra.
¿Hay algo de soberbio en esta afirmación? Entonces rechazo todo lo que he escrito, pues ¿de qué sirve fingir saber lo que no sabemos? Pero es culpa de nuestra retórica que no podamos afirmar con fuerza un hecho sin parecer desmentir algún otro.
Estimo en muy poco nuestro conocimiento actual. Escucha a las ratas en la pared, ve al lagartijo en la cerca, el hongo bajo el pie, el liquen en el tronco. ¿Qué sé yo simpática, moralmente, de cualquiera de estos mundos de vida? Tan antiguas como el hombre caucásico —tal vez más—, estas criaturas han guardado su secreto junto a él, y no hay registro de palabra o seña alguna que haya pasado de uno al otro.
¿Qué conexión muestran los libros entre los cincuenta o sesenta elementos químicos y las eras históricas? Es más, ¿qué registra aún la historia de los anales metafísicos del hombre? ¿Qué luz arroja sobre aquellos misterios que ocultamos bajo los nombres de Muerte e Inmortalidad?
Sin embargo, toda historia debería escribirse con una sabiduría que adivinara el alcance de nuestras afinidades y contemplara los hechos como símbolos. Me avergüenza ver qué relato aldeano y superficial es nuestra mal llamada Historia. ¡Cuántas veces debemos decir Roma, París y Constantinopla! ¿Qué sabe Roma de la rata y del lagartijo? ¿Qué son las Olimpiadas y los Consulados para estos sistemas de existencia vecinos? Es más, ¿qué alimento, experiencia o auxilio tienen para el cazador de focas esquimal, para el canaca en su canoa, para el pescador, el estibador, el porteador?
Más amplios y profundos debemos escribir nuestros anales —a partir de una reforma ética, de un influjo de la siempre nueva, siempre sanativa conciencia— si hemos de expresar con mayor verdad nuestra naturaleza central y de amplias relaciones, en lugar de esta vieja cronología de egoísmo y soberbia a la que demasiado tiempo hemos prestado nuestros ojos.
Ya ese día existe para nosotros, nos alumbra de improviso, pero el camino de la ciencia y de las letras no es la vía hacia la naturaleza. El idiota, el indio, el niño y el muchacho granjero sin instrucción se hallan más cerca de la luz mediante la cual ha de leerse la naturaleza, que el anatomista o el anticuario.