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Amistad

Una roja gota de varonil sangre al bravo mar supera; el mundo incierto va y viene, el amante arraigado se queda. Imaginé que había huido, y, tras muchos años, brillaba una bondad inagotable como el diario amanecer allí. Mi cauteloso corazón volvió a ser libre— Oh amigo, dijo mi pecho, solo a través de ti se arquea el cielo, a través de ti la rosa es roja, todas las cosas por ti adoptan una forma más noble y miran más allá de la tierra, la rutina circular de nuestro destino parece un camino de sol en tu valía. A mí también tu nobleza me ha enseñado a dominar mi desesperación; las fuentes de mi vida oculta son hermosas gracias a tu amistad.

Poseemos mucha más bondad de la que jamás se enuncia. A pesar de todo el egoísmo que, como vientos del este, congela el mundo, toda la familia humana está bañada por un elemento de amor semejante a un éter sutil.

¡Cuántas personas encontramos en los hogares, a las que apenas dirigimos la palabra, a las que sin embargo honramos, y que nos honran!

¡Cuántas vemos en la calle, o con cuántas nos sentamos en la iglesia, con quienes, aunque en silencio, nos alegra calurosamente estar!

Leed el lenguaje de estas miradas errantes. El corazón lo sabe.

El efecto de la complacencia en este afecto humano es una cierta exultación cordial.

En la poesía y en el lenguaje común, las emociones de benevolencia y complacencia que se sienten hacia los demás se asemejan a los efectos materiales del fuego; tan raudas, o mucho más raudas, más activas, más reconfortantes, son estas sutiles irradiaciones interiores.

Desde el grado más alto de amor apasionado hasta el grado más bajo de buena voluntad, ellas constituyen la dulzura de la vida.

Nuestros poderes intelectuales y activos aumentan con nuestro afecto. El erudito se sienta a escribir, y todos sus años de meditación no le proporcionan ni un solo buen pensamiento o expresión feliz; pero es necesario escribir una carta a un amigo, y de inmediato legiones de gentiles pensamientos se revisten, por todas partes, de palabras elegidas.

Mirad en cualquier casa donde moran la virtud y el respeto a uno mismo la palpitación que provoca la llegada de un desconocido. Un desconocido recomendado es esperado y anunciado, y una inquietud entre el placer y el dolor invade todos los corazones de un hogar. Su llegada casi infunde miedo en los buenos corazones que habrían de recibirlo. Se desempolva la casa, todo vuela a su lugar, se cambia el viejo abrigo por el nuevo y hay que apañar una cena si se puede.

De un forastero recomendado, solo se cuenta el buen informe por los demás, solo lo bueno y nuevo es oído por nosotros. Él representa para nosotros la humanidad. Él es lo que deseamos.

Habiéndolo imaginado e invertido en él [nuestras expectativas], preguntamos cómo deberíamos relacionarnos en la conversación y en la acción con tal hombre, y nos sentimos inquietos por el temor.

La misma idea exalta la conversación con él. Hablamos mejor de lo que solemos. Tenemos la más ágil fantasía, una memoria más rica, y nuestro demonio mudo se ha marchado por el momento.

Durante largas horas podemos continuar una serie de comunicaciones sinceras, elegantes y ricas, extraídas de la más antigua y secreta experiencia, de modo que quienes están sentados al lado, de nuestros propios parientes y conocidos, sentirán una viva sorpresa ante nuestros inusuales poderes.

Pero tan pronto como el extraño comienza a entrometer sus parcialidades, sus definiciones, sus defectos en la conversación, todo ha terminado. Ha escuchado lo primero, lo último y lo mejor que jamás oirá de nosotros. Ya no es un extraño. La vulgaridad, la ignorancia, la incomprensión son viejas conocidas. Ahora, cuando venga, podrá recibir el pedido, la ropa y la cena⁠—pero el latido del corazón y las comunicaciones del alma, ya no más.

¿Qué hay tan placentero como estos chorros de afecto que vuelven a crear un mundo joven para mí?

¿Qué hay tan delicioso como el encuentro justo y firme de dos seres, en un pensamiento, en un sentimiento?

¡Qué hermosos son, al acercarse a este corazón palpitante, los pasos y las formas de los dotados y los fieles!

En el momento en que damos rienda suelta a nuestros afectos, la tierra se metamorfosea; no hay invierno ni noche; todas las tragedias, todos los ennuis se desvanecen⁠—incluso todos los deberes⁠—; nada llena la eternidad venidera sino las formas radiantes de las personas amadas.

Que el alma tenga la certeza de que en algún lugar del universo se reunirá con su amigo, y se sentirá contenta y alegre en la soledad durante mil años.

Me desperté esta mañana con una devota acción de gracias por mis amigos, los viejos y los nuevos. ¿No llamaré a Dios el Hermoso, que a diario se me muestra así en sus dones? Reprendo a la sociedad, abrazo la soledad, y sin embargo no soy tan ingrato como para no ver a los sabios, a los encantadores y a los de noble espíritu, a medida que de vez en cuando pasan por mi puerta. Quien me oye, quien me comprende, se vuelve mío⁠—una posesión para siempre. Ni es la Naturaleza tan pobre como para no darme este gozo varias veces, y así tejemos hilos sociales propios, una nueva red de relaciones; y, al materializarse en sucesión muchos pensamientos, nos hallaremos poco a poco en un mundo nuevo de nuestra propia creación, y ya no seremos extranjeros ni peregrinos en un globo tradicional.

Mis amigos han venido a mí sin ser buscados. El gran Dios me los dio.

Por el más antiguo de los derechos, por la afinidad divina de la virtud consigo misma, los encuentro, o más bien no yo, sino la Divinidad en mí y en ellos se burla y anula los gruesos muros del carácter individual, la relación, la edad, el sexo, la circunstancia, que por lo común tolera, y ahora hace de muchos uno.

Altas gracias os debo, excelentes amantes, que lleváis el mundo para mí hacia nuevas y nobles profundidades, y ampliáis el significado de todos mis pensamientos. Estas son nueva poesía del primer Bardo —poesía sin fin—, himno, oda y épica, poesía que aún fluye, Apolo y las Musas cantando todavía.

¿Se apartarán también estos de mí otra vez, o algunos de ellos? No lo sé, pero no lo temo; pues mi relación con ellos es tan pura, que nos sostenemos por simple afinidad, y siendo el Genio de mi vida tan social, esa misma afinidad ejercerá su energía sobre cualquiera que sea tan noble como estos hombres y mujeres, dondequiera que yo esté.

Confieso una ternura de la naturaleza extrema en este punto. Casi me resulta peligroso «aplastar el dulce veneno del vino mal empleado» de los afectos.

Una persona nueva es para mí un gran acontecimiento y me quita el sueño. A menudo he tenido bellas fantasías sobre las personas que me han regalado horas deliciosas; pero la alegría termina en el día; no rinde fruto. El pensamiento no nace de ello; mi acción apenas se ve modificada.

Debo sentir orgullo por los logros de mi amigo como si fueran míos, y sentido de propiedad sobre sus virtudes. Siento la misma calidez cuando es alabado que el amante cuando escucha los aplausos hacia su prometida. Sobreestimamos la conciencia de nuestro amigo. Su bondad parece mejor que nuestra bondad, su naturaleza más noble, sus tentaciones menores.

Todo lo que es suyo —su nombre, su figura, su vestimenta, sus libros e instrumentos— la fantasía lo realza. Nuestro propio pensamiento suena nuevo y más vasto en su boca.

Sin embargo, la sístole y la diástole del corazón no carecen de analogía en el flujo y reflujo del amor. La amistad, al igual que la inmortalidad del alma, es demasiado buena para ser creída.

El amante, al contemplar a su amada, medio sabe que ella no es en verdad aquello que adora; y en la hora dorada de la amistad nos sorprenden matices de sospecha e incredulidad. Dudamos de si otorgamos a nuestro héroe las virtudes con las que brilla, y después adoramos la forma a la que hemos atribuido esta morada divina.

En rigor, el alma no respeta a los hombres como se respeta a sí misma.

En la ciencia estricta, todas las personas están sujetas a la misma condición de infinita lejanía.

¿Temeremos enfriar nuestro amor al cavar en busca del cimiento metafísico de este templo elíseo?

¿No seré yo tan real como las cosas que veo? Si lo soy, no temeré conocerlas por lo que son.

Su esencia no es menos hermosa que su apariencia, aunque requiera órganos más sutiles para su aprehensión.

La raíz de la planta no resulta antiestética para la ciencia, aunque para coronas y festones cortemos corto el tallo.

Y debo arriesgar la producción del hecho desnudo en medio de estas gratas ensoñaciones, aunque resulte ser una calavera egipcia en nuestro banquete.

Un hombre que permanece unido a su pensamiento concibe magnánimamente de sí mismo. Es consciente de un éxito universal, aun cuando se compre mediante uniformes fracasos particulares. Ninguna ventaja, ningún poder, ningún oro o fuerza pueden igualársele.

No puedo evitar confiar más en mi propia pobreza que en vuestra riqueza. No puedo hacer que vuestra conciencia equivalga a la mía. Solo la estrella deslumbra; el planeta tiene un rayo tenue, parecido al de la luna.

Escucho lo que decís de las partes admirables y el temple probado del partido que alabáis, pero veo bien que, a pesar de todos sus mantos de púrpura, no me agradará, a menos que sea al fin y al cabo un pobre griego como yo.

No puedo negarlo, oh amigo, que la vasta sombra del Fenómeno te incluye también a ti en su inmensidad pintada y abigarrada⁠—a ti también, comparado con quien todo lo demás es sombra. No eres el Ser, como la Verdad lo es, como la Justicia lo es⁠—no eres mi alma, sino una imagen y efigie de esta. Has venido a mí hace poco, y ya estás tomando tu sombrero y tu capa. ¿No es acaso que el alma brota amigos como el árbol brota hojas, y pronto, por la germinación de nuevas yemas, expulsa a la hoja vieja?

La ley de la naturaleza es la alternancia perpetua. Cada estado eléctrico induce el opuesto. El alma se rodea de amigos para poder adentrarse en un autoconocimiento o una soledad más grandiosos; y marcha sola por un tiempo, para poder exaltar su conversación o su compañía.

Este método se delata a lo largo de toda la historia de nuestras relaciones personales. El instinto del afecto reaviva la esperanza de la unión con nuestras parejas, y el sentido recurrente del aislamiento nos retira de la búsqueda.

Así, cada hombre pasa su vida en busca de la amistad, y si registrara su verdadero sentimiento, podría escribir una carta como esta a cada nuevo candidato a su amor:⁠—

Estimado amigo,

Si estuviera seguro de ti, seguro de tu capacidad, seguro de igualar mi estado de ánimo con el tuyo, jamás volvería a pensar en nimiedades en relación con tus idas y venidas. No soy muy sabio; mis estados de ánimo son bastante accesibles y respeto tu genio; para mí aún es insondable; sin embargo, no me atrevo a presumir en ti una perfecta inteligencia de mí, y por eso eres para mí un delicioso tormento. Tuyo siempre, o nunca.

Sin embargo, estos placeres inquietos y sutiles dolores son para la curiosidad y no para la vida. No hay que entregarse a ellos. Esto es tejer tela de araña, y no paño.

Nuestras amistades se precipitan hacia finales breves y pobres, porque las hemos hecho de una textura de vino y sueños, en lugar de la fibra resistente del corazón humano.

Las leyes de la amistad son austeras y eternas, de una misma trama con las leyes de la naturaleza y de la moral. Pero hemos apuntado a un beneficio rápido y mezquino, a sorber una dulzura repentina. Arrebatamos el fruto más lento en todo el jardín de Dios, que muchos veranos y muchos inviernos deben madurar. Buscamos a nuestro amigo no santamente, sino con una pasión adulterada que querría apropiárselo para nosotros.

En vano. Estamos armados por todas partes de sutiles antagonismos que, tan pronto como nos encontramos, empiezan a actuar y traducen toda la poesía en prosa insípida. Casi toda la gente desciende para encontrarse.

Toda asociación debe ser un compromiso y, lo que es peor, la flor misma y el aroma de la flor de cada una de las bellas naturalezas desaparece a medida que se aproximan la una a la otra.

¡Qué perpetua decepción es la sociedad real, incluso la de los virtuosos y dotados! Después de haber logrado entrevistas con larga previsión, debemos vernos atormentados de pronto por golpes frustrados, por apatías repentinas e inoportunas, por epilepsias del ingenio y de los ánimos, en el apogeo de la amistad y del pensamiento. Nuestras facultades no nos responden con fidelidad, y ambas partes se sienten aliviadas con la soledad.

Debo estar a la altura de toda relación. No importa cuántos amigos tenga y qué contenido pueda encontrar en la conversación con cada uno, si hay uno solo ante el cual no esté a la altura. Si me he retirado con deshonor de una sola lid, la alegría que encuentro en todas las demás se vuelve mezquina y cobarde. Me odiaría a mí mismo si entonces hiciera de mis otros amigos mi refugio:—

“El valiente guerrero en liza famoso, tras cien victorias, una vez vencido, del libro del honor es borrado por completo, y olvidado cuanto luchó por conseguir.”

Nuestra impaciencia resulta así duramente reprendida.

La timidez y la apatía son una dura corteza en la que una delicada organización se protege de una maduración prematura. Se perdería si se conociera a sí misma antes de que ninguna de las mejores almas estuviera aún lo suficientemente madura como para conocerla y reconocerla.

Respetad la naturlangsamkeit que endurece el rubí en un millón de años y obra en una duración en la que los Alpes y los Andes van y vienen como arcoíris.

El buen espíritu de nuestra vida no tiene ningún cielo que sea el precio de la precipitación. El amor, que es la esencia de Dios, no es para la ligereza, sino para el valor total del hombre. No tengamos este capricho infantil en nuestras consideraciones, sino el más austero valor; acerquémonos a nuestro amigo con una audaz confianza en la verdad de su corazón, en la amplitud, imposible de derrocar, de sus cimientos.

Los atractivos de este tema no se pueden resistir, y dejo por el momento toda consideración de beneficio social subordinado, para hablar de esa relación selecta y sagrada que es una especie de absoluto, y que incluso deja al lenguaje del amor sospechoso y común, tanto es esto más puro, y nada hay tan divino.

No deseo tratar las amistades con delicadeza, sino con la más áspera valentía.

Cuando son reales, no son hilos de vidrio o labores de escarcha, sino la cosa más sólida que conocemos.

Pues ahora, después de tantas edades de experiencia, ¿qué sabemos de la naturaleza o de nosotros mismos? Ni un solo paso ha dado el hombre hacia la solución del problema de su destino. En una sola condena de insensatez se halla todo el universo de los hombres.

Pero la dulce sinceridad de alegría y paz que extraigo de esta alianza con el alma de mi hermano es la nuez misma de la cual toda la naturaleza y todo el pensamiento no son más que la vaina y la cáscara.

¡Feliz la casa que abriga a un amigo! Bien podría estar construida, como un cenador o arco festivo, para recibirlo un solo día.

¡Más feliz aún, si él conoce la solemnidad de esa relación y honra su ley!

Quien se ofrece como candidato para ese pacto acude, como un olímpico, a los grandes juegos donde los primogénitos del mundo son los competidores. Se propone para contiendas donde el Tiempo, la Necesidad, el Peligro están en la liza, y solo resulta vencedor aquel que posee la verdad suficiente en su constitución para preservar la delicadeza de su belleza del desgaste de todo esto.

Los dones de la fortuna pueden estar presentes o ausentes, pero toda la rapidez en esa contienda depende de la nobleza intrínseca y del desdén por las naderías.

Hay dos elementos que componen la amistad, cada uno tan soberano que no puedo detectar superioridad en ninguno, ni razón por la cual debiera nombrarse primero a uno que a otro.

Uno es la verdad.

Un amigo es una persona con quien puedo ser sincero. Ante él puedo pensar en voz alta. He llegado por fin a la presencia de un hombre tan real e igual que puedo desprenderterme incluso de esas vestiduras inferiores de disimulo, cortesía y segundas intenciones, que los hombres nunca se quitan, y puedo tratar con él con la simplicidad y la integridad con que un átomo químico se encuentra con otro.

La sinceridad es el lujo permitido, al igual que las diademas y la autoridad, solo al rango más elevado; a este se le permite decir la verdad, por no tener a nadie por encima a quien cortejar o a quien someterse.

Todo hombre a solas es sincero. A la entrada de una segunda persona, comienza la hipocresía. Paramos y esquivamos la aproximación de nuestro prójimo con cumplidos, con chismes, con diversiones, con negocios. Ocultamos nuestro pensamiento ante él bajo cien pliegues. Conocí a un hombre que, bajo un cierto frenesí religioso, se despojó de este ropaje y, prescindiendo de todo cumplido y lugar común, le habló a la conciencia de cada persona con la que se topaba, y ello con gran perspicacia y belleza. Al principio se le resistieron, y todos coincidieron en que estaba loco. Pero al persistir —como en verdad no podía dejar de hacerlo— durante algún tiempo en este proceder, alcanzó la ventaja de poner a cada conocido suyo en auténtica relación con él. A nadie se le habría ocurrido hablarle con falsedad, ni darle largas con charla alguna de mercados o gabinetes de lectura. Mas todo hombre se veía forzado por tanta sinceridad a una franqueza semejante, y cuanto amor a la naturaleza, cuánta poesía, qué símbolo de verdad poseía, sin falta se lo mostraba.

Pero a la mayoría de nosotros la sociedad no nos muestra su rostro ni sus ojos, sino su perfil y su espalda.

Mantener relaciones verdaderas con los hombres en una época falsa vale un ataque de locura, ¿no es así? Rara vez podemos irnos erguidos. Casi cada hombre que encontramos exige cierta cortesía —exige que se le sigan los caprichos—; tiene en la cabeza cierta fama, cierto talento, cierto capricho de religión o filantropía que no debe ser cuestionado, y que arruina toda conversación con él.

Pero un amigo es un hombre cuerdo que no pone a prueba mi ingenio, sino a mí. Mi amigo me ofrece entretenimiento sin exigir de mi parte ninguna condición. Un amigo es, por tanto, una especie de paradoja en la naturaleza.

Yo que existo solo, yo que no veo en la naturaleza nada cuya existencia pueda afirmar con igual evidencia a la mía, contemplo ahora la apariencia de mi ser, en toda su altura, variedad y singularidad, reiterada en una forma extraña; de modo que bien puede considerarse al amigo como la obra maestra de la naturaleza.

El otro elemento de la amistad es la ternura. Estamos unidos a los hombres por toda clase de vínculos, por sangre, por orgullo, por temor, por esperanza, por lucro, por lujuria, por odio, por admiración, por cada circunstancia, distintivo y fruslería⁠, pero apenas podemos creer que en otro pueda subsistir tanto carácter como para atraernos por amor.

¿Puede otro ser tan bendecido y nosotros tan puros como para ofrecerle ternura? Cuando un hombre se me vuelve querido, he tocado la meta de la fortuna. Hallo muy poco escrito directamente al corazón de este asunto en los libros.

Y, sin embargo, tengo un texto que no puedo evitar recordar. Mi autor dice: «Me ofrezco débil y abruptamente a aquellos de quienes efectivamente soy, y me ofrezco con menor ternura a aquel a quien estoy más devotamente consagrado».

Deseo que la amistad tenga pies, además de ojos y elocuencia. Debe plantarse en la tierra antes de saltar sobre la luna. Deseo que sea un poco ciudadana antes de ser por completo un querubín.

Reprochamos al ciudadano porque convierte el amor en mercancía. Es un intercambio de dones, de préstamos útiles; es la buena vecindad; vela al enfermo; sostiene el féretro en el funeral; y pierde por completo de vista las delicadezas y la nobleza de la relación.

Pero aunque no podamos hallar al dios bajo este disfraz de vivandero, por otra parte tampoco podemos perdonar al poeta si hila demasiado fino y no sustancializa su romance con las virtudes municipales de la justicia, la puntualidad, la fidelidad y la piedad.

Odeo la prostitución del nombre de la amistad para significar alianzas modernas y mundanas. Prefiero con mucho la compañía de muchachos aradores y buhoneros de hojalata a la amistad sedosa y perfumada que celebra sus días de encuentro mediante una exhibición frívola, paseos en carricoche y cenas en las mejores tabernas.

El fin de la amistad es un trato de lo más estricto y cotidiano que puede entablarse; más estricto que cualquier otro de los que tenemos experiencia.

Es para la ayuda y el consuelo en todas las relaciones y trances de la vida y de la muerte.

Es apto para los días serenos y los regalos graciosos y los paseos por el campo, pero también para los caminos ásperos y las comidas austeras, el naufragio, la pobreza y la persecución.

Hace compañía a las salidas del ingenio y a los éxtasis de la religión.

Hemos de dignificar mutuamente las necesidades y los deberes cotidianos de la vida del hombre, y embellecerla con el valor, la sabiduría y la unidad.

Nunca debe caer en algo habitual y establecido, sino que ha de estar alerta e inventiva y añadir rima y razón a lo que era monotonía.

Podría decirse que la amistad requiere naturalezas tan raras y costosas, cada una tan bien templada y felizmente adaptada, y además tan circundadas (pues incluso en ese detalle, como dice un poeta, el amor exige que las partes estén del todo emparejadas), que su satisfacción pocas veces puede darse por segura.

No puede subsistir en su perfección, según algunos de los versados en esta cálida sabiduría del corazón, entre más de dos. No soy tan estricto en mis condiciones, tal vez porque nunca he conocido una comunión tan elevada como otros. Complazco más a mi imaginación con un círculo de hombres y mujeres divinos, emparentados de diversos modos entre sí y entre los cuales subsiste una inteligencia excelsa.

Pero encuentro esta ley del uno a uno imperativa para la conversación, que es la práctica y consumación de la amistad.

No mezcles demasiado las aguas. La mejor mezcla tan mal como lo bueno y lo malo.

Podrás tener un discurso muy útil y alentador en diferentes momentos con dos hombres distintos, pero que los tres se reúnan y no tendrás una sola palabra nueva y sincera. Dos pueden hablar y uno puede escuchar, pero tres no pueden tomar parte en una conversación de la índole más sincera y penetrante.

En la buena compañía nunca se da tal discurso entre dos, al otro lado de la mesa, como el que tiene lugar cuando los dejas a solas.

En la buena compañía los individuos funden su egoísmo en un alma social exactamente coextensiva con las diversas conciencias allí presentes. Ninguna parcialidad de amigo a amigo, ningún afecto de hermano a hermana, de esposa a marido, resultan allí pertinentes, sino más bien lo contrario.

Solo puede hablar entonces quien sea capaz de navegar sobre el pensamiento común del grupo, y no limitado pobremente al suyo propio. Ahora bien, esta convención, que el buen sentido exige, destruye la alta libertad de la gran conversación, la cual requiere una fusión absoluta de dos almas en una.

No hay dos hombres que, al quedarse a solas el uno con el otro, no entren en relaciones más sencillas.

Sin embargo, es la afinidad la que determina qué par ha de conversar. Los hombres sin afinidad mutua se dan poca alegría el uno al otro, y jamás sospecharán las facultades latentes del otro.

Hablamos a veces de un gran talento para la conversación, como si fuera una propiedad permanente en ciertos individuos. La conversación es una relación evanescente, nada más.

Se le atribuye a un hombre pensamiento y elocuencia; a pesar de ello, no puede dirigirle una palabra a su primo o a su tío. Reprochan su silencio con tanta razón como culparían la insignificancia de un cuadrante solar en la sombra.

Al sol, marcará la hora. Entre quienes disfrutan de su pensamiento, recuperará la voz.

La amistad requiere ese raro término medio entre semejanza y desemejanza que estimula a cada cual con la presencia de poder y de consentimiento en la otra parte. Prefiero estar solo hasta el fin del mundo antes de que mi amigo rebase, con una palabra o una mirada, su verdadera simpatía. Me frustran por igual el antagonismo y la complacencia. Que no deje de ser él mismo ni un instante. La única alegría que me da que sea mío es que lo no mío sea mío. Detesto, cuando buscaba un estímulo varonil, o al menos una resistencia varonil, encontrar una papilla de concesiones. Más vale ser una ortiga en el costado de tu amigo que su eco. La condición que la alta amistad exige es la capacidad de prescindir de ella. Ese alto ministerio requiere dotes grandes y sublimes. Debe haber un muy dos antes de que pueda haber un muy uno. Que sea una alianza de dos naturalezas grandes y formidables, contempladas mutuamente, temidas mutuamente, antes incluso de que reconozcan la profunda identidad que, bajo estas disparidades, las une.

Solo es apto para esta sociedad quien es magnánimo; quien está seguro de que la grandeza y la bondad son siempre economía; quien no se apresura a entrometerse en sus fortunas.

Que no se entrometa en esto. Deja al diamante sus edades para crecer, ni pretendas acelerar los nacimientos de lo eterno.

La amistad exige un trato religioso. Hablamos de elegir a nuestros amigos, pero los amigos se eligen a sí mismos. La reverencia es gran parte de ello. Trata a tu amigo como a un espectáculo. Por supuesto que tiene méritos que no son los tuyos, y que no puedes honrar si necesitas tenerlo pegado a tu persona.

Hazte a un lado; da espacio a esos méritos; déjalos ascender y expandirse. ¿Eres el amigo de los botones de tu amigo, o de su pensamiento? Para un gran corazón seguirá siendo un extraño en mil detalles, para poder acercarse en el terreno más sagrado.

Deja a los muchachos y a las muchachas considerar al amigo como propiedad, y exprimir un placer breve y confuso de todo, en vez del beneficio más noble.

Compremos nuestra entrada a este gremio mediante un largo noviciado.

¿Por qué habríamos de profanar almas nobles y hermosas entrometiéndonos en ellas? ¿Por qué insistir en relaciones personales precipitadas con vuestro amigo? ¿Por qué ir a su casa, o conocer a su madre, a su hermano y a sus hermanas? ¿Por qué recibir sus visitas en la vuestra?

¿Son estas cosas esenciales para nuestro pacto? Dejadnos de arrumacos y zarandeos. Que él sea para mí un espíritu. Un mensaje, un pensamiento, una sinceridad, una mirada suya, eso es lo que quiero, pero no noticias, ni lentejas. Pueden serme dados la política, la charla y los favores vecinales por compañeros más baratos.

¿No debería la compañía de mi amigo serme tan poética, pura, universal y grande como la propia naturaleza?

¿Acaso debo sentir que nuestro vínculo es profano en comparación con aquella barra de nube que duerme en el horizonte, o con ese racimo de hierba ondulante que divide el arroyo?

No lo vilipendiemos, elevémoslo a esa altura.

Ese gran ojo desafiante, esa belleza desdeñosa en su porte y en sus actos, no te enorgullezcas de reducirlos, sino más bien fortíficalos y realza su valor.

Adora sus superioridades; no desees que tenga ni un solo pensamiento menos, sino atesóralas y cuéntalas todas.

Cuídalo como a tu alter ego. Que sea para ti por siempre una especie de hermoso enemigo, indomable, devotamente reverenciado, y no una conveniencia trivial de la que pronto te deshagas y eches a un lado.

Los matices del ópalo, la luz del diamante, no se pueden ver si el ojo está demasiado cerca.

A mi amigo le escribo una carta y de él recibo una carta. Eso te parece poco. A mí me basta. Es un don espiritual digno de que él lo dé y de que yo lo reciba. No profana a nadie.

En estas cálidas líneas el corazón se fiará de sí mismo, como no lo hará ante la lengua, y verterá la profecía de una existencia más divina de la que todos los anales del heroísmo han justificado hasta ahora.

Respetad hasta ahora las santas leyes de esta hermandad como para no perjudicar su perfecta flor por vuestra impaciencia ante su apertura. Debemos ser nuestros propios dueños antes de poder ser de otro. Hay al menos esta satisfacción en el crimen, según el proverbio latino;⁠—uno puede hablar con su cómplice en pie de igualdad. Crimen quos inquinat, aequat. Con aquellos a quienes admiramos y amamos, al principio no podemos. Sin embargo, el más mínimo defecto de aplomo vicia, a mi juicio, toda la relación. Jamás podrá haber paz profunda entre dos espíritus, jamás respeto mutuo, hasta que en su diálogo cada uno represente al mundo entero.

¿Qué hay tan grande como la amistad? Llevémosla con la mayor grandeza de espíritu que podamos.

Seamos silenciosos —para poder escuchar el susurro de los dioses. No interfiramos. ¿Quién te mandó a andar maquinando qué debes decir a las almas elegidas, o cómo decirles algo? No importa cuán ingenioso, no importa cuán elegante y afable. Hay innumerables grados de insensatez y de sabiduría, y decir cualquier cosa por tu parte es ser frívolo.

Espera, y tu corazón hablará. Espera hasta que lo necesario y eterno te domine, hasta que el día y la noche se valgan de tus labios.

La única recompensa de la virtud es la virtud; la única manera de tener un amigo es ser uno. No te acercarás más a un hombre por entrar en su casa. Si son distintos, su alma solo huye más rápido de ti, y nunca captarás una verdadera mirada de sus ojos. Vemos a los nobles desde lejos y nos repelen; ¿por qué habríamos de inmiscuirnos?

Tarde —muy tarde— percibimos que ningún arreglo, ninguna presentación, ningún hábito o costumbre de la sociedad servirá de nada para establecernos en las relaciones que deseamos con ellos, sino únicamente el surgimiento de la naturaleza en nosotros al mismo grado en que está en ellos; entonces nos encontraremos como el agua con el agua; y si no nos encontrásemos con ellos entonces, no los necesitaremos, porque nosotros ya somos ellos.

En el análisis último, el amor es solo el reflejo del propio mérito de un hombre a partir de otros hombres. Los hombres a veces han intercambiado nombres con sus amigos, como si quisieran indicar que en su amigo cada uno amaba su propia alma.

Cuanto más elevado sea el estilo que exigimos de la amistad, por supuesto que menos fácil será establecerla con carne y hueso. Caminamos solos en el mundo. Los amigos que deseamos son sueños y fábulas.

Pero una esperanza sublime alienta siempre al corazón fiel, la de que en otra parte, en otras regiones del poder universal, almas están ahora actuando, soportando y osando, que pueden amarnos y a las que podemos amar. Podemos felicitarnos de que el período de minoría de edad, de locuras, de desatinos y de vergüenza, transcurra en la soledad, y cuando seamos hombres maduros estrecharemos manos heroicas con manos heroicas.

Que lo que ya ves te sirva tan solo de advertencia para no concertar pactos de amistad con personas mediocres, donde no puede haber amistad alguna. Nuestra impaciencia nos delata en alianzas precipitadas y necias a las que ningún dios asiste. Al persistir en tu camino, aunque renuncies a lo poco, ganas lo grande. Te manifiestas de tal modo que te pones fuera del alcance de las relaciones falsas, y atraes hacia ti a los primogénitos del mundo —esos raros peregrinos de los cuales solo uno o dos deambulan por la naturaleza a la vez, y ante los cuales los grandes vulgares se muestran meramente como espectros y sombras.

Es necio temer que hagamos nuestros lazos demasiado espirituales, como si así pudiéramos perder cualquier amor genuino.

Cualquier corrección que hagamos de nuestras opiniones populares a partir de la intuición, la naturaleza se encargará de respaldarla, y aunque parezca robarnos algo de alegría, nos recompensará con una mayor.

Sintamos, si queremos, el aislamiento absoluto del hombre. Estamos seguros de que lo tenemos todo en nosotros. Vamos a Europa, o perseguimos a personas, o leemos libros, en la fe instintiva de que estos lo evocarán y nos revelarán a nosotros mismos.

Mendigos todos. Las personas son tales como nosotros; la Europa, una vieja y descolorida prenda de personas muertas; los libros, sus fantasmas.

Abandonemos esta idolatría. Pongamos fin a esta mendicidad. Despidámonos incluso de nuestros amigos más queridos, y desafiémoslos diciendo: «¿Quiénes sois? Soltadme: no seré dependiente nunca más».

¡Ay!, ¿no ves, hermano, que así nos apartamos solo para reencontrarnos en una plataforma superior, y para ser más el uno del otro solo porque somos más nuestros?

Un amigo tiene dos caras; mira hacia el pasado y hacia el futuro. Es el hijo de todas mis horas precedentes, el profeta de las venideras y el heraldor de un amigo mayor.

Hago, pues, con mis amigos como con mis libros. Quisiera tenerlos donde pueda encontrarlos, pero rara vez los uso.

Debemos tener compañía en nuestros propios términos, y admitirla o excluirla por el más mínimo motivo. No puedo permitirme hablar mucho con mi amigo. Si es grande, me hace tan grande que no puedo descender a conversar.

En los grandes días, los presentimientos flotan ante mí en el firmamento. Debo entonces dedicarme a ellos.

Entro para poder atraparlos, salgo para poder atraparlos.

Solo temo perderlos al retirarse hacia el cielo en el que ahora son solo un parche de luz más brillante.

Entonces, aunque valoro a mis amigos, no puedo darme el lujo de hablar con ellos y estudiar sus visiones, no sea que pierda las mías.

En verdad me daría una cierta alegría hogareña abandonar esta búsqueda excelsa, esta astronomía espiritual o búsqueda de estrellas, y descender a una cálida empatía con ustedes; pero sé bien que entonces añoraré siempre la desaparición de mis poderosos dioses.

Es verdad que la semana próxima tendré estados de ánimo lánguidos, en los que bien podré permitirme ocuparme de objetos ajenos; entonces lamentaré la literatura perdida de vuestra mente y desearé que volváis a estar a mi lado.

Pero si venís, tal vez colméis mi mente solo de nuevas visiones; no con vosotras mismas sino con vuestros brillos, y no podré, ni más ni menos que ahora, conversar con vosotras.

Así deberé a mis amigos este trato evanescente. Recibiré de ellos no lo que tienen, sino lo que son. Me darán aquello que propiamente no pueden dar, pero que emana de ellos. Mas no me retendrán mediante ninguna relación menos sutil y pura. Nos encontraremos como si no nos encontráramos, y nos separaremos como si no nos separáramos.

Me ha parecido últimamente más posible de lo que sabía sobrellevar una amistad de manera noble, por un lado, sin la debida correspondencia por el otro.

¿Por qué he de agobiarme con remordimientos de que el receptor no sea capaz? Al sol nunca le preocupa que algunos de sus rayos caigan amplios y vanos en el espacio ingrato, y solo una pequeña parte sobre el planeta reflector.

Deja que tu grandeza eduque al compañero crudo y frío. Si él es desigual, pronto pasará; pero tú, engrandecido por tu propio brillo, y ya no más compañero de ranas y gusanos, te elevas y ardes con los dioses del empíreo.

Se considera una desgracia amar sin ser correspondido. Pero los grandes verán que el amor verdadero no puede no ser correspondido. El amor verdadero trasciende al objeto indigno y habita y medita en lo eterno, y cuando la pobre máscara interpuesta se desmorona, no se entristece, sino que se siente libre de tanta tierra y siente su independencia más segura.

Sin embargo, estas cosas difícilmente pueden decirse sin una especie de traición a la relación. La esencia de la amistad es la plenitud, una magnanimidad y confianza totales. No debe conjeturar ni prever la flaqueza. Trata a su objeto como a un dios, para deificar a ambos.

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