Gifts of one who loved me— ‘T was high time they came; When he ceased to love me, Time they stopped for shame.
Se dice que el mundo se encuentra en estado de bancarrota; que el mundo le debe al mundo más de lo que el mundo puede pagar, y que debería declararse en quiebra y ser vendido. No creo que esta insolvencia general, que involucra de algún modo a toda la población, sea la causa de la dificultad que se experimenta en Navidad, Año Nuevo y otras fechas para otorgar regalos; ya que siempre es muy grato ser generoso, aunque resulte muy molesto pagar las deudas.
Pero el impedimento radica en la elección. Si en algún momento se me pasa por la cabeza que debo un regalo a alguien, me desconcierta qué dar, hasta que la oportunidad se esfuma.
Las flores y las frutas son siempre regalos apropiados; las flores, porque son una orgullosa afirmación de que un rayo de belleza supera a todas las utilidades del mundo. Estas naturalezas alegres contrastan con el semblante algo severo de la naturaleza ordinaria: son como música escuchada a las puertas de un asilo. La naturaleza no nos malcría; somos hijos, no mascotas; no es afectuosa; todo se nos reparte sin temor ni favor, según leyes universales severas. Sin embargo, estas delicadas flores parecen la travesura y la intromisión del amor y la belleza. Los hombres solían decirnos que nos encanta el halago aunque no nos engañemos con él, porque demuestra que somos lo suficientemente importantes como para ser cortejados. Algo semejante a ese placer nos otorgan las flores: ¿quién soy yo a quien van dirigidas estas dulces insinuaciones?
Las frutas son obsequios aceptables, porque son la flor de las mercancías, y permiten que se les atribuyan valores fantásticos. Si un hombre me mandara llamar para que viaje cien millas a visitarlo y pusiera ante mí una canasta de hermosa fruta de verano, pensaría que hay cierta proporción entre el trabajo y la recompensa.
Para los regalos comunes, la necesidad hace que la pertinencia y la belleza sean cotidianas, y uno se alegra cuando un imperativo no le deja opción; puesto que si el hombre en la puerta no tiene zapatos, no tienes que considerar si podrías procurarle una caja de óleos.
Y así como siempre es agradable ver a un hombre comer pan, o beber agua, dentro de la casa o al aire libre, también es una gran satisfacción suplir estas primeras necesidades. La necesidad hace todo bien.
En nuestra condición de dependencia universal, parece heroico dejar que el peticionario sea el juez de su necesidad, y dar todo lo que se pide, aunque sea con gran inconveniencia. Si es un deseo fantástico, es mejor dejar a otros el oficio de castigarle. Puedo pensar en muchos papeles que preferiría representar antes que el de las Furias.
Después de las cosas de la necesidad, la regla para un regalo, que uno de mis amigos prescribió, es que podamos transmitir a alguna persona aquello que pertenecía propiamente a su carácter, y se asociaba fácilmente con él en el pensamiento. Pero nuestras muestras de cumplimiento y amor son en su mayor parte bárbaras. Los anillos y otras joyas no son regalos, sino disculpas de regalos.
El único regalo es una porción de ti mismo. Debes sangrar por mí. Por lo tanto, el poeta trae su poema; el pastor, su cordero; el granjero, maíz; el minero, una gema; el marinero, coral y conchas; el pintor, su cuadro; la muchacha, un pañuelo cosido por ella misma. Esto es correcto y agrada, porque restablece así la sociedad en su base primaria, cuando la biografía de un hombre se transmite en su regalo, y la riqueza de cada hombre es un índice de su mérito.
Pero es un asunto frío y sin vida cuando vas a las tiendas a comprarme algo que no representa tu vida y tu talento, sino los de un platero. Esto es propio de reyes, y de hombres ricos que representan a reyes, y de un estado falso de la propiedad, hacer presentes de oro y telas de plata, como una especie de ofrenda expiatoria simbólica, o pago de extorsión.
La ley de los beneficios es un canal difícil, que requiere una navegación cuidadosa o botes rudos. No es tarea del hombre recibir regalos. ¿Cómo osas darlos? Deseamos bastarnos a nosotros mismos. No perdonamos del todo a un donante. La mano que nos alimenta corre cierto peligro de ser mordida. Podemos recibir cualquier cosa del amor, pues esa es una manera de recibirla de nosotros mismos; pero no de quien asume la actitud de otorgar. A veces odiamos la carne que comemos, porque parece haber algo de dependencia degradante en vivir de ella:—
“Brother, if Jove to thee a present make, Take heed that from his hands thou nothing take.”
Pedimos el todo. Nada menos nos contentará. Acusamos a la sociedad si no nos brinda, además de tierra, fuego y agua, oportunidad, amor, reverencia y objetos de veneración.
Es un hombre bueno aquel que sabe recibir bien un regalo. Un regalo nos alegra o nos entristece, y ambas emociones son indecorosas. Creo que se comete cierta violencia, cierta degradación, cuando me regocijo o me aflige un regalo.
Me entristece cuando se vulnera mi independencia, o cuando un regalo proviene de quienes no conocen mi espíritu, por lo que el acto carece de sustento; y si el regalo me complace demasiado, entonces debería avergonzarme de que el donante lea mi corazón y vea que amo su mercancía, y no a él.
El regalo, para ser verdadero, debe ser el fluir del dador hacia mí, en correspondencia con mi fluir hacia él. Cuando las aguas están niveladas, entonces mis bienes pasan a él, y los suyos a mí. Todo lo suyo es mío, todo lo mío es suyo. Le digo: ¿Cómo puedes darme esta vasija de aceite o este frasco de vino cuando todo tu aceite y tu vino son míos, creencia mía que este regalo parece negar?
De ahí la idoneidad de las cosas bellas, no de las útiles, para los regalos. Esta entrega es una abierta usurpación, y por ello, cuando el beneficiario es ingrato —pues todos los beneficiarios aborrecen a los Tímones, sin considerar en absoluto el valor del regalo, sino mirando atrás, al caudal mayor de donde fue tomado—, simpatizo más con el beneficiario que con la cólera de mi señor Timón.
Porque la expectativa de gratitud es mezquina y es continuamente castigada por la total insensibilidad de la persona obligada. Es una gran dicha librarse sin daño ni rencor de alguien que ha tenido la mala suerte de ser servido por usted. Es un asunto muy oneroso, esto de ser servido, y el deudor naturalmente desea darle a uno una bofetada.
Un texto de oro para estos caballeros es el que tanto admiro en el budista, que nunca da las gracias y que dice: «No halaguen a sus bienhechores».
La razón de estas discordias considero que es que no hay conmensurabilidad entre un hombre y ningún don. No se le puede dar nada a una persona magnánima.
Después de que le has servido, él te pone de inmediato en deuda con su magnanimidad. El servicio que un hombre le presta a su amigo es trivial y egoísta comparado con el servicio que sabe que su amigo estaba dispuesto a ofrecerle, tanto antes de que él hubiera empezado a servir a su amigo, como ahora también.
Comparado con esa buena voluntad que le tengo a mi amigo, el beneficio que está en mi poder rendirle parece pequeño. Además, nuestra acción mutua, tanto la buena como la mala, es tan incidental y fortuita que rara vez podemos escuchar los agradecimientos de cualquier persona que quiera darnos las gracias por un beneficio, sin cierta vergüenza y humillación.
Rara vez podemos dar un golpe directo, sino que debemos conformarnos con uno oblicuo; rara vez tenemos la satisfacción de otorgar un beneficio directo que sea directamente recibido. Pero la rectitud esparce favores por todas partes sin saberlo, y recibe con asombro las gracias de todas las personas.
Temo proferir cualquier traición contra la majestad del amor, que es el genio y dios de los dones, y a quien no debemos pretender prescribirle nada. Que otorgue reinos o pétalos de flores indistintamente.
Hay personas de quienes siempre esperamos presentes de hadas; no dejemos de esperarlos. Esto es una prerrogativa, y no ha de ser limitada por nuestras normas municipales. Por lo demás, me agrada ver que no podemos ser comprados ni vendidos.
Lo mejor de la hospitalidad y de la generosidad tampoco reside en la voluntad, sino en el destino. Noto que no significo gran cosa para ti; no me necesitas; no me sientes; entonces soy echado a la calle, aunque me ofrezcas casa y tierras.
Ningún servicio tiene valor alguno, tan solo la semejanza. Cuando he intentado unirme a los demás mediante servicios, resultó ser un artificio intelectual, nada más. Se devoran tu servicio como a las manzanas, y a ti te dejan fuera. Pero ámales, y ellos te sentirán y se deleitarán contigo todo el tiempo.