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Confianza en uno mismo

Ne te quaesiveris extra.

“El hombre es su estrella; y el alma capaz de forjar a un hombre íntegro y veraz, domina toda luz, influjo y destino; nada le llega tarde ni en mal camino. Nuestros actos son nuestros ángeles, sean buenos o malos, nuestras sombras fatales que van siempre a nuestro lado.”

Arroja al infante a las rocas, amamántalo con la ubre de la loba, hivernado con el halcón y el zorro. Sean poder y velocidad manos y pies.

El otro día leí unos versos escritos por un pintor eminente que eran originales y no convencionales.

El alma siempre escucha una advertencia en tales líneas, sea cual fuere el tema. El sentimiento que inculcan es de más valor que cualquier pensamiento que puedan contener.

Creer en tu propio pensamiento, creer que lo que es verdad para ti en tu corazón íntimo es verdad para todos los hombres: eso es el genio.

Expresa tu convicción latente, y será el sentido universal; pues lo más recóndito, a su debido tiempo, se vuelve lo más manifiesto, y nuestro primer pensamiento se nos devuelve con las trompetas del Juicio Final.

Familiar como es para cada quien la voz de la mente, el mayor mérito que atribuimos a Moisés, Platón y Milton es que hicieron caso omiso de libros y tradiciones, y no hablaron lo que los hombres, sino lo que ellos pensaban.

Un hombre debe aprender a distinguir y observar ese destello de luz que cruza por su mente desde el interior, más que el fulgor del firmamento de bardos y sabios.

Sin embargo, desecha sin prestarle atención su propio pensamiento, por el hecho de ser suyo.

En toda obra de genio reconocemos nuestros propios pensamientos rechazados; vuelven a nosotros con una cierta majestad alienada. Las grandes obras de arte no tienen lección más conmovedora para nosotros que esta. Nos enseñan a mantenernos fieles a nuestra impresión espontánea con inflexible buen humor, sobre todo cuando el clamor de todas las voces está en contra.

De lo contrario, mañana un extraño dirá con magistral buen sentido precisamente lo que hemos pensado y sentido todo el tiempo, y nos veremos obligados a tomar con vergüenza nuestra propia opinión de labios de otro.

Hay un momento en la educación de todo hombre en el que llega a la convicción de que la envidia es ignorancia; de que la imitación es suicidio; de que debe aceptarse a sí mismo para bien o para mal como su porción; de que, aunque el vasto universo está lleno de bienes, ningún grano de maíz nutritivo puede llegarle sino a través de su esfuerzo dedicado a esa parcela de tierra que se le ha dado para cultivar. El poder que reside en él es nuevo en la naturaleza, y nadie excepto él sabe lo que es capaz de hacer, ni él mismo lo sabe hasta que lo ha intentado. No por nada un rostro, un carácter, un hecho, le causan gran impresión, y otro ninguna. Esta escultura en la memoria no carece de una armonía preestablecida. El ojo fue colocado donde un rayo debía caer, para que pudiera dar testimonio de ese rayo en particular. Apenas nos expresamos a medias, y nos avergonzamos de esa idea divina que cada uno de nosotros representa. Se puede confiar plenamente en ella como proporcionada y de buenos resultados, siempre que sea fielmente comunicada, pero Dios no quiere que su obra sea manifestada por cobardes. Un hombre se siente aliviado y alegre cuando ha puesto su corazón en su trabajo y ha hecho lo mejor que pudo; pero lo que haya dicho o hecho de otro modo no le dará paz. Es una liberación que no libera. En el intento su genio lo abandona; ninguna musa lo favorece; ninguna invención, ninguna esperanza.

Confía en ti mismo: todo corazón vibra con esa cuerda de hierro.

Acepta el lugar que la divina providencia te ha asignado, la sociedad de tus contemporáneos, la conexión de los acontecimientos.

Los grandes hombres siempre lo han hecho, y se han confiado como niños al genio de su época, revelando su percepción de que lo absolutamente digno de confianza residía en su corazón, obraba a través de sus manos y predominaba en todo su ser.

Y ahora somos hombres, y debemos aceptar con la más alta disposición el mismo destino trascendente; y no menores de edad ni inválidos en un rincón protegido, ni cobardes que huyen ante una revolución, sino guías, redentores y bienhechores, obedeciendo al esfuerzo del Omnipotente y avanzando sobre el Caos y la Oscuridad.

¡Qué bellos oráculos nos brinda la naturaleza sobre este texto en el rostro y el comportamiento de los niños, los bebés y aun de las bestias!

Esa mente dividida y rebelde, esa desconfianza hacia un sentimiento porque nuestra aritmética ha calculado la fuerza y los medios opuestos a nuestro propósito, ellos no los tienen. Estando su mente entera, su mirada aún no ha sido vencida, y cuando los miramos a la cara nos desconciertan.

La infancia no se adapta a nadie; todos se adaptan a ella; de modo que un solo bebé comúnmente convierte en cuatro o cinco a los adultos que le balbucean y juegan. Así Dios ha armado a la juventud, la pubertad y la virilidad no menos con su propia picardía y encanto, y las ha hecho envidiables y graciosas y con pretensiones imposibles de eludir, si es que se sostienen por sí mismas.

No creas que el joven no tiene fuerza, porque no puede hablarte a ti y a mí. ¡Escucha! En la habitación contigua su voz es suficientemente clara y enfática. Parece que sabe cómo hablarles a sus contemporáneos. Tímido o audaz entonces, sabrá cómo volvernos a nosotros los mayores muy innecesarios.

La despreocupación de los muchachos que tienen la cena asegurada, y que desdeñarían tanto como un lord hacer o decir algo para congraciarse con alguien, es la actitud saludable de la naturaleza humana. Un muchacho es en el salón lo que el paraíso en el teatro; independiente, irresponsable, contemplando desde su rincón a cuantas personas y hechos pasan por allí, los juzga y sentencia por sus méritos, de la manera rápida y sumaria de los muchachos: como buenos, malos, interesantes, necios, elocuentes, molestos. Nunca se preocupa por las consecuencias, por los intereses; emite un veredicto independiente y genuino. Hay que cortejarlo; él no lo corteja a usted. Pero el hombre está, por así decirlo, encerrado en la cárcel de su propia conciencia. Tan pronto como ha actuado o hablado con éclat, se convierte en una persona comprometida, vigilada por la simpatía o el odio de cientos, cuyos afectos debe tener ahora en cuenta. No hay Leteo para esto. ¡Ah, si pudiera volver a su neutralidad! Quien así puede evitar todos los compromisos y, tras haber observado, observar nuevamente desde esa misma inocencia desinteresada, imparcial, incorruptible y sin miedo, será siempre formidable. Emitiría opiniones sobre todos los asuntos corrientes que, al verse no como privadas sino como necesarias, se hundirían como dardos en los oídos de los hombres y los infundirían de temor.

Estas son las voces que oímos en la soledad, pero se van desvaneciendo y se vuelven inaudibles a medida que entramos en el mundo.

La sociedad, en todas partes, es una conspiración contra la virilidad de cada uno de sus miembros. La sociedad es una sociedad anónima en la que los miembros acuerdan, para asegurar mejor el pan de cada accionista, renunciar a la libertad y a la cultura del consumidor.

La virtud más solicitada es la conformidad. La autosuficiencia es su aversión. No ama las realidades ni a los creadores, sino los nombres y las costumbres.

El que quiera ser hombre, debe ser un no conformista. Quien quiera cosechar palmas inmortales no debe dejarse obstaculizar por el nombre de la bondad, sino que debe explorar si es bondad. Nada es sagrado al fin y al cabo salvo la integridad de tu propia mente. Absuélvete ante ti mismo, y tendrás el sufragio del mundo.

Recuerdo una respuesta que, siendo muy joven, me impulsaron a darle a un estimado consejero que solía importunarme con las queridas viejas doctrinas de la iglesia. Ante mi comentario: «¿Qué tengo yo que ver con la santidad de las tradiciones, si vivo enteramente desde mi interior?», mi amigo me sugirió: «Pero estos impulsos pueden venir de abajo, no de arriba». Yo repliqué: «No me lo parecen a mí; pero si soy hijo del Diablo, viviré entonces a partir del Diablo». Ninguna ley puede serme sagrada salvo la de mi naturaleza. El bien y el mal no son sino nombres muy fácilmente transferibles a esto o aquello; lo único correcto es lo que concuerda con mi constitución; lo único erróneo, lo que va en contra de ella. Un hombre debe conducirse ante toda oposición como si todo fuera nominal y efímero, excepto él.

Me avergüenza pensar con qué facilidad capitulamos ante insignias y nombres, ante grandes sociedades e instituciones muertas. Cada individuo decente y de buena elocuencia me afecta y me influencia más de lo debido. Debería ir erguido y vital, y decir la grosera verdad en todos los sentidos.

Si la malicia y la vanidad visten el abrigo de la filantropía, ¿se va a consentir eso? Si un fanático furioso asume esta generosa causa de la abolición, y viene a mí con sus últimas noticias de Barbados, ¿por qué no he de decirle: «Ve a amar a tu hijo; ama a tu leñador; sé bondadoso y modesto; ten esa gracia; y no barnices jamás tu dura y poco caritativa ambición con esta increíble ternura hacia la gente negra a mil millas de distancia»? Tu amor lejano es rencor en casa.

Tosco y deslucido sería tal saludo, pero la verdad es más hermosa que la afectación del amor. Tu bondad debe tener algún filo —si no, no es tal—. La doctrina del odio debe ser predicada, como contrapartida de la doctrina del amor, cuando esta se lamenta y gime.

Huyo del padre, de la madre, de la esposa y del hermano cuando mi genio me llama. Escribiría en los postes de las puertas: Capricho. Espero que al fin sea algo mejor que un capricho, pero no podemos pasarnos el día dando explicaciones. No esperen que dé razones de por qué busco o por qué excluyo la compañía.

Y otra vez, no me hables, como hizo hoy un hombre de bien, de mi obligación de poner a todos los hombres pobres en buenas situaciones. ¿Son acaso mis pobres? Te digo, filántropo insensato, que me duele el dólar, la moneda de diez centavos, el centavo que doy a hombres así que no me pertenecen y a los que yo no pertenezco. Hay una clase de personas a quienes, por toda afinidad espiritual, estoy vendido y comprado; por ellas iré a la cárcel si es necesario; pero vuestras caridades populares misceláneas; la educación universitaria de los necios; la construcción de casas de reunión con el fin vano al que muchas hoy se destinan; la limosna a los borrachos, y las mil y una Sociedades de Socorro;⁠—aunque confieso con vergüenza que a veces sucumbo y doy el dólar, es un dólar inicuo que tarde o temprano tendré la hombría de retener.

Las virtudes son, según la estimación popular, más bien la excepción que la regla. Está el hombre y están sus virtudes. Los hombres realizan lo que se llama una buena acción, como algún acto de valor o caridad, casi como si pagaran una multa en expiación de su inasistencia diaria al desfile.

Sus obras se hacen como disculpa o atenuación de su paso por el mundo⁠—como los inválidos y los dementes pagan una pensión elevada. Sus virtudes son penitencias.

No deseo expiar, sino vivir. Mi vida es para sí misma y no para un espectáculo. Prefiero mucho que sea de una tesitura más baja, con tal de que sea genuina e igual, a que sea rutilante e inestable. Deseo que sea sana y dulce, y que no necesite régimen ni sangrías.

Pido evidencia primaria de que eres un hombre, y rechazo esta apelación del hombre a sus acciones. Sé que para mí no hay diferencia alguna entre hacer o dejar de hacer aquellas acciones que se consideran excelentes. No puedo consentir en pagar por un privilegio que me pertenece por derecho intrínseco.

Por pocos y mezquinos que sean mis dones, en verdad existo, y no necesito para mi propia seguridad ni para la de mis semejantes ningún testimonio secundario.

Lo que debo hacer es todo lo que atañe a mí, no lo que la gente piensa.

Esta regla, igualmente ardua en la vida práctica y en la intelectual, puede servir para establecer toda la distinción entre la grandeza y la mezquindad.

Es más difícil porque siempre encontrarás a quienes creen saber cuál es tu deber mejor que tú mismo.

Es fácil en el mundo vivir según la opinión del mundo; es fácil en la soledad vivir según la nuestra; pero el gran hombre es aquel que en medio de la multitud conserva con perfecta dulzura la independencia de la soledad.

La objeción a someterse a usos que se han vuelto muertos para ti es que disipan tus fuerzas. Hacen perder tu tiempo y difuminan la impresión de tu carácter.

Si mantienes una iglesia muerta, contribuyes a una sociedad bíblica muerta, votas con un gran partido ya sea por el gobierno o en contra de él, pones tu mesa como los amos de casa vulgares⁠—bajo todas estas pantallas me es difícil discernir al hombre preciso que eres; y, por supuesto, gran parte de esa fuerza se le resta a tu vida propia.

Pero haz tu obra, y te conoceré. Haz tu obra, y te fortalecerás a ti mismo.

Un hombre debe considerar qué juego de la gallina ciega es este juego de la conformidad.

Si conozco tu secta, anticipo tu argumento.

Oigo a un predicador anunciar por texto y tema la conveniencia de una de las instituciones de su iglesia. ¿Acaso no sé de antemano que de ningún modo podrá decir una palabra nueva y espontánea? ¿Acaso no sé que con toda esta ostentación de examinar los fundamentos de la institución no hará tal cosa? ¿Acaso no sé que se ha comprometido a sí mismo a mirar solo hacia un lado, el lado permitido, no como un hombre, sino como un ministro parroquial?

Es un abogado contratado, y estas ínfulas de magistrado son la más vacía de las afectaciones.

Bien, la mayoría de los hombres se han vendado los ojos con uno u otro pañuelo, y se han adscrito a alguna de estas comunidades de opinión.

Esta conformidad los hace no falsos en unos pocos detalles, autores de unas pocas mentiras, sino falsos en todos los detalles.

Cada una de sus verdades no es del todo verdadera. Su dos no es el verdadero dos, su cuatro no el verdadero cuatro; de modo que cada palabra que dicen nos mortifica y no sabemos por dónde empezar para corregirlos.

Mientras tanto, la naturaleza no tarda en equiparnos con el uniforme carcelario del partido al que nos adherimos. Llegamos a llevar un mismo corte de rostro y figura, y adquirimos gradualmente la más mansa expresión asnal.

Hay una experiencia mortificante en particular, que no deja de estamparse también en la historia general; me refiero a «la tonta faz del elogio», la sonrisa forzada que ponemos en compañía donde no nos sentimos a gusto en respuesta a una conversación que no nos interesa.

Los músculos, no movidos espontáneamente sino por una baja terquedad usurpadora, se entumecen alrededor del contorno de la cara con la sensación más desagradable.

Por la no conformidad el mundo te azota con su desagrado. Y por tanto un hombre debe saber cómo estimar una cara agria.

Los espectadores lo miran de reojo en la calle pública o en la sala del amigo. Si esta aversión tuviera su origen en el desprecio y la resistencia como el suyo, bien podría irse a casa con el rostro triste; pero las caras agrias de la multitud, al igual que sus caras dulces, no tienen una causa profunda, sino que se ponen y se quitan según sopla el viento y lo dirige un periódico.

Sin embargo, el descontento de la multitud es más formidable que el del senado y el colegio. Le es bastante fácil a un hombre firme que conoce el mundo soportar la ira de las clases cultas. Su ira es decorosa y prudente, pues son tímidas, al ser muy vulnerables ellas mismas.

Pero cuando a su ira femenina se añade la indignación del pueblo, cuando los ignorantes y los pobres se alientan, cuando la fuerza bruta e ininteligente que yace en el fondo de la sociedad se hace gruñir y hacer muecas, se necesita el hábito de la magnanimidad y la religión para tratarlo de manera divina como a una minucia sin importancia.

El otro terror que nos aparta de la confianza en uno mismo es nuestra consistencia; la reverencia por nuestros actos o palabras pasados porque los ojos de los demás no tienen otros datos para calcular nuestra órbita que nuestros actos pasados, y somos reacios a decepcionarlos.

¿Pero por qué has de mirar siempre por encima del hombro? ¿Por qué arrastrar este cadáver de tu memoria, por temor a contradecir algo que hayas afirmado en este o aquel lugar público?

Supongamos que te contradices; ¿y qué?

Parece ser una regla de sabiduría no fiarse jamás de la memoria sola, casi ni siquiera en los actos de pura memoria, sino someter el pasado al juicio del presente de los mil ojos, y vivir siempre en un día nuevo.

En tu metafísica le has negado la personalidad a la Divinidad, mas cuando lleguen los devotos arrebatos del alma, entrégales corazón y vida, aunque vistan a Dios de forma y color.

Deja tu teoría, como José su capa en manos de la ramera, y huye.

Una necia consistencia es el duendecillo de las mentes pequeñas, adorada por pequeños hombres de Estado, filósofos y eclesiásticos. Con la consistencia, un gran espíritu no tiene simplemente nada que ver. Bien podría ocuparse de su sombra en la pared. Di lo que piensas ahora con palabras duras y mañana di lo que piense el mañana con palabras duras de nuevo, aunque contradiga todo lo que dijiste hoy.⁠—«Ah, así seguro que te mal}>{malentenderán»⁠—. ¿Es tan malo entonces ser malentendido? Pitágoras fue malentendido, y Sócrates, y Jesús, y Lutero, y Copérnico, y Galileo, y Newton, y todo espíritu puro y sabio que haya tomado carne alguna vez. Ser grande es ser malentendido.

Supongo que ningún hombre puede violar su naturaleza. Todas las incursiones de su voluntad están limitadas por la ley de su ser, así como las desigualdades de los Andes y el Himalaya son insignificantes en la curva de la esfera. Tampoco importa cómo lo midas y lo pongas a prueba. El carácter es como un acróstico o una estrofa alejandrina; —léase hacia adelante, hacia atrás o en diagonal, sigue deletreando la misma cosa. En esta grata y contrita vida en los bosques que Dios me permite, déjeme consignar día tras día mi pensamiento honesto sin perspectiva ni retrospección, y, no lo dudo, se hallará que es simétrico, aunque no lo pretenda ni lo vea. Mi libro debe oler a pinos y resonar con el zumbido de los insectos. La golondrina sobre mi ventana debería entrelazar también en mi tela ese hilo o paja que lleva en el pico. Pasamos por lo que somos. El carácter enseña por encima de nuestras voluntades. Los hombres imaginan que comunican su virtud o su vicio solo mediante acciones manifiestas, y no ven que la virtud o el vicio exhalan un aliento a cada momento.

Habrá concordancia en cualquier variedad de acciones, con tal de que cada una sea honesta y natural en su momento.

Pues, procedentes de una sola voluntad, las acciones serán armónicas, por muy desemejantes que parezcan.

Estas variedades se pierden de vista a poca distancia, a poca altura de pensamiento.

Una sola tendencia las une a todas.

  • El viaje del mejor barco es una línea en zigzag de cientos de bordos.

Miren la línea desde una distancia suficiente, y se enderezará hacia la tendencia media.

Tu acción genuina se explicará por sí misma y explicará tus otras acciones genuinas. Tu conformidad no explica nada.

Actúa en solitario, y lo que ya hayas hecho en solitario te justificará ahora.

La grandeza atrae al futuro. Si puedo ser lo bastante firme hoy como para hacer lo correcto y desdeñar las miradas, debo haber hecho tanto bien antes como para defenderme ahora.

Sea como fuere, haz lo correcto ahora. Desprecia siempre las apariencias y siempre podrás hacerlo.

La fuerza del carácter es acumulativa. Todos los días pasados de virtud obran su salud en este.

¿Qué es lo que constituye la majestad de los héroes del senado y del campo, que tanto llena la imaginación? La conciencia de una serie de grandes días y victorias a sus espaldas. Proyectan una luz unida sobre el actor que avanza. Lo acompaña como una escolta visible de ángeles.

Eso es lo que infunde trueno en la voz de Chatham, y dignidad en el porte de Washington, y América en la mirada de Adams.

El honor nos resulta venerable porque no es efímero. Es siempre virtud antigua. Lo veneramos hoy porque no es de hoy. Lo amamos y le rendimos homenaje porque no es una trampa para nuestro amor y homenaje, sino que es autosuficiente, autónomo y, por tanto, de un viejo y nítido linaje, aun cuando se manifieste en una persona joven.

Espero que en estos días hayamos oído la última palabra sobre la conformidad y la consistencia. Que las palabras sean declaradas oficiales y ridículas de aquí en adelante.

En lugar del gong para cenar, oigamos el silbido del pífano espartano. No volvamos a inclinarnos ni a pedir disculpas nunca más.

Un gran hombre va a comer a mi casa. No deseo complacerle; deseo que él desee complacer a mí. Me plantaré aquí por la humanidad, y aunque quisiera hacerla amable, quisiera hacerla verdadera.

Afrontemos y reprendamos la suave mediocridad y la sórdida complacencia de los tiempos, y arrojemos a la cara de la costumbre, el comercio y el cargo el hecho que es el resultado final de toda historia: que hay un gran Pensador y Actor responsable trabajando dondequiera que un hombre trabaja; que un hombre verdadero no pertenece a ningún otro tiempo o lugar, sino que es el centro de las cosas. Donde él está, allí está la naturaleza. Él los mide a ustedes, a todos los hombres y a todos los acontecimientos.

Ordinarily, everybody in society reminds us of somewhat else, or of some other person. Character, reality, reminds you of nothing else; it takes place of the whole creation. The man must be so much that he must make all circumstances indifferent. Every true man is a cause, a country, and an age; requires infinite spaces and numbers and time fully to accomplish his design;⁠—and posterity seem to follow his steps as a train of clients.

Nace un hombre, César, y durante siglos tenemos un Imperio Romano. Nace Cristo, y millones de mentes crecen y se adhieren a su genio de tal modo que se le confunde con la virtud y con lo posible del hombre.

Una institución es la alargada sombra de un solo hombre; como,

  • El monaquismo, del ermitaño Antonio;
  • La Reforma, de Lutero;
  • El cuáquerismo, de Fox;
  • El metodismo, de Wesley;
  • La abolición, de Clarkson.

A Escipión lo llamó Milton «la cumbre de Roma»; y toda la historia se reduce con gran facilidad a la biografía de unas pocas personas firmes y resueltas.

Conozca, pues, el hombre su propio valor y mantenga las cosas bajo sus pies. Que no espíe, ni robe, ni ande furtivo por ahí con aires de niño de inclusa, de bastardo o de intruso en el mundo que existe para él.

Pero el hombre de la calle, al no hallar en sí mismo ningún valor que se corresponda con la fuerza que levantó una torre o esculpió un dios de mármol, se siente pobre cuando los contempla. Para él, un palacio, una estatua o un libro costoso tienen un aire ajeno e intimidatorio, muy parecido al de un carruaje lujoso, y parecen decirle como este: «¿Quién es usted, señor?».

Sin embargo, todo ello le pertenece, son pretendientes de su atención, peticionarios ante sus facultades para que salgan y tomen posesión. El cuadro aguarda mi veredicto; no ha de mandarme a mí, sino que soy yo quien debe resolver sus méritos para la alabanza.

Aquella fábula popular del borracho que fue recogido totalmente ebrio en la calle, llevado a la casa del duque, lavado, vestido y acostado en la cama del duque, y que, al despertar, fue tratado con toda la ceremonia obsequiosa propia del duque y convencido de que había estado loco, debe su popularidad al hecho de simbolizar tan bien la condición del hombre, quien es en el mundo una especie de borracho, pero que de vez en cuando despierta, ejerce su razón y se descubre a sí mismo como un verdadero príncipe.

Nuestra lectura es mendicante y servil. En la historia, nuestra imaginación nos traiciona.

Reino y señorío, poder y hacienda son un vocabulario más vistoso que el del modesto Juan o el de Eduardo en una pequeña casa y en el trabajo de un día común; pero las cosas de la vida son las mismas para ambos; la suma total de ambos es la misma.

¿A qué se debe tanta deferencia hacia Alfredo, Skanderbeg y Gustavo? Supongamos que fueron virtuosos; ¿acaso agotaron la virtud? En juego está una apuesta tan grande en vuestro acto privado de hoy como la que siguió a sus pasos públicos y renombrados. Cuando los hombres privados actúen con miras originales, el brillo se transferirá de las acciones de los reyes a las de los caballeros.

El mundo ha sido aleccionado por sus reyes, que han magnetizado de tal modo los ojos de las naciones.

Ha aprendido de este símbolo colosal la reverencia mutua que el hombre debe al hombre.

La alegre lealtad con que los hombres han consentido en todas partes que el rey, el noble o el gran propietario caminen entre ellos por una ley propia, establezcan su propia escala de hombres y cosas e inviertan la de los demás, paguen los beneficios no con dinero sino con honor y representen la ley en su persona, era el jeroglífico mediante el cual significaban oscuramente su conciencia de su propio derecho y hermosura, el derecho de todo hombre.

El magnetismo que ejerce toda acción original se explica cuando investigamos la razón de la confianza en uno mismo.

¿Quién es el Fideicomisario? ¿Cuál es el Yo originario, sobre el cual puede fundarse una confianza universal?

¿Cuál es la naturaleza y el poder de esa estrella que desconcierta a la ciencia, carente de paralaje, sin elementos calculables, que proyecta un rayo de belleza incluso sobre las acciones triviales e impuras, si aparece en ellas la más mínima señal de independencia?

La indagación nos conduce a esa fuente, que es al mismo tiempo la esencia del genio, de la virtud y de la vida, a la que llamamos Espontaneidad o Instinto.

Denominamos a esta sabiduría primaria Intuición, mientras que todas las enseñanzas posteriores son enseñanzas adquiridas. En esa fuerza profunda, el último hecho más allá del cual el análisis no puede avanzar, todas las cosas encuentran su origen común.

Porque el sentido del ser que en las horas de calma se eleva, no sabemos cómo, en el alma, no es diverso de las cosas, del espacio, de la luz, del tiempo, del hombre, sino uno con ellas y procede evidentemente de la misma fuente de donde proceden también su vida y su ser.

Primero compartimos la vida por la cual existen las cosas y después las vemos como apariencias en la naturaleza y olvidamos que hemos compartido su causa.

He aquí la fuente de la acción y del pensamiento. He aquí los pulmones de esa inspiración que otorga al hombre la sabiduría y que no puede ser negada sin impiedad y ateísmo.

Nosotros yacemos en el regazo de una inteligencia inmensa, que nos hace receptores de su verdad y órganos de su actividad.

Cuando discernimos la justicia, cuando discernimos la verdad, no hacemos nada por nosotros mismos, sino que permitimos el paso a sus rayos.

Si preguntamos de dónde viene esto, si intentamos indagar en el alma que la causa, toda la filosofía se queda corta. Su presencia o su ausencia es todo lo que podemos afirmar.

Todo hombre distingue entre los actos voluntarios de su mente y sus percepciones involuntarias, y sabe que a sus percepciones involuntarias se les debe una fe perfecta. Puede errar en la expresión de estas, pero sabe que las cosas son así, como el día y la noche, incuestionables. Mis acciones deliberadas y mis adquisiciones no son sino vagabundeo;⁠—el más ocioso devaneo, la más débil emoción nativa, mandan sobre mi curiosidad y mi respeto.

Los insensatos contradicen con la misma facilidad la afirmación de las percepciones que la de las opiniones, o más bien con mucha mayor facilidad; pues no distinguen entre percepción y noción. Imaginan que elijo ver esto o aquello. Pero la percepción no es caprichosa, sino fatal. Si veo un rasgo, mis hijos lo verán después de mí y, con el tiempo, toda la humanidad, aunque pueda darse la casualidad de que nadie lo haya visto antes que yo. Porque mi percepción de él es un hecho tan cierto como el sol.

Las relaciones del alma con el espíritu divino son tan puras que resulta profano pretender interponer ayudas. Debe ser que cuando Dios habla comunique, no una cosa, sino todas; que llene el mundo con su voz; que disemine luz, naturaleza, tiempo, almas, desde el centro del pensamiento presente; y feche de nuevo y vuelva a crear el todo. Siempre que una mente es simple y recibe una sabiduría divina, las cosas viejas pasan —medios, maestros, textos, templos caen—; vive ahora, y absorbe el pasado y el futuro en la hora presente. Todas las cosas se vuelven sagradas por su relación con ella—una tanto como otra. Todas las cosas se disuelven hasta su centro por su causa, y en el milagro universal los milagros mezquinos y particulares desaparecen. Si, por tanto, un hombre pretende conocer y hablar de Dios y os remite a la fraseología de alguna vieja nación marchita en otro país, en otro mundo, no le creáis. ¿Es mejor la bellota que el roble que es su plenitud y culminación? ¿Es mejor el padre que el hijo en quien ha vertido su ser madurado? ¿De dónde viene entonces esta veneración del pasado? Los siglos son conspiradores contra la cordura y la autoridad del alma. El tiempo y el espacio no son más que colores fisiológicos que el ojo produce, pero el alma es luz: donde ella está, es de día; donde estuvo, es de noche; y la historia es una impertinencia y un agravio si es algo más que un alegre apólogo o parábola de mi ser y mi devenir.

El hombre es tímido y apologético; ya no está erguido; no se atreve a decir «yo pienso», «yo soy», sino que cita a algún santo o sabio. Siente vergüenza ante la brizna de hierba o la rosa que se mecía con el viento.

Estas rosas bajo mi ventana no hacen referencia a rosas anteriores ni a otras mejores; son para lo que son; existen con Dios hoy. No hay tiempo para ellas. Sencillamente está la rosa; es perfecta en cada momento de su existencia.

Antes de que un brote de hoja haya reventado, actúa toda su vida; en la flor abierta por completo no hay más; en la raíz sin hojas no hay menos. Su naturaleza está satisfecha y satisface a la naturaleza en todos los momentos por igual.

Pero el hombre aplaza o recuerda; no vive en el presente, sino que con la mirada al revés lamenta el pasado, o bien, sin importarle las riquezas que lo rodean, se pone de puntillas para vislumbrar el futuro. No puede ser feliz y fuerte hasta que él también viva con la naturaleza en el presente, por encima del tiempo.

Esto debería ser bastante claro. Sin embargo, ved qué grandes intelectos aún no se atreven a escuchar a Dios mismo a menos que hable con la fraseología de no sé qué David, o Jeremías, o Pablo.

No siempre atribuiremos un precio tan alto a unos pocos textos, a unas pocas vidas. Somos como los niños que repiten de memoria las frases de las abuelas y los preceptores y, a medida que crecen, las de los hombres de talento y carácter con los que tropiezan —recordando dolorosamente las palabras exactas que dijeron—; después, cuando llegan al punto de vista que tenían aquellos que pronunciaron tales dichos, los comprenden y están dispuestos a dejar ir las palabras; pues en cualquier momento pueden usar palabras tan buenas como esas cuando se presente la ocasión.

Si vivimos verdaderamente, veremos verdaderamente. Tan fácil le es al hombre fuerte ser fuerte, como al débil ser débil. Cuando tengamos una nueva percepción, descargaremos con gusto de la memoria sus tesoros acumulados como si fueran viejos trastos. Cuando un hombre vive con Dios, su voz será tan dulce como el murmullo del arroyo y el susurro del maíz.

Y ahora por fin la más alta verdad sobre este tema queda sin decir; probablemente no puede ser dicha; pues todo lo que decimos es el lejano recuerdo de la intuición. Ese pensamiento, mediante lo que ahora más puedo aproximarme a decirlo, es este. Cuando el bien está cerca de ti, cuando tienes vida en ti mismo, no es por ningún camino conocido o acostumbrado; no discernirás las huellas de ningún otro; no verás el rostro del hombre; no oirás ningún nombre;⁠—el camino, el pensamiento, el bien serán enteramente extraños y nuevos. Excluirán el ejemplo y la experiencia. Tomas el camino que se aparta del hombre, no el que va hacia él. Todas las personas que alguna vez existieron son sus ministros olvidados. El temor y la esperanza están igualmente por debajo de él. Hay algo bajo incluso en la esperanza. En la hora de la visión no hay nada que pueda llamarse gratitud, ni propiamente alegría. El alma elevada por encima de la pasión contempla la identidad y la causación eterna, percibe la autoexistencia de la Verdad y la Rectitud, y se sosiega sabiendo que todas las cosas van bien. Vastos espacios de la naturaleza, el océano Atlántico, el mar del Sur; largos intervalos de tiempo, años, siglos, no cuentan para nada. Esto que pienso y siento subyacía a todo estado anterior de vida y circunstancia, así como subyace a mi presente, y a lo que se llama vida, y a lo que se llama muerte.

La vida solo aprovecha, no el haber vivido.

El poder cesa en el instante de reposo; reside en el momento de transición de un estado pasado a uno nuevo, en el salto del abismo, en el dardo hacia una meta.

Este único hecho es el que el mundo odia: que el alma se hace; porque eso degrada para siempre el pasado, convierte toda riqueza en pobreza, toda reputación en vergüenza, confunde al santo con el bribón, hace a un lado por igual a Jesús y a Judas.

¿Por qué parloteamos entonces sobre la confianza en uno mismo?

En la medida en que el alma esté presente, habrá poder, no confiado, sino activo. Hablar de confianza es una pobre manera externa de hablar. Hablad más bien de aquello que confía porque obra y es.

Quien tiene más obediencia que yo me domina, aunque no levantara un dedo. En torno a él debo girar por la gravitación de los espíritus.

Imaginamos que es retórica cuando hablamos de virtud eminente. Aún no vemos que la virtud es Altura, y que un hombre o una compañía de hombres, plásticos y permeables a los principios, por la ley de la naturaleza deben dominar y someter a todas las ciudades, naciones, reyes, hombres ricos, poetas, que no lo son.

Este es el hecho último al que tan rápidamente llegamos en este, como en cualquier tema, la resolución de todo en el siempre bendito Uno. La autoexistencia es el atributo de la Causa Suprema, y constituye la medida del bien por el grado en que entra en todas las formas inferiores. Todas las cosas reales lo son por tanta virtud como contienen. El comercio, la agricultura, la caza, la pesca de ballenas, la guerra, la elocuencia, la influencia personal, son algo, y atraen mi respeto como ejemplos de su presencia y acción impura. Veo la misma ley obrando en la naturaleza para la conservación y el crecimiento. El poder es, en la naturaleza, la medida esencial del derecho. La naturaleza no permite que permanezca en sus reinos nada que no pueda valerse por sí mismo. La génesis y maduración de un planeta, su equilibrio y órbita, el árbol encorvado que se recupera del fuerte viento, los recursos vitales de cada animal y vegetal, son demostraciones del alma autosuficiente y, por tanto, autosufiada.

Así todo se concentra: no divaguemos; quedémonos en casa con la causa. Aturdimos y asombremos a la chusma entrometida de hombres, libros e instituciones, mediante una simple declaración del hecho divino.

Ordenad a los invasores que se quiten el calzado de los pies, pues Dios está aquí dentro.

Que nuestra simplicidad los juzgue, y que nuestra docilidad a nuestra propia ley demuestre la pobreza de la naturaleza y la fortuna junto a nuestras riquezas nativas.

Pero ahora somos una chusma. El hombre ya no se siente sobrecogido ante el hombre, ni se advierte a su genio que permanezca en casa, que se ponga en comunicación con el océano interno, sino que sale al extranjero a mendigar una taza de agua de las urnas de otros hombres. Debemos ir solos. Me gusta la iglesia silenciosa antes de que empiece el servicio, más que cualquier prédica. ¡Qué lejanos, qué fríos, qué castos se ven las personas, ceñida cada una de un recinto o santuario! Sentémonos siempre así. ¿Por qué habríamos de asumir las culpas de nuestro amigo, o esposa, o padre, o hijo, porque se sientan alrededor de nuestro hogar, o se dice que tienen la misma sangre? Todos los hombres tienen mi sangre y yo tengo la de todos. No por eso adoptaré su petulancia o insensatez, ni siquiera al grado de avergonzarme de ello. Pero vuestro aislamiento no debe ser mecánico, sino espiritual, esto es, debe ser elevación. A veces el mundo entero parece estar en conspiración para importunarte con fruslerías enfáticas. Amigo, cliente, hijo, enfermedad, miedo, necesidad, caridad, todos llaman a la vez a la puerta de tu gabinete y dicen: «Salid hacia nosotros». Mas mantén tu dignidad; no entres en su confusión. El poder que los hombres poseen para fastidiarme se lo otorgo yo mediante una débil curiosidad. Ningún hombre puede acercarse a mi sino a través de mi acto. «Lo que amamos, eso tenemos, pero por el deseo nos privamos del amor».

Si no podemos elevarnos de inmediato a las santidades de la obediencia y la fe, resistamos al menos a nuestras tentaciones; entremos en estado de guerra y despertemos a Thor y a Woden, al valor y a la constancia, en nuestros pechos sajones. Esto ha de hacerse en nuestros tiempos apacibles diciendo la verdad.

Pon freno a esta hospitalidad mentirosa y a este afecto mentiroso. No vivas más de acuerdo con las expectativas de esta gente engañada y engañadora con la que tratamos. Diles: «Oh padre, oh madre, oh esposa, oh hermano, oh amigo, hasta ahora he vivido con vosotros según las apariencias. De aquí en adelante pertenezco a la verdad. Sabed que de aquí en adelante no obedezco otra ley que no sea la ley eterna. No tendré más pactos que las cercanías. Procuraré alimentar a mis padres, sostener a mi familia, ser el esposo casto de una sola esposa, pero debo cumplir con estas relaciones de una manera nueva y sin precedentes».

Apelo de vuestras costumbres. Debo ser yo mismo. Ya no puedo doblegarme por vosotros, ni por ti. Si podéis amarme por lo que soy, seremos más felices. Si no podéis, aun así buscaré merecer que lo hagáis. No ocultaré mis gustos ni mis aversiones. Confiaré tanto en que lo que es profundo es sagrado, que haré con firmeza ante el sol y la luna todo aquello en lo que mi interior se regocije y el corazón ordene.

Si sois nobles, os amaré; si no lo sois, no os haré daño ni me lo haré a mí mismo con atenciones hipócritas. Si sois sinceros, pero no en la misma verdad que yo, aferraos a vuestros compañeros; yo buscaré a los míos. Hago esto no por egoísmo, sino con humildad y veracidad. Es interés de todos, tanto el vuestro como el mío y el de todos los hombres, por mucho tiempo que hayamos vivido en la mentira, vivir en la verdad.

¿Suena esto áspero hoy? Pronto amaréis lo que dicta vuestra naturaleza tanto como la mía, y si seguimos la verdad, nos sacará a salvo al fin».—Pero así puedes causar dolor a estos amigos. Sí, pero no puedo vender mi libertad y mi poder para salvaguardar su sensibilidad. Además, todas las personas tienen sus momentos de razón, cuando asoman la mirada a la región de la verdad absoluta; entonces me darán la razón y harán lo mismo.

El populacho piensa que tu rechazo de las normas populares es un rechazo de toda norma y mera antinomia; y el sensualista audaz usará el nombre de la filosofía para dorar sus crímenes.

Pero la ley de la conciencia permanece. Hay dos confesionarios, en uno u otro de los cuales debemos ser absueltos. Puedes cumplir tu ronda de deberes absolviéndote por la vía directa o por la refleja.

Considera si has satisfecho tus relaciones con el padre, la madre, el primo, el vecino, la ciudad, el gato y el perro; si alguno de estos puede reprocharte algo. Pero también puedo descuidar esta norma refleja y absolverme ante mí mismo. Tengo mis propias exigencias severas y mi círculo perfecto.

Niega el nombre de deber a muchos oficios que son llamados deberes. Pero si puedo saldar sus deudas, me permite prescindir del código popular. Si alguien imagina que esta ley es laxa, que cumpla su mandamiento un solo día.

Y ciertamente se requiere algo divino en aquel que ha descartado los motivos comunes de la humanidad y se ha arriesgado a confiarse a sí mismo como capataz.

¡Alto sea su corazón, fiel su voluntad, clara su mirada, para que pueda ser de verdad doctrina, sociedad, ley para sí mismo, para que un propósito sencillo sea para él tan fuerte como lo es la férrea necesidad para los demás!

Si alguien considera los aspectos actuales de lo que por antonomasia se llama sociedad, verá la necesidad de esta ética.

El nervio y el corazón del hombre parecen haber sido extraídos, y nos hemos vuelto quejicas temerosos y desanimados. Tenemos miedo de la verdad, miedo de la fortuna, miedo de la muerte y miedo los unos de los otros.

Nuestra época no produce personas grandes y perfectas. Queremos hombres y mujeres que renueven la vida y nuestro estado social, pero vemos que la mayoría de las naturalezas son insolventes, no pueden satisfacer sus propias necesidades, tienen una ambición totalmente desproporcionada respecto a su fuerza práctica y se apoyan y mendigan día y noche sin cesar.

Nuestra economía doméstica es mendicante, nuestras artes, nuestras ocupaciones, nuestros matrimonios, nuestra religión no los hemos elegido nosotros, sino que la sociedad los ha elegido por nosotros. Somos soldados de salón. Huimos de la áspera batalla del destino, donde nace la fuerza.

Si nuestros jóvenes fracasan en sus primeras empresas, pierden todo el ánimo. Si el joven comerciante fracasa, la gente dice que está arruinado. Si el más fino talento estudia en uno de nuestros colegios y no es instalado en una oficina un año después en las ciudades o los suburbios de Boston o Nueva York, a sus amigos y a él mismo les parece que tiene razón en desanimarse y en lamentarse el resto de su vida.

Un muchacho recio de Nuevo Hampshire o Vermont, que prueba sucesivamente todas las profesiones, que hace de transportista, de agricultor, de buhonero, que dirige una escuela, predica, edita un periódico, va al Congreso, compra un municipio, etcétera, en años sucesivos, y que siempre cae de pie como un gato, vale por cien de estos muñecos de ciudad. Camina a la par de sus días y no siente vergüenza de no «estudiar una profesión», pues no pospone su vida, sino que ya la vive. No tiene una sola oportunidad, sino cien oportunidades.

Que un estoico abra los recursos del hombre y diga a los hombres que no son sauces colgantes, sino que pueden y deben desprenderse; que con el ejercicio de la confianza en sí mismo, nuevos poderes aparecerán; que un hombre es el verbo hecho carne, nacido para dispensar sanación a las naciones; que debería avergonzarse de nuestra compasión, y que en el momento en que actúa desde sí mismo, arrojando por la ventana las leyes, los libros, las idolatrías y las costumbres, ya no le compadecemos más, sino que le agradecemos y le reverenciamos;⁠—y ese maestro devolverá la vida del hombre al esplendor y hará que su nombre sea querido en toda la historia.

Es fácil ver que una mayor confianza en uno mismo debe obrar una revolución en todos los cargos y relaciones de los hombres;

  • en su religión;
  • en su educación;
  • en sus ocupaciones;
  • sus modos de vida;
  • su asociación;
  • en su propiedad;
  • en sus opiniones especulativas.
  1. ¡En qué oraciones se extravían los hombres! Lo que llaman oficio sagrado no es ni valiente ni varonil. La oración mira hacia afuera y pide que alguna adición extraña llegue a través de alguna virtud extraña, y se pierde en interminables laberintos de lo natural y lo sobrenatural, de lo mediador y lo milagroso. La oración que anhela un bien particular, cualquier cosa menor que todo el bien, es viciosa. La oración es la contemplación de los hechos de la vida desde el punto de vista más elevado. Es el soliloquio de un alma contemplativa y jubiloso. Es el espíritu de Dios declarando que sus obras son buenas. Pero la oración como medio para lograr un fin privado es mezquindad y robo. Supone dualismo y no unidad en la naturaleza y en la conciencia. Tan pronto como el hombre esté en unión con Dios, no mendigará. Verá entonces la oración en toda acción. La oración del agricultor que se arrodilla en su campo para deshierbarlo, la oración del remero que se arrodilla al compás de su remo, son oraciones verdaderas escuchadas en toda la naturaleza, aunque sea por fines mezquinos. Caratach, en la obra Bonduca de Fletcher, cuando se le aconseja consultar la voluntad del dios Audate, responde⁠—

“His hidden meaning lies in our endeavors; Our valors are our best gods.”

Otra clase de falsas oraciones son nuestros arrepentimientos.

El descontento es la falta de confianza en uno mismo: es la debilidad de la voluntad. Lamenta las calamidades si con ello puedes ayudar al que sufre; si no, ocúpate de tu propia obra y el mal ya comenzará a remediarse.

Nuestra simpatía es igual de ruin. Acudimos a quienes lloran neciamente y nos sentamos a llorar en compañía, en lugar de transmitirles verdad y salud mediante rudos choques eléctricos, poniéndolos una vez más en comunicación con su propia razón.

El secreto de la fortuna es la alegría en nuestras manos.

Siempre bienvenido para los dioses y los hombres es el hombre que se ayuda a sí mismo. Para él todas las puertas se abren de par en par; a él lo saludan todas las lenguas, lo coronan todos los honores, lo siguen todos los ojos con deseo. Nuestro amor sale hacia él y lo abraza porque no lo necesitaba. Con solicitud y disculpa lo acariciamos y celebramos porque siguió su camino y desdeñó nuestra desaprobación. Los dioses lo aman porque los hombres lo odiaron.

«Para el mortal perseverante», dijo Zoroastro, «los Inmortales bienaventurados son veloces».

Así como las oraciones de los hombres son una enfermedad de la voluntad, también lo son sus credos una enfermedad del intelecto. Dicen, como aquellos necios israelitas: «Que no nos hable Dios, no sea que muramos. Háblanos tú, háblanos cualquier hombre, y obedeceremos».

En todas partes se me impide encontrarme con Dios en mi hermano, porque él ha cerrado las puertas de su propio templo y recita fábulas meramente del Dios de su hermano, o del hermano de su hermano.

Cada mente nueva es una nueva clasificación. Si resulta ser una mente de inusual actividad y poder, un Locke, un Lavoisier, un Hutton, un Bentham, un Fourier, impone su clasificación a los demás hombres, y ¡he aquí un nuevo sistema!

En proporción a la profundidad del pensamiento, y por ende al número de objetos que toca y acerca al alcance del discípulo, es su complacencia.

Pero esto se hace evidente sobre todo en los credos y las iglesias, que son también clasificaciones de alguna mente poderosa que actúa sobre el pensamiento elemental del deber y de la relación del hombre con el Altísimo. Tal es el calvinismo, el cuáquerismo, el swedenborguismo.

El discípulo experimenta el mismo deleite al subordinar todo a la nueva terminología que una muchacha que acaba de aprender botánica al ver en ello una nueva tierra y nuevas estaciones.

Sucederá por un tiempo que el discípulo hallará que su poder intelectual ha crecido mediante el estudio de la mente de su maestro.

Pero en todas las mentes desequilibradas la clasificación es idolatrada, pasa por ser el fin y no un medio que se agota rápidamente, de modo que las paredes del sistema se funden ante sus ojos en el lejano horizonte con las paredes del universo; las luminarias del cielo les parecen colgadas en el arco que su maestro construyó.

No pueden imaginar cómo ustedes, los ajenos, tienen derecho alguno a ver, cómo pueden ver; «Debe ser de algún modo que nos robaron la luz». Aún no perciben que la luz, asistemática, indomitable, irrumpirá en cualquier cabaña, incluso en la de ellos.

Déjalos que gorjeen un rato y que lo llamen suyo. Si son honrados y obran bien, al poco tiempo su nítido y nuevo redil se quedará demasiado estrecho y bajo, se rajará, se inclinará, se pudrirá y se desvanecerá, y la luz inmortal, toda joven y alegre, de millones de orbes y millones de colores, brillará sobre el universo como en la primera mañana.

  1. Es por falta de auto-cultivo que la superstición de Viajar, cuyos ídolos son Italia, Inglaterra, Egipto, conserva su fascinación para todos los estadounidenses cultos.

Aquellos que hicieron venerable a Inglaterra, Italia o Grecia en la imaginación lo hicieron manteniéndose firmes donde estaban, como un eje de la tierra. En las horas varoniles sentimos que el deber es nuestro lugar. El alma no es viajera; el sabio se queda en casa, y cuando sus necesidades, sus deberes, en cualquier ocasión lo llaman fuera de su hogar, o a tierras extranjeras, sigue estando en casa y hará que los hombres perciban por la expresión de su rostro que marcha, cual misionero de la sabiduría y la virtud, y visita ciudades y hombres como un soberano y no como un intruso o un criado.

No tengo ninguna objeción mezquina a la circunnavegación del globo con fines de arte, de estudio y de benevolencia, siempre que el hombre esté primero domesticado, o no parta al extranjero con la esperanza de hallar algo más grande que lo que conoce.

Aquel que viaja para divertirse, o para obtener algo que no lleva consigo, viaja lejos de sí mismo, y envejece aun en la juventud entre cosas viejas. En Tebas, en Palmira, su voluntad y su mente se han vuelto viejas y decrépitas como ellas. Lleva ruinas a las ruinas.

Viajar es un paraíso de tontos.

Nuestros primeros viajes nos revelan la indiferencia de los lugares. En casa sueño con que en Nápoles, en Roma, puedo embriagarme de belleza y perder mi tristeza. Hago mi baúl, abrazo a mis amigos, me embarco en el mar y al fin despierto en Nápoles, y allí a mi lado está el duro hecho, el triste yo, implacable, idéntico, del que huí.

Busco el Vaticano y los palacios. Finjo estar embriagado de vistas y sugerencias, pero no estoy embriagado. Mi gigante va conmigo adondequiera que voy.

  1. Pero la furia de viajar es síntoma de una dolencia más profunda que afecta a toda la acción intelectual.
  • El intelecto es vagabundo, y nuestro sistema educativo fomenta la inquietud.
  • Nuestras mentes viajan cuando nuestros cuerpos se ven obligados a quedarse en casa.
  • Imitamos; ¿y qué es la imitación sino el viajar de la mente?

Nuestras casas están construidas con gusto extranjero; nuestros anaqueles están aderezados con adornos extranjeros; nuestras opiniones, nuestros gustos, nuestras facultades se inclinan y siguen al Pasado y a lo Distante.

El alma creó las artes allí donde han florecido. Fue en su propia mente donde el artista buscó su modelo. Fue una aplicación de su propio pensamiento a la cosa por hacer y a las condiciones por observar.

¿Y por qué habríamos de copiar el modelo dórico o el gótico? La belleza, la conveniencia, la grandeza de pensamiento y la expresión pintoresca están tan cerca de nosotros como de cualquiera, y si el artista estadounidense estudia con esperanza y amor aquello preciso que debe hacer, considerando el clima, el suelo, la duración del día, las necesidades del pueblo, el hábito y la forma del gobierno, creará una casa en la que todo esto hallará su lugar adecuado, y el gusto y el sentimiento también quedarán satisfechos.

Insist on yourself; never imitate.

Your own gift you can present every moment with the cumulative force of a whole life’s cultivation; but of the adopted talent of another you have only an extemporaneous half possession.

That which each can do best, none but his Maker can teach him. No man yet knows what it is, nor can, till that person has exhibited it.

Where is the master who could have taught Shakespeare? Where is the master who could have instructed Franklin, or Washington, or Bacon, or Newton?

Every great man is a unique. The Scipionism of Scipio is precisely that part he could not borrow. Shakespeare will never be made by the study of Shakespeare.

Do that which is assigned you, and you cannot hope too much or dare too much. There is at this moment for you an utterance brave and grand as that of the colossal chisel of Phidias, or trowel of the Egyptians, or the pen of Moses or Dante, but different from all these.

Not possibly will the soul, all rich, all eloquent, with thousand-cloven tongue, deign to repeat itself; but if you can hear what these patriarchs say, surely you can reply to them in the same pitch of voice; for the ear and the tongue are two organs of one nature.

Abide in the simple and noble regions of thy life, obey thy heart and thou shalt reproduce the Foreworld again.

  1. Así como nuestra Religión, nuestra Educación y nuestro Arte miran al extranjero, lo hace también nuestro espíritu social. Todos se ufanan del progreso de la sociedad, y nadie progresa.

La sociedad nunca avanza. Retrocede por un lado tan rápido como avanza por el otro. Sufre cambios continuos; es bárbara, es civilizada, está cristianizada, es rica, es científica; pero este cambio no es un mejoramiento. Por cada cosa que se da, se quita otra. La sociedad adquiere nuevas artes y pierde viejos instintos.

¡Qué contraste entre el estadounidense bien vestido, que lee, escribe y piensa, con un reloj, un lápiz y una letra de cambio en el bolsillo, y el neozelandés desnudo, cuya propiedad es una maza, una lanza, una estera y una vigésima parte indivisa de un cobertizo bajo el cual dormir!

Pero compare la salud de ambos hombres y verá que el hombre blanco ha perdido su fuerza aborigen. Si el viajero nos dice la verdad, golpead al salvaje con un hacha de ancha hoja y en uno o dos días la carne se unirá y sanará como si hubierais asestado el golpe en brea blanda, y ese mismo golpe enviará al blanco a la tumba.

El hombre civilizado ha construido un carruaje, pero ha perdido el uso de sus pies. Se apoya en muletas, pero carece de una gran parte del soporte muscular.

Tiene un magnífico reloj de Ginebra, pero le falta la habilidad de decir la hora mediante el sol. Posee un almanaque náutico de Greenwich, y al estar tan seguro de la información cuando la necesita, el hombre de la calle no conoce ni una estrella en el cielo.

No observa el solsticio; del equinoccio sabe igual de poco; y todo el brillante calendario del año carece de un cuadrante en su mente.

Sus cuadernos menoscaban su memoria; sus bibliotecas sobrecargan su ingenio; la compañía de seguros incrementa el número de accidentes; y cabe preguntarse si la maquinaria no estorba; si no habremos perdido cierta energía a causa del refinamiento, cierta vigorosa virtud silvestre a causa de un cristianismo atrincherado en establecimientos y formas.

Pues todo estoico era un estoico; pero en la Cristiandad, ¿dónde está el cristiano?

No hay más desviación en el nivel moral que en el de la estatura o la corpulencia.

No hay hombres más grandes ahora que los que hubo jamás. Puede observarse una singular igualdad entre los grandes hombres de las primeras y de las últimas eras; ni pueden toda la ciencia, el arte, la religión y la filosofía del siglo diecinueve servir para educar a hombres más grandes que los héroes de Plutarco, hace veintitrés o veinticuatro siglos.

No es en el tiempo en que la raza es progresiva.

Foción, Sócrates, Anaxágoras, Diógenes son grandes hombres, pero no dejan ninguna clase. El que verdaderamente es de su clase no será llamado por su nombre, sino que será su propio hombre y, a su vez, el fundador de una secta.

Las artes y las invenciones de cada época son solo su atuendo y no vigorizan a los hombres. El perjuicio de la maquinaria perfeccionada puede compensar su beneficio. Hudson y Bering lograron en sus botes de pesca tanto como para asombrar a Parry y Franklin, cuyo equipamiento agotó los recursos de la ciencia y el arte. Galileo, con un anteojo de teatro, descubrió una serie más espléndida de fenómenos celestes que cualquier otro desde entonces. Colón halló el Nuevo Mundo en una barca descubierta. Es curioso presenciar el desuso y la desaparición periódicos de medios y maquinarias que fueron introducidos con sonoros elogios pocos años o siglos antes.

El gran genio regresa al hombre esencial. Considerábamos los progresos del arte de la guerra entre los triunfos de la ciencia, y sin embargo Napoleón conquistó Europa mediante el vivac, que consistía en retroceder al valor desnudo y despojarlo de toda ayuda.

El Emperador consideraba imposible hacer un ejército perfecto, dice Las Cases, «sin abolir nuestras armas, almacenes, comisarios y carruajes, hasta que, a imitación de la costumbre romana, el soldado recibiera su provisión de grano, lo moliera en su molinillo de mano y se horneara su propio pan».

La sociedad es una ola. La ola avanza, pero el agua de la que está compuesta no lo hace. La misma partícula no asciende del valle a la cresta. Su unidad es solo fenoménica. Las personas que componen una nación hoy, mueren el año próximo, y su experiencia con ellas.

Y así, la confianza en la Propiedad, incluida la confianza en los gobiernos que la protegen, es la falta de confianza en uno mismo.

Los hombres han apartado la mirada de sí mismos y la han puesto en las cosas durante tanto tiempo que han llegado a estimar las instituciones religiosas, eruditas y civiles como guardianes de la propiedad, y desaprueban los ataques contra ellas, porque sienten que son ataques a la propiedad.

Miden su estima mutua por lo que cada uno tiene, y no por lo que cada uno es.

Pero un hombre culto llega a avergonzarse de su propiedad, movido por un nuevo respeto hacia su naturaleza. Sobre todo, aborrece lo que tiene si ve que es accidental —le llegó por herencia, o regalo, o crimen—; entonces siente que eso no es tener; no le pertenece, no tiene raíz en él y simplemente yace ahí porque ninguna revolución o ningún ladrón se lo lleva.

Pero aquello que un hombre es, siempre lo adquiere por necesidad, y lo que el hombre adquiere es propiedad viva, que no espera la señal de gobernantes, ni de turbas, ni de revoluciones, ni de fuego, ni de tormenta, ni de bancarrotas, sino que se renueva perpetuamente dondequiera que el hombre respira.

«Tu suerte o porción de vida —dijo el califa Ali— te está buscando; descansa, pues, de buscarla tú a ella».

Nuestra dependencia de estos bienes extranjeros nos conduce a nuestro servil respeto por los números. Los partidos políticos se reúnen en numerosas convenciones; cuanto mayor es la concurrencia y con cada nuevo estrépito de anuncio: ¡La delegación de Essex! ¡Los demócratas de Nuevo Hampshire! ¡Los whigs de Maine!, el joven patriota se siente más fuerte que antes por un nuevo millar de ojos y brazos.

De manera semejante, los reformadores convocan convenciones, votan y se declaran en multitud. ¡No así, oh amigos!, se dignará Dios entrar y habitar en vosotros, sino por un método exactamente inverso.

Solo cuando el hombre se despoja de todo apoyo ajeno y se sostiene por sí solo, lo veo fuerte y triunfante. Es más débil por cada recluta que se alista bajo su bandera.

¿No es un hombre mejor que una ciudad?

No pidas nada a los hombres, y, en la infinita mutación, tú, la única columna firme, aparecerás de pronto como el sostén de todo lo que te rodea.

Aquel que sabe que el poder es innato, que es débil porque ha buscado el bien fuera de sí y en otra parte, y al percibir esto, se arroja sin vacilar sobre su pensamiento, al instante se endereza, adopta una postura erguida, domina sus miembros, obra milagros; exactamente igual que un hombre que se tiene en pie sobre sus pies es más fuerte que un hombre que se tiene en pie sobre su cabeza.

Así pues, usa todo lo que se llama Fortuna. La mayoría de los hombres se juegan la vida con ella, y lo ganan todo, y lo pierden todo, a medida que su rueda gira.

Mas tú rechaza como ilícitas estas ganancias y trata con la Causa y el Efecto, los cancilleres de Dios. Trabaja y adquiere en la Voluntad, y habrás encadenado la rueda del Azar, y en lo sucesivo te sentarás a salvo del miedo a sus giros.

Una victoria política, un aumento en las rentas, la recuperación de tu enfermo o el regreso de tu amigo ausente, u otro acontecimiento favorable eleva tu ánimo, y crees que se están preparando días buenos para ti. No lo creas.

  • Nada puede traerte paz sino tú mismo.
  • Nada puede traerte paz sino el triunfo de los principios.
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