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Nominalista y Realista

En olas incontables que al cielo aspiran se esfuerza la marea que atrae la luna: en mil injertos lejos trasplantados sobrevive el fruto que los cuna; así, en los millones recién nacidos, el Adán perfecto se aúna.

No son menos caras las mañanas de verano a cada niño que despiertan, y cada cual con vida novedosa su esfera llena por su propia cuenta.

No me cansaré de repetir que el hombre es tan solo una naturaleza relativa y representativa. Cada uno es un indicio de la verdad, pero está bastante lejos de ser esa verdad que, sin embargo, nos sugiere de un modo tan nuevo e inevitable. Si la busco en él, no la hallaré. ¡Pudiera un hombre conducir hacia mí la corriente pura de aquello que pretende ser!

Mucho después encuentro en otra parte aquella cualidad que él me prometió. El genio de los platónicos resulta embriagador para el estudiante, mas ¡qué pocos detalles de este puedo separar de todos sus libros. El hombre representa momentáneamente al pensamiento, pero no resiste el examen; y una sociedad de hombres representará superficialmente y con bastante acierto cierta cualidad y cultura, por ejemplo, la caballerosidad o la belleza de modales; pero sepárenlos y no habrá ningún caballero ni ninguna dama en el grupo.

El más leve indicio nos lanza en pos de un carácter que ningún hombre encarna. Tenemos unos ojos tan exorbitantes que al ver el arco más pequeño completamos la curva, y cuando se levanta el velo del diagrama que este parecía ocultar, nos mortifica descubrir que no se había dibujado nada más que ese mismo fragmento de arco que vimos en un principio. Somos demasiado generosos en nuestra interpretación de la facultad y la promesa ajenas. Exactamente lo que las partes ya han hecho, lo volverán a hacer; pero aquello que inferimos de su naturaleza y génesis, no lo harán. Eso está en la naturaleza, pero no en ellos.

Ocurre en el mundo lo que a menudo presenciamos en un debate público. Cada uno de los oradores se expresa imperfectamente; ninguno de ellos escucha gran cosa de lo que dice el otro, tal es la preocupación mental de cada cual; y el público, que solo tiene que escuchar y no hablar, juzga con gran sensatez y superioridad cuán terco e inepto es cada uno de los debatientes en su propio asunto.

Hombres grandes o hombres de grandes dotes los encontrarán fácilmente, pero hombres simétricos jamás. Cuando encuentro una fuerza intelectual pura o una generosidad de afecto, creo: he aquí al hombre; y al punto me mortifico al descubrir que este individuo no es más útil para sus propios fines ni para los generales que sus compañeros; porque el poder que atrajo mi respeto no está respaldado por la sinfonía total de sus talentos.

Todas las personas existen para la sociedad mediante algún rasgo brillante de belleza o utilidad que poseen. Tomamos las proporciones del hombre a partir de ese único rasgo noble y completamos el retrato de forma simétrica; lo cual es falso, pues el resto de su cuerpo es pequeño o deforme. Observo a una persona que causa una buena impresión pública y deduzco de ahí la perfección de su carácter privado, en el cual esta se basa; pero no tiene carácter privado. Es una capa elegante o un maniquí para los días de fiesta.

Todos nuestros poetas, héroes y santos fallan rotundamente en uno o en muchos aspectos para satisfacer nuestra idea, fallan en despertar nuestro interés espontáneo y nos dejan así sin más esperanza de realización que nuestro propio futuro. Nuestra exageración de todos los caracteres nobles proviene del hecho de que identificamos a cada uno a su vez con el alma. Pero no existen hombres tales como los que fabulamos; ni Jesús, ni Pericles, ni César, ni Angelo, ni Washington, tales como los hemos creado.

Consagramos una gran cantidad de tonterías porque fueron permitidas por grandes hombres. No hay ninguno sin su debilidad. Sinceramente creo que, si un ángel descendiera para entonar el coro de la ley moral, comería demasiado pan de jengibre, o se tomaría libertades con las cartas privadas, o cometería alguna preciosa atrocidad. Bastante malo es que nuestros genios no puedan hacer nada útil, pero peor es que ningún hombre dotado de buenos rasgos sea apto para la sociedad. Es admirado desde la distancia, pero no puede acercarse sin parecer un tullido. Los hombres de gran talento se protegen mediante la soledad, o la cortesía, o la sátira, o un aire mundano y ácido, ocultando cada cual como mejor puede su incapacidad para la asociación provechosa, pero les falta amor o confianza en sí mismos.

Nuestro amor nativo por la realidad se une a esta experiencia para enseñarnos cierta reserva, y para disuadir una entrega demasiado repentina a las brillantes cualidades de las personas. Los jóvenes admiran los talentos o las excelencias particulares; a medida que envejecemos valoramos los poderes y efectos totales, como la impresión, la cualidad, el espíritu de los hombres y las cosas. El genio lo es todo. El hombre⁠—es su sistema: no juzgamos una palabra o un acto aislado, sino su hábito. Los actos que tú alabas, yo no los alabo, ya que son desviaciones de su fe y meras complacencias. El magnetismo que ordena a tribus y razas en una sola polaridad es lo único digno de respeto; los hombres son limaduras de acero. Sin embargo, seleccionamos injustamente una partícula y decimos: «¡Oh, limadura de acero número uno! ¡Qué atracciones de corazón siento hacia ti! ¡Cuán prodigiosas son estas virtudes tuyas! ¡Cuán consustanciales a ti e incomunicables!». Mientras hablamos, la piedra imán se retira; cae nuestra limadura en un montón con el resto, y continuamos nuestra farsa ante la infelizutensilio. Vayamos por lo universal; por el magnetismo, no por las agujas. La vida humana y sus personas son pobres pretensiones empíricas. Una influencia personal es un ignis fatuus. Si dicen que es grande, es grande; si dicen que es pequeña, es pequeña; la ves y no la ves, por turnos; toma todo su tamaño de la estimación momentánea de quienes hablan: el fuego fatuo se desvanece si te acercas demasiado, se desvanece si te alejas demasiado, y solo brilla en un ángulo. ¿Quién puede decir si Washington es un gran hombre o no? ¿Quién puede decir si Franklin lo es? Sí, ¿o cualquiera que no sean los doce, o seis, o tres grandes dioses de la fama? Y ellos también se difuminan y se desvanecen ante lo eterno.

Somos criaturas anfibias, armadas para dos elementos, dotadas de dos series de facultades, las particulares y las católicas. Ajustamos nuestro instrumento para la observación general, y barremos los cielos con la misma facilidad con que distinguimos una sola figura en el paisaje terrestre.

Somos prácticamente hábiles en detectar elementos para los cuales no tenemos cabida en nuestra teoría, y ningún nombre. Así, somos muy sensibles a una influencia atmosférica en los hombres y en los cuerpos de hombres, que no se explica en una suma aritmética de todas sus propiedades mensurables.

Hay un genio de una nación, que no se encuentra en los ciudadanos numéricos, sino que caracteriza a la sociedad. Inglaterra, la fuerte, puntual, práctica, bien hablada Inglaterra, no la hallaría si fuera a la isla a buscarla. En el parlamento, en el teatro, en las mesas de cena, podría ver a un gran número de hombres ricos, ignorantes, leídos, convencionales, orgullosos —a muchas ancianas—, y en ninguna parte al inglés que pronunció los buenos discursos, combinó las precisas máquinas y realizó las audaces y enérgicas acciones.

Peor aún es en América, donde, por la agilidad intelectual de la raza, el genio del país es más espléndido en su promesa y más leve en su realización. Webster no puede hacer el trabajo de Webster.

Concebimos con bastante claridad el genio francés, el español, el alemán, y no es menos real el hecho de que tal vez no encontremos en ninguna de esas naciones a un solo individuo que se corresponda con el tipo. Inferimos el espíritu de la nación en gran medida a partir del idioma, que es una especie de monumento al cual cada individuo enérgico a lo largo de muchos cientos de años ha contribuido con una piedra.

Y, universalmente, un buen ejemplo de esta fuerza social es la veracidad del lenguaje, que no puede ser corrompido. En cualquier controversia sobre moral, se puede apelar con seguridad a los sentimientos que expresa la lengua del pueblo. Los proverbios, las palabras y las inflexiones gramaticales transmiten el sentido público con más pureza y precisión que el individuo más sabio.

En la célebre disputa con los nominalistas, los realistas llevaban gran parte de razón. Las ideas generales son esencias. Son nuestros dioses: redondean y ennoblecen la forma de vida más parcial y sórdida. Nuestra propensión a los detalles no puede degradar del todo nuestra vida ni despojarla de poesía.

Al jornalero se le considera en la base de la escala social, y sin embargo está imbuido de las leyes del mundo. Sus medidas son las horas; la mañana y la noche, el solsticio y el equinoccio, la geometría, la astronomía y todos los encantadores accidentes de la naturaleza cruzan por su mente.

El dinero, que representa la prosa de la vida y del que apenas se habla en los salones sin una disculpa, es, en sus efectos y leyes, tan hermoso como las rosas. La propiedad lleva las cuentas del mundo y es siempre moral. La propiedad se hallará allí donde el trabajo, la sabiduría y la virtud han estado en las naciones, en las clases y (considerada toda la vida, con sus compensaciones) también en el individuo.

¡Qué sabio parece el mundo cuando se detallan ampliamente las leyes y los usos de las naciones, y se considera la integridad del sistema municipal! No falta nada. Si acudes a los mercados y a las aduanas, a las oficinas de aseguradores y notarios, a las oficinas de los inspectores de pesos y medidas, de inspección de provisiones, parecerá como si un solo hombre lo hubiera hecho todo. Vayas donde vayas, un ingenio semejante al tuyo se te ha adelantado y ha materializado su pensamiento.

Los misterios eleusinos, la arquitectura egipcia, la astronomía india, la escultura griega, demuestran que siempre ha habido hombres clarividentes y eruditos en el planeta. El mundo está lleno de lazos masónicos, de gremios, de legiones de honor secretas y públicas; el de los eruditos, por ejemplo; y el de los caballeros, que fraternizan con la clase alta de todos los países y de todas las culturas.

Me llama mucho la atención en la literatura la impresión de que una sola persona escribió todos los libros; como si el director de un periódico hubiera apostado a su cuerpo de reporteros en distintas zonas del campo de acción, y relevara a unos por otros de vez en cuando; pero hay tanta igualdad e identidad tanto de juicio como de punto de vista en la narración que es claramente la obra de un único caballero que todo lo ve y todo lo oye.

Ayer eché un vistazo a la Odisea de Pope: es tan correcta y elegante según nuestro canon de hoy como si estuviera recién escrita. La modernidad de todos los buenos libros parece otorgarme una existencia tan vasta como la humanidad. Lo que está bien hecho siento como si lo hubiera hecho yo; de lo que está mal hecho no me preocupo.

Los pasajes de pasión de Shakespeare (por ejemplo, en Lear y Hamlet) están en el dialecto mismo del año en curso. En el uso que hago de los libros, vuelvo a ser fiel al conjunto por encima de las partes. Encuentro el mayor placer al leer un libro de la manera menos halagüeña para el autor.

Leo a Proclo, y a veces a Platón, como si pudiera leer un diccionario, como una ayuda mecánica para la fantasía y la imaginación. Leo en busca de los destellos, como quien utilizara un cuadro hermoso en un experimento cromático, por sus ricos colores. No es a Proclo, sino a un fragmento de la naturaleza y del destino al que explora. Es una alegría mayor ver al autor del autor que al autor mismo.

Un placer mayor de la misma índole hallé últimamente en un concierto, adonde fui a escuchar el Mesías de Handel. Del mismo modo que el maestro doblegaba la pequeñez y la incapacidad de los intérpretes y los convertía en conductores de su electricidad, así era fácil observar los esfuerzos que la naturaleza estaba realizando, a través de tantas personas roncas, de madera e imperfectas, para producir hermosas voces, hombres y mujeres fluidos y guiados por el alma. El genio de la naturaleza imperaba en el oratorio.

Esta preferencia del genio por las partes es el secreto de esa deificación del arte que se encuentra en todas las mentes superiores.

El arte, en el artista, es proporción, o un respeto habitual por el conjunto mediante una mirada que ama la belleza en los detalles. Y la maravilla y el encanto de esto radican en la cordura dentro de la locura que denota.

La proporción es casi imposible para los seres humanos. No hay nadie que no exagere. En la conversación, los hombres están agobiados por la personalidad y hablan demasiado.

En la escultura, la pintura y la poesía modernas, la belleza es miscelánea; el artista trabaja aquí y allá y en todos los puntos, sumando y sumando, en vez de desplegar la unidad de su pensamiento.

Debemos tener bellos detalles, o no habrá artista; pero deben ser medios y nunca otra cosa. El ojo no debe perder de vista el propósito ni por un instante.

Los muchachos vivaces escriben para su oído y su ojo, y el lector ecuánime no halla en ello más que dulces repiqueteos. Cuando crecen, respetan el argumento.

Obedecemos a la misma integridad intelectual cuando estudiamos en las excepciones la ley del mundo.

Los hechos anómalos, como los rumores nunca del todo obsoletos de la magia y la demonología, y las nuevas afirmaciones de frenólogos y neurólogos, son de utilidad ideal. Son buenos indicios.

La homeopatía es insignificante como arte curativo, pero de gran valor como crítica a la higiene o práctica médica de la época. Lo mismo ocurre con el mesmerismo, el swedenborguism, el fourierismo y la Iglesia Milenaria; son pretensiones bastante pobres, pero buena crítica a la ciencia, la filosofía y la prédica de entonces.

Pues estas percepciones anormales de los adeptos deberían ser normales y cosas cotidianas.

Todas las cosas nos muestran que por todos lados estamos muy cerca de lo mejor.

Parece no valer la pena ejecutar con demasiado esmero alguna proeza intelectual, o estética, o civil, cuando dentro de poco el sueño se disipará y estallaremos en un poder universal.

La razón de la pereza y del crimen es el aplazamiento de nuestras esperanzas. Mientras esperamos, engañamos el tiempo con bromas, con sueño, con comida y con crímenes.

Así lo resolvemos en nuestras frescas bibliotecas, que todos los agentes con los que tratamos son subalternos, a los que bien podemos permitirles el paso, y la vida será más sencilla cuando vivamos en el centro y desdeñemos las superficies.

Deseo hablar con todo respeto de las personas, pero a veces debo pellizcarme para mantenerme despierto y preservar el debido decoro. Se funden tan rápidamente unas en otras que son como la hierba y los árboles, y se necesita un esfuerzo para tratarlas como individuos. Aunque el hombre desprovisto de inspiración ciertamente encuentra a las personas convenientes en los asuntos domésticos, el hombre divino no las respeta; las ve como un cúmulo de nubes, o una flota de ondas que el viento empuja sobre la superficie del agua.

Pero esto es abierta rebelión. La Naturaleza no será budista: se resiste a generalizar, e insulta al filósofo a cada instante con un millón de nuevos particulares. Todo es vano hablar: tanto como el hombre es un todo, lo es también una parte; y sería parcial no verlo. Lo que decís en vuestra pomposa distribución solo os distribuye en vuestra clase y sección. No os habéis librado de las partes negándolas, sino que sois más parciales. Sois una cosa, pero la Naturaleza es una cosa y la otra, en el mismo instante. Ella no permanecerá en esfera en un pensamiento, sino que se precipita en las personas; y cuando cada persona, inflamada por una furia de personalidad, quisiera conquistarlo todo para su pobre capricho, ella levanta contra él a otra persona, y mediante muchas personas encarna de nuevo una especie de todo. Ella lo quiere todo.

Nick Bottom no puede representar todos los papeles, por mucho que se las apañe; habrá otra persona, y el mundo será redondo. Todo debe tener su flor o su esfuerzo hacia lo hermoso, más basto o más fino según su materia. Se relevan y recomiendan mutuamente, y la cordura de la sociedad es el equilibrio de mil locuras. Castiga a los abtractores, y solo perdonará una inducción que sea rara y casual.

Nos gusta llegar a una altura de terreno y contemplar el paisaje, del mismo modo que valoramos un comentario general en una conversación. Pero no es la intención de la Naturaleza que vivamos de visiones generales. Acarreamos fuego y agua, andamos correteando todo el día entre tiendas y mercados, y hacemos que nos hagan y remenden la ropa y los zapatos, y somos víctimas de estos detalles; y una vez cada quince días llegamos tal vez a un momento racional. Si no estuviéramos así obcecados, si viéramos lo real de hora en hora, no estaríamos aquí para escribir y para leer, sino que habríamos sido incinerados o congelados hace mucho tiempo.

Ella nunca conseguiría hacer nada si consintiera en admirables Crichtons y genios universales. Prefiere a un carretero que sueña toda la noche con ruedas, y a un caballerizo que es parte de su caballo; porque está llena de trabajo, y estas son sus manos. Así como el agricultor frugal se ocupa de que su ganado se coma el pasto tardío, y los cerdos coman los desperdicios de su casa, y las aves picoteen las migajas⁠—así nuestra madre económica despacha un nuevo genio y hábito mental a cada distrito y condición de existencia, planta un ojo dondequiera que pueda caer un nuevo rayo de luz, y reuniendo en algún hombre cada propiedad del universo, establece miles de ocultas atracciones mutuas entre sus hijos, para que todo este lavado y desecho de poder pueda ser impartido e intercambiado.

Sin duda, grandes peligros se derivan de esta encarnación y distribución de la divinidad, y de ahí que la Naturaleza tenga sus detractores, como si fuera Circe; y Alfonso de Castilla imaginó que podría haber dado consejos útiles. Pero ella no se presenta desprovista; tiene eléboro en el fondo de la copa.

La soledad maduraría una abundante cosecha de déspotas. El recluso piensa que los hombres tienen sus modales, o no los tienen; y que los poseen en mayor o menor grado. Pero cuando llega a una asamblea pública, ve que los hombres tienen modales muy diferentes a los suyos, y a su manera admirables.

En su infancia y juventud ha tenido muchos frenos y censuras, y piensa con bastante modestia de su propia dote. Cuando después pasa a desplegarla en circunstancias propicias, le parece el único talento; está encantado con su éxito y se considera ya cofrade de los grandes.

Pero va a una muchedumbre, a una casa bancaria, al taller de un mecánico, a un molino, a un laboratorio, a un barco, a un campamento, y en cada nuevo lugar no es mejor que un idiota; otros talentos ocupan su lugar y gobiernan el momento. La rotación que hace girar cada hoja y guijarro hacia el meridiano, alcanza a cada don del hombre, y a todos nos llega el turno de estar en la cima.

Pues la Naturaleza, que aborrece el manierismo, se ha propuesto romper todos los estilos y artificios, y es mucho más fácil hacer lo que uno ya ha hecho antes que hacer algo nuevo, de modo que existe una tendencia perpetua hacia un molde fijo.

En toda conversación, incluso en la más elevada, hay cierto truco que una persona perspicaz puede aprender pronto y luego continuar ese estilo particular indefinidamente.

Cada hombre, además, es un tirano en potencia, porque impondría su idea a los demás; y el truco de estos es su defensa natural. Jesús absorbería a la estirpe; pero Tom Paine o el más grosero blasfemo ayudan a la humanidad al resistirse a esta exuberancia de poder. De ahí el inmenso beneficio de los partidos en la política, ya que revelan faltas de carácter en un líder que la fuerza intelectual de las personas, con una oportunidad ordinaria y sin ser lanzadas al afelio por el odio, no habría podido ver.

Ya que todos somos tan estúpidos, ¡qué gran beneficio que existan dos estupideces! Es como esa ventaja bruta, tan esencial para la astronomía, de tener el diámetro de la órbita terrestre como base de sus triángulos. La democracia es hosca y tiende a la anarquía, pero en el Estado y en las escuelas es indispensable para resistir la consolidación de todos los hombres en unos pocos.

Si Juan fuera perfecto, ¿por qué vivimos tú y yo? Mientras exista cualquier hombre, hay cierta necesidad de él; que luche por lo suyo. Un nuevo poeta ha aparecido; un nuevo personaje se nos ha acercado; ¿por qué habríamos de negarnos a comer pan hasta haber encontrado su regimiento y sección en nuestros viejos archivos militares? ¿Por qué no un hombre nuevo?

He aquí una nueva empresa de Brook Farm, de Skeneateles, de Northampton: ¿por qué tanta impaciencia por bautizarlos como esenios, o port-royalistas, o shakers, o con cualquier nombre conocido y caduco? Que sea una nueva forma de vida. ¿Por qué tener solo dos o tres formas de vida y no miles? Se necesita a todo hombre, y a ningún hombre se le necesita demasiado. Hemos venido esta vez por condimentos, no por grano. Queremos al gran genio solo para el goce; por una estrella más en nuestra constelación, por un árbol más en nuestra arboleda.

Pero él cree que deseamos pertenecerle, así como él desea ocuparnos. Se equivoca grandemente con respecto a nosotros. Pienso que lo he hecho bien si he adquirido una palabra nueva de un buen autor; y mi asunto con él es encontrar lo mío, aunque solo sea para fundirlo en un epíteto o en una imagen de uso cotidiano:⁠—

«¡En pintura te moleré, mi novia!»

Para enredar aún más la confusión, y hacer imposible llegar a cualquier afirmación general —cuando hemos insistido en la imperfección de los individuos, nuestros afectos y nuestra experiencia exigen que todo individuo tenga derecho al honor, y un trato muy generoso seguramente será recompensado. Un recluso ve solo a dos o tres personas, y les concede todo su espacio; ellas se despliegan ampliamente. El estadista mira a muchos, y compara habitualmente a unos pocos con otros, y estos parecen menos. Sin embargo, ¿no tienen derecho a esta acogida generosa?, ¿y no es la munificencia el medio para la comprensión? Pues aunque los jugadores dicen que las cartas vencen a todos los jugadores, por muy hábiles que sean, sin embargo, en el certamen que ahora consideramos, los jugadores son también el juego, y comparten el poder de las cartas. Si criticas a un gran genio, lo más probable es que estés fuera de tus cálculos y, en lugar del poeta, estés censurando tu propia caricatura de él. Pues hay algo esférico e infinito en cada hombre, especialmente en cada genio, que, si logras acercarte mucho a él, se mofa de todas tus limitaciones. Porque, con razón, todo hombre es un canal por el cual fluye el cielo, y mientras imaginaba que lo estaba criticando a él, estaba censurando, o más bien acotando, mi propia alma. Tras criticar a Goethe por cortesano, artificial, incrédulo, mundano, tomé este libro de Helena y lo hallé como a un indio del desierto, una pieza de pura naturaleza como una manzana o un roble, vasto como la mañana o la noche, y virtuoso como una rosa silvestre.

Pero se cuida que se toque toda la melodía.

Si no nos mantuvieran entre las superficies, todo sería vasto y universal; ahora los atributos excluidos irrumpen en nosotros con mayor brillo por haber sido excluidos.

«Ahora te toca a ti, luego me toca a mí», es la regla del juego.

La universalidad, al verse obstaculizada en su forma primaria, adopta la forma secundaria de todas las caras; los puntos acuden sucesivamente al meridiano, y mediante la velocidad de la rotación se forma un nuevo todo. La naturaleza se mantiene íntegra y su representación completa en la experiencia de cada mente. No consiente que ningún asiento quede vacante en su colegio.

Es el secreto del mundo que todas las cosas subsisten y no mueren, sino que solo se retiran un poco de la vista y después vuelven a aparecer.

  • Todo lo que no nos concierne nos está oculto.
  • Tan pronto como una persona deja de estar relacionada con nuestro bienestar presente, se oculta, o muere, como solemos decir.

En verdad, todas las cosas y personas están relacionadas con nosotros, pero según nuestra naturaleza actúan sobre nosotros no de una vez sino sucesivamente, y se nos hace conscientes de su presencia de uno en uno. Todas las personas, todas las cosas que hemos conocido, están aquí presentes, y muchas más de las que vemos; el mundo está lleno. Como decía el antiguo, el mundo es un plenium o sólido; y si viéramos todas las cosas que realmente nos rodean, estaríamos aprisionados e incapaces de movernos.

Pues aunque nada es intransitable para el alma, sino que todo le es permeable y semejante a carreteras, esto ocurre únicamente mientras el alma no las ve. Tan pronto como el alma ve cualquier objeto, se detiene ante ese objeto. Por lo tanto, la divina Providencia, que mantiene el universo abierto en todas direcciones para el alma, oculta de los sentidos de ese individuo todo el mobiliario y a todas las personas que no conciernen a un alma en particular.

A través de las cosas eternas más sólidas, el hombre encuentra su camino como si no subsistieran, y ni por un instante sospecha de su existencia. Tan pronto como necesita un nuevo objeto, de repente lo contempla, y ya no intenta atravesarlo, sino que toma otro camino. Cuando ha agotado por el momento el alimento que ha de extraerse de cualquier persona o cosa, ese objeto es retirado de su observación, y aunque sigue en su vecindad inmediata, no sospecha su presencia.

Nada está muerto: los hombres fingen estar muertos, y soportan funerales simulados y luctuosas necrológicas, y ahí están mirando por la ventana, sanos y salvos, bajo algún disfraz nuevo y extraño.

Jesús no está muerto; goza de muy buena salud: ni Juan, ni Pablo, ni Mahoma, ni Aristóteles; a veces creemos haberlos visto a todos y podríamos decir fácilmente los nombres bajo los cuales andan.

Si no podemos dar pasos voluntarios y conscientes en la admirable ciencia de los universales, veamos las partes con sabiduría e infiramos el genio de la naturaleza a partir de los mejores particulares con una caridad decorosa.

Lo que es mejor en cada género es un índice de lo que debería ser el promedio de esa cosa.

El amor me muestra la opulencia de la naturaleza al revelarme en mi amigo una riqueza oculta, e infiero una profundidad igual de bien en cualquier otra dirección.

Los granjeros suelen decir que una buena pera o manzana no cuesta más tiempo ni esfuerzo criar que una mala; así quisiera que ninguna obra de arte, ningún discurso, acción, pensamiento o amigo fuera sino el mejor.

El fin y los medios, el jugador y el juego⁠: la vida se compone de la mezcla y reacción de estas dos fuerzas amistosas, cuyo matrimonio parece de antemano monstruoso, ya que cada una niega y tiende a abolir a la otra. Debemos reconciliar las contradicciones como podamos, pero su discordia y su concordia introducen absurdos salvajes en nuestro pensamiento y en nuestro discurso. Ninguna frase contendrá la verdad entera, y la única manera en que podemos ser justos es contradiciéndonos a nosotros mismos; la palabra es mejor que el silencio; el silencio es mejor que la palabra;⁠—Todas las cosas están en contacto; cada átomo tiene una esfera de repulsión;⁠—Las cosas son y no son al mismo tiempo;⁠—y cosas por el estilo. En todo el universo no hay más que una sola cosa, esta vieja Doble Cara, creador-criatura, mente-materia, bien-mal, de la cual cualquier proposición puede ser afirmada o negada. Muy acertadamente, por lo tanto, afirmo que todo hombre es un parcialista, que la naturaleza se lo asegura como un instrumento mediante la presunción, impidiendo las tendencias hacia la religión y la ciencia; y afirmo además ahora que, al ser explorado el genio de cada hombre de manera cercana y afectuosa, este se justifica en su individualidad, ya que se descubre que su naturaleza es inmensa; y ahora añado que todo hombre es también un universalista y que, al igual que nuestra tierra, mientras gira sobre su propio eje, gira todo el tiempo alrededor del sol a través de los espacios celestes, así el más insignificante de sus hijos racionales, el más entregado a su asunto privado, elabora, aunque fuera bajo un disfraz, el problema universal. Imaginamos que los hombres son individuos; lo mismo ocurre con las calabazas; pero cada calabaza en el campo recorre cada punto de la historia de las calabazas. El demócrata rabioso, tan pronto como es senador y rico, ha madurado más allá de toda posibilidad de radicalismo sincero y, a menos que pueda resistirse al sol, deberá ser conservador el resto de sus días. Lord Eldon dijo en su vejez que «si tuviera que empezar la vida de nuevo, que lo condenen si no empieza como agitador».

Ocultamos esta universalidad si podemos, pero se manifiesta en todas partes. Somos tan ingratos como los niños.

No hay nada que apreciemos y nos esforcemos por atraer hacia nosotros que, en algún momento, no volvamos del revés para desgarrarlo. Mantenemos un fuego cruzado de sarcasmo contra la ignorancia y la vida de los sentidos; luego pasa, tal vez, una hermosa muchacha, un pedazo de vida, alegre y feliz, que embellece las tareas más comunes con la energía y el corazón con que las realiza; y al ver esto la admiramos a ella y a ellas, y decimos: «¡He aquí una criatura genuina de la hermosa tierra, no disipada ni madurada demasiado pronto por los libros, la filosofía, la religión, la sociedad o las preocupaciones!», insinuando una traición y un desprecio hacia todo lo que tanto tiempo habíamos amado y forjado en nosotros mismos y en los demás.

¡Si tuviéramos alguna garantía contra los estados de ánimo! ¡Si el más profundo de los profetas pudiera quedar atado a sus palabras, y el oyente dispuesto a venderlo todo y unirse a la cruzada tuviera algún certificado de que mañana su profeta no desdirá su testimonio!

Pero la Verdad se sienta allí, velada, en el estrado, y jamás interpone una sílaba adamantina; y la doctrina más sincera y revolucionaria, expuesta como si el arca de Dios avanzara unos estadios y se plantara allí para socorro del mundo, será en pocas semanas descartada fríamente por el mismo orador, como enfermiza; «Creía que tenía razón, pero no la tenía»,⁠—y se exigirá la misma inmensurable credulidad para nuevas audacias.

¡Si no fuéramos de todas las opiniones! ¡Si en cualquier momento no cambiáramos la plataforma sobre la que estamos, y miráramos y habláramos desde otra! ¡Si pudiera haber alguna regulación, alguna «regla de una hora», que impidiera a un hombre abandonar su punto de vista sin sonido de trompeta!

Siempre soy insincero, por saber siempre que hay otros estados de ánimo.

¡Qué sinceros y confidenciales podemos llegar a ser, diciendo todo cuanto pasa por nuestra mente, y sin embargo marcharnos con la sensación de que aún no se ha dicho nada, debido a la incapacidad de las partes para conocerse mutuamente, ¡a pesar de usar las mismas palabras!

Mi compañero pretende conocer mi estado de ánimo y mi hábito de pensamiento, y avanzamos de explicación en explicación hasta que se dice todo lo que las palabras pueden, y dejamos las cosas tal como estaban al principio, a causa de esa viciosa suposición.

¿Será que cada hombre cree que cualquier otro es un partidista incurable, y a sí mismo un universalista?

Ayer conversé con un par de filósofos; me esforcé por mostrarles a mis buenos hombres que amo cada cosa a su turno y ninguna por mucho tiempo; que amaba el centro, pero me chiflaban las superficies; que amaba al hombre, si los hombres me parecían ratones y ratas; que veneraba a los santos, pero me despertaba alegre de que el viejo mundo pagano se mantuviera firme y muriera con las botas puestas; que me alegraban los hombres de cualquier talento y nobleza, pero que no viviría en sus brazos.

Si tan solo pudieran comprender una vez que me encantaba saber que existían, y les deseaba de todo corazón buena suerte, aunque, debido a la pobreza de mi vida y de mi pensamiento, no tuviera una sola palabra ni bienvenida para ellos cuando venían a verme, y bien podría consentir que vivieran en Oregón, por cualquier reclamo que sintiera hacia ellos⁠—sería una gran satisfacción.

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