Un niño huraño y salvajemente sabio persiguió el juego con ojos alegres, que eligieron, como meteoros, su camino y rasgaron la oscuridad con rayo privado: saltaron más allá del borde del horizonte, registraron con el privilegio de Apolo; a través de hombre, mujer, mar y estrella vieron la danza de la naturaleza muy adelante; a través de mundos, razas, plazos y tiempos vieron orden musical y rimas que se emparejan.
Bardos olímpicos que cantasteis divinas ideas abajo, Que siempre nos hallan jóvenes, Y así siempre nos mantienen.
Aquellos que son estimados árbitros del gusto son a menudo personas que han adquirido cierto conocimiento de pinturas o esculturas admiradas, y tienen una inclinación por todo lo elegante; pero si averiguas si son almas bellas, y si sus propias acciones son como cuadros hermosos, te enteras de que son egoístas y sensuales.
Su cultivo es parcial, como si frotaras un leño de madera seca en un solo punto para producir fuego, mientras todo lo demás permanece frío. Su conocimiento de las bellas artes es cierto estudio de reglas y detalles, o algún juicio limitado sobre el color o la forma, que se ejerce por diversión o por ostentación.
Es una prueba de la superficialidad de la doctrina de la belleza tal como se encuentra en la mente de nuestros aficionados, el que los hombres parezcan haber perdido la percepción de la dependencia instantánea de la forma respecto al alma. No hay doctrina de las formas en nuestra filosofía. Fuimos puestos en nuestros cuerpos, como el fuego se pone en una sartén para ser transportado; pero no hay un ajuste preciso entre el espíritu y el órgano, y mucho menos es este último la germinación del primero.
Así, con respecto a otras formas, los hombres intelectuales no creen en ninguna dependencia esencial del mundo material respecto al pensamiento y la volición. Los teólogos piensan que es un bonito castillo en el aire hablar del significado espiritual de un barco o una nube, de una ciudad o un contrato, pero prefieren volver a pisar el suelo sólido de la evidencia histórica; e incluso los poetas se conforman con un modo de vida cívico y convencional, y con escribir poemas desde la fantasía, a una distancia prudente de su propia experiencia.
Pero las mentes más altas del mundo nunca han dejado de explorar el doble significado, o debo decir el cuádruple o el séxtuple o mucho más múltiple significado, de cada hecho sensorial; Orfeo, Empédocles, Heráclito, Platón, Plutarco, Dante, Swedenborg, y los maestros de la escultura, la pintura y la poesía.
Pues no somos sartenes ni carretillas, ni siquiera porteadores del fuego ni portadores de antorchas, sino hijos del fuego, hechos de él, y apenas la misma divinidad transmutada y a dos o tres grados de distancia, cuando menos sabemos de ello. Y esta verdad oculta, de que las fuentes de donde brota todo este río del Tiempo y sus criaturas son intrínsecamente ideales y bellas, nos atrae hacia la consideración de la naturaleza y las funciones del Poeta, o el hombre de la Belleza; hacia los medios y materiales que utiliza, y hacia el aspecto general del arte en el tiempo presente.
La amplitud del problema es grande, pues el poeta es representativo. Él se yergue entre hombres parciales en representación del hombre completo, y nos da noticia no de su riqueza, sino de la riqueza común.
El joven venera a los hombres de genio porque, a decir verdad, son más él mismo que él. Reciben del alma como él también recibe, pero en mayor medida.
La naturaleza acrecienta su belleza, ante los ojos de los hombres enamorados, por la creencia de que el poeta contempla al mismo tiempo sus espectáculos. Está aislado entre sus contemporáneos por la verdad y por su arte, pero con este consuelo en sus ocupaciones: el de que tarde o temprano atraerán a todos los hombres.
Porque todos los hombres viven de la verdad y necesitan de la expresión. En el amor, en el arte, en la avaricia, en la política, en el trabajo, en los juegos, nos esforzamos por articular nuestro doloroso secreto. El hombre es solo la mitad de sí mismo; la otra mitad es su expresión.
A pesar de esta necesidad de ser publicado, la expresión adecuada es rara.
No sé cómo es que necesitamos un intérprete, pero la gran mayoría de los hombres parecen ser menores de edad que aún no han entrado en posesión de lo suyo, o mudos que no pueden relatar la conversación que han tenido con la naturaleza.
No hay hombre que no anticipe una utilidad supersensible en el sol y las estrellas, la tierra y el agua. Estos permanecen y aguardan para prestarle un servicio peculiar. Pero existe alguna obstrucción o algún exceso de flema en nuestra constitución que no les permite rendir el efecto debido.
Demasiado débiles caen sobre nosotros las impresiones de la naturaleza como para hacernos artistas. Cada contacto debería estremecer. Cada hombre debería ser tanto un artista como para poder relatar en una conversación lo que le ha acontecido. Sin embargo, en nuestra experiencia, los rayos o impulsos tienen la fuerza suficiente para llegar a los sentidos, mas no la suficiente para alcanzar lo vivo y obligar a su propia reproducción en el discurso.
El poeta es la persona en quien estas facultades están en equilibrio, el hombre sin impedimento, que ve y maneja aquello con lo que otros sueñan, recorre toda la escala de la experiencia y es representante del hombre, en virtud de poseer la mayor capacidad para recibir y para impartir.
Pues el Universo tiene tres hijos, nacidos al mismo tiempo, que reaparecen bajo diferentes nombres en todo sistema de pensamiento, ya se llamen causa, operación y efecto; o, más poéticamente, Júpiter, Plutón, Neptuno; o, teológicamente, el Padre, el Espíritu y el Hijo; pero a los que aquí llamaremos el Conocedor, el Hacedor y el Decidor.
Estos representan respectivamente el amor a la verdad, el amor al bien y el amor a la belleza. Estos tres son iguales. Cada uno es lo que es esencialmente, de modo que no puede ser superado ni analizado, y cada uno de estos tres tiene el poder de los otros latente en sí mismo, y el suyo propio patente.
El poeta es el que dice, el que nombra, y representa la belleza. Es un soberano, y se halla en el centro.
Pues el mundo no está pintado ni adornado, sino que es hermoso desde el principio; y Dios no ha hecho algunas cosas hermosas, sino que la Belleza es la creadora del universo. Por tanto, el poeta no es ningún potentado tolerado, sino emperador por derecho propio.
La crítica está infestada por la jerga del materialismo, que asume que la destreza y la actividad manual son el principal mérito de todos los hombres, y menosprecia a quienes dicen y no hacen, pasando por alto el hecho de que algunos hombres, a saber, los poetas, son hablantes naturales, enviados al mundo con el fin de la expresión, y los confunde con aquellos cuya incumbencia es la acción pero que la abandonan para imitar a los que dicen.
Pero las palabras de Homero son tan valiosas y admirables para Homero como las victorias de Agamenón lo son para Agamenón. El poeta no espera al héroe o al sabio, sino que, así como ellos actúan y piensan de manera primordial, él escribe primordialmente lo que será y debe ser dicho, considerando a los demás, aunque también primordiales, no obstante, respecto a él, secundarios y sirvientes; como los modelos que posan en el estudio de un pintor, o como los ayudantes que llevan materiales de construcción a un arquitecto.
Pues la poesía fue escrita toda antes de que existiera el tiempo, y siempre que estamos tan delicadamente organizados como para penetrar en esa región donde el aire es música, escuchamos esos trinos primordiales e intentamos anotarlos, pero de vez en cuando perdemos una palabra o un verso y sustituimos algo de nuestra cosecha, y así malescribimos el poema.
Los hombres de oído más delicado transcriben estas cadencias con mayor fidelidad, y estas transcripciones, aunque imperfectas, se convierten en las canciones de las naciones.
Pues la naturaleza es tan verdaderamente hermosa como buena, o como razonable, y debe manifestarse tanto como debe realizarse, o conocerse. Las palabras y los hechos son modos por completo indiferentes de la energía divina. Las palabras son también acciones, y las acciones son una especie de palabras.
El signo y las credenciales del poeta son que anuncia aquello que ningún hombre profetizó. Él es el verdadero y único médico; sabe y cuenta; él es el único dador de noticias, pues estuvo presente y fue testigo de la aparición que describe. Es un contemplador de ideas y un enunciador de lo necesario y causal.
Pues no hablamos ahora de hombres de talento poético, ni de laboriosidad y destreza en la métrica, sino del verdadero poeta. Participé el otro día en una conversación acerca de un escritor reciente de lírica, un hombre de mente sutil, cuya cabeza parecía una caja de música de delicadas melodías y ritmos, y cuya destreza y dominio del lenguaje no podíamos alabar bastante.
Pero cuando surgió la cuestión de si no era solo un lírico sino un poeta, nos vimos obligados a confesar que es claramente un hombre contemporáneo, no eterno. No sobresale de nuestras bajas limitaciones como un Chimborazo bajo la línea equinoccial, que se eleva desde la base tórrida a través de todos los climas del globo, con franjas de la vegetación de cada latitud en sus laderas altas y manchadas; sino que este genio es el jardín paisajístico de una casa moderna, adornado con fuentes y estatuas, con hombres y mujeres bien educados que están de pie y sentados en los paseos y terrazas.
Oímos, a través de toda la música variada, el tono fundamental de la vida convencional. Nuestros poetas son hombres de talento que cantan, y no los hijos de la música. El argumento es secundario, el acabado de los versos es primario.
For it is not metres, but a metre-making argument that makes a poem—a thought so passionate and alive that like the spirit of a plant or an animal it has an architecture of its own, and adorns nature with a new thing. The thought and the form are equal in the order of time, but in the order of genesis the thought is prior to the form. The poet has a new thought; he has a whole new experience to unfold; he will tell us how it was with him, and all men will be the richer in his fortune. For the experience of each new age requires a new confession, and the world seems always waiting for its poet. I remember when I was young how much I was moved one morning by tidings that genius had appeared in a youth who sat near me at table. He had left his work and gone rambling none knew whither, and had written hundreds of lines, but could not tell whether that which was in him was therein told; he could tell nothing but that all was changed—man, beast, heaven, earth and sea. How gladly we listened! how credulous! Society seemed to be compromised. We sat in the aurora of a sunrise which was to put out all the stars. Boston seemed to be at twice the distance it had the night before, or was much farther than that. Rome—what was Rome? Plutarch and Shakespeare were in the yellow leaf, and Homer no more should be heard of. It is much to know that poetry has been written this very day, under this very roof, by your side. What! that wonderful spirit has not expired! These stony moments are still sparkling and animated! I had fancied that the oracles were all silent, and nature had spent her fires; and behold! all night, from every pore, these fine auroras have been streaming. Everyone has some interest in the advent of the poet, and no one knows how much it may concern him. We know that the secret of the world is profound, but who or what shall be our interpreter, we know not. A mountain ramble, a new style of face, a new person, may put the key into our hands. Of course the value of genius to us is in the veracity of its report. Talent may frolic and juggle; genius realizes and adds. Mankind in good earnest have availed so far in understanding themselves and their work, that the foremost watchman on the peak announces his news. It is the truest word ever spoken, and the phrase will be the fittest, most musical, and the unerring voice of the world for that time.
Todo lo que llamamos historia sagrada atestigua que el nacimiento de un poeta es el acontecimiento principal de la cronología. El hombre, por muy engañado que haya sido, sigue aguardando la llegada de un hermano que pueda mantenerlo firme ante una verdad hasta que la haya hecho suya.
¡Con qué alegría empiezo a leer un poema en el que confío como en una inspiración! Y ahora mis cadenas van a romperse; ascenderé por encima de estas nubes y aires opacos en los que vivo —opacos, aunque parezcan transparentes— y desde el cielo de la verdad veré y comprenderé mis relaciones.
Eso me reconciliará con la vida y renovará la naturaleza, ver las naderías animadas por una tendencia y saber lo que estoy haciendo. La vida ya no será un ruido; ahora veré a los hombres y a las mujeres, y conoceré los signos por los cuales se les puede distinguir de los necios y de los satanes. Este día será mejor que el de mi nacimiento: entonces me convertí en un animal; ahora soy invitado a la ciencia de lo real.
Tal es la esperanza, pero la realización se pospone. Con más frecuencia sucede que este hombre alado, que ha de llevarme al cielo, me arremolina entre brumas, y luego salta y retoza conmigo por decirlo así de nube en nube, afirmando todavía que va con rumbo al cielo; y yo, al ser por mi cuenta un novato, tardo en percibir que él no conoce el camino hacia los cielos, y tan solo se empeña en que yo admire su habilidad para elevarse como un ave o un pez volador, un poco por encima de la tierra o del agua; pero el aire del cielo, que todo lo penetra, todo lo alimenta y todo lo ve, ese hombre jamás lo habitará.
Vuelvo a precipitarme pronto en mis viejos rincones, y llevo una vida de exageraciones como antes, y he perdido la fe en la posibilidad de cualquier guía que pueda conducirme allí donde desearía estar.
Pero, dejando a estas víctimas de la vanidad, observemos, con nueva esperanza, cómo la naturaleza, mediante impulsos más dignos, ha asegurado la fidelidad del poeta a su oficio de anunciar y afirmar, a saber, mediante la belleza de las cosas, que se convierte en una belleza nueva y superior al ser expresada. La naturaleza le ofrece todas sus criaturas como un lenguaje pictórico. Al ser usado como un tipo, aparece en el objeto un segundo valor maravilloso, muy superior a su antiguo valor; como la cuerda tensa del carpintero, si acercas lo suficiente el oído, es musical en la brisa. «Las cosas más excelentes que toda imagen», dice Jámblico, «se expresan a través de imágenes». Las cosas admiten ser usadas como símbolos porque la naturaleza es un símbolo, en el todo y en cada parte. Cada línea que podemos trazar en la arena tiene expresión; y no hay cuerpo sin su espíritu o genio. Toda forma es un efecto del carácter; toda condición, de la calidad de la vida; toda armonía, de la salud; y por esta razón una percepción de la belleza debe ser simpática, o propia únicamente del bueno. Lo bello descansa sobre los cimientos de lo necesario. El alma hace al cuerpo, como enseña el sabio Spenser:—
“Pues todo espíritu, cuanto más puro es, Y más luz celestial en su interior habita, Un cuerpo tanto más hermoso procura Para habitar, y lo adorna con mayor belleza, Con alegre gracia y apacible aspecto. Pues del alma la forma toma el cuerpo, Porque el alma es la forma y al cuerpo da origen.”
He aquí que de repente nos hallamos no ante una especulación crítica, sino en un lugar sagrado, y debemos andar con muchísima cautela y reverencia. Nos encontramos ante el secreto del mundo, allí donde el Ser se convierte en Apariencia y la Unidad en Variedad.
El Universo es la exteriorización del alma. Dondequiera que esté la vida, esta estalla en apariencia a su alrededor. Nuestra ciencia es sensual y, por tanto, superficial. La tierra y los cuerpos celestes, la física y la química, los tratamos sensualemente como si existieran por sí mismos; pero estos son el séquito de ese Ser que poseemos.
«El poderoso cielo —dijo Proclo— exhibe, en sus transfiguraciones, claras imágenes del esplendor de las percepciones intelectuales; siendo movido en conjunción con los períodos ocultos de las naturalezas intelectuales».
Por lo tanto, la ciencia siempre marcha al unísono con la justa elevación del hombre, guardando el paso con la religión y la metafísica; o bien el estado de la ciencia es un índice de nuestro autoconocimiento. Puesto que todo en la naturaleza responde a un poder moral, si algún fenómeno permanece bruto y oscuro es porque la facultad correspondiente en el observador aún no está activa.
No es de extrañar entonces, si estas aguas son tan profundas, que nos cernamos sobre ellas con consideración religiosa.
La belleza de la fábula prueba la importancia del sentido; para el poeta, y para todos los demás; o, si se quiere, todo hombre es en la medida en que es poeta susceptible a estos encantamientos de la naturaleza; pues todos los hombres tienen los pensamientos de los cuales el universo es la celebración.
Encuentro que la fascinación radica en el símbolo. ¿Quién ama la naturaleza? ¿Quién no? ¿Son acaso solo los poetas, y los hombres de ocio y cultura, quienes conviven con ella?
No; sino también cazadores, granjeros, palafreneros y carniceros, aunque expresen su afecto en su elección de vida y no en su elección de palabras. El escritor se pregunta qué valoran el cochero o el cazador en la monta, en los caballos y en los perros. No son cualidades superficiales. Cuando hablas con él, las valora tan poco como tú.
Su culto es simpático; no tiene definiciones, pero es dominado en la naturaleza por el poder viviente que siente allí presente. Ninguna imitación o representación de estas cosas lo contentaría; ama la seriedad del viento del norte, de la lluvia, de la piedra, de la madera y del hierro.
Una belleza no explicable es más cara que una belleza cuyo fin podemos avizorar. Es la naturaleza el símbolo, la naturaleza que certifica lo sobrenatural, el cuerpo desbordado de vida al que adora con ritos toscos pero sinceros.
La interioridad y el misterio de este apego impulsan a los hombres de todas las clases al uso de emblemas. Las escuelas de poetas y filósofos no están más intoxicadas con sus símbolos que el populacho con los suyos.
En nuestros partidos políticos, calcúlese el poder de las insignias y los emblemas. ¡Ved la gran bola que hacen rodar desde Baltimore hasta Bunker Hill! En las procesiones políticas, Lowell va en un telar, Lynn en un zapato y Salem en un barco. Sed testigos del barril de sidra, la cabaña de troncos, la vara de nogal americano, el palmito y todos los distintivos de partido.
Ved el poder de los emblemas nacionales. Unas estrellas, lirios, leopardos, una creciente, un león, un águila u otra figura que cobró prestigio Dios sabe cómo, sobre un viejo trapo de bandera flameando al viento en un fuerte en los confines de la tierra, hará cosquillear la sangre bajo el exterior más grosero o el más convencional.
¡La gente se imagina que odia la poesía, y todos son poetas y místicos!
Más allá de esta universalidad del lenguaje simbólico, se nos notifica la divinidad de este uso superior de las cosas, por el cual el mundo es un templo cuyas paredes están cubiertas de emblemas, cuadros y mandamientos de la Divinidad —en esto, en que no hay hecho en la naturaleza que no encierre todo el sentido de la naturaleza; y las distinciones que hacemos en los eventos y en los asuntos, de bajo y alto, honesto y vil, desaparecen cuando la naturaleza se usa como símbolo.
El pensamiento hace que todo sea apto para el uso. El vocabulario de un hombre omnisciente abarcaría palabras e imágenes excluidas de la conversación educada. Lo que sería vil, o incluso obsceno, para el obsceno, se vuelve ilustre, dicho en una nueva conexión de pensamiento. La piedad de los profetas hebreos purifica su grosería. La circuncisión es un ejemplo del poder de la poesía para elevar lo bajo y ofensivo.
Las cosas pequeñas y mezquinas sirven tan bien como los grandes símbolos. Cuanto más mezquino es el tipo mediante el cual se expresa una ley, más punzante es, y más duradera en la memoria de los hombres: tal como elegimos la caja o estuche más pequeño en el que se puede llevar cualquier utensilio necesario.
Las listas desnudas de palabras resultan sugerentes para una mente imaginativa y excitada; como se cuenta de lord Chatham que solía leer en el Diccionario de Bailey cuando se preparaba para hablar en el Parlamento.
La experiencia más pobre es lo suficientemente rica para todos los propósitos de expresar el pensamiento. ¿Para qué codiciar el conocimiento de nuevos hechos? El día y la noche, la casa y el jardín, unos pocos libros, unas pocas acciones, nos sirven tan bien como lo harían todos los oficios y todos los espectáculos. Estamos lejos de haber agotado el significado de los pocos símbolos que usamos. Todavía podemos llegar a usarlos con una sencillez terrible.
No es necesario que un poema sea largo. Cada palabra fue en su día un poema. Cada nueva relación es una nueva palabra. Asimismo, usamos los defectos y las deformidades con un propósito sagrado, expresando así nuestra sensación de que los males del mundo lo son solo para el ojo malvado. En la mitología antigua, observan los mitólogos, se atribuyen defectos a las naturalezas divinas, como la cojera a Vulcano, la ceguera a Cupido y cosas por el estilo —para significar exuberancias.
Pues así como la dislocación y el desprendimiento de la vida de Dios es lo que hace que las cosas sean feas, el poeta, que vuelve a unir las cosas a la naturaleza y al Todo —volviendo a unir incluso las cosas artificiales y las violaciones de la naturaleza con la naturaleza mediante una visión más profunda—, se deshace con gran facilidad de los hechos más desagradables.
Los lectores de poesía ven el pueblo fabril y el ferrocarril, y se imaginan que la poesía del paisaje queda rota por estos; pues estas obras de arte aún no están consagradas en su lectura; pero el poeta las ve caer dentro del gran Orden no menos que la colmena o la red geométrica de la araña. La naturaleza las adopta muy rápidamente en sus círculos vitales, y el tren de vagones deslizantes lo ama como a los suyos propios.
Además, en una mente centrada, no importa cuántos inventos mecánicos exhibas. Aunque añadas millones, y por muy sorprendentes que sean, el hecho de la mecánica no ha ganado el peso de un grano. El hecho espiritual permanece inalterable ante muchos o pocos detalles; así como ninguna montaña tiene una altura apreciable como para romper la curva de la esfera.
Un avispado muchacho de campo va a la ciudad por primera vez, y el ciudadano satisfecho de sí mismo no se conforma con su pequeño asombro. No es que no vea todas las finas casas y sepa que nunca antes había visto semejantes, sino que se deshace de ellas con tanta facilidad como el poeta le encuentra lugar al ferrocarril.
El valor principal del nuevo hecho es realzar el gran y constante hecho de la Vida, que puede empequeñecer cualquier circunstancia y a la cual el cinturón de wampum y el comercio de América le son indiferentes.
Estando así el mundo subordinado a la mente en cuanto al verbo y al nombre, el poeta es quien sabe articularlo. Pues aunque la vida es grande, y fascina, y absorbe; y aunque todos los hombres comprenden los símbolos a través de los cuales se la nombra; sin embargo, no pueden utilizarlos de un modo originario.
Somos símbolos y habitamos en símbolos; obreros, obra y herramientas, palabras y cosas, nacimiento y muerte, todo son emblemas; pero simpatizamos con los símbolos y, al encapricharnos con los usos económicos de las cosas, no sabemos que son pensamientos.
El poeta, mediante una percepción intelectual ulterior, les otorga un poder que hace que su uso anterior sea olvidado, y pone ojos y lengua en cada objeto mudo e inanimado. Percibe la independencia del pensamiento respecto al símbolo, la estabilidad del pensamiento, la accesoriedad y la fugacidad del símbolo.
Así como se decía que los ojos de Linceo veían a través de la tierra, el poeta vuelve el mundo de cristal y nos muestra todas las cosas en su recta serie y procesión. Pues a través de esa mejor percepción se sitúa un paso más cerca de las cosas, y ve el fluir o la metamorfosis; percibe que el pensamiento es multiforme; que dentro de la forma de cada criatura hay una fuerza que la impulsa a ascender hacia una forma superior; y siguiendo la vida con sus ojos, utiliza las formas que expresan esa vida, y así su discurso fluye con el fluir de la naturaleza.
Todos los hechos de la economía animal, el sexo, la nutrición, la gestación, el nacimiento, el crecimiento, son símbolos del paso del mundo al alma del hombre, para sufrir allí un cambio y reaparecer como un hecho nuevo y superior. Utiliza las formas según la vida, y no según la forma. Esta es la verdadera ciencia.
Solo el poeta conoce la astronomía, la química, la vegetación y la animación, pues no se detiene en estos hechos, sino que los emplea como signos. Él sabe por qué la llanura o pradera del espacio fue sembrada con estas flores que llamamos soles, lunas y estrellas; por qué el gran abismo está adornado con animales, con hombres y con dioses; pues en cada palabra que pronuncia los cabalga como a los corceles del pensamiento.
En virtud de esta ciencia, el poeta es el Nominador o Hacedor de lenguaje; nombra las cosas a veces según su apariencia, a veces según su esencia, y otorga a cada una su propio nombre y no el de otra, alegrando así el intelecto, que se deleita en el desapego o el límite.
Los poetas crearon todas las palabras y, por tanto, el lenguaje es el archivo de la historia y, si debemos decirlo, una especie de tumba de las musas. Pues aunque se haya olvidado el origen de la mayoría de nuestras palabras, cada palabra fue al principio un golpe de genio y cobró circulación porque en ese momento simbolizaba el mundo para el primer hablante y para el oyente.
El etimólogo descubre que la palabra más muerta fue alguna vez una imagen brillante. El lenguaje es poesía fósil. Así como la piedra caliza del continente consiste en masas infinitas de conchas de animáculos, el lenguaje está hecho de imágenes o tropos que ahora, en su uso secundario, hace tiempo que dejaron de recordarnos su origen poético.
Pero el poeta nombra la cosa porque la ve, o se acerca a ella un paso más que cualquier otro. Esta expresión o nominación no es arte, sino una segunda naturaleza, surgida de la primera, como una hoja de un árbol.
Lo que llamamos naturaleza es cierto movimiento o cambio autorregulado; y la naturaleza hace todas las cosas por sus propias manos, y no deja que otro la bautice, sino que se bautiza a sí misma; y esto a su vez mediante la metamorfosis. Recuerdo que cierto poeta me lo describió así:
El genio es la actividad que repara los deterioros de las cosas, ya sean total o parcialmente de índole material y finita.
La naturaleza, a través de todos sus reinos, se asegura a sí misma. A nadie le importa plantar el hongo pobre; por lo que sacude desde las branquias de un ágaro innumerables esporas, cualquiera de las cuales, al preservarse, transmitirá nuevos miles de millones de esporas mañana o al día siguiente. El nuevo ágaro de esta hora tiene una oportunidad que el viejo no tenía. Este átomo de semilla es arrojado a un lugar nuevo, no sujeto a los accidentes que destruyeron a su progenitor a dos varas de distancia.
Ella hace a un hombre; y habiéndolo llevado a la edad madura, ya no correrá el riesgo de perder esta maravilla de un solo golpe, sino que desprende de él un nuevo ser, para que la especie esté a salvaguarda de los accidentes a los que el individuo está expuesto.
Así, cuando el alma del poeta ha llegado a la madurez del pensamiento, desprende y envía lejos de ella sus poemas o canciones—una descendencia intrépida, insomne e inmortal, que no está expuesta a los accidentes del cansado reino del tiempo; una prole intrépida y vivaz, revestida de alas (tal era la virtud del alma de la que surgieron) que los llevan rápida y lejanamente, y los incrustan de manera irreecuperable en los corazones de los hombres.
Estas alas son la belleza del alma del poeta. Las canciones, volando así inmortales de su progenitor mortal, son perseguidas por clamorosas bandadas de censuras, que enjambran en mucha mayor cantidad y amenazan con devorarlas; mas estas últimas no tienen alas. Al cabo de un salto muy breve caen de golpe y se pudren, por no haber recibido de las almas de donde procedían ninguna hermosa ala.
Pero las melodías del poeta ascienden y saltan y penetran en los abismos del tiempo infinito.
Hasta ahora el bardo me enseñó, valiéndose de su palabra más libre. Pero la naturaleza tiene un fin más alto, en la producción de nuevos individuos, que la seguridad, a saber, la ascensión, o el paso del alma hacia formas superiores.
Conocí en mis años mozos al escultor que hizo la estatua del joven que se halla en el jardín público. Él era, según recuerdo, incapaz de decir directamente qué lo hacía feliz o infeliz, pero mediante rodeos maravillosos podía expresarlo. Se levantó un día, según su costumbre, antes del alba, y vio romper la mañana, tan grandiosa como la eternidad de donde provenía, y durante muchos días después se esforzó por expresar esta tranquilidad, ¡y he aquí que su cincel había labrado en mármol la forma de un hermoso joven, Fósforo, cuyo aspecto es tal que se dice que todas las personas que lo contemplan enmudecen.
El poeta también se entrega a su estado de ánimo, y aquel pensamiento que lo agitaba se expresa, pero alter idem, de un modo totalmente nuevo. La expresión es orgánica, o el nuevo tipo que las cosas mismas adoptan al ser liberadas. Así como, bajo el sol, los objetos graban sus imágenes en la retina del ojo, también ellos, compartiendo la aspiración de todo el universo, tienden a plasmar una copia mucho más delicada de su esencia en su mente.
Semejante a la metamorfosis de las cosas en formas orgánicas superiores es su mudanza en melodías. Sobre cada cosa se halla su daimon o alma y, así como la forma de la cosa se refleja en el ojo, el alma de la cosa se refleja en una melodía. El mar, la cresta de la montaña, el Niágara y cada arriate de flores preexisten, o superxisten, en precantos que flotan como aromas en el aire, y cuando pasa alguien con un oído suficientemente fino, los escucha por casualidad y se esfuerza por transcribir las notas sin diluirlas ni depravarlas.
Y en esto radica la legitimación de la crítica, en la fe de la mente de que los poemas son una versión corrupta de algún texto de la naturaleza con el cual deberían hacerse coincidir. Una rima en uno de nuestros sonetos no debería ser menos grata que los nodos iterados de una concha marina, o la diferencia semejante de un grupo de flores. El emparejamiento de las aves es un idilio, no tedioso como lo son nuestros idilios; una tempestad es una oda áspera, sin falsedad ni grandilocuencia; un verano, con su cosecha sembrada, cosechada y guardada, es un canto épico, que subordina cuántas partes admirablemente ejecutadas. ¿Por qué la simetría y la verdad que modulan a estos no habrían de deslizarse en nuestros espíritus, y nosotros participar en la invención de la naturaleza?
Esta intuición, que se expresa mediante lo que se llama Imaginación, es una clase altísima de visión, que no proviene del estudio, sino de que el intelecto esté allí donde y como lo que ve; de compartir el camino o circuito de las cosas a través de las formas, volviéndolas así translúcidas para los demás. El camino de las cosas es silencioso. ¿Consentirán que un orador vaya con ellas? A un espía no lo consentirán; a un amante, a un poeta, que es la trascendencia de su propia naturaleza, a él sí lo consentirán. La condición para nombrar verdaderamente, por parte del poeta, es su entrega al aura divina que resuira a través de las formas, y acompañarla.
Es un secreto que todo hombre intelectual aprende rápidamente: que, más allá de la energía de su intelecto poseído y consciente, es capaz de una nueva energía (como de un intelecto duplicado sobre sí mismo) mediante el abandono a la naturaleza de las cosas; que, junto a su privacidad de poder como hombre individual, existe un gran poder público del cual puede nutrirse, al abrir, a todo riesgo, sus puertas humanas y permitir que las mareas etéreas fluyan y circulen a través de él; entonces es arrebatado hacia la vida del Universo, su discurso es trueno, su pensamiento es ley, y sus palabras son universalmente inteligibles como las plantas y los animales.
El poeta sabe que habla adecuadamente sólo cuando habla de manera un tanto desaforada, o «con la flor de la mente»; no con el intelecto usado como un órgano, sino con el intelecto liberado de todo servicio y al que se le permite tomar su dirección de su vida celestial; o, como los antiguos solían expresarse, no con el intelecto solo, sino con el intelecto embriagado de néctar.
Como el viajero que ha perdido el camino suelta las riendas sobre el cuello de su caballo y confía en el instinto del animal para encontrar la ruta, así debemos hacer con el animal divino que nos lleva a través de este mundo.
Pues si de alguna manera podemos estimular este instinto, se abren para nosotros nuevos pasajes hacia la naturaleza; la mente fluye hacia y a través de las cosas más duras y elevadas, y la metamorfosis es posible.
Esta es la razón por la que a los bardos les gusta el vino, el hidromiel, los narcóticos, el café, el té, el opio, los vapores de sándalo y tabaco, o cualquier otro procurador de regocijo animal.
Todos los hombres se valen de los medios que pueden para añadir este poder extraordinario a sus poderes normales; y con este fin valoran la conversación, la música, los cuadros, la escultura, la danza, los teatros, los viajes, la guerra, las multitudes, los incendios, los juegos de azar, la política, o el amor, o la ciencia, o la intoxicación animal —que son varios sustitutos cuasi mecánicos, más burdos o más refinados, del verdadero néctar, que es el éxtasis del intelecto al acercarse más a la realidad—.
Estos son auxiliares de la tendencia centrífuga del hombre, de su paso hacia el espacio libre, y le ayudan a escapar de la custodia de ese cuerpo en el que está encerrado, y de ese patio de cárcel de relaciones individuales en el que se halla confinado.
De ahí que un gran número de aquellos que eran expresores profesionales de la Belleza, como pintores, poetas, músicos y actores, hayan sido más dados que otros a llevar una vida de placer y complacencia; todos excepto los pocos que recibieron el verdadero néctar; y, como era un modo espurio de alcanzar la libertad, como era una emancipación no hacia los cielos sino hacia la libertad de lugares más bajos, fueron castigados por esa ventaja que obtuvieron, con la disipación y el deterioro.
Pero jamás se le puede sacar ventaja a la naturaleza mediante un truco. El espíritu del mundo, la gran presencia serena del Creador, no acude ante los sortilegios del opio o del vino. La sublime visión llega al alma pura y sencilla en un cuerpo limpio y casto. Eso que debemos a los narcóticos no es una inspiración, sino alguna excitación y furor falsificados.
Milton dice que el poeta lírico puede beber vino y vivir generosamente, pero el poeta épico, aquel que ha de cantar a los dioses y su descenso hacia los hombres, debe beber agua en un cuenco de madera. Pues la poesía no es «vino del Diablo», sino vino de Dios.
Ocurre con esto lo mismo que con los juguetes. Llenamos las manos y las guarderías de nuestros niños con toda clase de muñecas, tambores y caballos; apartando sus ojos del rostro sencillo y los objetos suficientes de la naturaleza, el sol y la luna, los animales, el agua y las piedras, que deberían ser sus juguetes.
Así, el hábito de vida del poeta debería establecerse en un tono tan bajo que las influencias comunes debieran deleitarle. Su alegría debería ser el don de la luz del sol; el aire debería bastar para su inspiración, y debería estar ebrio de agua.
Ese espíritu que satisface a los corazones tranquilos, que parece brotar hacia ellos desde cada loma reseca de hierba marchita, desde cada tocón de pino y piedra medio incrustada sobre la que brilla el apagado sol de marzo, brota hacia los pobres y hambrientos, y hacia aquellos de gusto sencillo.
Si llenas tu cerebro de Boston y Nueva York, de moda y codicia, y quieres estimular tus sentidos ajados con vino y café francés, no hallarás resplandor de sabiduría en el yermo solitario de los pinares.
Si la imaginación embriaga al poeta, no está inactiva en los demás hombres. La metamorfosis excita en el espectador una emoción de alegría. El uso de los símbolos posee un cierto poder de emancipación y regocijo para todos los hombres. Parecemos ser tocados por una varita que nos hace bailar y correr alegremente, como niños. Somos como personas que salen de una cueva o sótano al aire libre. Este es el efecto que producen en nosotros los tropos, las fábulas, los oráculos y todas las formas poéticas. Los poetas son, por tanto, dioses liberadores. Los hombres en verdad han adquirido un nuevo sentido y han hallado dentro de su mundo otro mundo, o un nido de mundos; pues, una vez vista la metamorfosis, intuimos que no se detiene. No consideraré ahora cuánto de esto constituye el encanto del álgebra y las matemáticas, que también tienen sus tropos, pero se hace sentir en cada definición; como cuando Aristóteles define el espacio como un vaso inmóvil en el que están contenidas las cosas; o cuando Plato define una línea como un punto que fluye; o la figura como el límite de un sólido; y muchas otras semejantes. Qué alegre sentido de la libertad tenemos cuando Vitruvio anuncia la vieja opinión de los artistas de que ningún arquitecto puede construir bien ninguna casa si no sabe algo de anatomía. Cuando Sócrates, en el Cármides, nos dice que el alma es curada de sus dolencias por ciertos ensalmos, y que estos ensalmos son hermosos razonamientos, de los cuales se genera la templanza en las almas; cuando Platón llama al mundo un animal; y Timeo afirma que las plantas también son animales; o afirma que el hombre es un árbol celestial, que crece con su raíz —que es su cabeza— hacia arriba; y, como escribe George Chapman, siguiendo sus pasos—
“Así en nuestro árbol del hombre, cuya raíz nervuda brota de su copa;”—
cuando Orfeo habla de la canicie como «esa blanca flor que señala la extrema vejez»; cuando Proclo llama al universo la estatua del intelecto; cuando Chaucer, en su elogio de la «Gentilesse», compara la buena sangre en condición humilde con un fuego que, aunque sea llevado a la más oscura casa entre este lugar y el monte Cáucaso, mantendrá su oficio natural y arderá tan brillante como si veinte mil hombres lo contemplaran; cuando Juan vio, en el Apocalipsis, la ruina del mundo a causa del mal, y las estrellas caer del cielo como la higuera echa su fruto destemplado; cuando Esopo relata todo el catálogo de las relaciones cotidianas comunes mediante la mascarada de aves y bestias;—tomamos la alegre pista de la inmortalidad de nuestra esencia y de su hábito versátil y sus fugas, como cuando los gitanos dicen «es en vano ahorcarlos, no pueden morir».
Los poetas son así dioses liberadores. Los antiguos bardos británicos llevaban como título de su orden: «Aquellos que son libres por todo el mundo».
Son libres y hacen libres. Un libro imaginativo nos presta mucho más servicio al principio, estimulándonos mediante sus tropos, que después, cuando llegamos al sentido preciso del autor.
Creo que nada tiene valor alguno en los libros, salvo lo trascendental y extraordinario. Si un hombre se siente inflamado y arrebatado por su pensamiento, hasta el punto de olvidar a los autores y al público, y solo atiende a este único sueño que lo domina como una demencia, déjese que lea su escrito, y para ustedes pueden quedar todos los argumentos, las historias y la crítica.
Todo el valor que se atribuye a Pitágoras, Paracelso, Cornelio Agripa, Cardano, Kepler, Swedenborg, Schelling, Oken, o a cualquier otro que introduzca hechos cuestionables en su cosmogonía —como ángeles, demonios, magia, astrología, quiromancia, mesmerismo, etcétera—, es el certificado que poseemos de una salida de la rutina, y de que aquí hay un nuevo testigo.
Ese es también el mayor éxito en la conversación: la magia de la libertad, que pone el mundo como una bola en nuestras manos. Qué barata parece entonces incluso la libertad; qué mezquino estudiar, cuando una emoción comunica al intelecto el poder de socavar y trastornar la naturaleza; ¡cuán grande es la perspectiva! Naciones, épocas, sistemas entran y desaparecen como hilos en un tapiz de gran figura y muchos colores; el sueño nos entrega a otro sueño, y mientras dure la embriaguez venderemos nuestro lecho, nuestra filosofía, nuestra religión, en nuestra opulencia.
Hay una buena razón por la cual deberíamos valorar esta liberación.
El destino del pobre pastor, que, cegado y perdido en la tempestad de nieve, perece en un ventisquero a pocos pies de la puerta de su cabaña, es un emblema de la condición del hombre.
Al borde de las aguas de la vida y de la verdad, estamos muriendo miserablemente. La inaccesibilidad de cualquier otro pensamiento que no sea aquel en el que nos encontramos es maravillosa. ¿Qué importa que te acerques a él?; estás tan distante cuando estás más cerca como cuando estás más lejos.
Cada pensamiento es también una prisión; cada cielo es también una prisión.
Por eso amamos al poeta, al inventor, que de cualquier forma, ya sea en una oda o en una acción o en miradas y comportamiento, nos ha cedido un nuevo pensamiento. Él desata nuestras cadenas y nos da acceso a una nueva escena.
Esta emancipación es cara a todos los hombres, y el poder de impartirla, como debe provenir de una mayor profundidad y alcance del pensamiento, es una medida del intelecto.
Por tanto, todos los libros de la imaginación perduran, todos aquellos que ascienden a esa verdad de que el escritor ve la naturaleza debajo de sí y la usa como su exponente.
Todo verso o sentencia que posea esta virtud cuidará de su propia inmortalidad.
Las religiones del mundo son las exclamaciones de unos cuantos hombres imaginativos.
Pero la cualidad de la imaginación es fluir, y no congelarse. El poeta no se detuvo en el color o en la forma, sino que leyó su significado; tampoco puede descansar en este significado, sino que hace de esos mismos objetos exponentes de su nuevo pensamiento. He aquí la diferencia entre el poeta y el místico: que este último clava un símbolo a un solo sentido, el cual fue un sentido verdadero por un momento, pero pronto envejece y se vuelve falso. Pues todos los símbolos son fluxionales; todo lenguaje es vehicular y transitivo, y es bueno, como los ferris y los caballos, para el transporte, no como las granjas y las casas, para el hogar. El místico consiste en el error de tomar un símbolo accidental e individual por uno universal. El rojo matutino resulta ser el meteoro favorito a los ojos de Jacobo Böhme, y llega a significar para él la verdad y la fe; y, según cree, debería representar las mismas realidades para cada lector. Pero el primer lector prefiere con igual naturalidad el símbolo de una madre y un hijo, o de un jardinero y su bulbo, o de un joyero puliendo una gema. Cualquiera de estos, o de una miríada más, es igualmente bueno para la persona a quien le resultan significativos. Solo que deben sostenerse con ligereza, y ser traducidos muy gustosamente a los términos equivalentes que otros usan. Y al místico se le debe decir con firmeza: todo lo que dices es exactamente tan verdadero sin el uso tedioso de ese símbolo como con él. Tengamos un poco de álgebra en lugar de esta retórica trillada —signos universales en lugar de estos símbolos aldeanos— y ambos saldremos ganando. La historia de las jerarquías parece mostrar que todo error religioso consistió en hacer que el símbolo fuera demasiado rígido y sólido, y al fin no fue más que un exceso del órgano del lenguaje.
Swedenborg, de todos los hombres de los tiempos modernos, destaca eminentemente como el traductor de la naturaleza en pensamiento. No conozco en la historia a ningún hombre para quien las cosas hayan significado tan uniformemente palabras.
Ante él la metamorfosis opera continuamente. Todo aquello en lo que posa su mirada obedece a los impulsos de la naturaleza moral.
- Los higos se convierten en uvas mientras se los come.
- Cuando algunos de sus ángeles afirmaban una verdad, la ramita de laurel que sostenían floría en sus manos.
- El ruido que a la distancia parecía un rechinar y golpear, al acercarse resultó ser la voz de unos disputantes.
Los hombres de una de sus visiones, contemplados bajo la luz celestial, parecían dragones y se antojaban en la oscuridad; pero entre ellos se aparecían como hombres, y cuando la luz del cielo brillaba en su cabaña, se quejaban de la oscuridad y se veían obligados a cerrar la ventana para poder ver.
Había en él esa percepción que convierte al poeta o al vidente en un objeto de asombro y terror, a saber: que un mismo hombre o una misma sociedad de hombres pueden presentar un aspecto ante sí mismos y ante sus compañeros, y un aspecto diferente ante inteligencias superiores.
Ciertos sacerdotes, a quienes describe conversando muy doctamente entre sí, se aparecían a los niños que estaban a cierta distancia como caballos muertos; y muchas semejantes falsas apariencias.
Y al instante la mente se pregunta si estos peces bajo el puente, los bueyes de allí en el pastizal, aquellos perros en el corral, son inmutablemente peces, bueyes y perros, o solo lo parecen a mí, y tal vez a sí mismos se aparezcan como hombres rectos; y si yo aparezco como un hombre ante todos los ojos.
Los brahmanes y Pitágoras plantearon la misma cuestión, y si algún poeta ha sido testigo de la transformación, sin duda la ha hallado en armonía con diversas experiencias. Todos hemos visto cambios tan considerables en el trigo y en las orugas.
Él es el poeta, y nos atraerá con amor y terror, quien ve a través de la vestidura fluida la naturaleza firme, y puede proclamarla.
Busco en vano al poeta que describo.
No nos dirigimos a la vida con la suficiente claridad o con la suficiente profundidad, ni nos atrevemos a cantar nuestros propios tiempos y circunstancias sociales. Si llenáramos el día de valentía, no retrocederíamos ante su celebración. El tiempo y la naturaleza nos otorgan muchos dones, mas todavía no al hombre oportuno, a la nueva religión, al reconciliador, que todas las cosas aguardan.
La alabanza a Dante radica en que se atrevido a escribir su autobiografía en clave colosal, o en la universalidad. Aún no hemos tenido en América un genio, de mirada tiránica, que supiera el valor de nuestros materiales incomparables y viera, en la barbarie y el materialismo de los tiempos, otro carnaval de los mismos dioses cuya imagen tanto admira en Homero; luego en la Edad Media; después en el calvinismo.
Los bancos y los aranceles, el periódico y el caucus, el metodismo y el unitarismo, son planos y aburridos para la gente aburrida, pero descansan sobre los mismos cimientos de asombro que la ciudad de Troya y el templo de Delfos, y se desvanecen con la misma rapidez. Nuestras reuniones electorales, nuestros podios y su política, nuestras pesquerías, nuestros negros e indios, nuestros botes y nuestras repudiaciones, la ira de los granujas y la pusilanimidad de los hombres honestos, el comercio del norte, las plantaciones del sur, los desbroces del oeste, Oregón y Texas, aún siguen sin ser cantados.
Aun así, América es un poema ante nuestros ojos; su amplia geografía deslumuerza la imaginación, y no tardará en hallar metros.
Si no he hallado en mis compatriotas esa excelente combinación de dones que busco, tampoco pude ayudarme a fijar la idea del poeta leyendo de vez en cuando la colección de cinco siglos de poetas ingleses de Chalmers. Estos son ingenios más que poetas, aunque ha habido poetas entre ellos. Pero cuando nos atenemos al ideal del poeta, tenemos nuestras dificultades incluso con Milton y Homero. Milton es demasiado literario, y Homero demasiado literal e histórico.
Pero no soy lo suficientemente sabio para una crítica nacional, y debo emplear un poco más la vieja amplitud, para cumplir con el recado que la musa me dio para el poeta en lo tocante a su arte.
El arte es el camino del creador hacia su obra. Los caminos o métodos son ideales y eternos, aunque pocos hombres los ven jamás; ni el artista mismo en años, o en toda una vida, a menos que entre en las condiciones.
El pintor, el escultor, el compositor, el rapsoda épica, el orador, todos participan de un deseo, a saber, expresarse simétrica y abundantemente, no de manera enana y fragmentaria. Se encuentran o se ponen en ciertas condiciones, como el pintor y el escultor ante algunas figuras humanas impresionantes; el orador, en la asamblea del pueblo; y los demás en escenarios tales como cada uno ha hallado estimulantes para su intelecto; y cada cual siente pronto el nuevo deseo.
Oye una voz, ve una seña que lo llama. Entonces se le anuncia, con asombro, qué hordas de daones lo cercan. Ya no puede descansar; dice, con el viejo pintor: «Por Dios, está en mí y ha de salir de mí». Persigue una belleza, apenas vista, que huye ante él.
El poeta vierte versos en toda soledad. La mayoría de las cosas que dice son convencionales, sin duda; pero al poco rato dice algo que es original y hermoso. Eso lo cautiva. No querría decir otra cosa que semejantes cosas. A nuestra manera de hablar decimos «Eso es tuyo, esto es mío»; pero el poeta sabe bien que no es suyo; que le es tan ajeno y hermoso como a ti; desearía escuchar una elocuencia semejante por largo rato.
Una vez probado este icor inmortal, no puede saciarse de él, y como en estas intelecciones existe un poder creador admirable, es de la máxima importancia que estas cosas sean dichas.
¡Qué poco de todo lo que sabemos es dicho! ¡Qué gotas de todo el mar de nuestra ciencia son sacadas a baldes! ¡Y por qué azar son expuestas, cuando tantos secretos duermen en la naturaleza! De ahí la necesidad de la palabra y el canto; de ahí estas palpitaciones y latidos en el orador, a la puerta de la asamblea, con el fin, a saber, de que el pensamiento sea eyaculado como Logos, o Verbo.
No dudes, oh poeta, sino persiste. Di: «Está en mí, y saldrá a la luz».
Quédate ahí, desconcertado y mudo, tartamudeando y balbuceando, silbado y abucheado, quédate y lucha, hasta que por fin la rabia extraiga de ti ese poder onírico que cada noche te muestra que es tuyo; un poder que trasciende todo límite e intimidad, y en virtud del cual el hombre es el conductor de todo el río de la electricidad.
Nada camina, ni se arrastra, ni crece, ni existe, que no deba a su vez levantarse y marchar ante él como exponente de su sentido. Al llegar a ese poder, su genio deja de ser agotable.
Todas las criaturas, por parejas y por tribus, se vierten en su mente como en el arca de Noé, para salir de nuevo a poblar un mundo nuevo. Esto es como la reserva de aire para nuestra respiración o para la combustión de nuestra chimenea; no una medida en galones, sino la atmósfera entera si se requiere.
Y por eso los poetas ricos, como Homero, Chaucer, Shakespeare y Rafael, no tienen evidentemente más límites para sus obras que los límites de su vida, y se asemejan a un espejo paseado por la calle, listo para devolver la imagen de cada cosa creada.
¡Oh poeta! Una nueva nobleza se confiere en arboledas y pastos, y ya no en castillos ni por la hoja de la espada. Las condiciones son duras, pero iguales. Dejarás el mundo y conocerás solo a la musa. Ya no conocerás los tiempos, las costumbres, las gracias, la política o las opiniones de los hombres, sino que lo tomarás todo de la musa. Pues la hora de las ciudades ha sido tocada a muerto en el mundo por campanas fúnebres, pero en la naturaleza las horas universales se cuentan por sucesivas tribus de animales y plantas, y por el crecimiento de gozo en gozo. Dios quiere también que abdiques de una vida múltiple y doble, y que te conformes con que otros hablen por ti. Otros serán tus hidalgos y representarán toda la cortesía y la vida mundana por ti; otros realizarán también las grandes y resonantes acciones. Yacerás bien oculto junto a la naturaleza, y no puedes ser dispensado para el Capitolio o la Bolsa. El mundo está lleno de renuncias y aprendizajes, y este es el tuyo: debes pasar por necio y grosero durante una larga temporada. Esta es la pantalla y la vaina en que Pan ha protegido su flor muy amada, y solo serás conocido por los tuyos, y ellos te consolarán con el más tierno amor. Y no podrás recitar los nombres de tus amigos en tu verso, por una vieja vergüenza ante el santo ideal. Y esta es la recompensa: que el ideal te sea real, y las impresiones del mundo actual caerán como lluvia de verano, copiosas, pero no molestas, sobre tu invulnerable esencia. Tendrás toda la tierra por parque y señorío, el mar por baño y navegación, sin impuestos y sin envidia; los bosques y los ríos serán tuyos; y poseerás aquello de lo que los demás son solo inquilinos y huéspedes. ¡Tú, verdadero terrateniente! ¡Señor del mar! ¡Señor del aire! Dondequiera que la nieve cae o el agua fluye o las aves vuelan, dondequiera que el día y la noche se encuentran en el crepúsculo, dondequiera que el cielo azul está colgado de nubes o sembrado de estrellas, dondequiera que haya formas de límites transparentes, dondequiera que haya salidas hacia el espacio celestial, dondequiera que haya peligro, y temor, y amor—allí está la Belleza, abundante como la lluvia, derramada para ti, y aunque recorrieras el mundo entero, no podrás hallar una condición inoportuna o ignominiosa.