Pocas personas habrá hoy en día que no hayan señalado en alguna ocasión que los hombres son criaturas de las circunstancias. Pero una cosa es afirmar una creencia de este tipo en alguna aplicación incidental, y muy otra comprenderla por completo.
Hacia una comprensión más completa de esto hemos estado trabajando en estos artículos, al deslindar la proporción de la herencia y de la educación y el adiestramiento deliberados en la producción del hombre civilizado. El resto debemos atribuirlo a su mundo en general, del cual su hogar es simplemente el primer aspecto y el más íntimo.
En cada ciudadano en desarrollo hemos afirmado que existe una gran masa de posibilidad fluida e indeterminada, la cual se fija y es moldeada por el mundo que lo rodea del mismo modo que la cera es moldeada por un molde. Rara vez, por supuesto, se produce un moldeado absolutamente exacto y sumiso; pocos hombres y mujeres carecen de cierta capacidad de cuestionamiento y crítica, pero solo un material muy raro y obstinado —solo, como suele decirse, una personalidad muy original— no termina por adoptar su forma y dirección general de este modo.
Y se propone en este artículo mantener esta afirmación persistentemente en el foco, en lugar de descartarla como una perogrullada y no volver a pensar en ella en absoluto a la manera habitual, mientras examinamos ciertos hechos y convenciones sociales y políticos generales que constituyen el marco general del mundo en el que se sitúa el ciudadano en desarrollo.
Me atrevo a sostener que en la actualidad, con respecto a cosas tales como la iglesia y el reino, la constitución y la nacionalidad, estamos demasiado esclavizados por la idea de «política», y demasiado ciegos ante las consecuencias más remotas, profundas y duraderas de nuestros actos e instituciones públicas al moldear a la próxima generación.
No creo que esté de más ir más allá de la política por un espacio, e insistir —incluso con pesadez— en que, por muy conveniente que sea una institución, por mucho que pueda ser, según la jerga de la época, un «crecimiento natural», y por mucho que sea el «producto de una larga evolución», aun así, si no moldea a los hombres en formas nobles y vigorosas, tiene que ser destruida.
«Salvamos el estado» en aras de nuestros hijos; al menos esa es la perspectiva del Nuevo Republicanismo sobre el asunto, y si en nuestro empeño por salvar el estado perjudicamos o sacrificamos a nuestros hijos, destruimos nuestro fin último en favor de nuestro fin inmediato.
Ya se ha señalado, con ciertos ejemplos concretos, cómo lo que es se impone sobre lo que ha de ser; ya se ha indicado de forma general la tendencia del argumento que ahora vamos a desarrollar y definir.
Ese argumento, brevemente, es este: que para alcanzar los fines de la Nueva República, es decir, los mejores resultados posibles a partir de nuestro nacimiento, debemos hacer continuamente que las formas políticas, las fórmulas sociales, políticas y religiosas, y todas las reglas y normativas de la vida sean la expresión más clara, simple y sincera posible de lo que creemos acerca de la vida y esperamos de la vida; que cualquier ventaja momentánea que una generación pueda obtener al aceptar lo que se sabe que es una farsa y una convención, al mantener en uso la impostura descubierta y el aparato defectuoso, probablemente se vea compensada con creces por la reacción de esta aquiescencia sobre el futuro.
Como ejemplo típico de una convención conveniente que tiendo a pensar que actualmente está afectando muy negativamente a nuestro futuro, la Corona del Imperio Británico, considerada como la figura simbólica de un sistema de privilegio y gobierno hereditarios, sirve de manera excelente. Uno puede tratar este ejemplo típico sin aplicarlo de manera especial a la personalidad fácil, amable y bondadosa que esta corona adorna en la actualidad. Es una cuestión que puede abordarse en términos generales.
¿Cuáles, nos preguntaríamos, son los acompañantes naturales e inseparables de un sistema de gobernantes hereditarios en un Estado, considerando el asunto enteramente con miras a la creación de una humanidad más grande en el mundo? ¿Cómo se compara con la concepción estadounidense de la igualdad democrática, y cómo se sitúan ambas con respecto a la verdad esencial y al propósito de las cosas? . . .
Plantear estas preguntas es como abrir la puerta de una habitación que ha estado durante mucho tiempo cerrada y desierta. Uno experimenta una sensación de soledad. No hay aquí, de manera notable, ninguna otra voz, y los goznes oxidados resuenan por pasillos vacíos que estaban amenazadoramente llenos de hombres hace setenta u ochenta años.
Pero yo soy solo un miembro muy insignificante de una clase de investigadores en Inglaterra que comenzó a plantearse la cuestión de «¿por qué nos estamos volviendo ineficientes?» hace uno o dos años, y a partir de ese punto de partida es como he llegado a esto. . . .
No creo, por tanto, que vaya a permanecer mucho tiempo solo en este umbral polvoriento. Tomamos con la mayor calma las cosas más milagrosas, y solo muy recientemente he llegado a ver como algo asombroso este hecho: que mientras la gran masa de nuestro pueblo de habla inglesa vive bajo la profesión del republicanismo democrático, no hay ningún partido, ninguna secta, ninguna publicación periódica, ningún maestro, ni en la Gran Bretaña ni en América ni en las Colonias, que sugiera la propuesta de abolir los elementos aristocráticos y monárquicos en el sistema británico.
No hay espíritu revolucionario por aquí, y muy poco espíritu misionero por allá. La gran masa de la presente generación a ambos lados del Atlántico apenas muestra interés alguno por este asunto. Es como si la cuestión fuera imposible, fuera del alcance de las cosas pensables. O como si la última palabra en esta controversia se hubiera dicho antes de que murieran nuestros abuelos.
¿Pero es esto realmente así? Es permisible sugerir que durante un tiempo se había dicho la última palabra, y aun así reabrir la discusión ahora. Todos estos documentos, la concepción misma del Nuevo Republicanismo, descansan sobre el supuesto —por presuntuoso y ofensivo que deba parecerle a muchos— de que han surgido a la vista materia de reflexión totalmente nueva, nuevos aparatos y métodos de investigación, y nuevos fines, desde principios de la década de los setenta, cuando las últimas voces republicanas se apagaron en Inglaterra.
Somos enormemente más conscientes del Futuro. Eso, ya lo hemos definido como la diferencia esencial de nuestra nueva perspectiva. Nustros padres pensaban en el Reino tal como era para ellos, contrastaban con eso la alternativa inmediata y, dentro de estos límites, sin duda tenían razón al rechazar esta última. Así, al menos para ellos, el asunto parecía juzgado.
Pero hoy en día, cuando hemos dicho que el Reino es de tal o cual manera, y cuando hemos decidido que no deseamos convertirlo en una República según el modelo americano ni ningún otro modelo existente antes de Navidad de 1904, consideramos que apenas hemos empezado a mirar el asunto. Tenemos entonces que preguntar cuál es el futuro del Reino; ¿ha de ser algo permanente, o ha de desarrollarse y dar lugar a alguna otra condición? Tenemos que hacer exactamente la misma pregunta sobre la democracia americana y la constitución americana. ¿Va a durar para siempre esa última disposición?
No podemos evitar contribuir a estos desarrollos y, si tenemos alguna pretensión de sabiduría, debemos tener alguna teoría de lo que pretendemos con respecto a estas cosas; la acción política seguramente no puede ser otra cosa que insensatez a menos que tenga un propósito claro en el futuro. Si estas cosas no son sempiternas, ¿hemos de limitarnos simplemente a remendar el tejido a medida que cede, o vamos a disponernos a reconstruir —poco a poco, por supuesto, y sin cerrar el local ni detener el negocio, pero, sin embargo, según algún plan claro y comprensivo?
Si es así, ¿cuál ha de ser el plan? ¿Nos permite retener de una forma más o menos modificada, o nos urge a deshacernos de, la Corona británica? ¿Nos permite retener o nos urge a modificar la constitución americana? Esa es la forma, me parece a mí, bajo la cual la cuestión del republicanismo como alternativa a las instituciones existentes debe volver próximamente al campo del debate público en Gran Bretaña; no como una cuestión de estabilidad política ni de derechos individuales esta vez, sino como un aspecto de nuestro esquema general, nuestro esquema para hacer que el mundo sea más libre, más estimulante y más fortalecedor para nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos; para los hijos tanto de nuestros cuerpos como de nuestros pensamientos.
Es interesante recordar las suposiciones bajo las cuales los últimos vestigios del republicanismo militante se extinguieron en Gran Bretaña.
Todavía avanzada la segunda mitad del reinado de la reina Victoria, había muchos en Inglaterra que eran, y se declaraban abiertamente, republicanos, y existía el firme convencimiento de que el país avanzaba lentamente hacia la constitución de una república democrática.
Por entonces surgió una teoría —reforzada por la retirada de los asuntos de Estado por parte del monarca—, que todavía hoy se oye repetir, según la cual Gran Bretaña era una «república coronada», la corona no era más que un símbolo conservado por el «buen sentido innato» del pueblo británico y, de algún modo automático que no se explicaba con claridad, los viejos vestigios de privilegio como la Cámara de los Lores desaparecerían de inmediato.
Uno encuentra esta confianza ciega en el Progreso hacia la igualdad política —un Progreso que no requería ningún esfuerzo humano, sino que era inherente al orden de las cosas— muy fuerte en Dickens, por ejemplo, quien habló por el inglés medio como ningún escritor posterior puede decirse que lo haya hecho.
Esta creencia encajaba a la perfección con esa disposición a rehuir las crisis, con ese miedo vulgar a la acción vulgar que, hay que admitir con pesar, fue muy a menudo una característica de los ingleses del siglo XIX.
Entre los ingleses existía la idea de que hacer cualquier cosa de índole positiva para instaurar una República no solo era totalmente innecesario, sino inevitablemente perjudicial, puesto que era evidente que implicaba combates callejeros y un gobierno provisional dirigido por hombres audaces, malvados, manchados de sangre y vulgares, en mangas de camisa, como elementos esenciales del proceso.
Y bajo la influencia debilitante de esta gran teoría automática —la teoría de que nadie tenía que preocuparse porque el asunto iba a suceder de todos modos, y de hecho ya estaba llegando para todos aquellos con ojos para ver—, el republicanismo no tanto murió como se sumió en el sueño.
Todo iba bien, nos decía el liberalismo: la Corona era una ficción legal, la Cámara de los Lores era un anacronismo interesante y, en esa fe fue, sin duda, en la que los últimos republicanos, el Sr. Bright y el Sr. Joseph Chamberlain, «besaron las manos».
Luego, al poco tiempo, la frenética política del Sr. Gladstone logró lo que probablemente ninguna otra agencia humana habría podido idear, y devolvió el prestigio a la Cámara de los Lores.
Prácticamente la Corona lleva treinta años sin enfrentarse a objeciones por parte de la prensa, el púlpito o los oradores públicos, y como consecuencia natural hay ahora mismo una proporción menor de hombres menores de cuarenta que se consideren republicanos, ni siquiera en privado, que en ningún otro momento desde que Plutarco ingresó en el círculo de lecturas de los ingleses.
Hoy en día, la Monarquía Aristocrática es un hecho casi universalmente aceptado en el Imperio Británico, y presenta un aire tan completo de inquebrantable permanencia en contraste con su situación a principios del siglo XIX que incluso el hecho de que sea el único obstáculo verdaderamente concreto para una reunificación política de los pueblos de habla inglesa en la actualidad, parece simplemente un hecho que debe evitarse.
Hay ciertas consecuencias que deben derivarse de la aceptación indiscutida de una monarquía aristocrática, consecuencias que no parecen ser suficientemente reconocidas en este sentido, y son estas a las que se dirige ahora en particular la atención del lector.
Hay un gran número de británicos que buscan más o menos sinceramente el secreto de la eficiencia nacional en el presente, y no puedo dejar de pensar que tarde o temprano, a pesar de su evidente aversión, se verán obligados a mirar en esta polvorienta cámara de pensamiento en busca de la pista de lo que necesitan.
La esquina que tendrán que doblar es la admisión de que ningún Estado y ningún pueblo pueden estar en su máxima eficiencia hasta que cada función pública sea desempeñada por el hombre más capaz de realizarla, y que ninguna República puede estar cerca de la eficiencia hasta que se esfuerce muy sinceramente por lograr ese estado ideal de cosas. Y cuando hayan doblado esa esquina, tendrán que afrontar el hecho de que una Monarquía Hereditaria es un Estado en el que este principio es repudiado en un punto cardinal, un Estado en el que un cargo, que ninguna cantidad de sofistería impedirá que los hombres y mujeres comunes consideren como el más honorable, poderoso y responsable de todos, que de hecho por ese mismo hecho por sí solo es grande y responsable, se llena por motivos puramente genealógicos.
En un Estado que tiene también una constitución aristocrática, este repudio de las cualidades personales especiales se lleva mucho más lejos. A regañadientes pero con certeza, el buscador de la eficiencia nacional llegará al punto de que la aristocracia y sus amigos y allegados deben formar necesariamente una casta en torno al Rey, que sus gradaciones deben marcar el tono de todo el cuerpo social, y que su posición política debe permitirles exigir y obtener una participación predominante en cualquier administración que pueda formarse.
Por lo tanto, mientras su constitución siga siendo aristocrática, deben esperar ver a hombres de habilidad muy ordinaria, energía muy ordinaria y ninguna fuerza de carácter excepcional, hombres frecuentemente menos inteligentes e influyentes que sus esposas y amigas, controlando los servicios públicos, un Duque de Norfolk administrando un negocio tan vital como Correos y siendo sucedido por un Marqués de Londonderry, y un Marqués de Lansdowne organizando los asuntos militares, y nada que no sea un cambio en su constitución política puede evitar este tipo de cosas.
Nadie cree que estos excelentes caballeros ocupen estos cargos por mérito o capacidad, y nadie cree que de ellos estemos obteniendo algo parecido a los mejores servicios imaginables en estos cargos. Estos puestos se ocupan por el mero accidente del nacimiento, y es por el mero accidente del nacimiento que a la gran masa de los ingleses se le excluye de la más remota esperanza de servir a su país en tales puestos.
Y este mal de los puestos reservados no se limita de ningún modo al control público. No se puede tener un sistema y a la vez no tenerlo, y los británicos tienen un sistema de aristocracia hereditaria que infecta toda la atmósfera del pensamiento inglés con la persuasión de que lo que un hombre puede intentar está determinado por su casta.
Es aquí, y en ninguna otra parte, donde se encuentra la clave de tanta ineficiencia como la que uno halla en la actividad británica contemporánea.
- Los oficiales del ejército británico, en lugar de ser seleccionados escrupulosamente de entre toda la población, provienen de un grupo de familias en realidad bastante reducido y, salvo por aquellos a quienes llaman «soldados rasos que llegaron a caballeros» (gentleman rankers), alistarse es la última manera en el mundo de convertirse en oficial británico.
- Como corolario muy natural, solo hombres arruinados y hombres sin ambición de la clase más baja consentirán en convertirse en soldados rasos ordinarios, excepto durante periodos de extrema emoción patriótica.
- Los hombres que ingresan en la Administración Pública también saben perfectamente que, aunque posean las más brillantes facultades administrativas y se desarrollen y utilicen con energía implacable, nunca ganarán para sí mismos ni para sus esposas ni una décima parte del honor público que le corresponde por derecho al heredero de un ducado.
- Un obrero de los astilleros que usa el magín y hace una sugerencia que puede ahorrarle al país miles de libras recibirá... una gratificación.
A través de todos los asuntos ingleses se ha extendido la sugestión de este sistema político. El empleador es de una casta diferente a la de sus obreros, el capitán es de una casta diferente a la de su tripulación, incluso el Registro de Maestros está clasificado de manera especial para evitar que a los «jóvenes caballeros» los enseñen los únicos hombres que, como clase, saben enseñar en Inglaterra, a saber, los maestros de primaria; en todas partes se encuentra la misma cosa.
Y mientras esto sea así, resulta absurdo esperar que unos cuantos lugares comunes sobre la libertad y la esobrería, y unas cuantas piadosas esperanzas sobre la eficiencia, contrarresten la enseñanza universal e incansable del sistema, su lección de esfuerzo limitado dentro de posibilidades definidas.
Solo bajo una condición puede un sistema así elevarse hacia algo que pueda llamarse vigor nacional, y es cuando existe una Corte vigorosa que impone la moda del trabajo duro. Un rey agudo, indiferente a la influencia femenina, puede, durante un tiempo, hacer una nación aguda, pero ese es un estado de cosas excepcional y toda la forma de la estructura gravita hacia la recaída.
Incluso bajo tal influencia, la estratificación social aún impedirá, en la mayoría de los casos, que los poderes y los puestos recaigan en el mejor hombre posible. En la mayoría de los casos, lo mejor que se puede esperar, incluso entonces, será ver al mejor hombre de la clase privilegiada en relación con cualquier servicio particular, desempeñando dicho servicio.
Se cree que la nación más eficiente del mundo hoy en día es Alemania, que es —a grandes rasgos— una monarquía aristocrática; está dominada por un hombre de una fuerza de carácter de lo más poco regia, y por una noble tradición de rigor educativo que surgió de las vergüenzas de la derrota total y, como consecuencia, un gran número de personas se las arreglan para olvidar que la demostración más deslumbrante de eficiencia nacional que el mundo jamás ha visto siguió al desprendimiento de las instituciones hereditarias por parte de Francia.
A menudo se le atribuye demasiado a Napoleón el vigor de su oportunidad, la fuerza y la potencia que tuvo el privilegio de desviar y destruir. Y se olvida que esta actual eficiencia alemana tuvo su paralelo en el siglo XVIII en Prusia, cuyo sistema aristocrático primero agotó a los republicanos en Valmy, y demostró en Jena catorce años después cuánto había aprendido de aquel encuentro.
Ahora nuestro principal argumento radica en esto: que la gran masa de una generación de niños nacidos en un país, todos aquellos niños que no poseen más que inteligencia media y cualidades morales promedio, aceptarán las instituciones ostensibles de ese país por su valor nominal, y serán casi por completo moldeados y determinados por dicha aceptación.
Solo un persistente trasfondo de protesta revolucionaria puede evitar que eso suceda. Creerán que las precedencias representan una superioridad real, y honrarán lo que vean honrado, e ignorarán lo que vean tratado como si no tuviera importancia.
Los sentimientos piadosos acerca de la Igualdad y la Libertad penetrarán en la realidad de sus mentes tan poco como una gota de agua en un plato grasiento. Actuarán tan poco en el trato general basándose en la proposición de que «el hombre es el oro a pesar de todo», como lo harán basándose en la proposición de que «el hombre es un espíritu» cuando se enfrenten a la alternativa de saltar por un precipicio o bajar por una escalera.
Si, sin embargo, sus hijos no son niños corrientes, si tienen la dicha de haber engendrado hijos de inteligencia excepcional, de ahí no se sigue que este hecho los libre de llegar a conclusiones muy paralelas a las del niño común.
Supóngase que penetran la pretensión de que no existe diferencia intrínseca entre la familia real y los miembros de la nobleza, por un lado, y la persona promedio de cualquier otra clase, por el otro; supóngase que descubren que toda la escala de precedencia y honor en su tierra es una farsa colosal; ¿y qué entonces?
Supóngase que ven con absoluta claridad que todas estas pretensiones de una inviolabilidad superior por nacimiento y crianza se desvanecen al toque de un Whitaker Wright, y se ablandan hasta alcanzar una cálida cordialidad ante las soleadas promesas de un Hooley.
Supóngase que perciben que ni el rey ni los lores creen realmente en su propia altivez señorial, ¡y que en cualquier punto del sistema uno puede encontrar hombres dispuestos a aceptar la propina de cualquiera, siempre y cuando sea lo suficientemente cuantiosa!
¡Aun así! —¿Cómo va a repercutir eso en la conducta social de nuestros hijos?
En noventa y nueve casos de cada cien seguirán aceptando el sistema, lo aceptarán con reservas mentales. Comprenderán que repudiar el sistema con algo más que una palabra o un acto casual es aislarse, convertirse en un extranjero descontento, perder incluso el permiso condicional para hacer algo en el mundo.
En la mayoría de los casos prestarán los juramentos que se crucen en su camino y besarán las manos, tal y como los maestros de primaria británicos inclinan cabezas incrédulas para recibir la palmada episcopal, y tal y como el escéptico británico ordenado sacerdote logrará triunfos de ambigüedad para asegurar la sede episcopal. Y su razón para la sumisión no será del todo despreciable; sabrán que no hay ningún empleo digno de mención sin ella.
A fin de cuentas, uno solo tiene una vida, y no es agradable pasar por ella en un estado de fútil abstinencia respecto al orden general. La vida, por desgracia, no termina con momentos heroicos de repudiación; llega el día después del Gran No. Uno puede empezar con renuncias heroicas y terminar en una envidia indigna y en comentarios dispépticos fuera de la puerta que uno mismo ha cerrado de un portazo.
En tales reflexiones, vuestros hijos de la especie excepcional, tal vez después de un par de desmanes juveniles, de un discurso de «rescate» más o menos, encontrarán excelentes razones para hacer las paces con las cosas tal como son, exactamente como si fueran de lo más corriente. Saben que si pueden presumir de un título de caballero, de una baronía o de un puesto en el Consejo Privado, saborearán día tras día y a diario ese respeto, esa confianza de todos los que los rodean que nadie, salvo un recluso entrenado, desdeña. Y la vida abundará en oportunidades.
«¡Bueno!», dirán. Esas cosas les dan influencia, consideración, poder para hacer cosas.
¡El comienzo de las concesiones es tan completamente razonable y fácil! Pero las concesiones continúan. Cada paso hacia arriba en el sistema británico descubre que ese sistema los envuelve con mayor persistencia. Cuando uno ha comenzado bajo un Rey a quien puede encontrar amable pero a quien no puede respetar, admitido en un sistema en el que no cree, cuando uno ha despojado a su honor de su frescura inicial, es infinitamente más fácil empezar a arrancarse la piel. Muchos hombres cuya juventud fue un sueño de cosas nobles, que lo daban todo por logros espléndidos y por el servicio a la humanidad, asoman hoy, en virtud de tales aquiescencias, desde entre absurdas mangas de batista o bajo una coroneta inclinada, tan secos de su honor esencial como una araña chupa a una mosca.
—¡Pero esto es ir demasiado lejos!, objetará el lector. Debe haber concesiones, debe haber conformidades, así como debe haber cierta impureza en el agua que bebemos y defectos en la belleza a la que entregamos nuestro corazón; y eso, sin duda, es cierto.
No es esta una razón para beber aguas residuales y arrodillarnos ante la grosería y la estupidez abyecta. Tolerar lo peor porque no podemos tener lo mejor es, sin duda, la cumbre de la insensatez. Nuestra labor como Nuevos Republicanos no consiste en desperdiciar la vida en pos de una pureza química inalcanzable, sino en purificar el aire tanto como sea posible.
La ética práctica es, a fin de cuentas, una ciencia cuantitativa. En la realidad de la vida hay pocos casos absolutos, y es necio renunciar a un gran fin por una pequeña concesión. Pero soportar tanta Realeza y Privilegio como un inglés ha de tolerar antes de poder figurar con eficacia en la vida pública no es una pequeña concesión. Para cuando uno ha comprado el poder, puede descubrir que ha renunciado a todo aquello que hacía que el poder valiera la pena.
Sería una pequeña concesión, lo admito, un mero sacrificio personal, fingir lealtad, arrodillarse y besar las manos, asistir a las pamplinas de la Coronación y todo lo demás, con el propósito, digamos, de llevar a cabo una gran mejora en las escuelas del país, de no ser por el hecho de que todas estas cosas deben hacerse a la vista de los jóvenes, de que uno no puede arrodillarse ante el Rey sin ofrecer un ejemplo de sumisión al pueblo, sin convertirse en un maestro de la servilismo tan eficaz como si uno fuera servil hasta la médula.
Ahí radica el problema. En virtud de esta reacción sucede que las farsas y ceremonias que hoy podemos considerar meras supervivencias curiosas, meras excentricidades y tortuosidades, mantos y accesorios, se hallarán, si guardamos silencio y asentimos, a mitad de camino de convertirse de nuevo en realidad en el transcurso de una generación. Para nuestros hijos no son evidentemente farsas; son sugerencias prácticas de gran poder. Las instituciones humanas son cosas vivas, y cualquier maleza de falsedad que permanezca arraigada en la tierra posee la promesa y la potencia del crecimiento. Tenderá perpetuamente, según su naturaleza, a recuperar su antigua influencia sobre la imaginación, los pensamientos y los actos de nuestros hijos.
Aun cuando toda la tendencia del desarrollo económico y social se oponga a la supervivencia real de un sistema social y político como el británico, sus pretensiones, su forma y sus implicaciones pueden sobrevivir, y sobrevivir de manera tanto más desastrosa cuanto que son cada vez más insinceras. En efecto, en cierto sentido, el sistema británico, la pirámide del Rey, la aristocracia terrateniente y gobernante, los granjeros libres, la clase media mercantil y los jornaleros, ha muerto —murió en el siglo XIX bajo las ruedas del maquinismo [Nota al pie: He analizado esto ampliamente en Anticipations, capítulo III, «Developing Social Elements»]— y los rudimentarios comienzos de un nuevo sistema se visten con sus ropajes, y se hallan muy entorpecidos por ese atuendo. Nuestros pares más ilustres son accionistas, están dotados por el matrimonio con la riqueza de judíos y estadounidenses, son explotadores de recursos coloniales y de empresas de construcción urbana; sus títulos territoriales son una máscara y una mentira. Obstaculizan el desarrollo del nuevo orden, pero no pueden impedir del todo el surgimiento de hombres nuevos. Los hombres nuevos ascienden al poder uno a uno, procedentes de diferentes empresas, con tradiciones diversas, y uno a uno, antes de que puedan desarrollar un sentido de distinción de clase y de responsabilidad colectiva, el viejo sistema con su «Sociedad» organizada los atrapa. Si encuentra al hombre inflexible, se apropia de su esposa y de sus hijas, y acecha a sus hijos. [Nota al pie: No son sólo los súbditos británicos los que son asimilados de este modo; la infección del sistema británico, la anexión de ciertos estratos sociales en la República por parte de la corona británica, es un asunto que concierne a todo estadounidense reflexivo. Estados Unidos está cada vez menos separado de Europa, y el desarrollo social de los Estados Unidos no puede ser un proceso distinto; está inevitablemente ligado al desarrollo social general de la comunidad angloparlante. La mancha ha afectado a la marina estadounidense, por ejemplo, y hay quienes desincentivan los ascensos desde la tropa —la virtud esencial del Estado democrático— porque los hombres así ascendidos estarían en desventaja al encontrarse con los oficiales de marinas extranjeras, que por nacimiento y formación eran «caballeros». Al encontrarse con ellos socialmente, sin duda se referían a eso; en la guerra, la desventaja podría resultar ser al revés.] Del hecho de que la monarquía hereditaria y la aristocracia de Gran Bretaña sean cada vez menos representativas de la realidad económica, y cada vez más falsas para con las necesidades reales del mundo, no se deduce que vayan a desaparecer, del mismo modo que las fiebres palúdicas no desaparecerán de la sangre de un hombre por ser ajenas al propósito general de su ser. Estas cosas solo desaparecerán cuando un número suficiente de personas suficientemente capaces y poderosas decida que deben desaparecer. Hasta entonces permanecerán entre nosotros, influyendo negativamente en las cosas que los rodean, como está en su naturaleza hacerlo.
Antes, sin embargo, de que se pueda encontrar un cuerpo de hombres suficientemente grande y capaz para abolir estas farsas, estas farsas que necesariamente deben obstaculizar y limitar el desarrollo de nuestros hijos, es necesario que tengan alguna idea clara de aquello que ha de sucederles, y la verdadera seguridad de estas instituciones obsoletas radica en gran medida en el hecho de que en el presente lo que ha de sucederles no se define a sí mismo.
Se asume con demasiada frecuencia que la alternativa a un gobierno más o menos hereditario es el republicanismo democrático de tipo estadounidense, y la defensa del primero suele consistir en una acusación del segundo, complicada en casos muy ilógicos por la afirmación (extraída del ejemplo francés) de que las repúblicas son inestables.
Pero no se sigue que por condenar las obvias farsas del sistema británico uno deba aceptar las farsas de los Estados Unidos. Si bien en Gran Bretaña tenemos un sistema que encubre y obstaculiza lo mejor de nuestra raza bajo una serie de desigualdades artificiales, la teoría estadounidense de la igualdad esencial de todos los hombres tampoco está de acuerdo con la realidad de la vida.
En América, al igual que en Inglaterra, el niño inteligente crece para descubrir que las pretensiones de la vida pública no están justificadas, y de manera igualmente equivalente para verse viciado en el pensamiento y en la acción por ese descubrimiento.
El ambiente estadounidense tiene una gran e indiscutible superioridad sobre el británico: insiste en el derecho de todo ciudadano, casi se lo presenta como un deber, de hacer todo lo que humanamente pueda hacer; le ofrece incluso la posición más alta del Estado como una posible recompensa al esfuerzo.
Hasta el punto de su igualdad de oportunidades, seguramente ningún inglés en su sano juicio puede hacer otra cosa que envidiar al Estado estadounidense. En América la «presunción» no es un pecado.
Toda la vigorosa iniciativa que diferencia al estadounidense del inglés en los negocios fluye de manera bastante natural a partir de eso; toda la fuerza patriótica y la lealtad del estadounidense común, que brilla junto a su equivalente inglés como el sol junto a la luna, resplandece de un modo incluso agobiante.
Pero aparte de estas inestimables ventajas, no veo que el estadounidense tenga mucho que un inglés deba envidiar. Ciertamente hay puntos de inferioridad en el ambiente estadounidense, influencias en el desarrollo que son malas, no solo en comparación con lo idealmente posible, sino incluso en comparación con sus equivalentes ingleses.
Por ejemplo, la teoría de que todo hombre vale tanto como su vecino, y posiblemente un poco más, no tiene frenos para los necios, y en lugar de los silencios respetuosos de Inglaterra, parece haber —para la mentalidad inglesa común— una cantidad extraordinaria de juicios crudos e infundados en América.
Uno tiene la impresión de que el tipo de mente pasivamente estúpida en Inglaterra suele ser activamente necia en América y, en consecuencia, los periódicos americanos, los debates americanos y los asuntos sociales americanos están impregnados de un estrépito que en Inglaterra no oímos ni queremos oír.
El desarrollo real y constante de los hombres de ciencia americanos queda oculto para el observador europeo, y debe de verse muy entorpecido por la copiosa necedad del descubridor aficionado; además, la cosecha americana de nuevas religiones y nuevos entusiasmos es un horror y una advertencia para la inteligencia británica común.
Muchas personas cuyos juicios no son del todo despreciables sostienen la teoría de que una libertad personal sin cortapisas durante cien años ha hecho del tipo británico un tipo menos deliberado y minucioso en la ejecución y más ruidoso y audaz en la conducta, más inquieto que infatigable y más astuto que sabio.
Si noventa y nueve de cada cien personas de nuestra raza son vulgares e insensatas, parece ser un hecho que, mientras que el tonto inglés es por lo general un tonto tímido y negativo, ansioso por ocultar el hecho, el tonto americano es un tonto ruidoso y positivo, que eclipsa por completo gran parte de la grandeza de su país ante muchos observadores casuales procedentes de Europa.
Los libros americanos, los periódicos americanos, los modales y costumbres americanos parecen estar hechos todos para los noventa y nueve.
Más profundos y graves que los defectos superficiales de modales, ejecución y perspectiva a los que apuntan estas acusaciones, hay, según se deduce, otros asuntos que tienen su origen en la misma fuente.
Se habla de trastornos más profundos en el cuerpo social estadounidense, de una enfermedad de corrupción que debilita o impotencia a las legislaturas estadounidenses frente a las grandes corporaciones empresariales, y de una desmoralización extrema de la fuerza policial.
La relación de la organización política local con la policía es fatalmente directa, y falta ese sentido de subordinación ordenada a deberes definidos que distingue a las mejores fuerzas policiales de Europa. Los hombres ingresan en la fuerza policial, se nos dice, con la firme intención de hacerla rentable, de adquirir un poder vendible.
Probablemente hay suficiente sensatez en estas impresiones, y suficiente verdad en estos informes y críticas, como para justificar que digamos que no todo marcha idealmente bien en el ambiente estadounidense, y que no es hacia las condiciones estadounidenses actuales adonde debemos dirigirnos para repudiar nuestra monarquía hereditaria británica.
Tenemos que buscar algo mejor en lo que las instituciones británicas y estadounidenses puedan converger. El carácter personal y social estadounidense, al igual que el carácter personal y social inglés, muestra defectos muy graves, defectos sobre los cuales hay que reflexionar ahora, y que deben estar siendo adquiridos por los niños que crecen en el Estado estadounidense.
Y dado que el estadounidense es todavía predominantemente de ascendencia británica, y dado que no se ha separado el tiempo suficiente de los británicos como para desarrollar características raciales hereditarias distintas, y, además, dado que sus características más destacadas contrastan fuertemente con las de los británicos, se deduce que la diferencia en su carácter y en su ambiente debe deberse principalmente a sus diferentes circunstancias sociales y políticas.
Así como los defectos relativos del británico común, su apatía, su conservadurismo irracional y su sórdido desprecio por las cosas intelectuales están ligados a su esquema político-social, así también, creo, la ruidosa estridencia, el mezquino sentido práctico y la inquietud generadora de dispepsia que son las sombras de la vida estadounidense, están ligados a la condición político-social de América.
El inglés se empantana, y el estadounidense, con una especie de mezquindad violenta, toma atajos, y en ambos casos es muy concebible que el hecho de no seguir el camino perfecto no sea en realidad síntoma de una divergencia de sangre y raza, sino el resultado natural y necesario del cúmulo de sugerencias que los rodean y que constituyen sus respectivos mundos.
El joven estadounidense crece en un mundo impregnado por la teoría de la democracia, por la teoría de que todos los hombres deben tener una oportunidad equitativa de felicidad, posesiones y poder, y en el cual esa teoría se expresa mediante un sufragio igualitario y uniforme. Ningún hombre tendrá poder ni autoridad salvo por el libre consentimiento y la delegación de sus semejantes —esa es la idea— y para los creadores de esta teoría resultaba de lo más evidente que estos sufragios solo se otorgarían a aquellos que realmente sirvieran a la felicidad y al bienestar del mayor número.
La idea se reflejaba en el mundo de los negocios mediante una concepción de libre competencia; ningún hombre debería enriquecerse sino por la libre preferencia de una gran clientela. Tal sigue siendo la teoría estadounidense, y apenas el joven estadounidense inteligente choca con los hechos duros, encuentra casi tanta desilusión como el joven inglés inteligente.
Descubre que en la práctica la libre elección de un electorado se reduce a dos candidatos, y nada más, seleccionados por las organizaciones de partidos, y la libre elección del consumidor a los bienes ofrecidos por un número cada vez menor de negocios meticulosamente anunciados; descubre que los instrumentos políticos y las corporaciones empresariales se entrelazan por completo más allá de su poder de control, y que las dos vías hacia la oportunidad, el honor y la recompensa son, o bien apelar toscamente a los pensamientos y sentimientos más comunes del vulgo como agitador político o comerciante publicitario, o bien hacer las paces con quienes lo hacen.
Y así él también hace sus concesiones. Son concesiones diferentes a las del joven inglés, pero tienen este elemento común de gravedad: tiene que someterse a condiciones en las que no cree, tiene que adaptar su rumbo a una concepción de la vida que lo desvía permanentemente del camino espléndido y recto.
El inglés crece en un mundo de barreras y puertas cerradas, el estadounidense en una multitud desorganizada y en lucha. En el mundo del estadounidense hay un enorme incentivo para la fuerza y la destreza, y la fuerza en el caso de los hombres comunes degenera muy a menudo en brutalidad, y la destreza en absoluta triquiñuela y engaño. Tiene que ser contundente y diestro dentro de su respeto propio si puede.
Hay un descuento enorme en cualquier trabajo que no genere dinero o un resultado tangible, y salvo en el caso de aquellos cuya suerte ha recaído en ciertos círculos prescritos, ciertos oasis de cultura y trabajo organizados, debe hacerse publicidad a sí mismo, incluso en la ciencia, la literatura o el arte, como si fuera una píldora. No hay ningún reconocimiento para él en el mundo, excepto el reconocimiento de... todos.
No habrá ni consuelo ni el más mínimo respeto para él, por muy fina que sea su obra, a menos que dé a conocer su obra, a menos que pueda armar el suficiente escándalo al respecto como para que resulte rentable. Tiene que acallar a gritos a noventa y nueve conciudadanos vociferantes. Ese es el hecho cardinal de la vida para la gran mayoría de los estadounidenses que responden a los estímulos de la ambición.
- Si en Gran Bretaña la capacidad se desalienta porque los honores y el poder se otorgan por prescripción, en América se desvía porque los honores no existen y el poder se rige por elección popular y propaganda.
- En ciertas direcciones —de ningún modo en todas— el mérito discreto, la solidez de una calidad que no posee ni el don ni la disposición para «abrirse paso», tiene una mejor oportunidad en Gran Bretaña que en América.
- Cierta clase privilegiada en Inglaterra reconoce un deber —al menos en parte— de ayudar y promover a los hombres excepcionales, incluso si no siempre lo cumple de manera eficiente, mientras que en América se siente mucho más agudamente, y se inculca con mucha más claridad a los jóvenes, que deben espabilarse («hustle») o perecer.
Se argumentará que esta enumeración de defectos estadounidenses y británicos es una mera expansión de aquella familiar proposición de los manuales de lógica: «todos los hombres son mortales».
Aquí tenéis, dice el objetor, una de dos alternativas: o bien debéis extraer a vuestros administradores, a vuestros legisladores, a vuestras fuentes de honor y recompensa de una clase limitada, hereditaria y especialmente entrenada, que ostentará el poder por derecho, o bien debéis confiar en la elección popular ejercida en el taller y en la urna electoral. ¿Qué otra cosa podéis tener sino herencia o elección, o alguna mezcla de ambas que combine sus defectos?
Cada sistema tiene sus desventajas, y las desventajas de cada sistema pueden minimizarse mediante la educación; en particular, manteniendo alto el nivel cultural y el código de honor de vuestra clase dirigente en el primer caso, y manteniendo vuestras escuelas públicas eficientes en el segundo. Pero los males esenciales de cada sistema son—males esenciales, y uno tiene que sufrirlos y luchar contra ellos, como uno tiene que luchar perpetuamente contra las bacterias patógenas que infestan el mundo.
La teoría de la monarquía es, sin duda, inferior a la teoría democrática en estímulo, pero esta última fracasa en el efecto cualitativo mucho más que la primera. Ahí, sostiene el objetor, radica la quintaesencia del asunto. Ambos sistemas necesitan vigilancia, necesitan crítica, la podadora y el estimulante, y ninguno es lo suficientemente malo como para justificar un cambio revolucionario hacia el otro.
En alguna conclusión de este tipo ha terminado por reposar la mayoría del pueblo inglés con el que uno puede debatir esta cuestión, y a esta forma de ver el asunto hay que atribuir la aquiescencia apática ante el sistema hereditario británico, sobre la cual ya he llamado la atención. Se produce una admisión franca y excesiva de cada defecto real e imaginario del sistema estadounidense, y con la proposición de que nos hallamos entre los cuernos de un dilema, se da por zanjado el debate.
Pero, ¿nos encontramos verdaderamente entre los cuernos de un dilema, y no hay alternativa al gobierno hereditario temperado por las elecciones, o al gobierno del político de barrio y la cabina de votación?
¿No podemos tener ese sentido y esa tradición de igualdad de oportunidades para todos los que nacen en este mundo, ese reconocimiento generoso y completo del principio de ascenso desde las bases que es el precioso derecho de nacimiento del estadounidense, sin el amaño político, la falsificación práctica, que al fin restringe esa libertad general únicamente a los enérgicos, y que subordina la cualidad a la cantidad en cada asunto de la vida?
Es evidente que para el Nuevo Republicano admitir que el asunto es de hecho un dilema, que no hay más remedio que apechugar con lo que nos toque de peor entre lo disponible, que no podemos tener todo lo que deseamos sino solo una mayor o menor mitad, es una admisión de lo más melancólica y obstaculizante. Y, ciertamente, ningún Nuevo Republicano estará de acuerdo sin cierta lucha mental, sin una investigación minuciosa y sincera sobre la posibilidad de una tercera dirección.
Este asunto tiene dos aspectos, se presenta como dos cuestiones: la cuestión, en primer lugar, de la administración, y la cuestión del honor y el privilegio.
¿Qué es lo que la nueva idea republicana exige realmente en estos dos asuntos?
En materia de administración, exige que cada niño que crezca en un Estado deba sentir que es copropietario de su Estado, completamente libre en su condición de miembro e igual en oportunidades a todos los demás niños; y también quiere asegurar la gestión de los asuntos en manos de los mejores hombres, no los más ruidosos, ni los más ricos o los más hábilmente promocionados, sino los mejores.
¿Pueden conciliarse estas dos cosas?
En materia de honor y privilegio, la nueva idea republicana exige una separación entre el honor y la notoriedad; exige alguna expresión visible y contundente de la concepción fundamental de que hay cosas más honorables que conseguir votos o dinero; exige una clase, distinciones y privilegios que encarnen esa idea; y también quiere asegurar que en todo el ámbito de la vida no haya ni una sola puerta cerrada al esfuerzo del ciudadano por lograr lo mejor que hay en él.
¿Pueden conciliarse también estas dos cosas?
Tengo la temeridad de pensar que, en ambos casos, los requisitos contradictorios pueden reconciliarse de manera mucho más completa de lo que comúnmente se supone.
Tomemos, en primer lugar, la cuestión de la reconciliación tal como se presenta en la administración de los asuntos públicos. Han llegado los días en que el más demócrata de los hombres debe empezar a admitir que el nombramiento de todos los gobernantes y funcionarios mediante el voto de la virilidad, o de la mayor parte de la virilidad, de un país no funciona —digámoslo perfectamente— y, a ningún nivel de eficacia educativa, parece probable que llegue a funcionar de la manera que esperaban quienes lo establecieron. A través de miles de los más variados experimentos, el siglo XIX lo ha demostrado hasta la saciedad. El hecho de que las elecciones solo puedan funcionar como una opción entre dos candidatos seleccionados, o grupos de candidatos, es el defecto mecánico imprevisto e inevitable de todos los métodos electorales con grandes electorados. La educación no tiene nada que ver con eso. Las elecciones para los miembros de las Universidades inglesas se manipulan exactamente igual que las elecciones en las circunscripciones irlandesas menos letradas. [Nota a pie de página: Hay un libro muy sugerente sobre este aspecto de nuestra cuestión general, The Crowd, de M. Gustave le Bon, que debería interesar a cualquiera que encuentre interesante este artículo. Y el lector inglés que desee un tratamiento más completo de esta cuestión tiene ahora a su disposición también la gran obra de Ostrogorski, Democracy and the Organization of Political Parties.] No es una cuestión de elementos accidentales, sino una cuestión del mecanismo esencial. Los hombres han buscado y considerado todo tipo de dispositivos para calificar el método actual de votación; a los lectores se les vendrá a la cabeza el voto plural de Mill para los hombres educados; el sistema de recolección de votos de Hare y el voto negativo del doctor Grece; y los defectos de estos inventos han sido lo suficientemente obvios como para impedir incluso una prueba. Se han probado los cambios en los métodos de recuento; los votos acumulativos y la prohibición del voto cautivo, y así sucesivamente, sin ninguna modificación esencial de los resultados. Existen varios dispositivos para introducir «etapas» en el proceso electoral; la circunscripción elige a electores que a su vez eligen a los gobernantes y funcionarios, por ejemplo, y también existe ese intento fútil de incorporar al especialista no político, el método de elegir órganos de gobierno con el poder de «cooptar». Por supuesto, «cooptan» a sus colegas políticos, candidatos rechazados, etcétera. Entre otros expedientes que la gente ha discutido, se encuentran aquellos que harían necesario que un hombre se tomara ciertas molestias y demostrara cierta previsión para inscribirse como votante o para superar un examen con ese fin, y aquellos que le enfrentarían a una papeleta de votación tan compleja que solo un hombre muy inteligente y minucioso podría rellenarla sin ser descalificado. Ciertamente parece algo razonable exigir que el votante sea capaz al menos de escribir por completo y deletrear correctamente el nombre del hombre de su elección. A excepción de esto último, difícilmente cualquiera de estas cosas dejaría de fortalecer el poder del organizador político, que es lo que pretenden derrotar. Cualquier complicación aumenta la necesidad y el poder de la organización. Es posible creer —el escritor cree— que, con toda esta carga de deficiencias, el sistema electoral democrático sigue siendo, en general, mejor que un sistema de privilegio hereditario, pero eso no es razón para ocultar cuán defectuoso y decepcionante ha sido su resultado práctico, ni para conformarse con él en su forma actual. [Nota a pie de página: La exposición del caso no es completa a menos que mencionemos que, al método de gobierno por gobernantes hereditarios y el nombramiento de funcionarios por mecenas nobles, por un lado, y de gobierno por políticos que ejercen el clientelismo por el otro, se añade en el sistema británico el método chino de seleccionar funcionarios mediante exámenes competitivos. Dentro de sus límites, esto ha funcionado como un corrector de gran eficacia contra el clientelismo; es uno de los principales factores de la honestidad de los políticos británicos, y continuamente introduce a jóvenes frescos de fuera para mantener a la oficialidad en contacto con el mundo educado en general. Pero no se aplica, y no parece aplicable, a los asuntos más amplios de la política, al nombramiento y respaldo de gobernantes y legisladores responsables, donde una veintena de cualidades son de mayor importancia que aquellas que un examen puede medir.]
¿Es el sufragio realmente esencial para la idea democrática? Esa es la cuestión que ahora se le plantea con mucha seriedad al lector.
Estamos tan terriblemente bajo el hechizo de las condiciones establecidas, todos estamos tan obsesionados por la persuasión de que la única manera concebible en que un hombre puede expresarse políticamente es votando él mismo en persona, que todos nosotros pasamos por alto habitualmente una posibilidad, una tercera opción, que tenemos al alcance de la mano.
Hay un modo mediante el cual los males indiscutibles del gobierno democrático pueden disminuirse en gran medida, sin destruir ni disminuir —sino más bien realzando— ese vigoroso sentido de las posibilidades sin cortapisas que entraña la idea democrática. Hay una manera de elegir a vuestros servidores públicos de todo tipo y controlar eficazmente los asuntos públicos sobre principios democráticos perfectamente sólidos, sin llegar a tener jamás algo semejante a una elección, tal como se entiende hoy en día, una manera que permitirá una elección deliberada entre numerosos candidatos —algo absolutamente imposible bajo el sistema actual—, que ciertamente elevará la calidad promedio de nuestros legisladores y será infinitamente más sensata, justa y deliberada que nuestro método actual.
Y, además, es una vía que constituye típicamente una invención del pueblo inglés, y que este utiliza hoy en día en otra aplicación precisamente paralela, una aplicación que ha probado y desarrollado minuciosamente a lo largo de un período de al menos siete u ochocientos años, y que confieso que me asombra pensar que no se haya aplicado ya a nuestras necesidades públicas.
Esta vía es el sistema de jurado.
El sistema de jurado fue concebido para resolver casi exactamente el mismo problema que hoy se nos presenta, el problema de cómo, por un lado, evitar poner la vida o la propiedad de un hombre en manos de un gobernante, una persona privilegiada, cuyo interés pudiera ser antipático u hostil, mientras que, por el otro, se le protege de los juicios tumultuosos de una multitud; salvar al acusado de la voluntad arbitraria del rey y del noble sin arrojarlo a la turba.
Hoy es exactamente ese mismo problema el que nuestros pueblos tienen que resolver, con la salvedad de que, en lugar de un asunto individual, tenemos ahora nuestros asuntos generales para situarlos bajo un sistema paralelo. A medida que la comunidad, que originalmente había sido lo suficientemente pequeña e íntima como para decidir sobre la culpabilidad o inocencia de sus miembros, creció hasta alcanzar proporciones difíciles, se desarrolló este sistema de seleccionar por sorteo a un número de sus ciudadanos comunes que prestaban juramento, que luego recibían instrucción y preparación especiales y que, en un atmósfera de solemnidad y responsabilidad en absoluto contraste con el alboroto de una votación pública, examinaban el caso y condenaban o absolvían al acusado.
Permítanme señalar que este método es tan universalmente reconocido como superior al método electoral común que cualquiera que propusiera hoy quitar el destino de un hombre acusado de asesinato de las manos de un jurado y ponerlo en manos de cualquier circunscripción electoral británica o estadounidense, incluso en las manos de una circunscripción tan altamente inteligente como la de una de las universidades británicas, sería considerado como alguien que lleva la excentricidad más allá del límite de la cordura.
¿Por qué entonces no habríamos de aplicar el sistema de jurados al enigma electoral?
Supongamos, por ejemplo, que al final de la legislatura parlamentaria, en lugar del método actual de elegir a un miembro del Parlamento, procediéramos, con todas las precauciones de publicidad y con la máquina más ingeniosamente imparcial que pudiera inventarse, a seleccionar por sorteo a un Jurado, un Jurado lo suficientemente numeroso como para ser razonablemente representativo del sentimiento general de la comunidad y lo suficientemente pequeño como para poder conversar con facilidad y hacer el trabajo sin recurrir a los métodos de una sociedad de debate —entre veinte y treinta, creo, podría ser un buen número operativo— y supongamos que, tras una ceremonia de juramento y tal vez después de una plegaria o de un discurso solemne y digno sobre el deber que tenían por delante, colocáramos a cada uno de estos jurados en dependencias cómodas durante unos días y aislados del mundo, para elegir a su legislador.
Podrían escuchar, en público, con un límite de tiempo, los discursos de los candidatos que se hubieran presentado, y podrían recibir, con un límite de extensión y con las debidas precauciones de publicidad, los documentos que los candidatos decidieran someter a su consideración. Podrían también, en público, formular cualquier pregunta que quisieran a los candidatos para esclarecer sus intenciones o sus antecedentes, y podrían, en cualquier momento, decidir por unanimidad no escuchar más y descartar a tal o cual candidato que estorbara sus deliberaciones. (Esto último sería un modo eficaz de suprimir las candidaturas de excéntricos, de personas de entendederas limitadas y de meros personajes simbólicos).
El Jurado, entre y después de sus interrogatorios y comparecencias, se retiraría de la sala pública para deliberar en privado. Sus deliberaciones, que por supuesto serían francas y conversacionales hasta un punto imposible bajo cualquier otra condición, y totalmente libres de las artimañas del manipulador experto de votos, eliminarían, por ejemplo, en el caso de varios candidatos del mismo color político o de colores similares, el absurdo del voto dividido. Los jurados del mismo matiz político podrían resolver ese asunto entre ellos antes de contribuir a una decisión final.
Este Jurado podría tener ciertos poderes de investigación. Podrían tomarse disposiciones para presentar objeciones contra candidatos determinados; particulares o defensores de sociedades de vigilancia podrían comparecer en contra de cualquier candidato en particular y exponer los hechos sobre cualquier asunto dudoso, financiero o de otra índole, en el que dicho candidato se hubiera visto envuelto.
Podrían convocarse y escucharse testigos sobre cualquier cuestión de hecho, y el candidato implicado explicaría su conducta. Y en cualquier momento el Jurado podría interrumpir los procedimientos y anunciar su selección para el puesto vacante.
Luego, al expirar un período razonable, un año tal vez, o tres años o siete años, podría convocarse a otro Jurado para decidir si el miembro en ejercicio debe continuar en el cargo sin oposición o ser sometido a un nuevo concurso.
Esta sugerencia se presenta aquí en esta forma concreta meramente para mostrar el tipo de cosas que podrían hacerse; es una propuesta de muestra, uno de un gran número de posibles planes de Elección por Jurado. Pero incluso en este estado de sugerencia rudimentaria, se sostiene que sirve para mostrar la viabilidad de un método de elección más deliberado y exhaustivo, más digno, más calculado para impresionar a la nueva generación con un sentido de la gravedad de la elección pública, e infinitamente más propenso a darnos buenos gobernantes que el método actual, y que lo haría sin sacrificar ninguna cualidad buena esencial inherente a la Idea Democrática. [Nota a pie de página: Hay excelentes posibilidades, tanto en los Estados Unidos como en este Imperio, de poner a prueba un método como este, y de introducirlo de forma tentativa y fragmentaria. En Gran Bretaña ya existen métodos de elección para el Parlamento completamente diferentes que conviven lado a lado. En la circunscripción de Hythe, en Kent, por ejemplo, voto por papeleta con escrupuloso secreto; en la Universidad de Londres declaro mi voto en una sala llena de gente. Las circunscripciones universitarias británicas, o una de ellas, podrían utilizarse muy fácilmente como una prueba práctica de esta sugerencia del jurado. No hay nada, según creo, en la Constitución de los Estados Unidos que impida a cualquier Estado recurrir a este método característicamente anglosajón para designar a sus representantes en el Congreso. El método no solo puede probarse en las instituciones políticas. Cualquier sociedad o institución que tenga que enviar delegados a una conferencia o reunión podría llevar muy fácilmente esta concepción a una prueba práctica. Incluso si no resulta viable como sustituto de la elección por votación, podría resultar de cierta utilidad para el nombramiento de miembros de tipo especialista, para los cuales en la actualidad solemos recurrir a la cooptación. En muchos casos en los que la selección de especialistas fuera deseable para completar órganos públicos, los jurados de hombres educados del tipo del Gran Jurado británico podrían ser de gran utilidad.] El argumento a favor del uso del sistema de Jurado se vuelve mucho más sólido cuando lo aplicamos a problemas como los que ahora intentamos resolver cooptando expertos en diversos órganos administrativos.
La necesidad ya sea de elevar la calidad de los cuerpos representativos o de reemplazarlos, no solo en la administración sino también en la legislación, por burocracias de funcionarios nombrados por gobernantes electos o hereditarios, es una urgencia para todos los hombres reflexivos, y no constituye en absoluto una cuestión académica necesaria para redondear esta teoría del Nuevo Republicanismo.
La necesidad se vuelve más imperiosa cada día, a medida que los desarrollos científicos y económicos elevan primero un asunto y luego otro al nivel de funciones públicas o semipúblicas. En el siglo pasado, el transporte, el alumbrado, la calefacción, la educación se impusieron al control público o a la gestión pública, y ahora, con el desarrollo de los Trusts, toda una serie de empresas que antes eran asunto de intereses privados en competencia reclaman la misma atención.
El gobierno basado en los gritos de la tribuna electoral, el clamor de los periódicos y la organización de distritos es cada vez más peligroso e impotente, y a menos que estemos preparados para ver a un gobierno de facto de ricos organizadores de negocios anular al gobierno de jure, o recaer en una oligarquía práctica de funcionarios —una oligarquía que sin duda perderá eficacia en una generación más o menos—, debemos dedicarnos con la mayor seriedad a este problema de mejorar los métodos representativos.
Es en la dirección de la sustitución del método del jurado por un sufragio general donde parece radicar la única línea viable de mejora conocida por el presente autor, y hasta que no se haya probado, no se puede admitir que el gobierno democrático haya sido puesto a prueba y demostrado exhaustivamente ser inadecuado para las complejas necesidades del Estado moderno.
Tanto por lo que respecta a la cuestión de la administración. Pasamos ahora a una segunda necesidad del Estado moderno si ha de obtener el mejor resultado de los ciudadanos nacidos en él, y esa es la necesidad de honores y privilegios para premiar y enaltecer los servicios y las cualidades personales excepcionales, y así estimular y ennoblecer esa emulación que es, bajo una dirección adecuada, el más útil de todos los motivos humanos para el estadístico constructivo.
En los Estados Unidos los títulos están prohibidos por la constitución; en Gran Bretaña se conceden por prescripción. Pero es posible imaginar títulos y privilegios que no sean hereditarios, y que serían símbolos reales del valor humano totalmente acordes con la Idea Republicana.
Uno de los cargos habituales contra el republicanismo es que el éxito en América es político o financiero. En Inglaterra, además, el éxito es también social y existe, hay que admitirlo, una especie de reconocimiento otorgado al logro intelectual, que algunos hombres de ciencia estadounidenses han tenido razones para envidiar.
En América, por supuesto, al igual que en Gran Bretaña, existe esa distinción tan envidiable del título honorífico de una universidad; pero en América está corrompido por la libertad con la que se pueden organizar universidades falsas y por las presunciones indiscutidas de los charlatanes. En Gran Bretaña el título honorífico de una universidad, a pesar de que se concede casi de forma automática a cualquier príncipe advenedizo, es un reconocimiento sumamente deseable de los servicios públicos.
Más allá de esto, hay ciertas distinciones británicas que podrían emularse con gran ventaja en América, como por ejemplo la condición de miembro (Fellowship) de la Royal Society, y ese honor verdaderamente muy distinguido, hasta ahora no mancillado por la clase de hombres que cortejan baronías y pares, el Consejo Privado (Privy Council).
Hay ciertos puntos en esta cuestión que se pasan por alto con demasiada frecuencia:
- En primer lugar, los honores y títulos no necesitan ser hereditarios;
- en segundo, no es necesario que los confiera la administración política;
- y, en tercero, no solo son —como lo demuestra la Legión de Honor francesa— totalmente compatibles con la Idea Republicana, sino que son un complemento necesario de esta.
Los malos resultados de confiar los honores al Gobierno son igualmente patentes en Francia y en Gran Bretaña. Se conceden predominantemente, de manera muy natural, por servicios políticos, porque los otorga una clase política demasiado absorta como para percatarse de los hombres ajenos al mundo político.
En Gran Bretaña el proceso se ve modificado antes que mejorado por lo que se conoce como influencia de la corte. Y a pesar de la real y sostenida eficacia de la Royal Society al distinguir a los trabajadores científicos meritorios, la Academia Francesa, capturada desde hace tiempo por diletantes aristocráticos, y la Real Academia de Artes inglesa (Royal Academy of Arts), demuestran los defectos y peligros esenciales de un organismo que cubre sus propias vacantes.
Pero no hay razón para que un sistema nacional de honores y títulos no funcione sobre una base completamente nueva, sugerida por estas diversas consideraciones. Expongamos el asunto, simplemente para mayor tangibilidad, como un plan concreto para la consideración del lector.
Podría haber, por ejemplo, un grado inferior que incluyera —como la caballería inglesa incluyó una vez— a casi todos los ciudadanos capaces de iniciativa, a todos los graduados universitarios, a todos los hombres cualificados para ejercer las profesiones responsables, a todos los profesores cualificados, a todos los hombres del Ejército y la Marina ascendidos a cierto rango, a todos los marinos cualificados para navegar un barco, a todos los ministros reconocidos por organismos religiosos debidamente organizados, a todos los funcionarios públicos que ejerzan el mando; organizaciones cuasipúblicas podrían nominar a una cierta proporción de su personal, y los sindicatos organizados con cualquier pretensión de oficio, a una cierta proporción de sus hombres, sus hombres "decentes", y a todo artista o escritor que pudiera presentar una obra de diplomatura pasible; sería, de hecho, una marca grabada en cada hombre o mujer que estuviera cualificado para hacer algo o que hubiera hecho algo, en distinción del hombre que no ha hecho nada en el mundo, el mero hombre común, desprovisto de iniciativas y voraz.
Podría conllevar muchos pequeños privilegios en asuntos públicos —por ejemplo, podría calificar para ciertos jurados electorales. Y de esta clase el siguiente rango podría extraerse fácilmente de diversas maneras. En un Estado democrático moderno debe haber muchas fuentes de honor. Esa es una necesidad sobre la cual no se puede insistir demasiado. No debe haber ninguna corte, ninguna pandilla, ningún tribunal tradicional e inalterable. Los órganos legislativos locales, por ejemplo —en América, las legislaturas estatales y en Inglaterra, los consejos de condado—, podrían conferir rango a un número limitado de hombres o mujeres al año; los jurados formados a partir de ciertos distritos electorales especiales, de las listas de la profesión médica o del Ejército, podrían reunirse periódicamente para nominar a sus mejores profesionales, el Ministerio de Asuntos Exteriores o de las Colonias podría conferir reconocimiento por servicios políticos, a los órganos de gobierno universitarios se les podría confiar el poder —al igual que en la edad media muchos grandes hombres podían conferir la caballería—.
De entre estos caballeros distinguidos de segundo grado se podrían extraer rangos aún más altos. Los jurados locales podrían seleccionar a un dignatario jefe local como su "conde", digamos, de entre los hombres de rango residentes, y no hay razón por la cual ciertos grandes distritos electorales, el gremio médico, los ingenieros, no deban especificar uno o dos de sus líderes profesionales, sus "duques". Hay muchas ocasiones de importancia local en las que se necesita una figura decorativa honorable. Los británicos recurren al par hereditario local o invitan a un príncipe, con demasiada frecuencia una pobre criatura grande solo por convención —y lo que hacen los estadounidenses no lo sé, a menos que usen un Boss (jefe político)—. Hay muchas ocasiones de importancia algo más que ceremonial en las que un hombre responsable públicamente honrado y públicamente conocido, y no un político profesional, resulta sumamente útil. Y hay un sinfín de asuntos, listas y reuniones en las que la única alternativa al rango es la disputa desordenada.
Por mi parte, no pondría el límite en ocasiones tan menores para la precedencia. Una Segunda Cámara es una parte esencial del esquema político de todas las comunidades de habla inglesa, y casi siempre tiene la intención de presentar intereses más estables y un electorado más pequeño y seleccionado que la cámara baja. A partir de una nobleza vitalicia como la que he esbozado, se podría constituir una Segunda Cámara muy al estilo de cómo los pares representativos irlandeses en la Cámara de los Lores se eligen de entre la nobleza general de Irlanda. Estaría mucho menos atada a los partidos y sería mucho menos mercenaria que el Senado estadounidense, y mucho más inteligente y capaz que la Cámara de los Lores británica. Y cualquiera de estos cuerpos podría someterse a un proceso de conversión deliberada en esta dirección sin casi ningún impacto revolucionario.
[Nota al pie: En el caso de la Cámara de los Lores, por ejemplo, el proceso de conversión podría comenzar extendiendo el sistema escocés e irlandés a Inglaterra, y sustituyendo a la nobleza inglesa existente por un número menor de pares representativos. Entonces simplemente se revivirá una cuestión que ya estaba en discusión a mediados de la época victoriana: crear pares no hereditarios en los tres reinos. Los distintos Consejos Privados podrían agregarse a continuación a las tres circunscripciones nacionales mediante las cuales y de las cuales se nombraron los pares representativos, y luego se podrían convocar juntas consultivas de las distintas universidades y profesiones organizadas, y de organismos coloniales autorizados para recomendar hombres que se añadirán a la nobleza con derecho a voto. Los pares vitalicios ya existen. La ley está representada por pares vitalicios. Los lores espirituales son pares vitalicios representativos: son los obispos de mayor antigüedad y son nombrados para representar a una corporación: la Iglesia establecida. Así, una nobleza funcional generalmente no hereditaria podría surgir sin ninguna ruptura violenta con el estado actual de las cosas. La conversión del Senado estadounidense sería un asunto más difícil, porque el método de nombramiento de los senadores está en general más estereotipado y, desde 1800, lamentablemente muy ligado al sistema de partidos políticos. El Senado no es un cuerpo de orígenes variados y fluctuantes en el que se puedan insertar tranquilamente nuevos elementos. Un escritor inglés no puede calcular cuán querido por el corazón estadounidense pueda ser o no el sagrado par de senadores de cada Estado. Pero la posibilidad de que el Congreso delegue el poder de nombrar senadores adicionales en ciertos órganos no políticos, o en jurados de una constitución específica, es al menos concebible como el comienzo de un movimiento que finalmente se pondría en paralelismo con el del Imperio británico.]
Cuando estas cuestiones de honor público y de administración democrática eficiente hayan comenzado a avanzar hacia una solución definitiva, la comunidad estará en condiciones de extender la aplicación de los nuevos métodos hacia una revolución más profunda: el control de la propiedad privada.
“Todos somos socialistas hoy en día”, y es innecesario, por tanto, discutir aquí extensamente para demostrar el hecho de que, más allá de las pertenencias de carácter muy personal, toda propiedad es creación de la sociedad y, en realidad, no es más que un mecanismo administrativo.
En la actualidad, a pesar de algunos aspectos locales verdaderamente espantosos y perniciosos, la institución de la propiedad —incluso en la tierra y en las acciones de empresas semipúblicas— probablemente ofrece un método de control tan eficiente, y tal vez incluso más eficiente, que cualquier otro que pudiera idearse para reemplazarla bajo las condiciones existentes. No poseemos organismos públicos ni métodos de fiscalización y control lo suficientemente confiables como para justificar expropiaciones a gran escala. Incluso la municipalización de industrias debe avanzar con lentitud hasta que las áreas municipales se hayan adaptado mejor a las condiciones de una administración eficiente.
- Las áreas demasiado reducidas y las áreas superpuestas significan desperdicio y autoridades en conflicto, y una municipalización prematura en tales áreas conducirá únicamente al triunfo definitivo de la empresa privada.
La eficiencia política debe preceder al socialismo. [Footnote: See Appendix I. ]
Pero no cabe duda de que el espectáculo de la propiedad irresponsable constituye una fuerza terriblemente desmoralizadora en el desarrollo de cada generación. Es inútil negar que la propiedad, tanto en Gran Bretaña como en América, deriva en un repudio práctico de esa igualdad que la democracia política afirma con tanta elocuencia. Existe una sumisión fatalista a la inferioridad por parte de la abrumadora mayoría de los nacidos en la pobreza; se menosprecian a sí mismos de innumerables maneras y aceptan como natural el uso de la riqueza para el placer caprichoso y para fines absolutamente perniciosos; desconfían del esfuerzo en el servicio público y encuentran su única esperanza en el juego, en el comercio astuto y codicioso, o en la baja aquiescencia ante los ricos.
El buen nuevo republicano solo puede considerar nuestro actual sistema de propiedad como un recurso terriblemente insatisfactorio y procurar con todas sus fuerzas desarrollar un orden mejor que lo reemplace.
Hay ciertas líneas de acción en este asunto que no pueden dejar de ser beneficiosas, y son precisamente estas las que el New Republican seguirá, sin duda. Una cosa excelente, por ejemplo, sería insistir en que, más allá de los límites de una cantidad razonable de propiedad personal, la comunidad está justificada al exigir un grado mucho mayor de eficiencia en el propietario que en el caso del ciudadano común, requiriendo que él o ella no solo sean mentalmente sanos sino capaces, física y mentalmente a la altura de una gran responsabilidad. El heredero de una gran propiedad debería poseer un conocimiento satisfactorio de la ciencia social y económica, y haber estudiado con la mira puesta en sus grandes responsabilidades. La edad de veintiún años es apenas suficiente para la administración de un gran patrimonio, y elevar la edad de libre administración para los propietarios de grandes bienes, así como especificar una edad de jubilación forzosa, sería una medida prudente y justificable. [Footnote: Algo por el estilo ya se garantiza en Francia mediante la facultad del Conseil de Famille para expropiar a un derrochador.] También debería existir la posibilidad de intervención en caso de mala administración, y podría redactarse un código de delitos —embriaguez habitual, por ejemplo, agresiones de diversa índole—, delitos que establecieran el hecho de la ineptitud y derivaran en la destitución. Podría considerarse conveniente, en el caso de ciertos crímenes y delitos menores, añadir a las penas existentes la transferencia de todas las propiedades inmobiliarias o accionarias a fideicomisarios. Una confiscación enérgica es un castigo particularmente lógico ante la corrupción comprobada de funcionarios públicos por parte de cualquier propietario o grupo de propietarios. Los hombres ricos que sobornan son un peligro para cualquier Estado. Más allá de los límites de la demencia, podría ser posible definir una condición de malignidad o despiadadez que justificara la confiscación; los intentos de acaparar los artículos de primera necesidad, por ejemplo, podrían tomarse como evidencia de dicha condición. Todas estas medidas serían mucho más beneficiosas que la mejora inmediata que producirían en la gestión pública. Inocularían en todo el cuerpo social la sensación de que la propiedad estaba imbuida de responsabilidad y era, en efecto, un fideicomiso, lo cual ejercería una buena influencia tanto en ricos como en pobres.
Además, a medida que los organismos públicos se volvieron más eficientes y dignos de confianza, el principio ya establecido en la política social británica por los impuestos de sucesiones de Sir William Vernon Harcourt, el principio de mermar las grandes propiedades en cada transmisión, podría ampliarse de manera muy sustancial.
Cada transferencia de propiedad podría establecer una hipoteca estatal por alguna fracción del valor de dicha propiedad. La fracción podría ser pequeña cuando el destinatario fuera una institución pública, considerable en el caso de un hijo o una hija, y casi total para un pariente lejano o alguien sin parentesco alguno.
Mediante tales artilugios, la nefasta influencia de los bienes adquiridos por meros accidentes se reduciría sin desincentivar en gran medida a los hombres enérgicos, emprendedores e inventivos. Y un hombre ambicioso por fundar una familia aún podría hacerlo si se preocupaba por casarse sensatamente y por criar y educar a sus hijos a la altura de la posición que les tenía destinada.
Mientras el Nuevo Republicano aplica medidas de este tipo a la propiedad desde arriba, también existirán las medidas del Salario Mínimo y del Nivel de Vida Mínimo, ya analizadas en el tercero de estos artículos, que la controlarán desde abajo.
Limitada de este modo, la propiedad se parecerá a un río que antaño inundaba toda la campiña, pero que ahora ha sido encauzado dentro de su cauce. Aun cuando estas medidas se hayan desarrollado de forma exhaustiva, se quedarán muy lejos de esa «abolición de la propiedad» que constituye la tosca expresión del Socialismo.
Existe una cierta medida de la propiedad en un Estado que conlleva el máximo de libertad individual. Ya sea por encima o por debajo de ese Óptimo, se avanza hacia la esclavitud.
El Nuevo Republicano es un Nuevo Republicano, y somete a prueba todas las cosas según su efecto en la evolución del hombre; es socialista o individualista, librecambista o proteccionista, republicano o demócrata en la medida exacta, y solo en esa medida, en que estos diversos principios de política pública sirven a su fin superior.
Este burdo esbozo de un posible plan de honor y privilegio, y de una aproximación hacia la socialización de la propiedad, mostrará, al menos, que en este asunto, como en el del control político, la alternativa del sistema británico o el sistema estadounidense no agota las posibilidades humanas.
Existe también el Sistema del Siglo XX, que nosotros, los Nuevos Republicanos, debemos descubrir, debatir y someter a la prueba de la experiencia.
Y por el bien de la educación de nuestros hijos, que es el asunto cardinal de nuestras vidas, debemos rechazar todas las ficciones legales convenientes y los métodos solapados, y velar por que el sistema sea tan fiel a la realidad de la vida, y al bien y a la justicia, como nosotros, según nuestras luces y nuestra generación, podamos hacerlo.
El niño debe aprender no solo del predicador, del padre y del libro, sino de todo el marco y el orden de la vida que lo rodea, que la verdad, la vida sana y el servicio son los únicos caminos confiables hacia el honor o el poder y que, salvo por los accidentes inevitables de la vida, son caminos muy seguros.
Y entonces tendrá una justa oportunidad de crecer sin convertirse ni en un timador astuto y arrogante —pues el estadounidense en su peor versión no es ni más ni menos que eso— ni en un snob perezoso y deshonesto —como el británico se vuelve con demasiada frecuencia—, sino en un hombre orgulloso, ambicioso, de manos limpias y capaz.