§ 1
Con una piel de infinita delicadeza que la vida endurecerá muy rápidamente, con un cuerpo pequeño que se retuerce incómodo, con un grito débil y quejumbroso que conmueve el corazón, la criatura llega protestando al mundo, y a menos que la muerte obtenga la victoria, nosotros y el azar y las fuerzas de la vida en ella, hacemos de esa blanda indefensión a un hombre.
Ciertas cosas hay en ese hombre que son inevitables e inalterables, grabadas en su ser mucho antes del momento de su nacimiento, las cosas heredadas, las cosas inherentes, su yo final y fundamental. Esta es su «herencia», su realidad incurable, lo que de todo su ser supera la prueba de la supervivencia y se transmite a sus hijos.
Ciertas cosas debe ser, ciertas cosas puede ser, y ciertas cosas están para siempre más allá de su alcance. Otro tanto define para él su linaje, ese es el hombre natural.
Pero, además, hay muchas otras cosas que componen al hombre adulto tal como lo conocemos. Está todo lo que ha aprendido desde su nacimiento, todo lo que le han enseñado a hacer y para lo que ha sido entrenado, su lenguaje, el círculo de ideas que ha hecho suyas, los desequilibrios que provienen de un ejercicio desigual y el sesgo debido a la sugerencia ambiental.
Hay mil hábitos y mil prejuicios, facultades sin desarrollar y destrezas laboriosamente adquiridas. Hay cicatrices en su cuerpo y cicatrices en su mente. Todas estas son cosas secundarias, cosas capaces de modificación y evasión; constituyen el hombre manufacturado, el hombre artificial.
Y es principalmente con toda esta porción superpuesta, adherente y artificial del hombre de la que tratarán este y el siguiente artículo. La cuestión de mejorar la raza, de elevar la herencia humana promedio, la hemos discutido y dejado a un lado. Vamos a reunir ahora tantas cosas como sea posible que incidan en el componente artificial, el componente hecho y controlable en el hombre maduro y plenamente desarrollado.
Vamos a considerar cómo se construye y cómo puede construirse, vamos a intentar un análisis aproximado de todo el complejo proceso mediante el cual el ciudadano civilizado evoluciona a partir de esa pequeña criatura cruda y gimiente.
Antes de su nacimiento, en el mismo momento en que su ser se hace posible, las cualidades intrínsecas y las limitaciones de un hombre quedan establecidas para siempre, ya sea que vaya a ser negro o blanco, que esté libre o no de enfermedades hereditarias, que sea apasionado, flemático o imaginativo, o que tenga seis dedos, o una nariz chata o aguileña.
Y no solo eso, sino que incluso antes de su nacimiento las cualidades que no se heredan estricta e inevitablemente también empiezan a forjarse. La desventaja artificial y evitable también puede haber comenzado en las preocupaciones, el exceso de trabajo o la desnutrición de su madre.
En los primeros meses de su vida, diferencias muy leves en el trato pueden tener consecuencias para toda la vida. Sin duda, hay un poder de recuperación extraordinario en los niños muy pequeños; si no mueren a causa del abandono o los malos tratos, se recuperan en un grado incomparablemente mayor de lo que cualquier adulto podría hacerlo, pero aun así queda un amplio margen de diferencia entre lo que llegan a ser y lo que habrían podido ser.
Con cada año de vida, la capacidad de recuperación disminuye, la desventaja inicial se vuelve más irrevocable, y los efectos de la mala alimentación, de los entornos poco saludables y de las infecciones mentales y morales pasan a formar parte, de manera cada vez más inextricable, de la individualidad en crecimiento. Y así, bien podemos comenzar nuestro estudio considerando las circunstancias en las que la fase inicial, los primeros cinco años de vida, transcurre de la manera más segura y protegida.
Alimento, calor, limpieza y abundante aire fresco debe haber desde el principio, y una atención incesante, una atención tal como solo el amor puede sostener.
Y además debe haber conocimiento.
Es una agradable superstición creer que la Naturaleza (que en tales contextos se feminiza y adquiere una N mayúscula) es digna de confianza en estos asuntos. Es una agradable superstición ante la cual algunos de nosotros, bajo los agradables consejos de novelistas sentimentales, de predicadores mercenarios y desconsiderados, y de médicos ignorantes e indolentes, hemos sacrificado algún que otro hijo.
Nos persuaden para que creamos que una madre posee un conocimiento instintivo de todo lo necesario para el bienestar de un hijo, y que el hijo, al menos hasta la edad de los nudazos, posee un conocimiento instintivo de sus propias necesidades.
Cualquier procedimiento que sugiera en mayor medida a un salvaje ideal y desnudo que lleva una vida «natural», se supone que no solo es más ventajoso para el niño, sino que, de algún modo místico, es más moral. El espectáculo de una madre de baja estatura y alimentada con cerveza de porteador, por ejemplo, amamantando a un bebé con manchas y achacoso, se ensalza a expensas de la alimentación artificial, limpia y sencilla, que a menudo es aconsejable hoy en día.
Sin embargo, la mortalidad de los primogénitos debería indicar que una mujer moderna no lleva consigo en el cerebro ningún sistema instintivo de crianza, incluso si su antepasada salvaje poseyera algo por el estilo; y tanto la tasa de natalidad como la de mortalidad infantil de los nobles salvajes que nuestra civilización tiene alguna oportunidad de observar sugieren una cierta negligencia generosa, una cierta indiferencia amplia hacia la miseria individual, más que una precisión fidedigna de guía individual sobre los métodos de la Naturaleza.
Este tópico sobre la confiabilidad de la Naturaleza es en parte una supervivencia de los tiempos de Rousseau y Sturm (el de las Reflexiones), cuando los hombres caseros, ortodoxos y heterodoxos por igual, con pelucas artificiales, declamaban al unísono a este respecto; en parte es la táctica medio instintiva de los espíritus negligentes y perezosos para eludir los problemas y las austeridades.
El médico incompetente, incapaz de aplicar un régimen, repite este tópico incluso hoy en día, aunque sabe muy bien que, librados a la Naturaleza, los hombres comen en exceso casi tan fácilmente como los perros, contraen mil enfermedades y agotan sus últimas fuerzas a los cincuenta años, y que la mitad de las mujeres blancas del mundo morirían con sus primeros hijos aún por nacer.
Sabe también que a los detalles de medidas preventivas como la vacunación, por ejemplo, el instinto se opone firmemente, y que el drenaje, la filtración y el uso del jabón para el lavado son cosas manifiestamente antinaturales.
Ese Hombre Natural grande, desnudo, virtuoso, rosado, que bebe agua pura de manantial, come los frutos de la tierra y llega a los noventa años al aire libre es una fantasía; nunca ha sido ni será. El verdadero salvaje es un nido de parásitos por dentro y por fuera; hiede, se pudre, se muere de hambre. Los cuarenta años son una gran edad para él. Está tan lleno de artificios como su hermano civilizado, solo que no es tan sabio.
En cuanto a su integridad moral, que el curioso investigador busque un relato sobre el tasmano, el australiano o el polinesio antes de que llegara la «sofisticación».
La existencia misma y la naturaleza del hombre son una interferencia con la Naturaleza y sus vías, usando la Naturaleza en el sentido de la repudia de los recursos.
El hombre es el animal que usa herramientas, el animal que usa la palabra, el animal de la artificio y de la razón, y el único "retorno a la Naturaleza" posible para él —si examinamos de cerca la frase— sería un retorno al simio arborícola, promiscuo y arañador.
Rebelarse contra el instinto, rebelarse contra la limitación, evadirse, poner zancadillas y, por último, acercarse, luchar y conquistar las fuerzas que lo dominan, es el ser fundamental del hombre.
Y desde el mismo comienzo de su existencia, desde el instante de su nacimiento, si se ha de sacar lo mejor posible de él, una sabia inventiva debe rodearlo.
- Hay que vigilar al tierno, nuevo y viviente ser ante cada signo de incomodidad,
- hay que pesarlo y medirlo,
- hay que pensar en él,
- hay que hablarle y cantarle, con habilidad y propiedad,
- y pronto hay que darle cosas que ver y tocar para que el germen inquieto de su mente no quede insatisfecho.
Desde el principio mismo, si hemos de hacer lo mejor por un niño, debe haber previsión y conocimiento mucho más allá del límite del pobre equipaje del instinto.
Ahora bien, que un niño tenga todas estas necesidades cubiertas implica ciertas otras condiciones. La constante y amorosa atención solo puede obtenerse de una madre o de alguna muchacha o mujer bienintencionada. No es algo que pueda comprarse con dinero, ni idearse mediante ningún plan a gran escala. Posiblemente haya formas de criar y cuidar a los lactantes en masa que los mantengan con vida, pero en el mejor de los casos son métodos de segunda categoría, y nosotros buscamos los mejores posibles.
Una mujer muy noble, excepcionalmente cariñosa y bastante incansable podría concebiblemente dirigir el desarrollo de tres o cuatro niños pequeños desde su nacimiento en adelante, o, con muy buena ayuda, incluso de seis o siete a la vez, tan bien como una buena madre podría hacerlo por uno, pero sería algo muy raro y maravilloso.
Debemos dejar eso de lado como algo excepcional, bastante imposible de proporcionar cuando más se necesita, y debemos recurrir al hecho de que el niño debe tener una madre o una niñera, y debe tener a esa persona atendiéndole exclusivamente durante el primer año de vida más o menos.
La madre o la niñera deben gozar de buena salud, física y moralmente, estar bien alimentadas y contentas, y poder dedicar su atención principal, si no enteramente, al niño pequeño.
El niño debe yacer abrigado en una habitación bien ventilada, con alguien disponible para oírlo día y noche; debe haber abundante agua tibia para lavarlo, muchos abrigos y toallas y demás para él; es mejor sacarlo a menudo al aire libre y para esto, en condiciones urbanas o suburbanas al menos, un carrito de niño es casi necesario.
La habitación debe estar limpia y bien iluminada, y con colores bonitos e interesantes si hemos de obtener los mejores resultados. Estas cosas implican un cierto nivel de prosperidad en las circunstancias del nacimiento del niño.
O bien el niño debe ser alimentado de la mejor manera por una madre sana y en condiciones de abundancia, o bien, si va a ser alimentado con biberón, debe existir una provisión muy esmerada para esterilizar y calentar la leche, y ajustar su composición a las cambiantes capacidades de asimilación del niño.
Estas condiciones presuponen una casa con cierto nivel de confort y equipamiento, y es evidente que la madre no puede estar ganándose la vida antes y alrededor del momento del nacimiento del hijo, ni tampoco, a menos que vaya a emplear como niñera a una persona altamente cualificada, de confianza y probablemente costosa, durante aproximadamente el año posterior al mismo.
Ella o la niñera deben poseer cierto nivel de inteligencia y educación, estar entrenadas para ser observadoras y mantener la compostura, y deben hablar su idioma con un acento bueno y claro.
Además, detrás de la madre y fácilmente disponible, debe haber un médico altamente cualificado.
No tener estas cosas significa una desventaja. No tener esa alimentación y atención tan vigiladas al principio significa una pérdida de nutrición, un retraso en el crecimiento, que o bien no se recuperará jamás o se recuperará más tarde a expensas del desarrollo mental o de la fuerza física.
La desventaja temprana también puede acarrear una alteración de la digestión, una propensión a los problemas estomacales y de otro tipo, que pueden durar toda la vida.
No tener los cantos y las charlas, y el interés variado de los objetos y juguetes de colores, significa un descenso respecto al mejor desarrollo mental, y una niñera taciturna, o una niñera con un acento vulgar, significa retraso y dificultad innecesaria con el inicio del habla.
No nacer al alcance de una abundancia de muda y una abundancia de agua, significa —por muy laboriosos y limpios que sean los instintos de la niñera y de la madre— una falta de la más alta limpieza posible y una falta de salud y vitalidad.
Y la ausencia de un consejo médico altamente especializado, o las atenciones de profesionales sobrecargados de trabajo y poco cualificados, pueden convertir una crisis transitoria o una dolencia pasajera en una lesión permanente o un trastorno fatal.
Es muy dudoso que estas condiciones tan favorables le correspondan en suerte a más de una cuarta parte de los niños que nacen hoy, incluso en Inglaterra, donde la mortalidad infantil se encuentra en su punto más bajo.
El resto empieza con desventaja. Empiezan con desventaja y no alcanzan su máximo desarrollo posible.
Nacen de madres preocupadas por la necesidad de ganarse la vida o por ocupaciones vanas, o ya maltrechas y agotadas por la procreación desmedida; nacen en entornos de insania y hogares feos o incómodos, sus madres o nodrizas son ignorantes e incapaces, falta alimento o asesoramiento competente, no hay para sus pulmones, si son niños de ciudad, más que aire vitiado, y no hay suficiente luz solar para ellos.
Y en consecuencia decaen desde el mismo principio de lo que podrían haber sido y, en su mayor parte, nunca recuperan la ventaja perdida.
A cuánto asciende exactamente esta desventaja, en lo que respecta a sus consecuencias físicas, puede medirse mediante ciertas cifras casi clásicas, que aquí me he atrevido a presentar nuevamente de forma gráfica.
Estas cifras no presentan nuestro fracaso total, sino que muestran simplemente cuánto se queda corto el sector menos afortunado de la comunidad en comparación con el más afortunado.
Están tomadas del System of Medicine de Clifford Allbutt (art. «Hygiene of Youth», del Dr. Clement Dukes). Se midió y pesó a 15.564 niños y jóvenes para obtener estas cifras.
Las columnas negras indican el peso (+9 libras de ropa) y la altura respectivamente de los jóvenes de la población artesana de la ciudad, para las diversas edades de diez a veinticinco años indicadas en la parte superior de las columnas.
Los añadidos blancos a estas columnas indican el peso y la altura adicionales de las clases más favorecidas a las mismas edades. Se tomaron alumnos de colegios públicos, cadetes navales y militares, y estudiantes de medicina y universitarios para representar a las clases más favorecidas.
Se observará que, si bien el crecimiento en altura del chico de clase baja se queda corto desde los años más tempranos, la tensión del período de adolescencia incide en su peso, y sin duda en su resistencia general, de manera muy conspicua.
Estas cifras, debe tenerse en cuenta, se refieren a los miembros vivos de cada clase a las edades indicadas. Sin embargo, la mortalidad en la clase negra o inferior es probablemente mucho mayor que en la clase alta año tras año, y si esto pudiera tenerse en cuenta, aumentaría enormemente el aparente fracaso de la clase inferior.
Y estos asuntos de altura y peso son solo deficiencias materiales burdas. Sirven para sugerir, pero no sirven para medir, la pérdida mucho más grave y triste, la pérdida invisible e immeasurable a través de cualidades mentales y morales sin desarrollar, a través de actividades deformadas y paralizadas y una vitalidad y un valor disminuidos.
Además, por muy defectuosos que sean estos artesanos urbanos, son, después de todo, mucho más «seleccionados» que la juventud de las clases altas. Son supervivientes de un proceso de selección mucho más riguroso que el que tiene lugar en medio de las condiciones más higiénicas de las clases alta y media.
Las tres columnas opuestas representan la mortalidad de los niños menores de cinco años en Rutlandshire, donde es más baja, en el año 1900, en Dorsetshire, un condado razonablemente bueno, y en Lancashire, el peor de Inglaterra, para el mismo año.
Cada columna completa representa 1.000 nacimientos, y la parte ennegrecida representa la proporción de esos 1.000 fallecidos antes del quinto cumpleaños.
Ahora bien, a menos que vayamos a asumir que los niños nacidos en Lancashire son intrínsecamente más débiles que los niños nacidos en Rutland o Dorset —y no hay la menor razón para creer tal cosa—, debemos suponer que al menos 161 niños de cada 1.000 en Lancashire fueron asesinados por las condiciones en las que nacieron.
Ese exceso de negrura en la tercera columna sobre la de la primera representa un holocausto de niños que continúa año tras año, una perenne matanza de los inocentes, de la cual no se puede sacar ningún rédito político y que, por consiguiente, queda fuera del ámbito de la política práctica por completo tal como están las cosas en la actualidad.
Los mismos hombres que vertieron infinitas infamias porque una epidemia de sarampión, totalmente imprevista e inevitable, mató a varios miles de niños en Sudáfrica, quienes, con algún propósito idiota o perverso de ganar votos, intentaron convertir dicha epidemia en un amargamiento permanente entre holandeses e ingleses, esos mismos hombres permiten que miles y miles de muertes evitables de niños ingleses muy cerca de ellos pasen absolutamente desapercibidas.
El hecho de que más de 21.000 niños pequeños murieran innecesariamente en Lancashire en ese mismo año no significa nada para ellos en absoluto. No puede utilizarse para enfrentar a una raza contra otra y para obstaculizar ese proceso de unificación mundial que su piadoso propósito es retrasar.
De ningún modo se sigue de ello que ni siquiera el Rutland 103 represente el mínimo posible de mortalidad infantil. Uno aprende de los informes del Registrador General de 1891 que, entre las causas de muerte especificadas en los tres condados de Dorset, Wiltshire y Hereford —donde la mortalidad infantil es apenas la mitad de lo que es en las tres ciudades más viles de Inglaterra a este respecto: Preston, Leicester y Blackburn—, el número de niños muertos por lesiones en el parto es tres veces mayor que en estas mismas ciudades.
La «violencia» no clasificada también causa más muertes infantiles en el campo que en las ciudades. Esto sugiere con bastante claridad una atención médica tardía e incierta, así como condiciones difíciles, y nos señala posibilidades aún mejores.
Estos diagramas y estos hechos justifican conjuntamente una esperanza razonable de que la mortalidad de los menores de cinco años en toda Inglaterra podría reducirse a menos de un tercio de lo que es hoy en día en el Lancashire destructor de niños, a una cifra muy por debajo de noventa por mil.
Una parte de la mortalidad infantil representa, sin duda, la persistente e inútil eliminación de este mundo de seres con defectos congénitos, seres que, en su mayoría, jamás deberían haber nacido y no tendrían por qué haber nacido bajo condiciones de mayor previsión.
Estos, sin embargo, son la más minúscula fracción de nuestra mortalidad infantil. Esto deja intacto el hecho de que una vasta multitud de niños de sangre no contaminada y con buenas posibilidades mentales y morales, tal vez hasta 100 de cada 1.000 nacidos, mueren anualmente debido a una alimentación insuficiente, aire puro insuficiente y atención insuficiente.
La cruda y simple verdad es que nacen innecesariamente. Todavía hay demasiados nacimientos para que nuestra civilización pueda atenderlos, todavía no estamos preparados para que se nos confíe una tasa de natalidad en aumento.
[Footnote: It is a digression from the argument of this Paper, but I would like to point out here a very popular misconception about the birth-rate which needs exposure. It is known that the birth-rate is falling in all European countries—a fall which has a very direct relation to a rise in the mean standard of comfort and the average age at marriage—and alarmists foretell a time when nations will be extinguished through this decline. They ascribe it to a certain decay in religious faith, to the advance of science and scepticism, and so forth; it is a part, they say, of a general demoralization. The thing is a popular cant and quite unsupported by facts. The decline in the birth-rate is—so far as England and Wales goes—partly a real decline due to a decline in gross immorality, partly to a real decline due to the later age at which women marry, and partly a statistical decline due to an increased proportion of people too old or too young for child-bearing. Wherever the infant mortality is falling there is an apparent misleading fall in the birth-rate due to the “loading” of the population with children. Here are the sort of figures that are generally given. They are the figures for England and Wales for two typical periods.][Footnote: Es una digresión respecto a la argumentación de este ensayo, pero me gustaría señalar aquí un error muy popular sobre la tasa de natalidad que es necesario desmentir. Se sabe que la tasa de natalidad está descendiendo en todos los países europeos —un descenso que guarda una relación muy directa con el aumento del nivel medio de bienestar y la edad media al contraer matrimonio— y los alarmistas pronostican una época en la que las naciones se extinguirán debido a este declive. Lo atribuyen a cierta decadencia de la fe religiosa, al avance de la ciencia y el escepticismo, y así sucesivamente; forma parte, dicen, de una desmoralización general. Se trata de un tópico popular y carece por completo de fundamento en los hechos. El descenso de la tasa de natalidad es —en lo que atañe a Inglaterra y Gales— en parte un descenso real debido a una disminución de la inmoralidad flagrante, en parte un descenso real debido a la mayor edad a la que contraen matrimonio las mujeres, y en parte un descenso estadístico debido a una mayor proporción de personas demasiado mayores o demasiado jóvenes para procrear. Siempre que la mortalidad infantil desciende, se produce un aparente descenso engañoso de la tasa de natalidad debido a la «saturación» de la población con niños. He aquí el tipo de cifras que se suelen ofrecer. Son las cifras correspondientes a Inglaterra y Gales para dos periodos típicos.]
Period 1846-1850 33 8 births per 1000
Period 1896-1900 28 0 births per 1000
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5.8 fall in the birth-rate.
Esto tal como está es muy llamativo. Pero si tomamos las tasas de mortalidad de estos dos periodos, descubrimos que también han bajado.
Period 1846-1850 23 3 deaths per 1000
Period 1896-1900 17 7 deaths per 1000
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5.6 fall in the death-rate.
Resteemos la tasa de mortalidad de la tasa de natalidad y eso nos dará la tasa efectiva de aumento de la población.
Period 1846-1850 10 5 effective rate of increase
Period 1896-1900 10 3 effective rate of increase
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.2 fall in the rate of increase.
Pero ahora viene un hecho curioso que aquellos que elogian los buenos y viejos tiempos anteriores a las Board Schools —la edad de oro de la inocencia virtuosa— pasan por alto. Los nacimientos ilegítimos en 1846-1850 ascendieron a 2,2 por cada 1000; en 1896-1900 ascendieron a 1,2 por cada 1000. De modo que, si no fuera por este descenso en los nacimientos ilegítimos, el período 1896-1900 mostraría un aumento positivo en la tasa efectiva de crecimiento de 0,8 por mil. Las personas eminentes que atribuyen nuestra caída en la tasa de natalidad a la irreligión y demás, hablan o bien sin conocimiento o con algún tipo de conocimiento que escapa a mi comprensión. Inglaterra se está volviendo, de hecho, no solo más higiénica y racional, sino más moral y más templada. La Inglaterra del pasado, altamente moral, sana, prolífica y piadosa, es simplemente otra ilusión poética del tipo del buen salvaje.]
Estas pobres almas inocentes nacen; entre lágrimas y sufrimientos obtienen el amor que pueden, aprenden a sentir y a sufrir, luchan y claman por comida, por aire, por el derecho a desarrollarse; y nuestra civilización actual no tiene ni el valor de matarlas de golpe, rápida, limpia y sin dolor, ni el corazón, el valor y la capacidad de darles lo que necesitan.
Se las pasa por alto y se las maltrata, carecen de comida y de aire, libran su pequeña y lastimosa batalla por la vida contra las circunstancias más crueles; y son vencidas.
Golpeadas, demacradas, lastimosas, son expulsadas de la vida, sacadas de nuestro mundo indiferente, pequeños y rígidos sacrificios manchados de vida al espíritu del desorden contra el cual es el deber primordial del hombre batallar.
Ha estado todo el dolor en sus vidas, ha estado el dolor irradiado de su miseria, ha estado el desperdicio de su comida mezquina e insuficiente, y todo el dolor y el esfuerzo de sus madres, y el mundo entero es más triste por ellas porque han vivido en vano.
§ 2
Ahora bien, dado que nuestra imaginaria Nueva República, que debe proponerse la creación de una mejor generación de hombres, encontrará que la posibilidad de mejorar la raza mediante la crianza selectiva es demasiado lejana para cualquier cosa que no sea una mayor investigación organizada, resulta evidente que su primer punto de ataque tendrá que ser el desperdicio de los nacimientos que el mundo obtiene hoy en día.
En todo el mundo, la Nueva República se abocará a este problema y, cuando se haya obtenido una solución viable, el neorrepublicano en la prensa y en la tribuna, el neorrepublicano en el púlpito y en el teatro, el neorrepublicano en el comité electoral y en las urnas, presionará con fuerza para ver realizada dicha solución.
Según la teoría del neorrepublicanismo tal como se debatió en nuestro primer artículo, una solución eficaz (lo suficientemente eficaz, digamos, para abolir el setenta u ochenta por ciento) de este escándalo del sufrimiento infantil tendría prioridad sobre casi cualquier consideración política existente.
El problema de garantizar la máxima probabilidad de vida y salud para cada bebé que nace en el mundo es sumamente complicado, y el lector no debe suponer apresuradamente que aquí se intenta ofrecer una receta concisa y completa.
Sin embargo, por muy complicado que sea el problema, no se presenta ninguna imposibilidad demostrable como la que existe en la cuestión de la crianza selectiva. Creo que una solución es posible, que sus líneas generales ya pueden establecerse y que podría desarrollarse muy fácilmente para lograr una aplicación práctica inmediata.
Echemos un vistazo primero a una solución que hoy en día se comprende ampliamente que es incorrecta. En el pasado, personas filantrópicas han intentado, y muchas todavía se esfuerzan por, contrarrestar el desperdicio de nacimientos mediante los recursos muy obvios de hospitales de maternidad, orfanatos e inclusas, hogares para niños abandonados, instituciones Barnardo y similares, y dentro de ciertos límites estrechos estas cosas sin duda sirven para un propósito útil en casos individuales.
Pero hoy en día existe una creciente aversión a afrontar el problema general mediante tales métodos, porque hoy en día la gente es consciente de ciertas consecuencias ulteriores que al principio se pasaron por alto. Cualquier alivio sustancial de la responsabilidad parental sabemos ahora con bastante certeza que servirá para alentar y estimular los nacimientos precisamente en aquellos estratos de la sociedad donde parecería altamente razonable creer que son menos deseables. Es justamente donde las oportunidades para un niño son menores donde las pasiones son más groseras, más viles y más irreflexivas, y donde más se necesita un sentido de la gravedad de las posibles consecuencias para controlar su juego y volverlo socialmente inofensivo.
Si hubiéramos de hacernos cargo de todos los niños nacidos por debajo de un cierto nivel de bienestar, o ayudarlos, o más bien, si hubiéramos de hacernos cargo de sus madres antes de que se produjera el nacimiento, y criar a esa gran masa de niños en las mejores condiciones para ellos —suponiendo que esto fuera posible—, solo dejaríamos a nuestros sucesores en la generación siguiente una tarea más pesada de la misma índole. La población socorrida crecería generación tras generación en relación con la socorredora hasta que el Simbad de la Caridad sucumbiera.
Y muy pronto en la historia de las Opciones Benéficas se descubrió que un impedimento muy grave para su acción beneficiosa radicaba en una de las cualidades más loables que pueden encontrarse en las personas pobres y de escasos recursos, y esa es el orgullo.
Si bien las Opciones Benéficas atrapan, tal vez, los casos totalmente desesperados, dejan intacta la masa mucho más extensa de nacimientos en hogares no indigentes, no muy prósperos —los hogares de la clase media baja en las ciudades, por ejemplo, que abastecen a nuestra comunidad con una gran proporción de adultos mal desarrollados—.
El señor Seebohm Rowntree, en su obra «La pobreza» (Poverty, ese libro noble, capaz y valioso), ha demostrado que casi el treinta por ciento, al menos, de la población de una ciudad inglesa típica carece de las necesidades físicas de la vida. Esta gente se pone a la defensiva con fiereza en asuntos de esta índole, y uno no puede usurpar ni compartir su responsabilidad parental, por mal que la cumplan, del mismo modo que uno no puede tocar la camada de una loba.
Estas consideraciones por sí solas bastarían para hacernos muy sospechoso el método filantrópico de asistencia directa, en lo que respecta al aspecto curativo. Pero hay otra objeción más radical y global a este método. Las instituciones filantrópicas, de hecho, rara vez logran hacer lo que profesan y pretenden hacer.
No aludo aquí a los innumerables estafadores e instituciones falsas que exigen un tributo tremendo a los incautos de buen corazón. Dejando completamente de margen ese despilfarro, y hablando únicamente de aquellas instituciones bonâ fide que satisfarían al señor Labouchere, estas no funcionan. Una cosa es que la persona inactiva, influyente y opulenta, dotada de buenas intenciones, proporcione un edificio magnífico y una generosa dotación para algún fin específico, y otra muy distinta alcanzar en realidad el fin ostensible de ese despliegue.
Es fácil crear un efecto general de proporcionar consuelo y tierno cuidado a las mujeres indefensas que van a ser madres, y de atender, formar y educar a sus hijos, pero, a la fría luz de los hechos, es imposible conseguir suficientes personas capaces y entregadas para hacer el trabajo.
A la fría luz de los hechos, las maternidades tienden a convertirse en empresas austeras, duras, antipáticas y al por mayor, con una inclinación a confundir y sustituir el bienestar moral por el físico.
A la fría luz de los hechos, los orfanatos no presentan ningún parecido desconcertante con un paraíso terrenal. Por muy cálido que sea el corazón detrás del cheque, es probable que el ser humano al otro lado de la cadena encuentre que la caridad no es más que una máquina bastante deshumanizada.
Devotos fervorosos los hay, pero personas capaces, valientes y enérgicas escasean, y el mundo les reclama mil ocupaciones mejores que el cuidado de madres inferiores e hijos inferiores.
Las personas excepcionalmente buenas le deben al mundo el deber de la paternidad en sí mismas, y de ello se deduce que la inmensa mayoría de los empleados al servicio de la Beneficencia está muy por debajo del estándar necesario para dar a esos pobres niños la oportunidad en el mundo que el filántropo que extiende cheques cree estar dándoles.
La gran proporción de los servidores y administradores de obras benéficas realizan ese trabajo porque no pueden conseguir nada mejor que hacer —y no se considera un trabajo de categoría extraordinariamente alta—.
Con estas cosas tiene que contar toda persona filantrópica que posea la fe suficiente para creer que una empresa no solo puede tener buena pinta, sino también marchar bien.
De vez en cuando surge un Waugh o un Barnardo, un destello de eficiencia en medio del páramo, y por lo demás este espectáculo de pensamiento mezquino y generosidad desmedida, esta Caridad moderna, no es a menudo más que un pretencioso sustituto al por mayor de la miseria y el desastre al por menor.
Catorce millones de libras al año, según me dicen, se destinan a organizaciones benéficas británicas, y dudo que se obtenga algo que se asemeje a un millón justo de mejora paliativa por este gasto. En cuanto a cualquier mejora permanente, dudo que todas estas organizaciones juntas logren un avance neto que no pudiera obtenerse mediante el gasto discreto y hábil de diez o doce mil libras.
Es una de las ironías más sombrías de la vida que sobre la memoria de los fundadores venerables se escriban las consecuencias más trágicas.
El Hospital de Niños Expósitos de Londres, fundado por Coram —¡para salvar vidas infantiles!—, enterró, entre 1756 y 1760, a 10.534 niños de los 14.934 recibidos, y el Hospital de Expósitos de Dublín (suprimido en 1835) registró una mortalidad del ochenta por ciento.
Las dos grandes instituciones rusas son, según entiendo, igual de mortíferas, con un setenta y cinco por ciento, y los institutos italianos alcanzan aproximadamente el noventa por ciento. El de Florencia presume de una serie hermosísima y conmovedora de putti obra de Della Robbia, que hace poco o nada por disminuir su tasa de mortalidad.
Lejos de prevenir el infanticidio, estos lugares, con las mejores intenciones del mundo, lo han organizado a todos los efectos prácticos.
El Hospicio de Expósitos de Londres, nótese bien, en la forma reorganizada que adoptó tras sus primeras masacres, no es en absoluto un Hospicio de Expósitos.
Un número extremadamente limitado de niños, hijos ilegítimos de madres recomendadas como respetables pero desafortunadas, son convertidos en admirables músicos militares para la defensa del Imperio o adiestrados para ser sirvientes de personas que sienten la necesidad de sirvientes bien formados, con un coste total que bien podría llenar la mente de muchos hijos de clérigos pobres de asombro y envidia.
Y esta es probablemente una organización benéfica excepcionalmente bien administrada. Está haciendo todo lo que se puede esperar de ella y se sitúa muy por encima del promedio general de la beneficencia.
Toda Autoridad de la Ley de Pobres se ve envuelta en las marañas de estas perplejidades.
En manos de cada una de ellas caen niños abandonados, hijos de criminales convictos, hijos de familias de pobres, una miscelánea y lastimosa sucesión de responsabilidades.
Las empresas que se ven obligadas a emprender para hacer frente a estas cargas se basan en la tributación, una base financiera mucho más estable que las volubles buenas intenciones de los ricos, pero aparte de esta ventaja hay poco en ellas que las diferencie de las Obras de Caridad.
El método de tratamiento varía desde un sistema de cuartel, en el que los niños se agrupan en enormes asilos como esos lugares situados entre Sutton y Banstead, hasta lo que quizás sea preferible: el sistema de colocar en régimen de acogimiento familiar a pequeños grupos de niños con personas pobres adecuadas.
Siempre que dichos niños acogidos sean pesados, medidos y examinados sistemáticamente, y retirados de inmediato cuando su progreso mental y corporal caiga por debajo de la media, parecería más probable que un porcentaje razonable se convierta en ciudadanos útiles y corrientes bajo estas últimas condiciones que bajo las primeras.
Conviene, sin embargo, prever un resultado colateral muy probable si convertimos el acogimiento de niños pobres en un sector rural regular. Surgirá en muchos hogares rurales un incentivo económico muy fuerte para limitar la familia.
Lado a lado habrá una pareja con ocho hijos —propios—, luchando duramente para mantenerlos, y otra familia con, digamos, dos hijos de su propia sangre y seis «acogidos», viviendo en relativa opulencia. Ese efecto colateral debe ser previsto.
Por mi parte y por las razones dadas en el segundo de estos artículos, no veo que sea muy grave en lo que al futuro respecta, porque no creo que haya gran diferencia entre la «herencia» de la estirpe rural y la urbana. Es una tontería pretender que conseguiremos que la flor y nata de la población de las cottages acoja a niños pobres; induciremos a gente respetable e inferior que vive en condiciones saludables a cuidar de una clase inferior de niños rescatados de condiciones insalubres y poco recomendables; eso es todo. La cualidad inherente media de los adultos resultantes será aproximadamente la misma cualquiera que sea el elemento que predomine.
Posiblemente esta indiferencia pueda parecer indeseable. Pero debemos tener en cuenta que todo el problema es difícil de afrontar, es una faceta del fracaso, y ningún malabarismo sentimental con los hechos convertirá el asunto en algo hermoso o deseable. De un modo u otro tenemos que pagar. Todos los expedientes deben ser paliativos, todos implicarán sacrificios; sin duda debemos adoptar algunos de ellos para nuestras necesidades actuales, pero son como obras de socorro en caso de hambruna; adoptarlos de forma permanente es un acto de desesperación.
Claramente no es en esta dirección donde los hombres capaces de forjar hombres que suponemos que atacan el problema gastarán gran parte de sus energías. Todas las experiencias de las Organizaciones Benéficas y de las Autoridades de la Ley de Pobres simplemente confirman nuestro postulado de la necesidad de un nivel de bienestar si se quiere que un niño tenga una oportunidad inicial realmente buena en el mundo.
La única solución concebible a este problema es aquella que garantice que ningún niño, o solo unos pocos niños accidentales y excepcionales, nazcan fuera de estas ventajas. De nada sirve intentar disolver la cuestión con sentimentalismo. Este es el fin que debemos alcanzar para lograr cualquier mejora permanente y eficaz en las condiciones de la infancia.
Es necesario disuadir e impedir la paternidad a cierto número de personas, y hay que mejorar una gran cantidad de hogares. ¿Cómo podemos garantizar estos fines, o hasta qué punto podemos avanzar hacia su garantía?
El primer paso para garantizarlos es sin duda hacer todo lo posible por desalentar la procreación imprudente y hacerla improbable y difícil.
Debemos asegurarnos de que, hagamos lo que hagamos por los niños, el peso de la responsabilidad parental no se aligere ni un ápice. Toda la experiencia de doscientos años de beneficencia y legislación de pobres lo confirma.
Pero una cosa es aceptar eso como un principio fundamental, y otra muy distinta aplicarlo utilizando a un infeliz niñito como instrumento nuestro en el castigo ejemplar de su progenitor.
En la actualidad esa es nuestra atroz práctica. Mientras los padres no sean criminales convictos, mientras no ejerzan una crueldad punible sobre su prole, mientras los propios niños no incurran en la criminalidad, insistimos en que el progenitor "mantenga" al niño.
Puede ser evidente que el niño está mal alimentado, tratado con dureza, mal vestido, sucio y viviendo en un entorno dañino tanto para el cuerpo como para el alma, pero nosotros nos limitamos a tomar a la temblorosa víctima dañada y a señalarle la moraleja al padre.
«Esto es lo que resulta de tu irresponsabilidad», le decimos. «¿No te da vergüenza?».
Y tras unas meditaciones inescrutables, el cariñoso progenitor suele respondernos enviando al niño a pedir limosna o a vender cerillas, o con alguna réplica igualmente eficaz.
Ahora bien, un gran número de personas excelentes pretenden que esto es un dilema.
«Lleváos al niño —se argumenta—, y elimináis uno de los principales obstáculos para la reproducción imprudente de los ineptos. Dejadlo en manos de los padres y tendréis que cargar con la crueldad.»
Pero en realidad esto no es un dilema en absoluto. Existe un término medio bastante excelente. Puede que no esté dentro de la esfera de la política práctica en el presente —si no es así, la labor de la New Republic es lograr que lo esté—, pero en la práctica resolvería todo este problema de los niños abandonados.
Este modo consiste simplemente en convertir al progenitor en deudor de la sociedad por causa del hijo en concepto de alimentación, vestido y cuidados adecuados durante al menos los primeros doce o trece años de vida, y, en caso de incumplimiento por parte de los padres, otorgar a la autoridad local poderes excepcionales de cobro en este asunto. Sería bastante fácil establecer un nivel mínimo de vestimenta, limpieza, crecimiento, nutrición y educación, y disponer que, si un niño no mantuviera dicho nivel, o si se descubriera que presenta contusiones o mutilaciones sin que los padres pudieran dar cuenta de tales lesiones, el niño fuera retirado de inmediato del cuidado parental y a los padres se les exigiera el coste de un mantenimiento adecuado, el cual no tendría por qué ser excesivamente económico. Si los padres no efectuaran los pagos, se les podría recluir en establecimientos de trabajo en régimen de celibato para que saldaran la mayor parte posible de la deuda mediante su labor, y no serían liberados hasta que su deuda quedara totalmente saldada.
Una legislación de este tipo no solo aseguraría todas las ventajas —y más— que los niños de la calaña menos deseable obtienen ahora de las organizaciones benéficas y las instituciones públicas, sino que ciertamente otorgaría a la paternidad una gravedad sin precedentes para los irresponsables, y reduciría enormemente el número de nacimientos de la calaña menos deseable. En esta red, por ejemplo, caería casi con toda seguridad, por su propio bien y el del mundo, todo borracho consuetudinario que fuera padre.
[Footnote: El Sr. C. G. Stuart Menteath me ha favorecido con algunos valiosos comentarios sobre este punto. Escribe:
“Estoy de acuerdo en que calificar de deudores del Estado a aquellas personas que se han mostrado incapaces de cumplir con sus deberes parentales ayudaría a conciliar las ideas populares sobre la ‘libertad del individuo’ con la aplicación, así como con la aprobación, de tales leyes. Pero la noción de hacer cumplir drásticamente los deberes parentales, y de desalentar e incluso prohibir los matrimonios de aquellos que no pueden demostrar su capacidad para cumplir con dichos deberes, ha prevalecido desde hace mucho tiempo. Véase la History of the Poor Law de Nicholl (1898, Nueva Edición), i. 229, y ii. 140, 278, donde se encontrará que la procreación de hijos ilegítimos a cargo del erario público ha sido castigada en su primera infracción con un año de prisión, y en la segunda con prisión hasta que se presenten garantías, lo que podría equivaler así a cadena perpetua. Véase también, J. S. Mill, Political Economy, Lib. II, cap. ii., sobre la legislación extrema en el continente en contra del matrimonio de personas incapaces de mantener a una familia. En Dinamarca parece haber leyes muy severas que dificultan el matrimonio de quienes han sido mendigos. La ley inglesa fue lo suficientemente eficaz como para provocar el infanticidio, por lo que se aprobó una ley que convertía la ocultación del parto prácticamente en infanticidio”.]
Y tanto por lo que respecta al peor sector de esta cuestión: los niños maltratados, los niños de los suburbios, los hijos de borrachos y criminales, y los ilegítimos.
Pero la mayor parte de los niños de crecimiento deficiente, la mayor parte de la mortalidad excesiva, se encuentra por encima del nivel de dicha intervención, y el método de ataque del Nuevo Republicano debe ser menos directo. Afortunadamente, ya existe un complejo conjunto de legislación que, sin ningún cambio esencial de principio, podría aplicarse a este fin.
El primero de los expedientes que conducirían a una mejora permanente en estas cuestiones es el establecimiento de un mínimo de solidez y comodidad sanitaria en las casas, por debajo del cual estándar sea ilegal habitar una casa en absoluto.
Debe existir una cierta relación entre el tamaño de las habitaciones y sus dispositivos de ventilación, un cierto mínimo de iluminación, ciertas condiciones de espacio abierto en torno a la casa y normas sensatas sobre cimientos y materiales.
Estas regulaciones variarían según la densidad local de población; muchas cosas están permitidas en Romney Marsh, por ejemplo, que el viento del suroeste barre eternamente, las cuales resultarían mortales en Rotherhithe.
En la actualidad, en Inglaterra existen normativas de construcción locales, en su mayor parte molestas y estúpidas hasta un grado casi increíble, y redactadas sin imaginación ni comprensión, pero debería ser posible sustituirlas por un mínimo nacional de habitabilidad sin necesidad de una revolución violenta.
Una casa que no alcanzara este mínimo —el cual podría empezar siendo muy bajo y elevarse a intervalos de varios años— sería derribada, previo aviso. Podría ser demolida y el solar confiscado y gestionado por la autoridad local —otorgando a su propietario una parte de su valor en concepto de compensación— si fuera evidente que su incapacidad para mantener el estándar tenía una justificación adecuada.
Con el tiempo, tal vez sea posible elevar el estándar mínimo de todos los conventillos en ciudades y distritos urbanos, al menos hasta contar con un baño debidamente equipado, por ejemplo, sin el cual, para las personas trabajadoras, la limpieza regular es una imposibilidad práctica.
Este proceso de elevación del estándar mínimo de los conventillos se vería enormemente favorecido por una sociedad filantrópica que se dedicara al estudio de los métodos y materiales de construcción, a la evolución de las comodidades y a orientar la invención hacia la reducción del costo y la complejidad de construir viviendas salubres.
El estado de conservación de los edificios habitados es también motivo de preocupación pública. Todo lo que se necesita es un endurecimiento lento y persistente de la norma. Esto garantizaría, al menos, que la envoltura exterior del entorno del niño le brindara una justa oportunidad en la vida.
En segundo lugar viene la legislación contra el hacinamiento. Debe haber un número máximo de habitantes en cualquier conventillo, y una ley verdaderamente sensata será mucho más rigurosa para garantizar espacio y aire a los niños pequeños que a los adultos.
Hay pocas razones, aparte del posible criadero de parásitos y enfermedades infecciosas, para que cinco o seis adultos no compartan un tonel en un basurero como vivienda, si así les place. Pero en cuanto entran en juego los niños, tocamos el futuro.
La vivienda unifamiliar mínima admisible para un máximo de dos adultos y un niño muy pequeño es una habitación debidamente ventilada y capaz de ser calefaccionada, con acceso cercano y fácil a servicios sanitarios, un suministro constante de agua y medios sencillos para obtener agua caliente. Más de un niño debería significar otra habitación, y parece razonable, si llegamos tan lejos, ir más allá y exigir un mínimo de muebles y equipamiento, una pantalla protectora para la chimenea, por ejemplo, y una cama o cuna separada para el niño. En una comunidad civilizada los niños pequeños no deberían dormir con los adultos, y la muerte de niños por asfixia «accidental» debida al aplastamiento debería ser un delito punible. [Nota a pie de página: En los informes que he citado de Blackburn, Leicester y Preston, el número de muertes por asfixia por cada 100.000 lactantes nacidos fue de 232 en el primer año de vida.]
Si a una mujer no se le desea tratar como a una homicida a medias, no debería comportarse como tal.
También debería ser punible por parte de una madre dejar solos a niños menores de cierta edad durante más tiempo que un intervalo determinado.
Es absurdo castigar a la gente como lo hacemos por las lesiones infligidas por ellos a sus hijos durante una ira incontrolada, y no castigarles por las lesiones infligidas por un descuido descontrolado.
Tal legislación debería garantizar a los niños espacio, aire y atención.
[Footnote: Está menos dentro del ámbito de las ideas comúnmente comprendidas, y por tanto menos dentro del ámbito de los recursos prácticos, señalar que se podría idear una escala gradual de normas de construcción para su uso en diferentes localidades. Los distritos podrían clasificarse en grados determinados por la posición de cada distrito en la escala de mortalidad infantil, y en aquellos en los que la tasa fuera más alta, el estándar higiénico podría hacerse más riguroso y gravoso para el propietario de la vivienda. Esto encarecería el precio del espacio habitacional, lo que a su vez encarecería el precio de la mano de obra, y esto daría a los propietarios de industrias insalubres un interés personal en las condiciones higiénicas de su entorno. También tendería a expulsar a la población de los distritos intrínsecamente insalubres hacia distritos intrínsecamente sanos. Se podrían examinar las estadísticas de los distritos de bajo grado para descubrir las enfermedades distintivas que determinan su bajo nivel y, si estas fueran enfermedades prevenibles, podrían controlarse mediante regulaciones especiales. Podría hacerse una mayor extensión de estos principios. Se podrían idear incentivos directos para atraer las altas tasas de natalidad hacia distritos excepcionalmente sanos mediante una tasación diferencial de las familias sanas con hijos en dichos distritos; la carga de impuestos elevados recaería sobre los propietarios necios y egoístas que intentaran sofocar a las poblaciones sanas utilizando zonas altamente habitables como campos de golf, parques privados, cotos de caza y similares, y las personas de espíritu cívico podrían unirse para facilitar las comunicaciones que hicieran la vida en tales distritos compatible con la ocupación industrial. Una redistribución deliberada de la población como la que implica este tratamiento diferencial de los distritos supera, sin embargo, con creces el poder y la inteligencia de los que dispone nuestro control público en la actualidad, y lo sugiero aquí como algo que tal vez nuestros nietos empiecen a considerar. Pero si en la oscuridad de esta nota a pie de página se me permite explayarme, señalaría que, en el futuro, puede llegar un momento en que la locomoción sea tan rápida, cómoda y barata que resulte innecesario dispersar los hogares de nuestras grandes comunidades allí donde se concentran los centros industriales y comerciales; será innecesario que cada distrito sustente la renovación y el crecimiento de su propia población. Ciertas regiones amplias se convertirán específicamente en administrativas y centrales —las tierras de origen, las tierras madre, los centros de educación y población—, y otras se convertirán específicamente en campos de acción. Algo de esto ya ocurre en ligera medida con Escocia, que envía a sus hijos robustos y capaces allí donde el mundo los necesita; las montañas suizas también envían a sus hijos a lo largo y ancho del mundo; y, por otra parte, en lo que respecta a ciertos elementos de la población, al menos, Londres, la Costa de Oro y, sospecho, algunas regiones de los Estados Unidos de América, acogen para consumir.]
Pero se argumentará que estas cosas probablemente afecten con bastante dureza a los padres muy pobres. A lo cual un número creciente de personas responderá que los padres no deberían serlo en circunstancias que no ofrezcan una perspectiva razonable para el nacimiento y la crianza sanos de un hijo. De nada sirve querer acaparar todo; si los padres no sufren, lo hará el hijo, y entre ambos, nosotros, los de la Nueva República, no tenemos ninguna duda de que el hijo es lo más importante.
Se podrá objetar, sin embargo, que las condiciones económicas actuales hacen que la vida sea muy incierta para muchas clases de personas muy sensatas y sanas, y que resulta opresivo y susceptible de privar al Estado de buenos ciudadanos el hecho de convertir la paternidad en una carga y rodearla de penalidades. Pero eso dirige nuestra atención hacia un segundo conjunto de medidas que se han cristalizado en torno a la expresión: el Salario Mínimo.
La idea cardinal de este grupo de expedientes es esta: que es injusto y cruel en el presente, y perjudicial para el futuro del mundo, permitir que cualquier persona sea plenamente empleada a una tasa de pago con la cual una vida sana, saludable y —según los estándares de comodidad de la época— razonablemente feliz sea imposible.
A la larga, es mejor que las personas cuyo carácter y capacidad no hagan que valga la pena emplearlas al Salario Mínimo no sean empleadas en absoluto.
El empleo explotado de estas personas, como demuestran de manera muy concluyente el Sr. y la Sra. Sidney Webb en su gran obra «Industrial Democracia» (Industrial Democracy), frena el desarrollo de la maquinaria de ahorro de mano de trabajo, reemplaza y deja sin empleo a una mano de trabajo superior y socialmente más valiosa, permite que estos semiatentos establezcan familias ruines de niños inadecuadamente alimentados y cuidados (que pronto recaen sobre la beneficencia pública y privada), y de este modo reduce y mantiene bajo el nivel nacional de vida.
Como muestran muy claramente estos escritores, una industria que no puede sostener adecuadamente a trabajadores sanos no es en realidad una fuente de riqueza pública en absoluto, sino una enfermedad y un parásito sobre el cuerpo público. Está devorando a ciudadanos en cuya educación el Estado ha incurrido en gastos, y muy a menudo en el coste indirecto de su crianza.
Obviamente, el salario mínimo para un varón adulto civilizado debe ser suficiente para cubrir el alquiler de la vivienda precaria mínima permitida con tres o cuatro hijos, el mantenimiento de él mismo, de su esposa y de sus hijos por encima del nivel mínimo de comodidad, su seguro contra la muerte prematura o accidental o la incapacidad económica o física temporal, cierta provisión mínima para la vejez y un cierto margen para el ejercicio de su libertad individual.
[Footnote: An excellent account of experiments already tried in the establishment of a Minimum Wage will be found in W.P. Reeves’ State Experiments in Australia and New Zealand, vol. ii., p. 47 et seq.]
De modo que, mientras aquellos que se empeñan en esta concepción de hacer de la economía en la vida y el sufrimiento el principio rector de su actividad pública y social, procuran fortalecer la calidad del hogar por un lado, también deben hacer todo lo posible por lograr la realización de este ideal de un salario mínimo por el otro.
En el caso del empleo público y gubernamental y de las industrias grandes y bien organizadas, el camino es recto y abierto, y las perspectivas muy esperanzadoras.
Dondequiera que se den licencias, aranceles y cualquier tipo de registro, existen medios viables para implantar este recurso. Pero allí donde el empleo es cambiante y esporádico, o está libre de regulación, tenemos un desgarro en nuestro tamiz social, y el inferior sumiso y ávido seguirá entrando: los fracasados de nuestra propia raza, el inmigrante de tierras más viles, malbaratando desesperada y desastrosamente el trabajo frente a nuestros ciudadanos sanos.
Obviamente debemos recurrir a todos los artificios posibles para remendar estas grietas, promoviendo la organización de empleos de cualquier manera que no obstaculice el progreso en la producción económica.
Y si podemos persuadir a los Sindicatos —y hay indicios de sobra de que la vieja concepción medieval de las limitaciones gremiales estancas está perdiendo fuerza en esas organizaciones— para que faciliten el movimiento de los trabajadores de un oficio a otro bajo la presión cambiante del empleo inestable y de la economía cambiante de producción, habremos avanzado mucho para elevar las posibilidades del operario ascendente hasta el nivel del hogar mínimo permisible para los niños.
Estas cosas —sipi pudiéramos llevarlas a cabo— nos dejarían con una especie de Problema de los Desempleados clarificado en nuestras manos. Nuestro Salario Mínimo habría filtrado a esta gente y, siempre que existiera lo que ya está naciendo, un sistema inteligente de agencias de empleo, tendríamos muchas más razones que las actuales para concluir que estaban desempleados principalmente debido a una verdadera incapacidad de carácter, fuerza o inteligencia para una ciudadanía eficiente.
Nuestros elevados niveles de vivienda, nuestra persecución del hacinamiento y nuestra prohibición del empleo por debajo del salario mínimo habrían barrido los tugurios y escondites de esta gente del Abismo. Existirían, pero no se multiplicarían, y ese es nuestro supremo fin.
Estarían transitando por caminos donde prevalecerían las leyes contra la mendicidad; no habría espacio en las casas para ellos, ni lugares donde instalarse. Los albergues temporales los atraparían y registrarían, comunicándose de uno a otro sobre ellos. Es raro que los niños vengan a este mundo sin que se pueda rastrear al menos a uno de sus padres.
Todo convergería para convencer a esta gente de que traer hijos a un ambiente tan desfavorable es algo sumamente inconveniente e indeseable. No tendrían muchos hijos, y los pocos que tuvieran caerían fácilmente en nuestra red organizada y obtendrían la protección del criticado y mejorado desarrollo de las instituciones benéficas existentes.
[Nota a pie de página: «Me pregunto si habrá algún defecto legal en la segunda sección de la Ley de Prevención de la Crueldad hacia los Niños de 1894, que quizás haya sido dirigida especialmente contra los mendigos con prole. Es especialmente punible mendigar llevando un lactante en los brazos, al margen de enseñar a mendigar al infante en cuestión. ¿O es que esta ley se aplica insuficientemente debido a la apatía popular?» —C. G. STUART MENTEATH.]
Esto es lo mejor que podemos hacer por esas pobres criaturas.
En cuanto a esa creciente sección del Abismo que se ingeniará para vivir sin hijos, estos escritos no tienen nada que reprocharles. Un holgazán sin hijos es un mal que termina en sí mismo y, tal vez, un mal pintoresco. debo confesar que un pícaro perezoso es muy de mi agrado, siempre y cuando no haya una tragedia de niños que embarre la broma con miseria. Y si ni corrompen ni tientan a los niños, que son nuestro cuidado, a un debilucho sin hijos podemos prodigarle libremente nuestra piedad y misericordia. No tener hijos es en ellos una virtud por la cual merecen nuestro agradecimiento.
Estas son las primeras necesidades, pues, en la Creación del Hombre y la mejora del mundo, esta valiente injerencia en lo que tanta gente llama «los métodos de la Naturaleza» y «las leyes de la Naturaleza», aunque, en verdad, no sean más que los métodos y las leyes de las bestias.
Mediante tales expedientes podemos esperar ver, primero, un cierto descenso en la tasa de natalidad, un descenso principalmente en la tasa de natalidad de los tipos imprudentes, viciosos y débiles, una continuación, de hecho, de ese descenso que ya es tan conspicuo en los nacimientos ilegítimos en Gran Bretaña; segundo, un cierto descenso, casi con certeza más considerable, en la tasa de mortalidad de los bebés y niños pequeños, y ese descenso en la tasa de mortalidad infantil servirá para indicar, tercero, un descenso que ninguna estadística demostrará plenamente en lo que puedo llamar la tasa de mortalidad parcial, el empequeñecimiento y la limitación de esa hueste innumerable de niños que, de una manera desnutrida y mezquina, logran sobrevivir.
Esta elevación del nivel de los hogares hará una obra que no terminará con los niños; la línea de mortalidad se desplazará hacia abajo durante los primeros veinte o treinta años de vida.
La gente de espíritu apático, indolente y próspera dirá que todo esto no es más que una propuesta para mejorar al hombre mediante la maquinaria, que no se puede reformar el mundo mediante regulaciones de la Junta de Comercio y todo lo demás.
Dirán que un trabajo como este es un plan de sombrío materialismo, y que el Alma del Hombre no obtiene ningún beneficio de este «supuesto Progreso», que lo que necesita elevarse no son las tasas de natalidad, sino los Ideales.
Más adelante nos ocuparemos de los Ideales en general. Aquí mencionaré solo uno, y ese, por desgracia, es solo un Argumento Ideal.
Ojalá pudiera reunir a toda esa gente tan despectiva con las cosas materiales, sacándola de las casas excesivamente cómodas que habitan, y ojalá pudiera concentrarlos en un buen tugurio típico del este de Londres —de a cinco o seis juntos en cada habitación, realquilados unos con otros—, y ojalá pudiera dejarles allí para que demostrasen la superioridad de los altos ideales sobre las consideraciones puramente materiales durante el resto de su vida terrenal mientras nosotros los demás continuamos con nuestra sórdida labor libres de su idealidad.
¡Pensad en lo que estos proyectos, que parecen tan áridos, de edificación y regulación comercial, de inspección y saneamiento, significan en realidad! ¡Pensad en la promesa que nos ofrecen de lágrimas y sufrimiento abolidos, de vidas vigorizadas y agrandadas!
[Nota final 1
Le estoy muy agradecido al Sr. J. Leaver por una copia del siguiente aviso:
“MUERTES DE NIÑOS POR QUEMADURAS.
“A LOS PADRES Y TUTORES.
Se llama la atención sobre la frecuencia con que la muerte de niños pequeños es ocasionada debido a que sus prendas de vestir se prenden fuego en hogares sin protección. Durante los años 1899 y 1900 se celebraron sumarios sobre los cuerpos de 1684 NIÑOS PEQUEÑOS cuya muerte había sido resultado de quemaduras, y en 1425 de estos casos el fuego por el cual se causó la quemadura estaba desprotegido de una reja.
«Con el fin de prevenir tan deplorable pérdida de vida, se sugiere a los Padres y Tutores, que tienen al cuidado a niños pequeños, que es muy conveniente que se provean de salvachispas eficaces, para hacer imposible que los niños tengan acceso a las chimeneas».
“E. R. C. BRADFORD,
“El comisario de policía de la metrópoli.
“Metropolitan Police Office,
“New Scotland Yard,
“28 de enero de 1902.”]