§ 1
El recién nacido no es al principio más que un animal. De hecho, se encuentra entre los animales más inferiores y desamparados de todos, un mero bulto vegetativo; la asimilación encarnada: un lamento. Durante su primer día de vida es sordo, mira al mundo con estrabismo ciego, sus extremidades escapan a su control, sus manos se aferran desesperadamente a cualquier cosa que flote en este vasto mar del ser al que se ha precipitado de manera tan asombrosa.
Y de forma imperceptible, sutil, tan sutil que jamás podremos señalar con certeza el incremento de su llegada, se desliza en esta criatura blanda y demandante una mente, una voluntad, una personalidad, el principio de todo lo que hay de real y espiritual en el hombre.
Al poco tiempo hay ojos llenos de interés y manos prensiles llenas de propósito, sonrisas y ceños fruncidos, el balbuceo inicial de la expresión, de los afectos y las aversiones. Antes de que termine el primer año hay obediencia y rebeldía, elección y autocontrol; ha comenzado el habla y la lucha del recien llegada por mantenerse en pie en este mundo de hombres.
El proceso es inanalizable; dado cierto grado de cuidado y protección, estas cosas surgen espontáneamente; con el más mínimo estímulo tosco de las cosas y las voces que rodean al niño, se evocan.
Pero cada día el impulso innato exige más al entorno del niño, si ha de dar lo mejor y lo máximo de sí. Obviamente, al margen de las consecuencias físicas, el ambiente de un niño pequeño puede ser bueno o malo, mejor o peor para él de mil maneras diferentes.
Puede ser desconcertante o sobreestimulante, puede despertar y aumentar el miedo, puede ser monótono, aburrido y deprimente, puede ser estupefaciente, puede ser engañoso y propiciar hábitos mentales viciosos. Y nuestro cometido es encontrar cuál es precisamente el mejor entorno posible, aquel que proporcione el crecimiento más sano y pleno, no sólo del cuerpo sino también de la inteligencia.
Ahora bien, desde la fase más temprana el lactante necesita una sucesión de cosas interesantes.
Al principio estas son meras impresiones sensoriales vagas, pero en un mes más o menos se produce una mirada distinta hacia los objetos; luego sigue el gesto de alcanzar y agarrar, y pronto la criatura exige con urgencia cosas nuevas que ver, tocar, oír, nuevas experiencias de todo tipo, nuevas combinaciones de cosas ya conocidas.
La mente recién nacida pronto está tan hambrienta como el cuerpo. Y si un niño sano y bien alimentado llora, probablemente se deba a este hambre insatisfecho; le falta un interés, está aburrido, ese sufrimiento lúgubre y vacío que castiga el fracaso de los seres vivos para vivir plena y completamente.
Como el señor Charles Booth ha señalado en su obra Life and Labour of the People, es probable que a este respecto los niños de los relativamente pobres se encuentren en la menor desventaja.
El lactante de los muy pobres pasa su vida en la habitación familiar; hay un ir y venir, una actividad doméstica interesante por parte de su madre, la preparación de las comidas, la presencia intermitente del padre, toda la gama del temperamento ingenuo de su madre.
Es llevado a calles concurridas y llenas de acontecimientos a todas horas. Participa en tertulias de taberna y asiste a las compras. Puede que no lleve una vida muy higiénica, pero desde luego no la lleva aburrida.
Contrástese con su suerte la del niño solitario de alguna mujer de alta sociedad, que lleva su vida maravillosamente antibacteriana en una guardería cuidadosamente aislada bajo el control de una enfermera virtuosa, puntual, invariable y concienzuda antes que emotiva.
La pobre pequeña alma se lamenta tan a menudo por los acontecimientos como el bebé de los suburbios por el alimento.
En su gris guardería irrumpe todos los días, o día por medio, una mujer sin aliento, preocupada, excesivamente arreglada, algo inteligente, versátil, fundamentalmente tonta e universalmente incapaz, vocifera un poco de afecto convencional, estampa un par de besos en su procreación y se vuelve a marchar para cosechar esa ración diaria de admiración y envidia barata que es el gusto de su mundo.
Tras ese paso efusivo, crujiente e incomprensible, el niño recae en el cuidado aburrido de su mercenaria aburrida por otro día.
La enfermera escribe sus cartas, remienda su ropa, lee y piensa en los intereses naturales de su propia vida, y el niño es «bueno» justo en proporción a la medida en que no «molesta».
Eso, por supuesto, es un caso extremo. Supone una madre particularmente mala y una nodriza particularmente mal elegida, y lo que probablemente no sea más que una fase transitoria de degradación sexual. La nodriza promedio del niño de clase alta es a menudo una mujer con instintos maternales muy desarrollados, y es probable que nuestras clases alta y media-alta estén atravesando o hayan atravesado ya esa fase de pensamiento que ha hecho que los hijos únicos sean tan comunes en la última década más o menos.
El contraste efectivo no debe llevarnos demasiado lejos. Debemos recordar que no todas las mujeres poseen la pasión por la crianza, y que algunas de las que carecen de ella pueden ser, a pesar de todo, mujeres de dones y capacidad excepcionales, y plenamente capaces de tener descendencia.
La civilización se basa en la subdivisión organizada del trabajo y, como la inteligente dama que escribe bajo el seudónimo de «L’amie Inconnue» en el County Gentleman ha señalado en una crítica muy útil de la versión original de este artículo, es tan absurdo exigir que toda mujer sea una madre de guardería como exigir que todo hombre cultue la tierra. Avanzamos de condiciones homogéneas a heterogéneas, y debemos desconfiar de toda generalización que hagamos.
A pesar de todo, uno se inclina a pensar que el entorno medio ideal debería contener la presencia casi constante de la madre, pues nadie tiene tantas probabilidades de ser continuamente variada, interesante e incansable como ella, y solo como excepción, para madres y enfermeras excepcionales, podemos admitir a la sustituta de la madre. Cuando la admitimos, admitimos otras cosas.
Es enteramente debido a un entorno tan ideal, debemos recordarlo, por lo que la monogamia encuentra su sanción práctica; pretende asegurar a la madre que preside el máximo de seguridad y respeto por sí misma.
Una mujer que goza de los plenos derechos de esposa al sustento y a la atención exclusiva, sin un cumplimiento completo de los deberes de la maternidad, se beneficia de la imputación de cosas que no ha llegado a realizar. Puede estar justificada por otras cosas, por una cooperación eficaz con su marido en labores conjuntas, por ejemplo, pero no por ello ha dejado de alterar su posición.
Asegurar un entorno ideal para los niños en tantos casos como sea posible es el segundo de los dos grandes fines prácticos (siendo el primero los nacimientos sanos, para los cuales existen las restricciones de la moralidad sexual).
Además, existe la tercera cuestión, casi igualmente importante, de la eficiencia adulta; tenemos que ajustar los asuntos, si podemos, para asegurar el máximo de salud, felicidad sensata y vigorosa actividad mental y física, y para abolir, en la medida de lo posible, las cavilaciones apasionadas, los apetitos sobreestimulados, la enfermedad y la indulgencia destructiva.
Aparte de estos aspectos, la moralidad sexual queda totalmente fuera del ámbito del Nuevo Republicano. . . .
No se malinterprete este pasaje. No quiero decir que un Nuevo Republicano ignore la moral sexual excepto por estos motivos, sino que, en la medida en que abarca su Nuevo Republicanismo, sí lo hace, tal como lo haría un miembro de la Sociedad Aeronáutica en lo que respecta a sus intereses aeronáuticos, o un arquitecto eclesiástico en lo que respecta a su arquitectura.
El entorno ideal debería, sin la menor duda, centrarse en una guardería: una habitación limpia, bien ventilada, luminosa y magníficamente decorada, en la que haya un ir y venir frecuente de cosas y personas; pero desde el momento en que el niño empieza a reconocer objetos y personas, debe ser llevado por breve períodos a otras habitaciones y entornos diferentes.
En la morada familiar, cómoda y sin servicio sobre la que presidirán en el futuro las mujeres corrientes, sanas, capaces, hábiles y civilizadas, el niño seguirá de forma natural las actividades matutinas de su madre de una habitación a otra. Su madre le hablará, los visitantes ocasionales le harán señas.
Debería haber un jardín público o privado disponible donde su cochecito pudiera permanecer en caso de buen tiempo; y sus paseos no deberían ser demasiado rutinarios. Ir por una carretera con cierto tráfico es mejor para un niño que ir por un sendero aislado entre setos; una esquina de la calle es mejor que una plantación de laureles como lugar para los cochecitos.
Cuando un niño tiene cinco o seis meses, ya habrá adquirido cierta destreza y agarre con las manos, y querrá manipular, examinar y poner a prueba las propiedades de tantos objetos como pueda.
Los regalos empiezan. Parece haber margen para una selección más sensata en estos primeros obsequios. En la actualidad, son principalmente animales de lana con cascabeles dentro, pelotas de lana y cosas por el estilo lo que llega a las manos del bebé. No hay razón alguna para que la atención de un niño se centre de forma tan predominante en la lana.
Estos juguetes tienen colores muy bien elegidos, pero como Preyer ha aportado razones de peso para suponer que la discriminación de los colores en el niño es extremadamente rudimentaria hasta que ha comenzado el segundo año, estas cuidadosas combinaciones son simplemente un atractivo para los padres.
La luz, la oscuridad, el amarillo, tal vez el rojo y «otros colores» parecen constituir el sistema cromático de un infante muy pequeño. Es también para los padres a quienes atrae el carácter humorístico y realista de las formas animales. Son los padres quienes hacen las compras y necesitan divertirse.
El padre que debería tener una muñeca en lugar de un hijo abunda lo suficiente en nuestro mundo como para dominar las tiendas, y hay un vasto tráfico de juguetes infantiles jocosos, muebles de guardería jocosos, cojines «artísticos» y ropita de bebé «pintoresca», todas ellas cosas asombrosamente encantadoras para la gente mayor. Estas cosas se comparan y se agrupan en torno al niño, al niño se le enseñan trucos para completar el cuadro y la paternidad/maternidad se convierte en una ocupación vespertina de lo más entretenida.
Mientras no se sacrifique la comodidad en aras de las necesidades estéticas de la guardería, y mientras los juguetes comunes puedan competir con los «artísticos», no se hace gran daño, pero conviene comprender cuán irrelevantes son estas cosas para las necesidades reales del desarrollo de un niño.
Un niño de un año o menos no tiene ni conocimientos ni imaginación para verle la gracia a estas semejanzas con animales, y mucho menos para apreciar su singularidad o su belleza. Eso llega solo en el segundo año. Está mucho más interesado en arrugar y romper papel, en arrugar chintz y en quitar y volver a poner la tapa de una cajita. Creo que sería posible idear un conjunto de juguetes mucho más entretenido para un bebé que el que se puede conseguir actualmente, pero, por desgracia, no apelarían a la inteligencia del padre promedio. Habría, por ejemplo, una o dos cajitas de diferentes formas y sustancias, con tapas de poner y quitar, una o dos cosas de goma que se doblaran y torcieran y permitieran ser masticadas, una pelota y una caja de porcelana, algo suave y flexible como la cola de un conejo, con las vértebras reemplazadas por caña, una pelota forrada de terciopelo, una borla para polvos, etcétera. Todos ellos podrían estar clara y vívidamente coloreados con algún tinte insoluble e inodoro. Estarían por la cuna y sobre la alfombra donde se pusiera al niño a patalear y gatear. Tendrían que ser demasiado grandes para tragarlos, y todos serían estrujados y maltratados hasta quedar más o más menos destruidos. Algunos probablemente sobrevivirían durante muchos años como tesoros preciosos, como objetos amados, como poderes y símbolos en el misterioso fetichismo secreto de la infancia: confidentes y amigos comprensivos.
§ 2
Mientras el niño se ocupa de sus primeros juguetes y de la recopilación de impresiones sensoriales rudimentarias, también va desarrollando una variedad notable de ruidos y balbuceos de los cuales pronto desenredará el habla.
Día tras día mostrará una inclinación cada vez más fuerte a asociar sonidos definidos con objetos e ideas definidos, una inclinación tan comparativamente poderosa en la mente del hombre que lo distingue de todas las demás criaturas vivientes.
Otras criaturas pueden pensar, pueden, de un modo concreto, acercarse casi de manera indefinida a la razón (como ha demostrado el profesor Lloyd Morgan en su encantador libro Animal Life and Intelligence); pero solo el hombre posee en el habla el aparato, la posibilidad, al menos, de ser una criatura razonadora y razonable. Este no es, por supuesto, su único aparato. Los hombres pueden pensar las cosas mediante dibujos, pequeños modelos, signos y símbolos sobre el papel, pero el habla es el camino común, la vía principal, la moneda corriente del pensamiento.
Con el habla comienza la humanidad. Con el alba del habla el niño deja de ser un animal al que apreciamos, y cruza la frontera hacia la relación claramente humana.
Allí comienza en su mente el desarrollo del más maravilloso de todos los aparatos concebibles, un teclado sutil e intrincado, que terminará al fin con treinta, cuarenta o cincuenta mil teclas.
Este extraño, mirón, blando y pequeño ser en brazos de su madre está organizando algo dentro de sí, junto a lo cual la orquesta más maravillosa que uno pueda imaginar es un bloque de torpeza rudimentaria.
Llegará un tiempo en que, al más leve toque sobre esas teclas, imagen seguirá a imagen y emoción se desarrollará en emoción, en que toda la creación, las profundidades del espacio, las bellezas más diminutas del microscopio, ciudades, ejércitos, pasiones, esplendores, dolores, saltarán de la oscuridad al ser consciente del pensamiento, en que esta red entretejida de sonidos breves y pequeños formará el centro de una telaraña que mantendrá unidos en sus hilos el universo, el Todo, visible e invisible, material e inmaterial, real e imaginado, de una mente humana.
Y si hemos de sacar el máximo provecho de un niño, no es en modo alguno secundario para su salud física y su crecimiento que adquiera un dominio grande y absoluto del habla, no meramente que hable, sino, lo que es mucho más vital, que comprenda con rapidez y sutileza lo escrito y lo dicho.
En verdad, esto es más que cualquier necesidad física. El cuerpo es la sustancia y el instrumento; la mente, construida y compactada de lenguaje, es el hombre.
Todo lo que ha precedido, todo lo que hemos discutido sobre el buen nacimiento, el crecimiento físico y el cuidado, no es más que la preparación del terreno para la mente que ha de crecer en él.
Al llegar a esta cuestión del lenguaje, damos un paso más hacia las realidades íntimas de nuestro tema; llegamos a la planta mental que ha de dar la flor y el fruto maduro de la vida individual. La siguiente fase de nuestra investigación, por lo tanto, es examinar cómo podemos lograr que esta planta mental, esta sustancia fundamental, este lenguaje abundante y dominado se desarrolle de la mejor manera en el individuo, y hasta qué punto podemos llegar para asegurar este óptimo desarrollo a todos los niños que nacen en el mundo.
A partir del noveno mes, el niño comienza a hacer intentos serios por hablar.
Para que pueda aprender a hacerlo con la mayor facilidad posible, necesita estar rodeado de personas que hablen un solo idioma y lo hablen con un acento uniforme.
Quienes estén más al alcance del oído del niño deben esforzarse por hablar —incluso cuando no se dirijan a él— de forma pausada y clara.
Todas las autoridades coinciden en el efecto pernicioso de lo que se llama «lenguaje de bebé», el uso de un vocabulario fingido y extenso, una especie de vocabulario lácteo caduco que pronto habrá que mudar.
Froebel y Preyer coinciden plenamente en esto. Las divertidas y pequeñas alteraciones del habla del niño son en realidad intentos genuinos de decir la palabra correcta, y lo único que conseguimos al devolverle a esa mente buscadora sus propios errores es causar problemas y obstaculizar su desarrollo.
Cuando un niño quiere indicar leche, quiere decir leche, y no «tete» o «lechecita», y cuando quiere indicar cama, la palabra necesaria no es «cucú» o «a la cama», sino «cama».
Pero no le damos al pequeño ninguna oportunidad de progresar por este camino hasta que de repente, un día, descubrimos que «ya es hora de que el niño hable con claridad».
Preyer has pointed out very instructively the way in which the quite sufficiently difficult matter of the use of I, mine, me, my, you, yours, and your is made still more difficult by those about the child adopting irregularly the experimental idioms it produces.
When a child says to its mother, “Me go mome,” it is doing its best to speak English, and its remark should be received without worrying comment; but when a mother says to her child, “Me go mome,” she is simply wasting an opportunity of teaching her child its mother-tongue.
One sympathizes with her all too readily, one understands the sweetness to her of these soft, infantile mispronunciations; but, indeed, she ought to understand; it is her primary business to know better than her feelings in this affair.
Al aprender a hablar, los niños de las clases más acomodadas llevan probablemente una ventaja considerable si se les compara con los niños de clases más humildes. Escuchan una entonación más clara y uniforme que el habla difusa e incierta de nuestra gente común, la cual ha resultado de la reacción del gran proceso sintético del siglo pasado sobre los dialectos.
Pero esta ventaja natural del niño más rico se ve disminuida de una de estas dos maneras:
- en primer lugar, por la madre;
- en segundo lugar, por la niñera.
La madre de las clases más acomodadas suele ser mucho más vana y frívola que la mujer de clase baja; busca en sus hijos una diversión y hace que contribuyan a su «efecto» y, al retomar sus pintorescas y bonitas malas pronunciaciones, y concebir añadidos humorísticos a su natural jerga infantil, les enseña a comportarse de forma mucho más aniñada de lo que jamás podrían ser por sí mismos.
Se especializan como bebés encantadores hasta que la madre se cansa de la pose, y entonces son devueltos a la guardería para recuperar el terreno perdido, si pueden, bajo el cuidado de una institutriz o una niñera.
La segunda desventaja del niño de clase alta es la niñera o institutriz extranjera. Está muy difundida la idea de que un niño es particularmente apto para dominar y retener idiomas, y la gente intenta inocularle francés y alemán tal como lord Herbert de Cherbury habría inoculado a los niños contra todos los males que heredaba su carne —incluso, los pobres infelices, con un régimen preventivo contra la gota—. El error fundamental en estos intentos de crear políglotas infantiles se resume en una cita imprecisa del Beppo de Byron, muy querida por los escritores pedagógicos:
“Cera para recibir y mármol para retener”
recorre el verso—el cual los curiosos podrán descubrir que es una descripción del amante fiel, aunque se ha asociado tan firmemente a la mente infantil como el «Dios le misura el frío al cordero esquilado» de Sterne a las Sagradas Escrituras.
Y esta idea de la receptividad y la retentividad infantiles la sostiene un mundo irreflexivo, a pesar del hecho universalmente accesible de que casi ninguno de nosotros puede recordar nada de lo que sucedió antes de los cinco años, y muy poco de lo que sucedió antes de los siete u ocho, y de que los niños de cinco o seis años, trasladados a un entorno extranjero, en un año más o menos—si no se toman medidas especiales—reconstruirán su modismo y olvidarán por completo cada palabra de su lengua materna.
Esta enfermera extranjera entra en el mundo del niño trayendo consigo errores bastante extraños en las cantidades, el acento y el idioma de la lengua materna, y aumentando enormemente la dificultad y el retraso en el camino hacia el pensamiento y el habla.
Y este intento de adquirir una lengua extranjera prematuramente a expensas de la lengua materna, de aprenderla baratamente haciendo de la enfermera una profesora informal de lenguas, ignora por completo un hecho sobre el cual me gustaría poner el máximo énfasis en este artículo —el cual es, en efecto, la esencia de este artículo—: que solo una minoría muy pequeña de la gente inglesa o americana ha medio dominado la espléndida herencia de su lengua materna.
A esta desatendida y sumamente significativa limitación, la cantidad de atención pública que se presta en la actualidad es sorprendentemente pequeña.
[Nota al pie: Mi amigo, el Sr. L. Cope Cornford, escribe a propósito de esto, y creo que no puedo hacer nada mejor que publicar lo que dice como correctivo a mis propias afirmaciones: “Todo lo que dice sobre la importancia de dejar que un niño escuche un buen inglés con acento claro es admirable; pero creemos que tal vez ha pasado por alto la importancia del entrenamiento auditivo como tal, el cual debería comenzar para cuando el niño pueda emitir sus primeros intentos de habla. Por entrenamiento auditivo entiendo la diferenciación de sonidos —articulados, inarticulados y musicales—, fijando la atención del niño y haciéndole imitar. Como cada sonido requiere un movimiento particular del aparato vocal, el niño pronto podrá adaptar su aparato inconscientemente y distinguir con precisión. Y si no aprende a hacerlo antes de los cinco o seis años, probablemente nunca lo hará. A la edad de dos años —o menos— el niño debería poder imitar exactamente cualquier sonido del habla. Los pequeños de nuestra casa pueden hacerlo; y, en consecuencia, el hecho de que tuvieran una niñera con acento de Sussex dejó de importar, porque aprendieron a distinguir el habla de ella del inglés correcto. Lo mismo ocurre en el caso de una niñera extranjera; el resultado de la influencia de un extranjero sería bueno en este sentido, ya que entrenaría al niño en una nueva serie de sonidos del habla, ampliando así su capacidad auditiva. Tampoco es necesario que adopte estos sonidos del habla como los que debe usar; simplemente los conoce; y si el extranjero tiene un buen acento y habla bien su propia lengua, el oído del niño queda entrenado para toda la vida, independientemente de la expresión. La experiencia demuestra que un niño puede mantener separados en su mente dos o tres idiomas —al principio los sonidos del habla, más tarde la expresión—. Los modos de expresión no necesitan comenzar sino después de los cinco años, o más tarde. En cuanto a la música, todo niño debería empezar a someterse a un curso sencillo de entrenamiento auditivo según el sistema de solfa perfeccionado y enseñado por McNaught, porque la facultad de aprender de ese modo se pierde —se atrofia— a la edad de doce o catorce años. Pero, comenzando temprano —lo antes posible—, todo niño, 'musical' o no, puede ser entrenado, del mismo modo que a todo niño, 'artístico' o no, se le puede enseñar a dibujar con precisión hasta cierto punto.”]
Es indiscutible, o casi, que la lengua inglesa en su totalidad presenta una amplitud excesiva y unos recursos demasiado sutiles para las necesidades de la gran mayoría de quienes proclaman hablarla.
No me refiero a las razas semicyulvilizadas y del todo bárbaras que están cayendo bajo su dominio, sino a la gente que estamos criando de nuestra propia raza: los bárbaros de nuestras calles, nuestros «negros blancos» suburbanos, con mil libras al año y la presunción de destinos imperiales.
Habitan nuestra lengua materna como unos invasores semicyulvilizados podrían habitar un palacio gigantesco y espléndidamente equipado. Hacen mal uso de esto, despilfarran aquello, dejan pasillos y alas enteros inexplorados, abandonados al desuso y a la ruina.
Dudo que el miembro ordinario de las clases pudientes en Inglaterra use mucho más de un tercio de la lengua inglesa, y que conozca más de la mitad, y a medida que descendemos en la escala social podemos llegar por fin a estratos que poseen apenas una décima parte de nuestro vocabulario completo, y gran parte de este difuso y vagamente comprendido.
El habla del colonizador es aún más pobre que la del inglés que permanece en la metrópoli. En Estados Unidos, al igual que en Gran Bretaña y sus colonias, existe la misma limitación y el mismo desuso.
En parte, desde luego, esto se debe a la mezquindad de nuestro pensamiento y experiencia, y hasta cierto punto solo puede remediarse mediante una amplificación intelectual general; pero en parte se debe a la ignorancia general del inglés que prevalece en todo el mundo.
Se enseña atroces, y lo enseñan hombres ignorantes. Está escrita de forma atroz y mezquina.
En lo que respecta a esta segunda causa de pura ignorancia, las lagunas en el conocimiento dan lugar continuamente al argot y a la adición de neologismos innecesarios a la lengua. La gente se topa con ideas para expresar las cuales no conoce ningún término en inglés, y acuña la nueva frase en un arrebato de ignorante descubrimiento.
Hay estadounidenses en particular que son asombrosamente aptos para este tipo de cosas. Sienten un orgullo enorme por la jerga que perpetuamente están acrecentando; se jactan de ella, dan exhibiciones con ella, parecen considerarla la flor culminante de su República continental, como si el Viejo Mundo jamás hubiera oído hablar de baratijas.
Pero, en verdad, no se encuentran en mejor situación que aquella desafortunada dama de Earlswood que considera los periódicos cosidos con alfombra deshilachada y adornados con cáscara de naranja como el colmo del esplendor humano.
A decir verdad, su orgullo carece de fundamento, y este argot suyo no constituye distinción alguna. Permítanme asegurarles que, a nuestra manera más pesada, en esta isla estamos igual de ocupados profanando nuestra herencia común. Podemos enviar a Estados Unidos un equipo de lingüistas capaces de masacrar e incomprensor el idioma frente a cualquier once que los estadounidenses puedan seleccionar.
Por supuesto que existe un crecimiento y desarrollo naturales y necesarios en una lengua viva, un crecimiento que nadie puede detener.
En los aparatos, en la política, en la ciencia, en la interpretación filosófica, hay una necesidad perpetua de nuevas palabras, palabras para expresar nuevas ideas y nuevas relaciones, palabras libres de ambigüedad y de asociaciones engorrosas.
Pero los neologismos de la calle y del salón rara vez surten ocasión de este tipo. En su mayor parte son solo los estúpidos esfuerzos de hombres ignorantes por suplir lo innecesario.
Y junto a la invención de sustitutos baratos e inferiores para las palabras y frases existentes, e infinitamente más grave que dicha invención, se produce un mal uso y una distorsión perpetuos de aquellas que son insuficientemente conocidas.
Estos son procesos no de crecimiento sino de descomposición: distorsionan, vuelven obsoletas y destruyen.
La obsolescencia y destrucción de palabras y frases nos alejan de la nobleza de nuestro pasado, de las masas separadas de nuestra raza allende los mares, de manera mucho más efectiva que cualquier proliferación de neologismos.
Un idioma puede crecer —nuestro idioma debe crecer—, puede ser aclarado, depurado y fortalecido, pero no necesita sufrir el destino de un filamento de alga y pasar constantemente a la putrefacción y a la decadencia cada vez que el crecimiento deja de estar en marcha.
Ese ha sido el destino de las lenguas en el pasado debido a la organización más débil, a la intercomunicación más exigua y lenta y, sobre todo, a los registros insuficientes de las comunidades humanas; pero ha llegado el momento —o, en el peor de los casos, está llegando con rapidez— en que esto dejará de ser algo predestinado.
Podemos tener una lengua mucho más copiosa y variada que la que tuvieron Addison o Spenser —eso no es ninguna desgracia—, pero no hay razón para que no conservemos firmemente todo lo que ellos tuvieron.
No hay razón para que toda la rica lengua de la Inglaterra isabelina no siga estando a nuestra disposición.
Es concebible que Addison encontrara oscuro el inglés rico y alusivo de George Meredith; es concebible que nosotros encontráramos extrañas y desconcertantes mil palabras y frases del año 2000; pero no hay razón para que llegue jamás un momento en que lo que se ha escrito bien en inglés desde los días de los isabelinos deje de ser comprensible y bello.
La ignorancia imperante del inglés en las comunidades de habla inglesa entorpece enormemente el desarrollo de la conciencia racial.
A excepción de aquellos que desean vociferar los pensamientos más burdos, hoy en día no hay medio de llegar a la masa total de estas comunidades.
En lo que respecta a las necesidades materiales, hoy sería posible lanzar un pensamiento al aire como una semilla por todo el mundo, sería posible poner un libro en manos de la mitad de los adultos de nuestra raza.
Pero en las manos y en los ojos uno se detiene; hay un vacío en los cerebros. Solo los pensamientos que pueden expresarse en los lugares comunes más mezquinos llegarán jamás a las mentes de la mayoría de los pueblos de habla inglesa en las condiciones actuales.
Un escritor que aspire a ser ampliamente leído hoy en día debe detenerse perpetuamente, debe dudar perpetuamente ante las palabras que surgen en su mente; debe preguntarse cuántas personas se atascarán en esta palabra por completo o pasarán por alto el significado que debe transmitir; debe rebuscar en su memoria una perífrasis común, una ingeniosa reorganización de lo familiar; debe omitir o sobreacentuar a cada paso.
Palabras tan simples y necesarias como «obsoleto» (obsolescent), «delicuescente» (deliquescent), «segregación» (segregation), por ejemplo, deben ser abandonadas por el hombre que quiera escribir para el lector general; debe usar «impertinente» (impertinent) como si fuera un sinónimo de «impudent» (impudent) e «indecente» (indecent) como el equivalente de «obsceno» (obscene).
Y ante esta generalizada ignorancia del inglés, viendo cuánt pocas personas pueden leer o escribir inglés con cierta sutileza, y cuán desastrosamente repercute esto en el desarrollo general del pensamiento y la comprensión entre los pueblos de habla inglesa, sería absurdo, aun cuando el intento tuviera éxito, complicar las primeras luchas lingüísticas del infante con los inicios de un segundo idioma.
Pero la gente trata con tanta ligereza la lengua materna porque sabe tan poco de ella que ni siquiera sospecha su propia ignorancia sobre su peso y sus poderes.
Hablan un pequeño conjunto de frases hechas, apenas la escriben, y todo lo que leen es la prosa floja y superficial de la ficción popular y de la prensa diaria. Eso es conocer un idioma según el significado de sus mentes, y un conocimiento así bien se le puede dejar a un niño para que lo «aprenda por sí solo» como pueda.
Lado a lado con esto, pronto se proponen erigir un «conocimiento» similar de otras dos o tres lenguas.
Uno se tropieza constantemente no solo con mujeres, sino con hombres que profesarán solemnemente «conocer» el inglés y el latín, el francés, el alemán y el italiano, tal vez el griego, que de hecho —más allá del limitado ámbito de la comida, el vestido, el refugio, el comercio, el nacionalismo burdo, las convenciones sociales y la vanidad personal— no son mejores que los sordomudos.
A pesar de que se sientan con libros en las manos, visiblemente leyendo, pasando páginas, anotando comentarios a lápiz, a pesar de que discutan sobre autores y repitan críticas, es tan inútil expresarles nuevos pensamientos como lo sería buscar aprecio en el oído de un hipopótamo.
Sus instrumentos lingüísticos no son más capaces de albergar el pensamiento contemporáneo que lo que una flauta de hojalata, un xilófono y un tambor son capaces de interpretar la Sinfonía Eroica.
Al ser también ignorante de sí misma, esta amplia ignorancia del inglés participa de todo lo que hay de más desesperanzador en la ignorancia.
Salvo entre unos pocos escritores y críticos, hay escasa conciencia de esta deficiencia. El hombre común no sabe que su vocabulario limitado limita sus pensamientos. Sabe que hay «palabras largas» y palabras raras en la lengua, pero no sabe que esto implica la existencia de significados definidos más allá de su alcance mental.
Su pobre colección de palabras cotidianas, frases desgastadas y tropos trillados constituye lo que él llama «inglés sencillo», y cree firmemente que el discurso que va más allá de estos límites no es más que el jerigonza de la clase educada, una mera elaboración y oscurecimiento de la comunicación para asegurar la privacidad y la distinción.
Sin duda hay justificación suficiente para su sospecha en las hazañas de almas pretenciosas y parlanchinas. Pero es la justificación superficial de un error profundo y desastroso. Un vacío en el vocabulario de un hombre es un agujero y un harapo en su mente; las palabras que posee pueden, en efecto, estar débilmente conectadas o mal conectadas —se puede encontrar todo el teclado mal construido, por ejemplo, en el Baboo de habla inglesa—, pero las palabras que no posee significan ideas que no tiene medios para comprender claramente; son parches de existencia mental imperfecta, factores en la suma total de su fracaso personal para vivir.
Esta ignorancia del inglés a escala mundial, esta espesa nube que casi se cierne sobre el hermoso futuro de nuestros pueblos confederados, es algo más que una ignorancia pasiva. Es activa, es agresiva.
En Inglaterra, en cualquier caso, si uno habla más allá del alcance del inglés de negro blanco, comete una infracción social. Hay innumerables «palabras de libro» que la gente bien educada nunca usa. Un escritor que muestre cierta debilidad por las frases medio olvidadas, cierta disposición a sublimar la mezcla de palabras desacostumbradas, corre un riesgo tan grave de desprecio organizado como si jugara con lo indecente.
Las censuras plomizas del Times, por ejemplo, aguardan cualquier incursión más allá de sus propias circunlocuciones ajadas. Incluso hoy en día, y cuando ya son veteranos, el señor George Meredith y el señor Henley reciben una y otra vez una sarta de insultos por parte de algún fogoso defensor de la prosa funcionarial de categoría inferior.
«Inglés sencillo» llamará tal sujeto a lo que desea, como uno podría llamar «comida sencilla» a los víveres de un puesto ambulante de New Cut. La hostilidad hacia el idioma completo está en todas partes.
Me pregunto cuántos hogares no estarán presenciando la misma escena mientras escribo.
Algún niño pequeño lucha con el tesoro indomable de una palabra recién descubierta, la pronuncia al fin, una hermosa palabra larga, para ser inmediatamente «objeto de burlas» por tan insensatas ambiciones por parte de su solícito progenitor.
La gente educa a sus hijos para que no hablen inglés más allá de un mínimo raquítico, lo resienten desde la tribuna y el púlpito, y lo evitan en los libros.
Los directores de escuela como clase saben poco del idioma. En ninguna de nuestras escuelas, ni siquiera en las más eficientes de nuestras escuelas elementales, se enseña el inglés adecuadamente.
¡Y esta gente espera que los holandeses sudafricanos adopten su lengua abandonada!
¡Como si el pobre e imperfecto inglés del Rey del colonizador británico fuera ni un ápice mejor que el taal!
Darles la realidad de lo que podría ser el inglés: eso sería un asunto completamente distinto.
Estas cosas son el claro asunto de nuestros Nuevos Republicanos cambiar.
Se sigue, en verdad, pero de ninguna manera es secundario respecto a la labor de asegurar nacimientos sanos e infancias saludables, el que aseguremos una base mental vigorosa y amplia para las mentes nacidas con estos cuerpos.
Tenemos que salvar, que revivir este idioma nuestro disperso, deformado, empañado y descuidado, si deseamos salvar el futuro de nuestro mundo. Deberíamos salvar no solo el mundo de aquellos que actualmente hablan inglés, sino el mundo de muchos pueblos afines y asociados que entrarían de buena gana en nuestra síntesis, si pudiéramos hacerla lo suficientemente amplia, sensata y noble como para honrarlos.
Esperar que una causa tan vasta como esta halle apoyo alguno entre la purulenta confusión de la vieja política es esperar demasiado.
No hay un partido para la lengua inglesa en ninguna parte del mundo. Tenemos que tomar este problema como tomamos nuestro problema anterior y abordarlo como si la vieja política, que se desprende tan lentamente, ya hubiera sido extirpada felizmente.
Para empezar, podemos prestar atención al cimiento de este cimiento, al crecimiento del habla en el niño en desarrollo.
Desde el principio el niño debe oír a este respecto una pronunciación clara y uniforme, un idioma preciso y esmerado y palabras empleadas con rigor.
Dado que el lenguaje ha de unir a las personas y no mantenerlas separadas, sería deseable que en todo el mundo de habla inglesa pudiera haber un solo acento, un solo idioma y una sola entonación.
Esto no ha existido jamás hasta ahora, pero no hay razón alguna para que no pueda ser así.
Se está gestando ya incluso una norma del buen inglés a la que muchos dialectos y muchas influencias están contribuyendo.
De los montañeses y los irlandeses, por ejemplo, el inglés del sur está aprendiendo las posibilidades de la h aspirada y de la wh, la última de las cuales había desaparecido por completo y la primera en gran medida del uso entre ellos hace cien años.
El habla parsimoniosa de Wessex y de Nueva Inglaterra —pues los rasgos principales de lo que la gente llama la entonación yanqui se encuentran a la perfección en las cabañas de Hampshire y West Sussex— está cobrando agilidad, tal vez de las mismas fuentes.
Los escoceses están adquiriendo el uso inglés de shall y will, y la confusión de la reconstrucción es universal entre nuestras vocales.
La w alemana del señor Samuel Weller ha sido borrada en el espacio de una generación más o menos.
No hay razón alguna por la cual este desarrollo natural del inglés uniforme del siglo venidero no deba ser grandemente impulsado por nuestros esfuerzos deliberados, por la cual no deba ser posible dentro de poco tiempo definir una pronunciación estándar de nuestra lengua.
Es un asunto mucho menos importante que el de un vocabulario y una fraseología uniformes, pero sigue siendo una necesidad muy notable.
Tenemos disponible ahora, por primera vez, en las formas más altamente evolucionadas del fonógrafo y el teléfono, un medio para almacenar, analizar, transmitir y consultar sonidos, que debería ser de un valor muy considerable en el intento de lograr que una buena y hermosa pronunciación del inglés sea uniforme en todo el mundo.
No sería absurdo exigir a todos aquellos que se capacitan para la labor educativa la lectura en voz alta de largos pasajes en el acento estándar.
En la actualidad no existe tal requisito en Inglaterra y, con demasiada frecuencia, nuestros maestros de educación elemental al menos, en lugar de ser misioneros de la pureza lingüística, son centros de difusión de perversiones confusas y viciosas de nuestra habla.
Es verdad que deben leer y recitar en voz alta en sus exámenes de aptitud, pero sin ninguna prohibición específica de las entonaciones provincianas.
En el púlpito y en el escenario, por otra parte, tenemos a mano potentísimos instrumentos de difusión que no necesitan más que un ligero afilado para contribuir en gran medida a este fin.
A la entrada de casi todas las profesiones hoy en día se interpone un examen que incluye el inglés, y no habría nada de revolucionario en añadir a esa prueba escrita un examen oral de pronunciación estándar.
Mediante un esfuerzo activo para lograr estas cosas, el Nuevo Republicano podría hacer mucho para garantizar que cada niño de nuestro pueblo de habla inglesa en todo el mundo escuchara en la escuela, la iglesia y el entretenimiento el mismo acento claro y definido.
A la madre y a la enfermera del niño se les ayudaría a adquirir casi imperceptiblemente una pronunciación sólida y segura.
No hay hombre observador que haya vivido de algún modo amplio, codeándose y conversando con gentes de diversa cultura y tradición, que no sepa cuánto se ve entorpecido nuestro trato por vacilaciones acerca de la cantidad y el acento, y por pequeñas diferencias de frase y modismo, y hasta qué punto la entonación y el acento pueden deformar y limitar nuestra empatía.
Y mientras hacen esto con respecto a la atmósfera lingüística general, los Nuevos Republicanos también podrían intentar algo para llegar a los niños en detalle.
Por instinto, casi toda madre quiere enseñar. Algunas enseñan por instinto, pero en su mayor parte sus enseñanzas necesitan orientación.
En la actualidad, estas primeras y muy importantes fases de la educación están guiadas casi por completo por la tradición. Los cantos y charlas necesarios con los niños muy pequeños se hacen por imitación de cantos y charlas similares; probablemente no se hacen mejor, y posiblemente se hagan mucho peor, de lo que se hacían hace doscientos años.
Se podría asegurar una cantidad muy considerable de mejoras permanentes en los asuntos humanos en esta dirección mediante el gasto de unos pocos miles de libras en el estudio sistemático del método más educativo para tratar a los niños en los primeros dos o tres años de vida, y en la propagación inteligente del conocimiento obtenido.
Es cierto que ya existen varias asociaciones de estudio infantil, uniones de padres y entidades similares, pero en su mayor parte son sociedades de tertulia totalmente ineficaces, parecidas a las sociedades Browning y a las sociedades literarias e de historia natural: en el mejor de los casos logran una cantidad insignificante de superación mutua, los miembros se leen ponencias unos a otros, y unos cuantos médicos y colegios consiguen una publicidad muy necesaria.
No tienen organización, ni concentración de su energía, y su principal efecto parece ser el de presentar el interés por la educación como si fuera una moda inofensiva y carente de sentido.
Pero si unos cuantos hombres de recursos y capacidad organizaran un comité con fondos adecuados, aseguraran los servicios de hombres dotados de cualidades especiales para el estudio exhaustivo del desarrollo del habla, publicaran un informe resumido y, con la ayuda de un buen escritor o dos, produjeran de forma muy económica, anunciaran enérgicamente y difundieran ampliamente un libro pequeño, claramente impreso y claramente escrito con instrucciones concisas para madres y niñeras en este asunto del habla temprana, con toda certeza lograrían una gran mejora en los cimientos mentales de la generación venidera.
Aún no valoramos el hecho de que, por primera vez en la historia del mundo, existe un estado de la sociedad en el que casi todas las enfermeras y madres leen.
Ya no es necesario, por tanto, depender enteramente del instinto y de la tradición para las primeras etapas de la instrucción de un niño. Podemos reforzar y organizar estas cosas a través de la palabra impresa.
Por ejemplo, un factor importante en la primera etapa de la enseñanza del habla es la rima infantil. Un niño pequeño, hacia el final del primer año, habiendo acumulado para entonces una selección verdaderamente muy amplia de sonidos y ruidos, comienza a imitar primero los movimientos asociados y luego los sonidos de varias rimas infantiles («Pat-a-cake», por ejemplo). En el libro que imagino, habría, entre muchas otras cosas, una serie de pequeños versículos, antiguos y nuevos, en los cuales, con el acompañamiento de gestos sencillos, todos los sonidos elementales de la lengua podrían familiarizarse fácil y agradablemente con los oídos del niño. [Nota a pie de página: Los señores Heath, de Boston, EE. UU., me han enviado un libro de rimas infantiles, arreglado por el señor Charles Welsh, que es sin duda lo mejor que he visto en este sentido. Vale la pena señalar que el descuidos de los estudios pedagógicos en Gran Bretaña está obligando al padre y al maestro británico inteligente a confiar cada vez más en las editoriales estadounidenses para los libros infantiles. La obra de los escritores ingleses suele ser de muy buen gusto y bonita, pero del más escaso valor educativo. ]
Y el mismo libro creo que bien podría contener una lista de cosas básicas y palabras y ciertas formas elementales de expresión con las que el niño debería familiarizarse por completo en los primeros tres o cuatro años de vida. Gran parte del vocabulario de cada niño pequeño es su aventura personal, ¡y que el cielo nos libre a todos del exceso de sistema! Pero creo que sería posible que un psicólogo sutil trazara a través de la maraña fácil y natural de la silvestre rosa de zarza del habla ciertos hilos necesarios, que mantienen unido todo el crecimiento y hacen que su posterior expansión sea fácil, rápida y vigorosa. Consiga lo que consiga el niño, debe adquirir estos hilos fundamentales bien y a tiempo si ha de dar lo mejor de sí. Si no se desarrollan ahora, su imperfección causará retrasos y dificultades más adelante. Hay, por ejemplo, entre estas necesidades fundamentales, modismos para expresar comparación, para expresar posición en el espacio y en el tiempo, nociones elementales de forma y color, de tiempo y modo, los pronombres y cosas por el estilo. Sin duda, de un modo u otro, la mayoría de estas formas son adquiridas por todos los niños, pero no hay razón para que su adquisición no sea vigilada con la ayuda de una lista sabiamente elaborada, y cualquier deficiencia no sea suplida de forma deliberada y cuidadosa. Tendría que ser una lista sabiamente elaborada, exigiría el máximo esfuerzo de la mejor inteligencia, y por eso se necesita algo más que la empresa mercantil de los editores en esta labor. El ideal del editor respecto al autor de una obra educativa es una muchacha avispada en la adolescencia que trabaja para ganar dinero de bolsillo. Lo que hace falta es un pequeño libro por excelencia, mejor y más barato de lo que cualquier editor, publicando con ánimo de lucro, podría producir jamás, un libro tan bueno que la imitación fuera difícil, y tan barato y de venta universal que ninguna imitación resultara rentable.
Sobre este cimiento de una sólida acentuación y un vocabulario básico debe construirse el tejido general de la lengua. En su mayor parte, esto debe hacerse en la escuela.
En la actualidad, en Gran Bretaña, una proporción considerable de maestros y maestras —más particularmente aquellos en escuelas secundarias y privadas— están demasiado mal educados para hacer esto como es debido; hay excelentes razones para suponer que las cosas están muy poco mejor en Estados Unidos; y, para empezar, debe ser preocupación de todo buen nuevo republicano lograr un mejor estado de cosas en esta profesión tan lamentable.
Hasta que el maestro sepa leer y escribir, en el sentido más pleno de estas palabras, es vano esperar que él o ella enseñen al alumno a hacer tales cosas. Tal como están las cosas en el presente, el intento apenas se realiza. En las escuelas elementales y secundarias inferiores, se leen a la carrera libros de lectura mal elegidos y se abandonan demasiado pronto en favor de «asignaturas» más pretenciosas, y se hace pasar al alumno por cierto disparate preposterismo llamado gramática inglesa —un material que por fortuna ninguna mente puede retener—.
Niños y niñas de doce o trece años, que no pueden entender, y nunca entenderán nada que no sea el inglés más vulgar, y que jamás en sus vidas lograrán escribir una carta debidamente puntuada, aprenden misterios tales como que hay ocho —creo que son ocho— clases de nominativo, y que hay (o no hay) un gerundivo en inglés, y se les entrena mes tras mes y año tras año para realizar las operaciones más extrañas, un análisis no analítico y un ritual llamado análisis gramatical (parsing) que hay que ver para creer.
No sirve de nada andarse con rodeos sobre todo este tipo de cosas. A estos recursos recurren los profesores de escuela del presente de la misma manera que las Reglas de Compañía Doble y Simple y la Regla de Tres Compuesta, y toda la demás solemnidad disparatada, eran «enseñadas» por los profesores de aritmética en las academias del siglo XVIII, porque son absolutamente ignorantes, y saben que son absolutamente ignorantes, de la realidad de la materia, y porque, por lo tanto, tienen que engañar a los padres y hacer tiempo mediante invenciones irreales.
El caso no es ni un ápice mejor en las escuelas de grado superior. No practican tanto la enseñanza falsa del inglés, pero no hacen absolutamente nada en su lugar.
Ahora sirve de bien poco azuzar a los miembros de una profesión mal entrenada, maltratada, mal organizada, poco respetada y muy vituperada [Footnote: Peccavi.] con reproches por hacer lo que no pueden hacer, o clamar por una legislación que otorgue más tiempo escolar o mayores subsidios a la pretensión de enseñar lo que muy pocas personas son capaces de enseñar. Todos sabemos cuán atroces son la enseñanza del inglés y sus resultados, pero proclamar eso no arreglará las cosas ni un ápice; solo las empeorará al volver a los maestros y maestras desvergonzados y perezosos, a menos que también mostremos cuán bien puede enseñarse el inglés. El curso sensato es comenzar por establecer el modo adecuado de hacer las cosas, desarrollar un método apropiado y demostrar lo que puede lograrse con ese método en unas pocas escuelas seleccionadas, preparar y hacer aceptables los libros de texto necesarios, y luego utilizar el examen y el inspector, la subvención, el colegio de formación, la conferencia, el libro y el folleto para difundir los expedientes sólidos. Queremos una Sociedad de la Lengua Inglesa, compuesta por personas adineradas y enérgicas, que emprenda este trabajo. Y un deber principal de esa sociedad será idear, organizar y seleccionar, imprimir con elegancia, ilustrar bellamente y vender de manera económica y enérgica por todas partes una serie de libros de lectura, y tal vez de manuales complementarios para los profesores, que sirvan como base para la instrucción en inglés estándar en todo el mundo. Estos libros, tal como los concibo, comenzarían como cartillas de lectura; avanzarían a través de una larga serie de historias, pasajes y extractos sutilmente graduados hasta haber abarcado todo el espectro de nuestra lengua. Los alumnos leerían en ellos, recitarían a partir de ellos, citarían fragmentos como ejemplo y los imitarían. Materiales tan espléndidos como la colección de prosa isabelina de Henley y Whibley, por ejemplo, bien podrían encontrar un lugar hacia el final de esa serie de libros. Habría una antología de lírica inglesa, de todos los mejores cuentos de nuestra lengua, de todos los mejores episodios. A partir de estos lectores, el alumno pasaría, aún leyendo y recitando en voz alta a menudo, a una serie de obras maestras que una eficiente Sociedad de la Lengua Inglesa podría imponer en todas las escuelas. En la actualidad, en las escuelas inglesas una biblioteca es más la excepción que la regla, y su director eclesiástico en ocasiones públicas denunciará alegremente los hábitos de lectura de «basura» y de «recortes» de la época, con ese defecto posado como una pluma sobre su conciencia experta. Una escuela sin una biblioteca de fácil acceso con al cabo mil volúmenes es en realidad apenas una escuela; es un dispensario sin frascos, una cocina sin despensa. A pesar de todo, si el curioso Nuevo Republicano encuentra dos encuadernaciones de tela del tipo de Eric, o poco a poco, un pensamiento mojigato y mezquino vestido con su lenguaje apropiado, guardadas en algún armario húmedo de la escuela de su hijo y accesibles una vez a la semana, puede estar seguro de que las cosas allí están por encima de la media. Mi imaginaria Sociedad de la Lengua Inglesa consideraría un deber fundamental, primero, hacer que esa biblioteca de al menos mil volúmenes más o menos sea especialmente barata y fácil de adquirir y, segundo, mediante folletos y agitación, convertirla en un requisito mínimo obligatorio para todos los grados escolares. Es mucho más importante, y sería mucho menos costoso incluso tal como están las cosas, que el tipo de laboratorio químico más barato que una escuela pudiera tener, y debería costar apenas un poco más que un piano escolar.
Sé muy poco de la enseñanza práctica del inglés; mi propio conocimiento, muy fragmentario, de los clichés más familiares de nuestra lengua se adquirió de manera desorganizada, pero me inclino a pensar que, además de mucha lectura en voz alta y recitación de memoria, la labor de instrucción podría consistir en gran medida en esfuerzos cada vez más amplios hacia la composición original.
El paraphrase es un buen ejercicio, siempre y cuando no consista en convertir un inglés bueno y hermoso en uno malo. No veo por qué no debería seguir la dirección contraria. Fragmentos seleccionados de prosa pobre, estereotipada, verborreica o inexacta podrían reescribirse muy bien, bajo la dirección de un maestro inteligente.
Recontar una historia que se acaba de leer y debatir, tal vez con un cambio de incidentes, tampoco sería un mal tipo de ejercicio, como tampoco lo sería escribir pasajes imitando pasajes determinados y cosas por el estilo. Las descripciones escritas de objetos mostrados a una clase también deberían resultar instructivas.
Atrapadas a la edad adecuada, la mayoría de las niñas, y muchos niños creo yo, aprenderían con mucho agrado a escribir verso sencillo. Esto debería alentárseles a leer en voz alta. En una etapa posterior, las formas poéticas más establecidas —la balada, el soneto, el rondeau, por ejemplo— deberían proporcionar una buena práctica en el manejo del lenguaje.
Debería alentarse a los alumnos a incorporar palabras nuevas en su labor —incluso si el efecto resulta a veces un poco sorprendente—, deberían buscar material en el diccionario. Un buen libro para los cursos superiores en las escuelas que aborde de manera verdaderamente inteligente e instructiva el latín y el griego, en la medida en que sea necesario conocer estas lenguas para usar y manejar con soltura el inglés técnico, sería, según creo, de gran utilidad.
Debe ser un buen ejercicio escribir definiciones precisas de las palabras. La lógica es también una parte fundamental del estudio de la lengua materna.
Pero arrojar sugerencias de este modo es tarea fácil. Las revistas pedagógicas están llenas de cosas por el estilo, las conferencias educativas resuenan con ello. De lo que el mundo no está lleno es de la capacidad de organizar estas cosas, de arrastrarlas, forcejeando y aferrándose a mil dificultades imprevistas, desde el ámbito del consejo de perfección hasta el ámbito de la manifiesta viabilidad.
Para eso se necesita atención, laboriosidad y un uso inteligente de una suma razonable de dinero. Necesitamos un comité trabajador y necesitamos uno o dos hombres ricos.
Hay que planificar y elaborar una serie de libros, un curso modelo de instrucción, probarlo, criticarlo, revisarlo y modificarlo. Cuando el camino correcto ya no esté señalado por personas proféticas que apuntan en la niebla, sino que esté trazado, nivelado, mapeado y cercado, entonces la profesión docente, allí donde se hable la lengua inglesa, tendrá que ser atraída y empujada a lo largo de él.
El Nuevo Republicano debe hacer que su curso sea económico, atractivo, fácil para el profesor y beneficioso para el bolsillo y la reputación del profesor. Del mismo modo que hay obras que, como dicen los actores, «se representan solas», así, con una profesión que rara vez da lo mejor de sí y a menudo da lo peor, y que en su peor momento está formada por jóvenes extraordinariamente sosos y jóvenes extraordinariamente aburridas, quienes desean que el inglés se enseñe bien deben procurar proporcionar una serie de libros e instructores que enseñen por sí mismos, por mucho que el profesor haga para impedirlo.
Ciertamente, ¡esta empresa de libros de texto y profesores, de fonogramas estándar y clásicos publicados a bajo precio, no es ningún sueño fantástico e imposible!
En lo que respecta al dinero —si tan solo el dinero fuera lo único necesario—, cien mil libras constituiría un fondo suficiente de principio a fin para todo ello.
Sin embargo, por modestas que sean sus proporciones, sus consecuencias, de llevarlo a cabo hombres capaces que pusieran en ello todo su empeño, podrían ser de una grandeza incalculable. Mediante expedientes y esfuerzos como estos podríamos impulsar enormemente el establecimiento de esa base para un idioma amplio a escala mundial, la base sobre la cual surgirá para nuestros hijos un entendimiento más sutil, imaginaciones más amplias, juicios más sólidos y resoluciones más claras, y todo aquello que al final conforma un mundo de hombres más noble.
Pero en esta discusión sobre bibliotecas escolares y cosas por el estilo, nos alejamos un poco de nuestro tema inmediato de los comienzos mentales.
§ 3
Al finalizar el quinto año, como resultado natural de su esfuerzo instintivo por experimentar y aprender, actuando en medio de un entorno sabiamente ordenado, el niño pequeño debería haber adquirido una base cierta y definitiva para su estructura educativa.
Debe tener almacenada en su mente una gran variedad de percepciones y un vocabulario de tres o cuatro palabras, y entre estas, manteniéndolas unidas, debe haber ciertas ideas estructurales y cardinales. Son ideas que se habrán inculcado gradual e imperceptiblemente, y son necesarias como base de una existencia mental sana.
Debe haber, para empezar, un sentido y un sentimiento en desarrollo por la verdad y por el deber como algo distinto y que en ocasiones entra en conflicto con el impulso y el deseo inmediatos, y debe haber ciertos elementos intelectuales claros establecidos ya casi de manera inexpugnable en la mente, ciertas distinciones y clasificaciones primarias.
Muchos niños son tachados de estúpidos y comienzan su trayectoria educativa con dificultades innecesarias debido a una debilidad en estos elementos intelectuales fundamentales, una debilidad que no es en absoluto inherente, sino resultado del azar y del descuido. Y una desventaja inicial de este tipo puede seguir aumentando a lo largo de toda la vida.
El niño a los cinco años, a menos que sea daltónico, debe conocer la gama de colores por su nombre y distinguirlos con facilidad, sin exceptuar el azul y el verde; debe ser capaz de distinguir el rosa del rojo claro y el carmesí del escarlata. [Nota al pie: Podría haber un juego de tiras de colores en el libro que la Sociedad de la Lengua Inglesa tal vez publique.] Muchos niños, debido a la negligencia de quienes los rodean, no distinguen estos colores hasta una edad mucho más tardía. Pienso también —a pesar de que muchos adultos anduvieran vagos e ignorantes en estos puntos— que a un niño de cinco años se le puede haber enseñado a distinguir entre un cuadrado, un círculo, un óvalo, un triángulo y un rectángulo, y a usar estas palabras. Es más fácil retener las ideas con palabras que sin ellas, y ninguna de estas palabras debería ser imposible a los cinco años. El niño también debería conocer familiarmente, por medio de juguetes, bloques de madera y demás, muchas formas sólidas elementales. Es de lamentar que en el lenguaje común no tengamos palabras fáciles y convenientes para muchas de estas formas, y en lugar de aprenderse de manera fácil y natural durante el juego, se dejan sin distinguir y hay que estudiarlas más tarde bajo circunstancias de una tecnicidad prohibitiva. Sería bastante fácil enseñar al niño de forma incidental a distinguir el cubo, el cilindro, el cono, la esfera (o bola), el esferoide prólogo (que podría llamarse “huevo”), el esferoide oblato (que podría llamarse “bola aplastada”), la pirámide y varios paralelepípedos, como, por ejemplo, la losa cuadrada, la losa rectangular, el ladrillo y el poste. Podría ir añadiendo estas cosas a su caja de bloques poco a poco, construiría con ellas, las combinaría y jugaría con ellas una y otra vez, absorbiendo un conocimiento íntimo de sus propiedades, justo a la edad en que tal conocimiento se busca casi instintivamente y su adquisición es de lo más agradable y fácil. Estas cosas no necesitan serle impuestas de manera especial. En ningún modo debe ser llevado a darles relieve o a conferir una importancia pedante a su conocimiento de ellas. Estas se incorporarán a sus juguetes y a su juego mezcladas con mil intereses más, el polvo fortificante de las ideas generales claras, en medio de la mermelada del juego.
Además el niño debería saber contar, [Footnote: Cabe pocas dudas de que a muchos de nosotros se nos enseñó a contar muy mal, y de que este defecto nos obstaculizó en la aritmética durante toda la vida. Se debe enseñar a contar mediante cubos pequeños, que el niño pueda ordenar y reordenar en grupos. Debería tener al menos más de un centenar de estos cubos —si es posible, un millar—; le servirán como bloques de juguete y para innumerables propósitos. Nuestra civilización está ahora consagrada a un sistema decimal de recuento y, para empezar, estará bien enseñar al niño a contar hasta diez y detenerse ahí por un tiempo. La señora Mary Everest Boole sugiere que resulta muy confuso tener nombres distintivos para el once y el doce, que el niño tiende a clasificar con los números de una sola cifra y a contrastar con los del grupo del diez, y propone al principio (The Cultivation of the Mathematical Imagination, Colchester: Benham & Co.) usar las palabras «uno-diez», «dos-ten» [dos-diez], trece, catorce, etc., para la segunda década en el recuento. Su propuesta está en plena armonía con la tendencia general de los diagramas de orden numérico, admirablemente sugerentes, recopilados por el señor Francis Galton. Diagrama tras diagrama muestra el mismo tropiezo en el doce, el predominio en la mente de una serie individualizada sobre espacios cuantitativamente iguales hasta que se alcanzan los veintes. Muchos diagramas también muestran la cicatriz mental de la esfera del reloj; el recuento temprano está demasiado asociado a una esfera. Uno podría tal vez evitar el establecimiento de esa imagen y proporcionar un cimiento más útil para los recuerdos equipando la guardería con una escala vertical de números dividida en partes iguales hasta dos o tres cientos, con cada década tintada. Cuando el niño haya aprendido a contar hasta cien con cubos, se le debe dar un ábaco, y también debe ser animado a contar y comprobar cantidades con todo tipo de cosas: canicas, manzanas, ladrillos en una pared, guijarros, los puntos en el dominó, y así sucesivamente; enseñarle a jugar a adivinanzas con canicas en una mano y cosas por el estilo. El ábaco, el cuadrado de cien y el cubo de mil se convertirán entonces con toda probabilidad en sus recuerdos numéricos cardinales. Las cartas de la baraja (sin índices en las esquinas) y las fichas de dominó proporcionan buenas disposiciones reconocibles de los números y entrenan al niño para captar un número de un solo vistazo. No se debe enseñar al niño los números arábigos hasta que haya contado durante un año o más. La experiencia habla aquí. Conozco demasiado bien el caso de un hombre que aprendió sus números arábigos prematuramente, antes de haber adquirido ningún conocimiento experimental sólido de la cantidad numérica y, como consecuencia, sus ideas numéricas están incurable y caprichosamente asociadas a las peculiaridades de las cifras. Cuando oye la palabra siete, ni siquiera ahora piensa realmente en el siete o en la esencia del siete, sino que piensa en un número bastante parecido al cuatro y muy diferente al seis. Además, el seis y el nueve están unida y misteriosamente vinculados en su mente, y también lo están el tres y el cinco. Confunde números como el sesenta y tres y el sesenta y cinco, y le cuesta mantener el setenta y cuatro diferenciado del cuarenta y siete. Por consiguiente, cuando llegó a la tabla de multiplicar, aprendió cada tabla como una disposición arbitraria de relaciones, y con una cantidad extraordinaria de trabajo innecesario y castigo. Pero es obvio que, con cubos o un ábaco a mano, le sería facilísimo a un niño construir y aprender su propia tabla de multiplicar cada vez que surgiera la necesidad.] debería ser capaz de cierta aritmética mental y experimental, y me han dicho que un niño de cinco años debería ser capaz de dar los nombres sol-fa a las notas y cantar estos nombres en su tono adecuado. Posiblemente en el trato social el niño habrá captado los nombres de algunas de las letras del abecedario, pero no hay prisa por eso antes de los cinco años sin duda, o incluso más tarde. Todavía hay una vasta cantidad de cosas inmediatamente alrededor del niño que necesitan ser aprendidas a fondo, y un ataque prematuro a las letras divide la atención de estos objetivos más apropiados y educativos. Debe, por la razón dada en la nota a pie de página, ignorar todavía los números arábigos. Debería ser capaz de manejar un lápiz y divertirse con dibujos a mano alzada de este tipo:—y su mente debería estar totalmente incontaminada por ese dibujo imbécil sobre papel cuadriculado mediante el cual los profesores ignorantes destruyen tanto el deseo como la capacidad de esbozar en tantos niños pequeños. Tal dibujo podría verse enormemente beneficiado por un maestro realmente inteligente que observara los esfuerzos del niño y dibujara con el niño un poco por encima de su nivel. Por ejemplo, el maestro podría estimular el esfuerzo respondiendo a un dibujo como el anterior con algo de este estilo:—
El niño ya será a los cinco años un gran entendido en libros ilustrados, una especie de crítico (al estilo de la escuela realista), y será fácil estimularlo de manera casi imperceptible hasta un nivel en el que le sea posible copiar ilustraciones de contornos sencillos.
Al cumplir unos cinco años, un regalo como alguno de los sustitutos plásticos de la arcilla de modelar que ahora venden las tiendas de material educativo, la plasticina por ejemplo, resultará un obsequio discreto y aceptable para el niño, aunque quizás no para su niñera.
La imaginación del niño también estará despierta y activa a los cinco años. Mirará al mundo con ojos antropomórficos (o más bien paidomórficos). Vivirá en una gran tierra plana —a menos que alguna persona entrometida haya intentado confundir su ingenio diciéndole que la tierra es redonda—; en medio de árboles, animales, hombres, casas, máquinas, utensilios, todos capaces de ser buenos o traviesos, todos aficionados a las cosas agradables y hostiles a las desagradables, todos golpeables y perecederos, y todos concebiblemente hambrientos.
Y el niño debe saber del País de las Hadas. La hermosa fantasía de la «Gente Pequeña», incluso si no se la das, muy probablemente se la procurará él mismo; acecharán siempre justo fuera del alcance de sus ojos curiosos y deseosos, entre la hierba y las flores, detrás del friso y en las sombras del dormitorio. Dará con sus rastros; ellos le harán pequeños favores. Sus asuntos deben entretejerse con los asuntos de las muñecas del niño, sus castillos de bloques y sus muebles de juguete. Al principio, el niño apenas estará en un mundo de historias sostenidas, pero mostrará mucho entusiasmo por las anécdotas y los cuentos cortos y sencillos.
This is the hopeful foundation upon which at or about the fifth year the formal education of every child in a really civilized community ought to begin. [Footnote: One may note here, perhaps, the desirability too often disregarded by over-solicitous parents, and particularly by the parents of the solitary children who are now so common, of keeping the child a little out of focus, letting it play by itself whenever it will, never calling attention to it in a manner that awakens it to the fact of an audience, never talking about it in its presence. Solitary children commonly get too much control, they are forced and beguiled upward rather than allowed to grow, their egotism is over-stimulated, and they miss many of the benefits of play and competition. It seems a pity, too, in the case of so many well-to-do people, that having equipped nurseries they should not put them to a fuller use—if in no other way than by admitting foster children. None of this has been very fully analyzed, of course (there are enormous areas of valuable research in these matters waiting for people of intelligence and leisure, or of intelligence and means), but the opinion that solitary children are handicapped by their loneliness is very strong. It is nearly certain that as a rule they make less agreeable boys and girls, but to me at any rate it is not nearly so certain that they make adult failures. It would be interesting to learn just what proportion of solitary children there is on the roll of those who have become great in our world. One thinks of John Ruskin, a particularly fine specimen of the highly focussed single son. Prig perhaps he was, but this world has a certain need of such prigs. A correspondent (a schoolmistress of experience) who has collected statistics in her own neighbourhood, is strongly of opinion not only that solitary children are below the average, but that all elder children are inferior in quality. I do not believe this, but it would be interesting and valuable if some one could find time for a wide and thorough investigation of this question.]