—Ahora ya no puede hacer daño —fue el comentario de Mr. Sherlock Holmes cuando, por décima vez en otros tantos años, le pedí permiso para dar a conocer el siguiente relato. Fue así como al fin obtuve autorización para dejar constancia de lo que fue, en ciertos aspectos, el momento supremo de la carrera de mi amigo.
Tanto Holmes como yo teníamos debilidad por el baño turco. Fue fumando un cigarrillo, en la agradable lasitud de la sala de reposo, donde lo encontré menos hermético y más humano que en ninguna otra parte.
En la planta alta del establecimiento de Northumberland Avenue hay un rincón aislado donde dos divanes yacen uno al lado del otro, y fue en ellos donde nos recostamos el 3 de septiembre de 1902, el día en que comienza mi relato. Yo le había preguntado si se cocinaba algo, y por toda respuesta él había sacado su brazo largo, delgado y nervioso de entre las sábanas que lo envolvían y había extraído un sobre del bolsillo interior de la chaqueta que colgaba a su lado.
—Puede ser algún zoquete quisquilloso e impertinente; puede ser cuestión de vida o muerte —dijo mientras me entregaba la nota—. No sé más de lo que este recado me dice.
Era del Carlton Club y estaba fechado la tarde anterior. Esto fue lo que leí:
Sir James Damery saluda atentamente al Sr. Sherlock Holmes y pasará a verle mañana a las 4:30. Sir James ruega añadir que el asunto sobre el que desea consultar al Sr. Holmes es muy delicado y también muy importante. Confía, por lo tanto, en que el Sr. Holmes hará todo