en una serie interrumpida que ahora contiene nada menos que cincuenta y seis historias, reeditadas en Las aventuras, Las memorias, El regreso y Su última reverencia, y quedan estos doce publicados durante los últimos años que aquí se presentan bajo el título de El archivo de Sherlock Holmes. Comenzó sus aventuras en pleno corazón de la última época victoriana, las prolongó a lo largo del breve reinado de Eduardo y se ha apañado para conservar su propio y pequeño nicho incluso en estos días febriles. Así pues, sería cierto decir que aquellos que leyeron sobre él por primera vez siendo jóvenes han llegado a ver a sus propios hijos ya crecidos seguir las mismas aventuras en la misma revista. Es un claro ejemplo de la paciencia y la lealtad del público británico.
Había decidido firmemente al final de The Memoirs dar fin a Holmes, ya que sentía que mis energías literarias no debían canalizarse en exceso hacia una sola dirección. Aquel rostro pálido y de rasgos bien definidos y aquella figura desgarbada estaban ocupando una parte excesiva de mi imaginación. Cometí el acto, pero afortunadamente ningún juez de instrucción se había pronunicado sobre los restos y así, tras un largo intervalo, no me resultó difícil responder a la halagüeña demanda y justificar mi imprudente acción. Nunca me he arrepentido, pues en la práctica real no he descubierto que estos bocetos más ligeros me hayan impedido explorar y hallar mis limitaciones en ramas de la literatura tan variadas como la historia, la poesía, las novelas históricas, la investigación psíquica y el drama. De no haber existido Holmes jamás habría podido hacer más, aunque tal vez haya estorbaron un poco para el reconocimiento de mi obra literaria más seria.
Y así, lector, ¡adiós a Sherlock Holmes! Le agradezco su constante fidelidad en el pasado, y solo puedo esperar que haya recibido alguna compensación en forma de esa distracción de las preocupaciones de la vida y ese cambio estimulante de pensamiento que solo pueden hallarse en el reino feérico de la fantasía.