Godfrey era un muchacho temerario. Se dejaba influenciar fácilmente por quienes lo rodeaban. Sin duda había caído en malas manos y había sido mal guiado hasta su ruina. Era un asunto lamentable, si es que en verdad era así, pero aun entonces era mi deber buscarlo y ver si podía ayudarlo. Estaba meditando sobre el asunto con angustia cuando levanté la vista y allí estaba Godfrey Emsworth de pie ante mí”.
Mi cliente se había detenido como alguien abrumado por una profunda emoción.
—Le ruego que continúe —dije—. Su problema presenta algunos rasgos muy inusuales.
“Estaba fuera de la ventana, Mr. Holmes, con la cara presionada contra el vidrio. Le he dicho que miré hacia la noche. Al hacerlo, dejé las cortinas medio abiertas. Su figura quedó enmarcada en ese hueco.
La ventana llegaba hasta el suelo y pude ver su cuerpo entero, pero fue su rostro lo que retuvo mi mirada. Estaba mortalmente pálido—nunca he visto a un hombre tan blanco. Supongo que los fantasmas deben de tener ese aspecto; pero sus ojos se cruzaron con los míos, y eran los ojos de un hombre vivo. Dio un salto hacia atrás al ver que lo estaba mirando, y se desvaneció en la oscuridad.
«Había algo espantoso en el hombre, Mr. Holmes. No era meramente ese rostro macabro que brillaba tan blanco como el queso en la oscuridad. Era algo más sutil que eso: algo escurridizo, algo furtivo, algo culpable; algo muy distinto del muchacho franco y varonil que yo había conocido. Me dejó una sensación de horror en el ánimo.
“Pero cuando un hombre lleva un año o dos haciendo la guerra con el hermano bóer como compañero de juegos, conserva los nervios