Por la mañana, Holmes descubrió que nos habíamos venido sin nuestros señuelos de cuchara para los lucios, lo que nos dispensaba de pescar por ese día. Alrededor de las once salimos a dar un paseo, y él obtuvo permiso para llevarse al cocker spaniel negro con nosotros.
“Este es el sitio”, dijo cuando llegamos a dos altas verjas de parque con grifos heráldicos alzándose sobre ellas.
“Sobre el mediodía, me informa el señor Barnes, la anciana sale a dar un paseo, y el coche debe reducir la velocidad mientras se abren las puertas. Cuando pase, antes de que vuelva a tomar velocidad, quiero que usted, Watson, detenga al cochero con alguna pregunta. No se preocupe por mí. Me detendré detrás de este acebo y veré lo que pueda ver”.
No fue una larga espera. Al cabo de un cuarto de hora vimos venir por la larga avenida el gran carruaje descubierto de color amarillo, con dos espléndidos caballos tordos de altos y arrogantes ademanes en la tornaguía.
Holmes se agazapó tras su arbusto con el perro. Yo me quedé de pie, blandiendo despreocupadamente un bastón en medio del camino. Un guardabosques salió corriendo y las puertas se abrieron de par en par.
El carruaje había reducido la marcha hasta casi detenerse, y pude observar con detalle a los ocupantes. A la izquierda iba una joven muy maquillada, de cabello rubio lino y ojos descarados. A su derecha se encontraba una persona de edad avanzada, con la espalda encorvada y un cúmulo de chales alrededor del rostro y los hombros que delataban a una inválida. Cuando los caballos llegaron al camino principal, levanté la mano con un gesto imperativo y, mientras el cochero detenía el vehículo, pregunté si