—Pues, señor, todo el mundo habla de ello. Se puso desesperado y no ha probado bocado en una semana. Luego, hoy, dos de los jóvenes caballeros de The Gables lo han encontrado muerto: abajo en la playa, señor, justo en el mismo lugar donde su amo encontró el fin.
“En el mismo lugar”. Las palabras se destacaban con claridad en mi memoria. Una vaga percepción de que el asunto era de vital importancia surgió en mi mente. Que el perro muriera encajaba con la naturaleza hermosa y fiel de los perros. ¡Pero «en el mismo lugar»! ¿Por qué habría de serle fatal aquella solitaria playa? ¿Era posible que también hubiera sido sacrificado a causa de alguna venganza rencorosa? ¿Era posible…? Sí, la percepción era vaga, pero algo iba formándose ya en mi mente.
En pocos minutos estuve de camino a The Gables, donde encontré a Stackhurst en su estudio. A petición mía, mandó a buscar a Sudbury y Blount, los dos estudiantes que habían encontrado al perro.
“Sí, estaba justo en la orilla del estanque —dijo uno de ellos—. Debió de haber seguido el rastro de su amo muerto”.
Vi a la fiel criatura, un terrier Airedale, tendida sobre la alfombra del vestíbulo. El cuerpo estaba tieso y rígido, los ojos saltones y las extremidades contorsionadas. Había agonía en cada una de sus líneas.
From The Gables I walked down to the bathing-pool. The sun had sunk and the shadow of the great cliff lay black across the water, which glimmered dully like a sheet of lead. The place was deserted and there was no sign of life save for two seabirds circling and screaming overhead. In the fading light I could dimly make out the little dog’s spoor upon the sand round the very rock on which his master’s towel had been laid. For a long time I stood in deep meditation while the shadows grew darker around me. My mind was filled with racing thoughts.