Las ideas de mi amigo Watson, aunque limitadas, son sumamente tercas. Durante mucho tiempo me ha estado molestando para que escriba una experiencia propia. Quizá haya invitado yo un poco a esta persecución, ya que a menudo he tenido ocasión de señalarle cuán superficiales son sus propios relatos y de acusarle de congraciarse con el gusto popular en lugar de ceñirse estrictamente a los hechos y las cifras.
«¡Pruébelo usted mismo, Holmes!», me ha retado, y me veo obligado a admitir que, una vez tomada la pluma en la mano, empiezo a comprender que el asunto debe presentarse de tal manera que pueda interesar al lector.
El siguiente caso difícilmente dejará de hacerlo, ya que se cuenta entre los sucesos más extraños de mi colección, a pesar de que la casualidad quiso que Watson no tuviera nota alguna de él en la suya.
A propósito de mi viejo amigo y biógrafo, aprovecharé esta oportunidad para señalar que, si me cargo con un compañero en mis diversas pequeñas pesquisas, no lo hago por sentimentalismo o capricho, sino porque Watson posee algunas características notables propias a las que, en su modestia, ha prestado escasa atención en medio de sus valoraciones exageradas de mis propias actuaciones.
Un cómplice que anticipa tus conclusiones y tu curso de acción es siempre peligroso, pero alguien para quien cada acontecimiento constituye una perpetua sorpresa y para quien el futuro es siempre un libro cerrado, es sin duda un colaborador ideal.