Sobre la cama yacíase una mujer que claramente tenía una fiebre muy alta.
Estaba solo semiconsciente, pero al entrar yo, abrió unos ojos asustados pero hermosos y me miró con aprensión. Al ver a un extraño, pareció aliviada y volvió a hundirse en la almohada con un suspiro.
Me acerqué a ella con unas palabras tranquilizadorasy se quedó quieta mientras le tomaba el pulso y la temperatura. Ambos eran altos, y sin embargo mi impresión era que el estado era más bien de excitación mental y nerviosa que de cualquier ataque real.
—Ella se acuesta así un día, dos días. Yo ’tá con miedo de que se muera —dijo la muchacha.
La mujer volvió hacia mí su rostro encendido y hermoso.
“¿Dónde está mi esposo?”
“Él está abajo y desearía verle.”
“No le veré. No le veré”. Luego pareció caer en el delirio. “¡Un demonio! ¡Un demonio! Oh, ¿qué voy a hacer con este diablo?”.
¿Puedo ayudarle en algo?
“No. Nadie puede ayudar. Se acabó. Todo está destruido. Haga lo que haga, todo está destruido”.
La mujer debe de tener algún extraño delirio. No podía ver al honrado Bob Ferguson con el carácter de demonio o diablo.
—Madame —le dije—, su esposo la ama profundamente. Está muy afligido por este suceso.
De nuevo volvió hacia mí aquellos gloriosos ojos.