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nydus/The Casebook of Sherlock HolmesPublic
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La aventura de los tres Garrideb

Ahora debemos averiguar si nuestro otro corresponsal es también un fraude. Llámelo por teléfono, Watson.

Lo hice y escuché una voz delgada y trémula al otro lado de la línea.

“Sí, sí, soy el señor Nathan Garrideb. ¿Está el señor Holmes ahí? Me gustaría mucho hablar unas palabras con el señor Holmes”.

Mi amigo tomó el aparato y oí el diálogo sincopado de siempre.

“Sí, ha estado aquí. Comprendo que usted no lo conozca. … ¿Cuánto tiempo? … ¡Solo dos días! … Sí, sí, por supuesto, es una perspectiva de lo más cautivadora. ¿Estará usted en casa esta tarde? Supongo que su tocayo no estará allí? … Muy bien, iremos entonces, pues prefiero charlar sin él. … El doctor Watson venddrá conmigo. … Por su nota deduzco que usted no salía a menudo. … Bien, estaremos por allí sobre las seis. No hace falta que se lo mencione al abogado estadounidense. … ¡Muy bien, adiós!”

Era el atardecer de una hermosa tarde de primavera, y hasta el pequeño Ryder Street, uno de los callejones secundarios de Edgware Road, a tiro de piedra del viejo árbol de Tyburn de infausta memoria, parecía dorado y maravilloso bajo los rayos oblicuos del sol poniente.

La casa en cuestión a la que nos dirigíamos era un edificio grande y anticuado de principios de la época georgiana, con una fachada de ladrillo plano interrumpida únicamente por dos profundos miradores en la planta baja. Era en esta planta baja donde vivía nuestro cliente y, en efecto, los ventanales bajos resultaron ser el frente de la enorme sala en la que pasaba sus horas de vigilia.

Holmes señaló al pasar la pequeña placa de latón que llevaba aquel curioso nombre.

—Tiene algunos años, Watson —comentó, señalando su superficie decolorada—. Es su nombre real, de todos modos, y eso es algo digno de mención.

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