mujer. La arrastré hacia la puerta y tuve la suerte de devolverla al carruaje sin que se armara un escándalo público, pues estaba fuera de sí de rabia. A mi manera fría, yo mismo me sentía bastante furioso, Watson, porque había algo indescriptiblemente irritante en la calma distante y la suprema autocomplacencia de la mujer a la que intentábamos salvar. Así que ahora una vez más sabes exactamente cuál es nuestra situación, y está claro que debo planear alguna jugada inicial diferente, porque este gambito no va a funcionar. Mantendré el contacto contigo, Watson, pues es más que probable que tengas tu papel que desempeñar, aunque es cabalmente posible que el próximo movimiento corresponda a ellos más que a nosotros.
Y así fue. Su golpe cayó —o más bien el golpe de él, pues jamás podría creer que la dama estuviera al tanto—. Creo que podría señalarle la mismísima losa sobre la que estaba de pie cuando mis ojos tropezaron con el cartel, y una punzada de horror atravesó lo más profundo de mi alma. Fue entre el Gran Hotel y la estación de Charing Cross, donde un vendedor de periódicos cojo exhibía sus diarios de la tarde. La fecha era exactamente dos días después de nuestra última conversación. Allí, en negro sobre amarillo, estaba la terrible hoja de noticias:
Ataque asesino contra Sherlock Holmes
Creo que me quedé atónito durante unos momentos. Luego tengo un recuerdo confuso de haber arrebatado un periódico, de las protestas del hombre, al que no había pagado, y, por último, de estar en la puerta de una farmacia mientras buscaba el párrafo fatídico. Decía así: