Cuando por fin regresé al cuerpo, descubrí que un pequeño grupo de curiosos se había congregado a su alrededor.
Stackhurst, por supuesto, seguía allí, y Ian Murdoch acababa de llegar con Anderson, el agente de policía del pueblo, un hombre grande, de bigote pelirrojo, perteneciente a la lenta y sólida estirpe de Sussex, una estirpe que esconde mucho sentido común bajo una apariencia pesada y silenciosa.
Lo escuchó todo, tomó nota de todo lo que dijimos y, por fin, me apartó.
—Agradecería su consejo, Mr. Holmes. Este es un asunto importante para mí, y tendré noticias de Lewes si me equivoco.
Le aconsejé que mandara a buscar a su superior inmediato y a un médico; que además no permitiera que se moviese nada, y que se dejaran las mínimas huellas frescas posibles hasta que llegaran. Mientras tanto, le registré los bolsillos al muerto. Tenía un pañuelo, un cuchillo grande y un pequeño tarjetero plegable. De este sobresalía un papelito, que desdoblé y entregué al agente. Estaba escrito en él, con letra temblorosa y femenina:
Estaré allí, puedes estar seguro.
Parecía una historia de amor, una cita secreta, aunque el cuándo y el dónde quedaban en blanco. El agente la volvió a meter en la funda de tarjetas y la devolvió con los demás objetos a los bolsillos de la Burberry.
Luego, como nada más se le ocurrió, regresé a mi casa a desayunar, habiendo dispuesto antes que se registrase a fondo la base de los acantilados.
Stackhurst apareció al cabo de una hora o dos para decirme que el cadáver había sido trasladado a The Gables, donde se celebraría la investigación judicial. Traía consigo noticias serias y definitivas.