«Pon mi pipa sobre la mesa y la zapatilla para el tabaco. ¡Bien! Entra todas las mañanas y planearemos nuestra campaña».
Aquel anochecer acordé con Johnson que llevaría a la señorita Winter a un suburbio tranquilo y me aseguraría de que se mantuviera escondida hasta que pasara el peligro.
Durante seis días el público estuvo bajo la impresión de que Holmes se encontraba a las puertas de la muerte. Los boletines eran muy graves y había párrafos siniestros en los periódicos. Mis continuas visitas me aseguraban que no era para tanto.
Su constitución tenaz y su voluntad decidida estaban obrando milagros. Se estaba recuperando con rapidez, y a veces sospechaba que en realidad se estaba recuperando más deprisa de lo que fingía, incluso ante mí. Había un curioso matiz secretista en aquel hombre que conducía a muchos efectos dramáticos, pero que dejaba incluso a su amigo más íntimo adivinando cuáles podrían ser sus planes exactos.
Llevaba hasta el extremo el axioma de que el único conspirador seguro era aquel que conspiraba a solas. Yo estaba más cerca de él que nadie y, sin embargo, siempre era consciente del abismo que nos separaba.
Al séptimo día me quitaron los puntos, a pesar de lo cual en los periódicos de la tarde apareció una noticia sobre un brote de erisipela. Esos mismos periódicos vespertinos traían un anuncio que yo tenía la obligación, enfermo o sano, de llevarle a mi amigo. Decía simplemente que entre los pasajeros del vapor Ruritania, de la naviera Cunard, que salía de Liverpool el viernes, se encontraba el barón Adelbert Gruner, quien tenía que resolver algunos asuntos financieros importantes en los Estados Unidos antes de su inminente boda con la señorita Violet de Merville, única hija de, etcétera, etcétera. Holmes escuchó la noticia con una expresión fría y concentrada en su pálido rostro, lo que me indicó que aquello le había dado de lleno.