Cuando uno considera que el señor Sherlock Holmes estuvo en activo durante veintitrés años, y que durante diecisiete de ellos se me permitió cooperar con él y tomar notas de sus actos, resultará evidente que tengo a mi disposición una gran masa de material.
El problema siempre ha sido no encontrar, sino elegir. Está la larga hilera de anuarios que llenan un estante y están las carteras de mano repletas de documentos, una auténtica cantera no solo para el estudioso del crimen, sino de los escándalos sociales y oficiales de finales de la era victoriana.
En cuanto a estos últimos, puedo decir que los autores de cartas angustiadas, que suplican que no se toque el honor de sus familias o la reputación de antepasados famosos, no tienen nada que temer. La discreción y el elevado sentido del honor profesional que siempre han distinguido a mi amigo siguen vigentes en la elección de estas memorias, y no se abusará de ninguna confidencia.
Desapruebo, sin embargo, de la manera más enérgica los intentos que se han hecho últimamente para conseguir y destruir estos papeles. Se conoce el origen de estos ultrajes, y si se repiten tengo la autorización del señor Holmes para decir que toda la historia relativa al político, al faro y al cormorán amaestrado será dada a conocer al público. Hay al menos un lector que lo entenderá.
No es razonable suponer que cada uno de estos casos le dio a Holmes la oportunidad de mostrar aquellos curiosos dones de instinto y observación que me he esforzado por exponer en estas memorias.