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nydus/The Casebook of Sherlock HolmesPublic
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El problema del puente de Thor

fuerzas. Yo nunca me chivué, y nunca me importó que el otro se chivase. Pero ella lo veía de otro modo. Supongo que tenía razón. Creía y decía que una fortuna para un hombre que era más de lo que necesitaba no debía construirse sobre diez mil hombres arruinados a los que se dejaba sin los medios para vivir. Así era como lo veía ella, y supongo que podía ver más allá de los dólares algo que era más duradero. Descubrió que yo escuchaba lo que decía, y creía que estaba sirviendo al mundo al influir en mis acciones. Así que se quedó... y entonces surgió esto.

—¿Puede usted arrojar alguna luz sobre eso?

El Rey del Oro se detuvo por un minuto o más, con la cabeza hundida entre las manos, perdido en profundos pensamientos.

“Todo se ve muy negro en su contra. No puedo negarlo. Y las mujeres llevan una vida interior y pueden hacer cosas que escapan al juicio de un hombre. Al principio me quedé tan desconcertado y turbado que estuve a punto de creer que se había visto arrastrada de un modo extraordinario y totalmente ajeno a su naturaleza habitual. Se me vino una explicación a la cabeza. Se la doy, Mr. Holmes, por lo que pueda valer. No cabe duda de que mi esposa estaba mortalmente celosa. Existe un oscurantismo de los celos que puede ser tan frenético como cualquier celo carnal, y aunque mi esposa no tenía motivos —y creo que ella lo comprendía— para esto último, era consciente de que aquella muchacha inglesa ejercía sobre mi mente y mis actos una influencia que ella misma jamás había tenido. Era una influencia para bien, pero eso no arreglaba las cosas. Estaba loca de odio y el calor del Amazonas corría siempre por sus venas.

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