agitó las manos a solo unas pulgadas de la fauce abierta y se esforzó por todos los medios en aumentar la furia del animal, que ya estaba fuera de todo control. En todas nuestras aventuras no sé si he presenciado jamás un espectáculo más extraño que esta figura impasible y aún digna, agazapada como una rana sobre el suelo e incitando a una exhibición más salvaje de pasión al sabueso enloquecido, que se encabritaba y rabiaba frente a él, mediante toda clase de ingeniosa y calculada crueldad.
Y entonces, ¡en un momento sucedió! No fue la cadena la que se rompió, sino el collar el que se zafó, pues había sido hecho para un Terranova de cuello grueso. Oímos el tintineo de la caída del metal, y al instante siguiente el perro y el hombre rodaban por el suelo juntos, el uno rugiendo de furia, el otro gritando en un extraño y agudo falsete de terror.
Estuvo a punto de costarle la vida al profesor. La fiera lo tenía bien sujeto por la garganta, sus colmillos habían hincado hondo y él ya estaba inconsciente antes de que pudiéramos llegar y separarlos. Pudo haber sido una tarea peligrosa para nosotros, pero la voz y la presencia de Bennett hicieron entrar en razón al gran lebrel al instante.
El alboroto había sacado al somnoliento y atónito cochero de su habitación sobre las caballerizas. «No me sorprende —dijo, meneando la cabeza—. Ya se lo he visto hacer antes. Sabía que tarde o temprano el perro lo agarraría».
El sabueso quedó asegurado, y juntos llevamos al profesor hasta su habitación, donde Bennett, que tenía título de medicina, me ayudó a curar su garganta desgarrada. Los afilados dientes habían pasado peligrosamente cerca de la carótida, y la hemorragia era grave. En media hora el peligro pasó, le había