extraño instinto le había indicado a la criatura en un instante que un ser humano había sido asesinado. En cuanto descorrí los cerrojos, saltó y se me vino encima en un instante.
Leonardo podría haberme salvado. Si se hubiera abalanzado y hubiera golpeado a la bestia con su garrote, tal vez la habría acobardado. Pero el hombre perdió los nervios. Le oí gritar aterrorizado, y luego le vi dar media vuelta y huir.
En el mismo instante, los dientes del león se clavaron en mi cara. Su aliento caliente y apestoso ya me había envenenado y apenas era consciente del dolor. Con las palmas de las manos intenté apartar de mí aquellas fauces enormes, humeantes y manchadas de sangre, y grité pidiendo ayuda.
Me di cuenta de que el campamento se movía, y luego recuerdo vagamente a un grupo de hombres. Leonardo, Griggs y otros, sacándome de debajo de las garras de la criatura. Ese fue mi último recuerdo, señor Holmes, durante muchos y fatigosos meses.
Cuando volví en mí y me vi en el espejo, maldije a aquel león —¡ah, cómo lo maldije!—, no porque me hubiera arrancado la hermosura, sino porque no me había arrancado la vida. No tenía más que un deseo, Mister Holmes, y dinero suficiente para satisfacerlo. Consistía en cubrirme para que nadie pudiera ver mi pobre rostro, y en vivir donde ninguno de cuantos había conocido pudiera encontrarme. Eso era lo único que me quedaba por hacer, y eso es lo que he hecho. Una pobre fiera herida que se ha arrastrado hasta su cubil para morir; ese es el fin de Eugenia Ronder.
Permanecimos en silencio durante un buen rato después de que la desdichada mujer hubo contado su historia. Entonces Holmes estiró su largo brazo y le palmeó la mano con una muestra de simpatía como pocas veces le había visto manifestar.