Es cosa de lo más singular que un problema que era sin duda tan abstruso e inusual como cualquiera de los que he afrontado en mi larga carrera profesional me haya llegado tras mi jubilación, y que viniera, por decirlo así, a la puerta misma de mi casa.
Ocurrió tras mi retirada a mi pequeño hogar en Sussex, cuando me había entregado por completo a esa apacible vida de la Naturaleza que tanto había ansiado durante los largos años pasados en medio de la penumbra de Londres. En este periodo de mi vida, el buen Watson casi se había apartado de mi horizonte. Una ocasional visita de fin de semana era lo más que llegaba a ver de él. Por tanto, debo actuar como mi propio cronista.
¡Ah! De haber estado conmigo, ¡cuánto partido habría sacado de un acontecimiento tan maravilloso y de mi eventual triunfo frente a toda dificultad! Tal como están las cosas, sin embargo, he de relatar mi historia a mi manera sencilla, mostrando con mis palabras cada paso en el difícil camino que tenía por delante mientras buscaba el misterio de la Melena de León.
Mi villa está situada en la ladera meridional de las colinas (downs), y domina una gran vista del Canal de la Mancha. En este punto, la costa es enteramente de acantilados de tiza, a los que solo se puede bajar por un único sendero largo y tortuoso, que es empinado y resbaladizo. Al pie del sendero hay cien yardas de guijarros y cantos rodados, incluso con la marea alta. Aquí y allá, sin embargo, hay curvas y hondonadas que forman magníficas piscinas naturales llenadas de nuevo con cada pleamar. Esta playa