El lugar había sido construido por un magnate del oro sudafricano en los días del gran auge y la casa, larga y baja, con torrecillas en las esquinas, aunque era una pesadilla arquitectónica, imponía por su tamaño y solidez. Un mayordomo, que habría lucido bien en un banco de obispos, me hizo pasar y me entregó a un lacayo vestido de terciopelo, el cual me condujo a la presencia del barón.
Estaba de pie ante la parte delantera abierta de una gran vitrina que se encontraba entre las ventanas y que contenía parte de su colección china.
Se dio la vuelta cuando entré con un pequeño jarrón marrón en la mano.
“Le ruego que se siente, doctor —dijo—.
Estaba examinando mis propios tesoros y me preguntaba si realmente podría permitirme el lujo de añadir alguno más. Esta pequeña pieza de la época Tang, que data del siglo VII, probablemente le interesaría. Estoy seguro de que jamás ha visto un trabajo más fino ni un esmalte más rico. ¿Lleva con usted el platillo Ming del que me habló?”.
Lo desempaqué con cuidado y se lo entregué. Se sentó a su escritorio, acercó la lámpara, pues ya estaba oscureciendo, y se dispuso a examinarlo. Al hacerlo, la luz amarilla iluminó sus facciones, y pude estudiarlas a mis anchas.
Era sin duda un hombre extraordinariamente apuesto. Su reputación europea por su belleza era plenamente merecida. Su complexión no superaba la estatura media, pero estaba moldeada con líneas graciosas y ágiles. Su rostro era moreno, casi oriental, con unos ojos grandes, oscuros y languidecientes que fácilmente podían ejercer una fascinación irresistible sobre las mujeres. Su cabello y su bigote eran de un negro azabache; este último, corto, puntiagudo y cuidadosamente engominado. Sus facciones