“Cuando volví en mí ya era el anochecer, y me incorporé sintiéndome muy débil y enfermo. Para mi sorpresa, había una casa muy cerca de mí, una casa bastante grande con una amplia galería y muchas ventanas. Hacía un frío mortal.
Recordáis la clase de frío entumecedor que solía presentarse al atardecer, un frío mortal y nauseabundo, muy diferente de una escarcha tersa y saludable. Pues bien, estaba helado hasta los huesos, y mi única esperanza parecía radicar en llegar a esa casa.
Me puse en pie a tropezones y arrastré los pasos, apenas consciente de lo que hacía. Conserve un vago recuerdo de subir lentamente los escalones, de entrar por una puerta de par en par, de pasar a una gran estancia que contenía varias camas, y de arrojarme con un suspiro de satisfacción sobre una de ellas. Estaba sin hacer, pero eso no me importó en absoluto. Me subí las mantas sobre el cuerpo tembloroso y en un momento caí en un sueño profundo.
Era de mañana cuando desperté, y me pareció que, en vez de salir a un mundo de sensatez, había emergido en una pesadilla extraordinaria. El sol africano inundaba los grandes ventanales sin cortinas, y cada detalle del gran dormitorio, desprovisto y encalado, se recortaba duro y nítido. Delante de mí estaba de pie un hombre pequeño, parecido a un enano, con una cabeza enorme y bulbosa, que par habla entusiasmado en holandés, agitando dos manos horribles que a mí me parecieron esponjas marrones. Detrás de él había un grupo de personas que parecían divertirse intensamente con la situación, pero un escalofrío me recorrió al mirarlas. Ni una sola de ellas era un ser humano normal. Todas estaban torcidas, hinchadas o desfiguradas de algún modo extraño. La risa de estas extrañas monstruosidades era algo espantoso de oír.