“Hubo un período de entusiasmo el 26 de agosto. Supondremos que tiene la memoria un poco confusa en cuanto a lo que hace en tales momentos. Si insistimos en que estamos allí por cita previa, creo que difícilmente se atreverá a contradecirnos. ¿Tiene usted la desfachatez necesaria para llevarlo a cabo?”
“Solo podemos intentarlo.”
—¡Excelente, Watson! Mezcla de la Abeja Laboriosa y Excelsior. Solo podemos intentarlo; el lema de la empresa. Un nativo amigable seguro que nos guiará.
Semejante personaje a bordo de un elegante hansom nos llevó a toda velocidad frente a una hilera de antiguos colegios mayores y, tras adentrarse finalmente en una avenida flanqueada por árboles, se detuvo ante la puerta de una casa encantadora, rodeada de césped y cubierta de glicinias moradas.
El profesor Presbury estaba indudablemente rodeado de todos los indicios no solo de comodidad, sino también de lujo. Aún no habíamos terminado de detenernos cuando una cabeza canosa se asomó por la ventana principal y advertimos un par de ojos penetrantes bajo unas cejas pobladas que nos examinaban a través de unas grandes gafas de concha.
Un momento después nos hallábamos en su mismo sanctasanctórum, y el misterioso científico cuyas excentricidades nos habían llevado desde Londres estaba ante nosotros. No había desde luego rastro de excentricidad ni en sus modales ni en su aspecto, pues era un hombre corpulento, de rasgos marcados, serio, alto y vestido con levita, que ostentaba la dignidad de porte que requiere un conferenciante. Sus ojos eran su rasgo más notable: penetrantes, observadores e inteligentes hasta el límite de la astucia.
Él miró nuestras tarjetas.