—Eso esperaba —dijimos Holmes, soltando una risa ahogada—. Me imagino que aún hoy podrían encontrarse las cenizas de ellas en aquel horno que ya había consumido una parte.
—Pero ¿por qué demonios iba alguien a querer quemar los huesos de un hombre que lleva muerto mil años? —preguntó John Mason.
—Eso es lo que hemos venido a averiguar —dijo Holmes—. Puede que nos lleve una larga búsqueda y no hay necesidad de retenerle. Me imagino que obtendremos la solución antes del amanecer.
Cuando John Mason nos dejó, Holmes se puso a trabajar haciendo un examen muy minucioso de las tumbas, abarcando desde una muy antigua, que parecía sajona, en el centro, a través de una larga línea de los Hugo y Odo normandos, hasta que llegamos a los sir William y sir Denis Falder del siglo XVIII.
Pasó una hora o más antes de que Holmes llegara a un ataúd de plomo colocado verticalmente ante la entrada de la cripta. Le oí dar su pequeño grito de satisfacción y me di cuenta, por sus movimientos apresurados pero resueltos, de que había alcanzado una meta.
Con su lupa examinaba con avidez los bordes de la pesada tapa. Luego sacó del bolsillo una pequeña palanca, un abrecajas, que introdujo en una hendidura, haciendo palanca para retirar todo el frente, que parecía estar sujeto únicamente por un par de abrazaderas.
Se oyó un ruido de desgarro al ceder, pero apenas se había abatido en bisagra revelando en parte el contenido cuando tuvimos una interrupción imprevista.
Alguien caminaba por la capilla de arriba. Era el paso firme y rápido de alguien que venía con un propósito definido y conocía bien el terreno por el que pisaba.