Mi recuerdo del viaje no es agradable, pues hacía calor, el tren era lento y mi compañero, hosco y silencioso, apenas hablaba salvo para hacer de vez en cuando algún comentario sardónico sobre la inutilidad de nuestros trámites. Cuando por fin llegamos a la pequeña estación, tuvimos que recorrer dos millas en coche antes de llegar a la Vicaría, donde un clérigo corpulento, solemne y más bien pomposo nos recibió en su estudio. Nuestro telegrama yacía ante él.
—Bien, caballeros —preguntó—, ¿qué puedo hacer por ustedes?
—Vinimos —expliqué—, en respuesta a su telegrama.
“¡Mi telegrama! Yo no envié ningún telegrama”.
—Me refiero al telegrama que le envió al señor Josiah Amberley sobre su esposa y su dinero.
—Si esto es una broma, caballero, es una muy dudosa —dijo el vicario con enojo—. Jamás he oído hablar del caballero que nombra, y no