La dama miró con asombro.
“¿Se podría hacer con cinco mil libras?”
—¡Pues, bien que lo creo, desde luego!
—Muy bien. Creo que me extenderá un cheque por esa cantidad, y yo me encargaré de que le llegue a la señora Maberley. Usted le debe un pequeño cambio de aire. Entre tanto, señora —agitó un dedo índice en señal de advertencia—, ¡tenga cuidado! ¡Tenga cuidado! No se puede jugar con armas de doble filo eternamente sin cortarse esas delicadas manos.