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nydus/The Casebook of Sherlock HolmesPublic
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El problema del puente de Thor

“Puede que sea así, pero usted admitirá, señor Holmes, que la mayoría de los hombres se echarían atrás un poco cuando se les pregunta a quemarropa cuáles son sus relaciones con una mujer, si de verdad hay algún sentimiento serio de por medio.

Supongo que la mayoría de los hombres tienen una pequeña reserva privada en algún rincón de su alma donde no admiten intrusos. Y usted irrumpió de repente en ella. Pero el objetivo lo disculpa, ya que era para intentar salvarla.

Bien, las cartas están sobre la mesa y la reserva abierta, y usted puede explorar por donde quiera. ¿Qué es lo que quiere?”

“La verdad”.

El Rey de Oro se detuvo un momento como quien ordena sus pensamientos. Su rostro adusto y profundamente marcado se había vuelto aún más triste y grave.

—Puedo resumírselo en muy pocas palabras, mister Holmes —dijo al fin—. Hay cosas que son tan dolorosas como difíciles de decir, así que no profundizaré más de lo necesario. Conocí a mi esposa cuando buscaba oro en Brasil. María Pinto era hija de un funcionario del gobierno en Manaos, y era muy hermosa. Yo era joven y fogoso por aquel entonces, pero aun ahora, al mirar atrás con la sangre más fría y un ojo más crítico, puedo ver que era rara y maravillosa en su hermosura. Poseía también una naturaleza profunda y rica, apasionada, entregada, tropical, desequilibrada, muy diferente de las mujeres americanas que yo había conocido. En fin, para abreviar, la amé y me casé con ella. Fue solo cuando el romance hubo pasado —y perduró durante años— cuando me di cuenta de que no teníamos nada, absolutamente nada, en común. Mi amor se desvaneció. Si el de ella se hubiera desvanecido también, habría sido más fácil. ¡Pero ya conoce la maravillosa manera de ser de las mujeres! Hiciera lo que hiciese, nada lograba apartarla de mí. Si he sido

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