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nydus/The Casebook of Sherlock HolmesPublic
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La aventura de la melena de león

El hombre iba vestido únicamente con su gabardina Burberry, los pantalones y unos zapatos de lona sin cordones. Al caer, la gabardina, que llevaba echada negligentemente sobre los hombros, se deslizó y dejó al descubierto su torso. Lo contemplamos estupefactos. Su espalda estaba cubierta de líneas de un rojo oscuro, como si hubiera sido brutalmente azotado con un látigo de alambre fino. El instrumento con el que se le había infligido tal castigo era claramente flexible, pues los largos y furiosos verdugones se curvaban alrededor de sus hombros y costillas. Le goteaba sangre por la barbilla, ya que se había mordido el labio inferior en el paroxismo de su agonía. Su rostro demacrado y distorsionado revelaba cuán terrible había sido esa agonía.

Yo estaba arrodillado y Stackhurst de pie junto al cadáver cuando una sombra cayó sobre nosotros, y descubrimos que Ian Murdoch estaba a nuestro lado. Murdoch era el profesor de matemáticas de la institución, un hombre alto, moreno y delgado, tan taciturno y distante que no se podía decir que tuviera amigos. Parecía vivir en alguna región alta y abstracta de números irracionales y secciones cónicas, con muy poco que lo conectara con la vida ordinaria. Los estudiantes lo consideraban un bicho raro y habría sido el blanco de sus burlas, pero el hombre tenía alguna extraña sangre exótica que se manifestaba no solo en sus ojos negros como el carbón y su rostro aceitunado, sino también en ocasionales arrebatos de mal genio que solo podían calificarse de feroces. En una ocasión, harto de que lo molestara un perrito perteneciente a McPherson, había cogido al animal y lo había arrojado a través del ventanal de cristal, un acto por el cual Stackhurst sin duda lo habría despedido si no hubiera sido un profesor muy valioso.

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