—¡Así que eso es todo! —dijo Holmes—. Y ahora, si puedes dispensarme un poco de tiempo, Watson, nos pondremos en marcha.
Un corto trayecto en tren, y otro más corto en coche, nos llevaron hasta la casa, una villa de ladrillo y madera, situada en su propio acre de pradera sin urbanizar. Tres pequeños salientes sobre las ventanas superiores hacían un débil intento de justificar su nombre.
Detrás había una arboleda de pinos melancólicos y a medio crecer, y todo el aspecto del lugar era pobre y deprimente.
Aun así, encontramos que la casa estaba bien amueblada, y la dama que nos recibió era una persona mayor de lo más atrayente, que ostentaba todos los signos de refinamiento y cultura.
“Recuerdo muy bien a su esposo, señora —dijo Holmes—, aunque hace ya algunos años que recurrió a mis servicios por algún asunto sin importancia”.
“Probablemente le resulte más familiar el nombre de mi hijo Douglas”.
Holmes la miró con gran interés.
—¡Válgame Dios! ¿Es usted la madre de Douglas Maberley? Lo conocía un poco. Pero por supuesto todo Londres lo conocía. ¡Qué criatura tan magnífica era! ¿Dónde está ahora?
“¡Muerto, Mr. Holmes, muerto! Era agregado en Roma, y murió allí de pulmonía el mes pasado.”
“Lo siento. Uno no podía asociar la muerte con un hombre así. Nunca he conocido a nadie tan intensamente vivo. ¡Vivía con intensidad, hasta en la última fibra de su ser!”
“Con demasiada intensidad, mister Holmes. Eso fue su ruina. Usted lo recuerda tal como era: apuesto y espléndido. No vio al ser malhumorado,