Codal
nydus/The Casebook of Sherlock HolmesPublic
Página 215 de 338
Table of Contents

La aventura del hombre que trepaba

de esto, tenía otros usos. Yo era una piedra de afilar para su mente. Le estimulaba. Le gustaba pensar en voz alta en mi presencia. Apenas se podía decir que sus observaciones fueran dirigidas a mí —muchas de ellas habrían resultado igual de apropiadas si se las hubiera dirigido a su propia cama—, pero, a pesar de todo, una vez creada la costumbre, de algún modo le resultaba útil que yo las registrara e interjeccionara. Si le irritaba con una cierta lentitud metódica en mi mentalidad, esa irritación solo servía para hacer que sus propias intuiciones e impresiones, semejantes a llamas, brillaran con mayor viveza y rapidez. Tal era mi humilde papel en nuestra alianza.

Cuando llegué a Baker Street lo encontré acurrucado en su sillón con las rodillas encogidas, la pipa en la boca y el entrecejo fruncido por el pensamiento.

Resultaba evidente que se encontraba enzarzado en algún problema molesto.

Con un movimiento de la mano me indicó mi viejo sillón, pero por lo demás durante media hora no dio señal alguna de que fuera consciente de mi presencia.

Luego, con un sobresalto, pareció salir de su ensoñación y, con su habitual sonrisa caprichosa, me dio la bienvenida a lo que en otro tiempo había sido mi hogar.

—Disculpará una cierta abstracción mental, mi querido Watson —dijo—. Se me han presentado algunos hechos curiosos en las últimas veinticuatro horas, y estos a su vez han dado pie a algunas especulaciones de carácter más general. Tengo la seria intención de escribir una pequeña monografía sobre la utilidad de los perros en la labor de los detectives.

—Pero sin duda, Holmes, esto ya habrá sido explorado —dije—. Perros sabuesos... sabuesos rastreadores...

215