El burgués solo puede aumentar su capital en el comercio y la industria, y en ambos casos necesita trabajadores. Incluso si invierte su capital a interés, los necesita indirectamente; pues sin el comercio y la industria, nadie le pagaría intereses por su capital, nadie podría utilizarlo. De modo que el burgués ciertamente necesita trabajadores, no en verdad para su subsistencia inmediata, pues en caso de necesidad podría consumir su capital, sino —tal como necesitamos un artículo de comercio o una bestia de carga— como medio de ganancia. El proletario produce los bienes que el burgués vende con ganancia.
Cuando, por lo tanto, la demanda de estos productos aumenta de tal modo que todos los obreros en competencia encuentran empleo, y tal vez harían falta unos pocos más, la competencia entre los trabajadores desaparece y la burguesía comienza a competir entre sí.
El capitalista en busca de obreros sabe muy como los mejores que sus beneficios aumentan a medida que los precios suben como consecuencia de la mayor demanda de sus productos, y prefiere pagar un salario un tanto más elevado antes de dejar escapar la totalidad de la ganancia. Envía la manteca a pescar el queso, y al obtener este último, cede la manteca sin reparos a los obreros. Así, un capitalista tras otro sale a la caza de obreros, y los salarios suben; pero solo hasta donde la creciente demanda lo permite.
Si el capitalista, que sacrificó voluntariamente una parte de su ganancia extraordinaria, corre el peligro de sacrificar cualquier parte de su ganancia media ordinaria, se cuida muy bien de no pagar más que los salarios medios.
De esto podemos determinar la tasa media de salarios. En circunstancias medias, cuando ni los trabajadores ni los capitalistas tienen motivos para competir, especialmente entre ellos, cuando hay