os saludan en todos los caminos y veredas. El cochero inglés, al pasar zumbando, azota al milesio con su látigo, lo maldice con su lengua; el milesio le tiende el sombrero para mendigar. > > Él es el peor mal con el que este país tiene que batallar. Ataviado con sus harapos y su salvajismo risueño, está ahí para asumir todo trabajo que pueda realizarse con la mera fuerza de manos y espalda, a cambio de un jornal que le alcance para comprar patatas. Solo necesita sal como condimento, se aloja a su gusto en cualquier pocilga o perrera, pernocta en cobertizos y viste un traje de andrajos cuya acción de ponerse y quitarse se dice que es una operación difícil, realizada tan solo en los días festivos y en las grandes fechas del calendario. > > El hombre sajón, si no puede trabajar en estas condiciones, no encuentra trabajo. El irlandés incivilizado, no por su fuerza, sino por lo opuesto a la fuerza, desplaza al nativo sajón, toma posesión en su lugar. Allí permanece, en su inmundicia y su sinrazón, en su falsedad y su violencia etílica, como el núcleo prefabricado de la degradación y el desorden. Quienquiera que luche, nadando con dificultad, puede hallar ahora un ejemplo de cómo el ser humano puede existir no nadando, sino hundido. > > Que la condición de la multitud inferior de los jornaleros ingleses se aproxime cada vez más a la de los irlandeses, compitiendo con ellos en todos los mercados; que cualquier trabajo para el cual baste la mera fuerza con escasa destreza que deba hacerse, se haga no al precio inglés, sino a un precio aproximado al irlandés; a un precio todavía superior al
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Inmigración irlandesa
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