se desvía aquí a la izquierda desde la calle principal, Long Millgate, está perdido; vaga de un patio a otro, dobla incontables esquinas, no pasa ante nada que no sean rincones y callejones estrechos y sucios, hasta que al cabo de unos minutos ha perdido toda orientación y no sabe hacia dónde dirigirse. Por todas partes edificios a medio derruir o totalmente arruinados, algunos de ellos incluso deshabitados, lo cual significa mucho aquí; rara vez se ve un suelo de madera o de piedra en las casas, las ventanas y las puertas están rota y mal ajustadas de manera casi uniforme, ¡y reina un estado de suciedad! Por todas partes montones de escombros, basura y despojos; charcos estancados a modo de cloacas, y un hedor que por sí solo haría imposible que un ser humano mínimamente civilizado viviera en semejante distrito.
La ampliación recién construida del ferrocarril de Leeds, que cruza el Irk por aquí, ha barrido algunos de estos patios y callejones, dejando otros completamente a la vista.
Inmediatamente bajo el puente del ferrocarril se levanta un patio, cuya inmundicia y horrores superan con creces a todos los demás, precisamente porque hasta entonces había estado tan cerrado, tan aislado que no se podía encontrar el camino hacia él sin bastante dificultad. Nunca lo habría descubierto por mí mismo, sin las brechas hechas por el ferrocarril, a pesar de que creía conocer toda esta región a fondo.
Pasando junto a una orilla escarpada, entre estacas y cuerdas de tender la ropa, uno se adentra en este caos de pequeñas chozas de una sola planta y una sola habitación, en la mayoría de las cuales no hay suelo artificial; cocina, sala de estar y dormitorio, todo en uno. En un agujero así, de apenas cinco pies de largo por seis de ancho, encontré dos camas