Hace ya muchos años que este colofón del crimen dejó repentinamente de tener al mundo en vilo; y cuando se detuvo, como se dijo tras la muerte de Roldán, reinó una gran quietud sobre la tierra.
Pero en sus mejores días (quiero decir, por supuesto, en sus peores) Flambeau era una figura tan escultórica e internacional como el káiser. Casi todas las mañanas el diario anunciaba que había evadido las consecuencias de un crimen extraordinario cometiendo otro.
Era un gascón de estatura gigantesca y audacia física; y se contaban las historias más descabelladas sobre sus arrebatos de humor atlético: cómo puso patas arriba al juge d’instruction y lo colocó cabeza abajo, “para despejarle la mente”; cómo corrió por la Rue de Rivoli con un policía bajo cada brazo.
Es de justicia decir que su fantástica fuerza física se empleaba por lo general en escenas tan incruentas aunque poco dignas; sus verdaderos delitos eran principalmente los de un robo ingenioso y a gran escala.
Pero cada uno de sus robos era casi un pecado nuevo, y daría para una historia por sí mismo. Fue él quien dirigió la gran Compañía Lechera del Tirol en Londres, sin lecherías, sin vacas, sin carros, sin leche, pero con varios miles de abonados. A estos los atendía mediante la sencilla operación de trasladar los botecitos de leche de las puertas ajenas a las puertas de sus propios clientes.
Fue él quien mantuvo una inexplicable y estrecha correspondencia con una señorita cuyo saco de cartas entero era interceptado mediante el extraordinario truco de fotografiar sus mensajes en un tamaño infinitesimal sobre las placas de un microscopio.
Una vasta sencillez, sin embargo, caracterizaba muchos de sus experimentos.