¿A quién había de encontrar en la calle, a escasos pasos de la puerta de la posada donde se celebraba el club, sino al mismísimo joven cuya causa había considerado mi deber defender con tanta pasión —y añadiré que con tanta desinteresación—?
—¿Es el señor Sapsea —dijo con dudas— o es—
—Es el señor Sapsea —repliqué.
—Perdone, señor Sapsea; parece usted sofocado, señor.
—He tenido calor —dije—, y por causa de usted.
Tras exponer las circunstancias con cierta extensión (mi generosidad casi lo abruma), le pregunté su nombre.
—Señor Sapsea —respondió, bajando la mirada—, su penetración es tan aguda, su mirada en las almas de sus semejantes es tan penetrante, que si tuviera la audacia de negar que mi apellido es Poker, ¿de qué me serviría?
No sé si había llegado a averiguar exactamente y con pelos y señales que su nombre era Poker, pero me atrevo a decir que estuve bastante cerca de conseguirlo.
—Vaya, vaya —dije, intentando tranquilizarlo con un movimiento de cabeza conciliador—. Te llamas Poker, y no hay nada de malo en llamarse Poker.
“¡Oh, señor Sapsea!”, exclamó el joven, de un modo muy bien educado. “¡Bendíganle a usted esas palabras!”
Luego, como si estuviera avergonzado de haber dado rienda suelta a sus sentimientos, volvió a bajar la vista.
—Vamos, Poker —le dije—, déjame oír más cosas sobre ti. Dime. ¿A dónde vas, Poker?, ¿y de dónde vienes?
“¡Ah, señor Sapsea!” exclamó el joven.
“El disimulo ante usted es imposible. Ya sabe usted que vengo de alguna parte, y que voy hacia otra. Si lo negara, ¿de qué me serviría?”.
—Entonces no lo niegues —fue mi comentario.
“O —prosiguió Poker, con una especie de éxtasis desolado—, o si negara que vine a este pueblo para verlo y oírlo a usted, señor, ¿de qué me serviría? O si negara yo…”