el Vellocino de Plata.
Porque se acercaba el tiempo de la siembra del algodón; el gris y la llovizna de diciembre habían quedado atrás, así como la vacilación de enero.
Ya cierto calor y resplandor se había filtrado en el aire, y el Pantano llamaba a su hija con una voz baja y seductora. Ella sabía dónde brotaban las primeras hojas, dónde se anidaban pequeñas flores y dónde los jóvenes seres vivos miraban hacia la luz y lloraban y reptaban.
Un anhelo nostálgico se iba infiltrando en su corazón. Quería ser libre. Quería correr, bailar y cantar, pero Bles quería...
„¡Zora!“
Esta vez oyó la llamada, pero no le hizo caso. La señorita Taylor era muy pesada, y siempre andaba haciendo y diciendo boberías.
Así que Zora no prestó atención, sino que se quedó sentida y pensativa. Sí, le enseñaría a Bles el lugar esa misma noche; se lo había guardado en secreto hasta entonces, por cabezonería, por su amor al misterio y a los secretos. Pero esta noche, después de la escuela, cuando él se encontrara con ella en el camino grande con la ropa, lo llevaría y le enseñaría el rincón elegido.
Pronto se dio cuenta de que las clases habían terminado, y con pausa recogió sus libros y se levantó. Mary Taylor la miró con desconcertada desesperación. > ¡Oh, esta gente! La señora ¬ÝVanderpool tenía razón: