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Capítulo XVII: El socialismo como un peligro para los obreros

# EL SOCIALISMO: UN PELIGRO PARA LOS TRABAJADORES

En colores brillantes, las imaginaciones de los socialistas han descrito maravillosamente su estado utópico en beneficio de los crédulos y oprimidos. Desafortunadamente, sin embargo, para los seguidores de Karl Marx, un poco de razonamiento y sentido común muestran que su estado visionario, en lugar de ser un paraíso celestial, sería en realidad un descenso al caos y la anarquía.

La paz doméstica sería una bendición del pasado. El descontento, las disputas, las peleas, los disturbios, la discordia civil y el sabotaje serían el pan de cada día hasta que una rebelión irreprimible hubiera tocado el glasnost —o mejor dicho, el requiem— del socialismo.

Hay todos los indicios de que los revolucionarios no destruirían nuestro actual sistema de gobierno sin recurrir a las armas. Además de las muchas pruebas convincentes dadas en el capítulo anterior, sabemos por "The Call", de Nueva York, del 28 de enero de 1912, que el célebre novelista socialista Jack London descartó la idea de que la revolución social se llevara a cabo sin la fuerza.

Por otra parte, Victor Berger —quien fue congresista socialista por Wisconsin y que, al igual que Debs, fue uno de los "inocentes" que los "pobres" y "perseguidos" Rojos han estado intentando salvar de una larga condena mediante una agitación nacional en pro de la amnistía—, al escribir en el "Social Democratic Herald" de Milwaukee, el 14 de agosto de 1909, dijo:

"Debemos estar agradecidos si la revolución social, si la liberación de 75.000.000 de blancos no cuesta más sangre que la liberación de 4.000.000 de negros en 1861."

Roland Sawyer, el candidato socialista a gobernador de Massachusetts en 1912, escribiendo en "The Call", de Nueva York, el 1 de octubre de 1911, se atreve a confesar que «las concepciones del socialismo moderno se encuentran todas en una forma más rudimentaria en las calles de París durante la Revolución».

Finalmente, como hemos visto, Eugene V. Debs, quien en cuatro ocasiones distintas fue el candidato socialista a la presidencia de los Estados Unidos, en el "Appeal to Reason", de Girard, Kansas, el 2 de septiembre de 1911, dijo:

«Organicemos nuestras fuerzas y desenvolvamos nuestro poder para la revuelta... Es posible que se necesiten unos cuantos hombres que no teman a la muerte. Estad también preparados... Juremos que lucharemos hasta las últimas consecuencias, que devolveremos golpe por golpe, que emplearemos todas las armas a nuestro alcance, que jamás nos rendiremos».

Es evidente que si, tras una sangrienta rebelión, los socialistas derrocaran al Gobierno de los Estados Unidos, los muchos millones de estadounidenses patriotas derrotados continuarían siendo enemigos del nuevo régimen.

Pero incluso si no se produjera ninguna rebelión, y el actual sistema de gobierno fuera derrocado meramente mediante las urnas, el nuevo Estado comenzaría su andadura con millones de enemigos, a saber, aquellos que por una u otra razón se hubieran opuesto radicalmente al socialismo.

Cuando los marxistas llegan al poder, varias facciones importantes de ellos suelen rebelarse contra el gobierno de los socialistas, como en Rusia, Alemania y Baviera.

Los socialistas, en la mayoría de los casos, obtienen el control de un país tras una guerra extranjera, en un momento en que es sumamente difícil, incluso para los estadistas más sabios y experimentados, resolver los graves problemas del momento.

Debe esperarse, por tanto, un gran descontento ante el fracaso de los agitadores inexpertos tras llegar al poder, debido a su incapacidad para resolver una cantidad casi interminable de graves dificultades.

Entre ellas destacarían probablemente las dificultades alimentarias, las cuales, como en Rusia, Alemania y Hungría, han dado lugar a una oposición generalizada contra los regímenes recién establecidos.

Los socialistas jamás han dado a conocer al pueblo de América el plan de funcionamiento detallado de su Estado propuesto. Desde luego, han hecho montones de declaraciones muy generales que no resisten la prueba de una crítica rigurosa, pero han fracasado estrepitosamente al ofrecer soluciones a las graves dificultades que saben que habrían de enfrentar. Prefieren dejar que el futuro encuentre la solución y, entretanto, nos invitan a arruinar nuestra actual forma de gobierno e industria, imaginando que los estadounidenses somos un montón de niños ignorantes que confiaremos nuestros destinos a una pandilla de teóricos alocados con nada más que la vaga esperanza de un futuro propicio.

Piense en el descontento que resultaría si nuestro pueblo derribara la antigua estructura, para no hallar estructura alguna a la cual mudarse. Se encontrarían en la misma situación que los habitantes de San Francisco en los días posteriores al terremoto y al incendio, cuando tuvieron que acampar al aire libre con un suministro de alimentos insuficiente, expuestos a las inclemencias del tiempo.

De hecho, estarían mucho peor. Un mundo generoso envió provisiones a los san franciscanos y pronto les ayudó a superar sus dificultades. Pero el nuevo Estado socialista sería atacado desde dentro y desde fuera, por ciudadanos que esperarían destruir la odiada forma de gobierno y por naciones extranjeras que temerían la propagación de la anarquía, tal como Estados Unidos, Inglaterra y Francia bloquearon a la Rusia socialista, causando innumerables problemas al gobierno bolchevique.

En medio de apuros como estos, los inespertos agitadores marxistas deben intentar resolver diez mil veces diez mil problemas que exigen suma destreza y años de cuidadosa reflexión.

¿No daría esto lugar a un descontento generalizado? ¿O acaso los ciudadanos de los Estados Unidos, a quienes justo antes del alba del socialismo Debs y su caterva les habían enseñado a ponerle peros a todo lo divino y lo humano, aprenderían de repente a tener paciencia y se quedarían mansos como corderos simplemente porque los socialistas habían izado la bandera roja en lugar de la Star Spangled Banner?

Apenas tomarían el control de Washington los socialistas todopoderosos, cuando los esfuerzos del nuevo Estado por resolver las graves dificultades que se le presentaban provocarían tanto descontento y conflicto que amenazarían seriamente, si no es que pondrían fin de verdad, a la existencia misma del nuevo gobierno.

Pues, ante todo, el pueblo tendría que determinar si la inmensa cantidad de propietarios, cuyos bienes debían ser confiscados por el Estado, recibirían un pago completo, un pago parcial o ningún pago en absoluto.

El famoso socialista belga, Vandervelde, nos informa que podemos agrupar en tres categorías los planes de socialización propuestos por diferentes escuelas, según aspiren a la expropiación de los medios de producción sin indemnización, con indemnización completa o con indemnización limitada.

["Collectivism and Industrial Evolution", por Vandervelde, página 152 de la traducción al inglés de 1904.—Chas. H. Kerr and Company.]

Si se concediera una indemnización plena, millones de socialistas se sentirían sumamente disgustados y descontentos, pues no solo el nuevo estado se vería gravado desde el mismo comienzo de su existencia con una deuda tremenda al tener que tomar prestados muchos miles de millones de dólares, si tal cosa fuera posible, para efectuar las compras, sino que —lo que empeoraría mucho las cosas— muchos de los propietarios, que incluso ahora son odiados y detestados por los socialistas, podrían, tras recibir el pago, cruzarse de brazos el resto de sus vidas y ver a los revolucionarios afanarse y trabajar, o bien, aun haciendo ellos mismos algún trabajo, podrían usar su riqueza para sobornar a los funcionarios socialistas a fin de que les concedieran todo tipo de privilegios y favores.

Si no se concediera compensación alguna, entonces, además del odio y la repugnancia hacia el nuevo sistema, que prevalecerían entre los millones de personas desposeídas de su propiedad tras largos años de trabajo y ahorro prudente para adquirirla, habría también una insatisfacción sin límites por parte de quienes, respetando aún los Mandamientos de Dios y el sentido de justicia en la conciencia natural, quisieran ver reinar la justicia y la honradez en todo el territorio de América.

Finalmente, si se realizara un pago parcial, tanto los opuestos a la plena compensación como los partidarios de esta estarían descontentos debido a las razones aducidas, las cuales seguirían influyendo en ellos de manera muy decidida. Si la indemnización pagada fuera muy pequeña, los antiguos propietarios y todos los ciudadanos honestos serían los especialmente ofendidos. Si la cantidad pagada fuera grande, los socialistas deshonestos se sentirían ofendidos. Por lo tanto, sin importar qué plan de expropiación se adoptara, el Estado se ganaría un gran número de nuevos enemigos.

Aunque de la página 186 de las «Actas de la Convención Nacional de 1908 del Partido Socialista» (Proceedings of the 1908 National Convention of the Socialist Party) se desprende que los delegados de la convención, tras una disputa facciosa sobre los principios del partido, se declararon por 102 votos contra 33 a favor de la propiedad colectiva de toda la tierra, y determinaron así que el Estado debía confiscar todas las granjas del país, no se puede negar que un gran número de revolucionarios han afirmado, especialmente en los últimos años, que el gobierno no debería desposeer a los pequeños agricultores de sus propiedades.

A causa de las teorías rivales de las dos facciones contendientes, el Estado socialista podría tener que pasar por una prueba muy dura antes de que se adoptara cualquiera de los dos planes.

Si el nuevo gobierno decidiera finalmente tomar posesión de dicha propiedad, millones de agricultores y sus familias se mostrarían extremadamente hostiles hacia el gobierno. Si el Estado permitiera a los antiguos propietarios cultivar los campos alrededor de sus antiguos hogares, el descontento solo disminuiría parcialmente, pues la estricta obediencia a las órdenes de los jefes gubernamentales reemplazaría la libertad de acción de la que antes disfrutaba la familia del agricultor.

Las páginas 167 a 190 de las «Actas de la Convención Nacional del Partido Socialista de 1908» y las páginas 220 a 235 de las «Actas del Congreso Nacional del Partido Socialista de 1910» nos convencieron de que una gran cantidad de revolucionarios que se oponen a la propiedad estatal de toda la tierra lo hacen con el fin de ganar votos. Parece altamente probable, por lo tanto, que si el socialismo se convirtiera en la ley de Estados Unidos, muchos de los revolucionarios aparentemente moderados se quitarían las máscaras y se declararían sin vacilar a favor del plan más radical de propiedad estatal.

Sin embargo, aun cuando el Estado proyectado permitiese la propiedad privada de pequeñas granjas, sus propietarios estarían descontentos porque ya no se les permitiría contratar jornaleros para trabajar los campos.

Ciertos socialistas conservadores, en efecto, manifiestan estar dispuestos a tolerar el empleo de uno o dos braceros. Pero no solo la Plataforma Nacional de 1908 y la enmienda aprobada por referéndum del partido el 7 de septiembre de 1909 se oponen a la explotación, o al empleo de mano de obra asalariada en la producción de bienes, sino que innumerables artículos en periódicos, libros y revistas socialistas denuncian la explotación con el mayor énfasis.

Por lo tanto, si el Estado socialista permitiera a los agricultores que gozan del favor del gobierno poseer pequeñas granjas, no podrían contratar mano de obra para explotarlas. Si el agricultor cayera enfermo, sus cosechas se arruinarían. No se podría aprovechar ninguno de los grandes inventos útiles para la agricultura, ni los métodos científicos de trabajo y gestión. El agricultor individual, así limitado, podría alimentarse a sí mismo, a su esposa, a sus hijos, a su caballo, a su vaca, a su cerdo, pero muy poco más.

En el Estado socialista surgiría un gran descontento ya sea por la tolerancia o por la prohibición de las pequeñas empresas.

Si se permitieran, sin poder contratar mano de obra, tendrían que competir con el gobierno.

Si se prohíben, un gran número de personas se vería obligado a trabajar para el gobierno, tras perder pequeñas tiendas o comercios en los que habían estado interesadas durante años.

En su número del 30 de marzo de 1912, el «Appeal to Reason», por entonces el principal semanario socialista de Estados Unidos, declaró que bajo el socialismo se le permitiría a John D. Rockefeller conservar su dinero y decidir qué hacer con él.

De ser este el caso, y si a cada persona acaudalada se le permitiera conservar su dinero, resulta difícil ver cómo los socialistas que odian y aborrecen a los ricos podrían soportar semejante condición, del mismo modo que no podrían tolerar la concesión de una indemnización total o parcial a los propietarios de bienes.

El intento de dejar a los ricos en posesión de su riqueza probablemente incitaría a los socialistas a levantarse en armas contra el Estado que habían fundado.

Por otra parte, si la riqueza fuera confiscada, tanto los ricos como los pobres honrados estarían descontentos con un gobierno deshonesto.

Además, ¿dónde trazarían los socialistas la línea de la posesión legítima? ¿En 1.000.000 de dólares, 10.000, 1.000 o 100? ¿Se llegaría a la decisión pacíficamente? ¿Se permitiría el uso y la posesión de bonos gubernamentales?

Como el deseo de adquirir es una de las pasiones más fuertes, un odio acérrimo asaltaría al Estado socialista que, según nos dice Debs, prohibiría los beneficios comerciales, las rentas y los intereses. ["Socialism and Unionism", por Eugene V. Debs.]

¿Cómo podrían existir bajo el socialismo las compañías de seguros, en las que el pueblo estadounidense ha invertido tanto y que dependen de los intereses? Habiendo arruinado el socialismo a las compañías de seguros, ¿se sentarían sin más los millones de asegurados a soltar una buena y cordial carcajada por sus pérdidas?

El verdadero quid del socialismo es la incapacidad de los marxistas para determinar un sistema de empleo y una escala de salarios o remuneración que resulten satisfactorios tanto para el gobierno como para las clases trabajadoras.

La remuneración debe hacerse en forma de dinero, o de bienes o certificados de trabajo que den derecho al portador a recibir bienes de los almacenes del gobierno. Como los certificados de trabajo serían como el dinero, los clasificaremos como "dinero" al hablar de salarios.

Diferentes planes de empleo han sido propuestos por los socialistas. Uno de los más antiguos permite a cada individuo seleccionar la ocupación que desea, siempre que pueda realizar el trabajo. Todos los ciudadanos, bajo este sistema, reciben igual paga o iguales suministros por sus servicios.

Semejante sistema es absurdo. Las ocupaciones más repugnantes, por muy importantes que sean para el bienestar de la nación, serían descuidadas. Todos querrían trabajos fáciles y limpios. Los limpiabotas tal vez preferirían convertirse en decoradores artísticos; los barrenderos pedirían estar al frente de grandes fábricas; los trabajadores nocturnos preferirían el trabajo diurno. El resultado sería un descontento, una envidia y un desorden interminables.

Como todo el mundo recibiría una retribución igual, el sistema premiaría la holgazanería y la ineficacia, y acarrearía la bancarrota del Estado. Una de las objeciones más graves sería el descontento entre los obreros calificados, quienes desearían que la cualificación fuera un factor determinante en la escala salarial. Sin embargo, si su sistema de remuneración igualitaria no prevaleciera, los trabajadores no calificados, llevados por los agitadores a creer que se pagarían salarios iguales a todos, se convertirían en los enemigos jurados del gobierno.

Un segundo sistema, favorecido por muchos socialistas, permitiría a todos los ciudadanos elegir sus ocupaciones y permitiría a cada individuo extraer de los almacenes nacionales según sus necesidades. [Programa de Gotha de los socialistas de Alemania.]

Este plan, al igual que el primero, es absolutamente absurdo. Permitiría que todos exigieran más de lo que necesitaban, fomentaría la holgazanería, llevaría a la bancarrota al estado y provocaría descontento entre los trabajadores cualificados.

Bajo este sistema, además, toda la población descuidaría las ocupaciones más desagradables, y surgirían rencores y celos en los corazones de aquellos que no lograran obtener puestos afines a sus gustos.

Como la diligencia debe ser un factor determinante en la configuración de la escala salarial, al considerar los sistemas restantes asumiremos que los salarios corresponden a hombres cuya diligencia puede calificarse de primera clase.

Muchos socialistas, previendo los males de una carrera desenfrenada por conseguir los puestos atractivos, pero comprendiendo cuán intolerable sería que el Estado empujara a sus ciudadanos a ocupaciones desagradables, se han esforzado por encontrar una salida.

Se han propuesto varias soluciones, entre las cuales se encuentra la que denominaremos el tercer sistema.

En el tercer sistema, las ocupaciones podrán ser elegidas por quienes estén calificados para realizar el trabajo. La retribución sería la misma para todos, pero con las horas de labor disminuidas en proporción a lo desagradable del trabajo.

["Looking Backward", por Bellamy, Capítulo 7, Social Democratic Publishing Company of Milwaukee.]

Pero semejante sistema daría más motivos que nunca para los celos y el descontento por parte de los trabajadores calificados, quienes se sentirían terriblemente indignados al ver, por ejemplo, que los barrenderos y basureros reciben salarios iguales a los suyos y al mismo tiempo disfrutan de jornadas más cortas. Este sistema premiaría ocupaciones tales como la limpieza de alcantarillas y el lavado de platos, y desalentaría a las personas de seguir ocupaciones de la más alta importancia para el país.

Morris Hillquit, en «Everybody's», diciembre de 1913, página 826, nos dice que «el gobierno nacional bien podría poseer y operar todos los medios de transporte y comunicación interestatales, tales como los sistemas ferroviarios, las líneas telegráficas y telefónicas; todas las fuentes de riqueza general y nacional, tales como minas, bosques, pozos petroleros; y todas las industrias monopolizadas o trusts ya organizados sobre una base de operación nacional».

"Del mismo modo, el gobierno estatal podría asumir las pocas industrias confinadas dentro de los límites del estado; mientras que el gobierno municipal emprendería lógicamente la gestión de la gama mucho más amplia de negocios peculiarmente locales, como el transporte urbano y el suministro de agua, luz, calefacción y energía.

"Still other local industries, too insignificant or unorganized even for municipal operation, might be left to voluntary co-operative enterprises."

En la página 829 del mismo número de «Everybody's», Hillquit añade que

«bajo un sistema de socialismo cada trabajador será socio de la empresa industrial en la que esté empleado, compartiendo por igual su prosperidad y sus pérdidas».

A primera vista, este cuarto plan parece atractivo, pero al examinarlo notamos que no se dice nada sobre cómo las millones de personas que emplearán los gobiernos nacional, estatal o municipales serán asignadas a las diferentes empresas.

¿Se obligará a la gente a realizar labores repugnantes? Eso provocará un sinfín de turbulencias y problemas en el Estado marxista.

Pero si todas las personas disfrutan de iguales derechos bajo el gobierno socialista, habría una gran avalancha hacia las ocupaciones más agradables, y especialmente hacia las más lucrativas. El resultado sería una cantidad inmensa de descontento y celos en aquellos que no lograran asegurar los puestos que deseaban.

Es verdad que estas objeciones quizás no se aplicarían a personas acomodadas como Hillquit, fundador del «New York Call», pues él y otros políticos socialistas que se han enriquecido al mantenerse siempre como líderes de sus camaradas cotizantes podrían, tal vez, invertir su dinero en empresas cooperativas. Pero tales personas constituyen solo una pequeña parte de la población del país.

Las múltiples objeciones formuladas contra estos cuatro sistemas no habrían podido evitarse con la adopción de un quinto, en el que todos tuvieran la libertad de elegir sus ocupaciones y recibieran como recompensa, por el mismo número de horas de trabajo, una cantidad determinada por todos los factores que debían tomarse en consideración, tales como la habilidad, la dificultad física de la labor, el peligro, lo desagradable del trabajo y el mayor valor añadido a la materia prima.

Al intentar organizar los detalles de un sistema semejante, surgirían innumerables dificultades.

  • Los trabajadores no cualificados preferirían que el esfuerzo físico, en lugar de la destreza o el talento, fuera el factor principal para determinar la escala; pues recordarían las promesas de los oradores socialistas de que en el nuevo Estado todos debían gozar de igualdad de derechos, y considerarían una grave injusticia trabajar tanto o incluso más que los trabajadores cualificados y recibir aun así salarios más bajos debido a una falta de destreza y talento que no era culpa suya.

Si las demandas de estos millones de trabajadores no cualificados no fueran atendidas, el nuevo Estado podría contarlos entre sus enemigos más encarnizados.

Por otro lado, los trabajadores cualificados querrían que la destreza y el talento fueran los factores principales para determinar los salarios, argumentando que habían trabajado duro para volverse competentes y que su talento y destreza hacían que el trabajo fuera más valioso para el Estado.

Protestarían diciendo que no debían sufrir simplemente porque los trabajadores no cualificados carecían de su destreza y talento.

Si no se escuchara a los obreros cualificados, el nuevo Estado tendría otra muchedumbre de enemigos.

Se podrían intentar compromisos mediante diversos ajustes del talento y la habilidad al trabajo físico para determinar la escala salarial; но en cada caso el nuevo régimen no haría sino empezar a tener problemas.

¡Qué amargas disputas entre los obreros calificados de los diferentes gremios!

Habría puntos de vista contradictorios de todo tipo en cuanto a la cantidad exacta de habilidad y de trabajo físico requeridos en los distintos oficios, y en cuanto a las dificultades, lo desagradable del trabajo, los peligros para la salud y la vida, y el mayor valor añadido a la materia prima en cada sector.

Pero ¿qué ocurriría aun cuando la nave del Estado bajo la bandera roja y su mástil pudiera superar la tormenta salarial y llegar a buen puerto con algún sistema de trabajo funcional?

Se nos dice que el pueblo disfrutaría de los mismos derechos. El gobierno no podría negarse a dar trabajo a ninguna persona cualificada que lo solicitara. Supongamos que los miembros de algún oficio, los carpinteros, por ejemplo, descontentos con los salarios que recibían, solicitaran otro trabajo y se mantuvieran en él hasta que el gobierno se viera obligado a conceder sus demandas. Otros artesanos, viendo lo fácilmente que los carpinteros habían ganado su huelga, imitarían su ejemplo. Así se producirían alteraciones en la intrincada escala salarial —que había ocupado la atención del país durante tanto tiempo y se había adoptado solo tras la mayor dificultad—, causando un gran descontento y celos, mientras que las pérdidas económicas derivadas de las huelgas exitosas elevarían los precios de los productos básicos, provocando una fiebre general de descontento.

Otra fuente de problemas sería el de determinar qué salarios debían pagarse a los holgazanes y a aquellos incapaces de trabajar con eficiencia.

  • ¿Decidirían tribunales de salarios el valor de sus servicios?
  • De ser así, ¿cuántos miles de dichos tribunales se requerirían?
  • De no ser así, ¿decidirían los casos los funcionarios estatales o los políticos?

Los salarios de tales personas, sin importar cómo se determinasen, causarían descontento.

Sería sumamente difícil, por no decir imposible, determinar de manera justa y exacta los salarios de los especialistas eminentes, los médicos y aquellas personas cuyos servicios importantes el Estado no pudiera permitirse perder.

  • Si se les otorgaran salarios muy altos, las clases más pobres se ofenderían ante la perspectiva de que surgiera una vez más una clase rica con el poder de oprimirlas, como muchos lo hacen en la actualidad.
  • Si se pagaran salarios bajos a los especialistas eminentes, estos descuidarían ocupaciones y vocaciones importantes en detrimento del bienestar de la nación.
  • Aun si recibieran salarios moderadamente altos, otras personas de la misma profesión se ofenderían ante la negativa del gobierno a concederles sueldos similares y se alinearían con los enemigos del Estado socialista.

Aun bajo las circunstancias más favorables, el quinto sistema salarial produciría dos clases: los comparativamente ricos y los comparativamente pobres, una condición repugnante para los socialistas.

La obligación de las mujeres a trabajar, de acuerdo con las doctrinas socialistas, suscitaría oposición al nuevo gobierno. Los maridos, padres e hijos de las mujeres estarían descontentos con la pésima manera en que se mantendrían sus hogares y se prepararían sus comidas.

Una fuente adicional de tremendo descontento en el Estado socialista sería la prevalencia de la corrupción política en un grado mucho mayor que bajo el sistema actual.

Pues habría una muchedumbre de empleados estatales mucho mayor que ahora, y habría un número inmenso de personas intentando obtener permisos, privilegios y exenciones de toda índole.

Sin que la naturaleza humana cambie, pero con las oportunidades para los chanchullos y el soborno multiplicadas con creces, la corrupción política aumentaría enormemente.

Otra causa importante estaría actuando. El socialismo está propagando doctrinas antirreligiosas y ateas, liberando a los hombres y mujeres de sus ataduras morales.

Al aumentar así la deshonestidad, los aceptadores de sobornos no solo serían más comunes en el Estado marxista, sino que el promedio de sus delitos aumentaría; pues dado que las oportunidades de recaudar grandes sumas individuales serían más raras que en la actualidad, debido a la abolición del sistema capitalista y a la pequeña cantidad de riqueza poseída por los individuos, los políticos deshonestos se esforzarían naturalmente por enriquecerse concediendo favores corruptos a un mayor número de personas.

El lector mismo puede imaginarse el estado de cosas en el Estado socialista cuando un gran número de sus ciudadanos fueran sus enemigos declarados debido a un vasto y desesperanza sistema de corrupción política.

El Estado socialista contendría a muchas personas a quienes oradores callejeros y autores revolucionarios llevaron a creer que la policía, los soldados y los tribunales desaparecerían.

Estas personas se mostrarían muy descontentas cuando el gobierno socialista aún las limitara manteniendo el viejo sistema para la preservación de la ley y el orden, o, como en Rusia, aumentara en gran medida la restricción de su libertad mediante un número inmenso de Guardias Rojos, fuertemente armados y conocidos por su crueldad.

O si estos fueran suprimidos, el Estado sentiría la enemistad de todos sus mejores ciudadanos que comprendieran la necesidad de guardianes, policía, soldados y tribunales para protegerlos de los crímenes de los infractores de la ley.

Bajo el régimen socialista habría ateos, luchando como en Rusia, México, Francia, Italia y Portugal por la propagación de sus doctrinas, mientras que en oposición a ellos habría millones de creyentes, defendiéndose de los ataques de los enemigos de Dios. Cualquier concesión otorgada por el Estado a uno de estos partidos despertaría la enemistad del otro.

Del mismo modo, habría una facción en rápido crecimiento a favor del amor libre, así como otra opuesta a este, y como cada partido sería extremadamente poderoso y emplearía todos los esfuerzos para derrotar a sus oponentes, habría grandes conflictos y descontento.

Los socialistas en el poder en Europa, ya sean «moderados» o extremadamente radicales, se han ganado millones de enemigos mediante encarcelamientos, ejecuciones, supresión de la libertad de expresión, la mordaza a la prensa, la retención de alimentos, etc.

¿Sucederían estas cosas en nuestro país si los rojos obtuvieran el control?

Existen todas las razones para creer que el Gobierno socialista se volvería sumamente impopular aquí, al igual que en Rusia, debido a un gran aumento de la delincuencia; pues, por no hablar de los delitos ocasionados por el descontento imperante entre los ciudadanos, las doctrinas ateas y antirreligiosas de los revolucionarios, al continuar socavando la fe del pueblo en la existencia de Dios y llevándolo a dudar de las recompensas del cielo y de los castigos del infierno, interferirían muy seriamente con los efectos benéficos de varios de los preventivos del delito más excelentes.

Con el descontento, los celos y el crimen reinando supremos en el estado desde su mismísimo nacimiento, muchos de los que habían esperado el éxito del socialismo quedarían profundamente asqueados por su absoluto fracaso y añorarían el restablecimiento del viejo orden.

Dado que los líderes del movimiento marxista hacen ahora las promesas más extravagantes sobre las perfecciones de su futuro estado, su gobierno, de llegar a instaurarse, se ganaría el odio de todos los que descubrieran que habían sido cruelmente engañados.

Debemos recordar, también, que las mismas personas que descubrirían que han sido engañadas por sus maestros socialistas serían exactamente las mismas a las que esos mismos maestros enseñan ahora a criticar todo lo que hay bajo el sol.

Sería, por lo tanto, un día terrible para el nuevo estado cuando las desbiterradas bases del Partido Revolucionario comprendieran por fin el fracaso total del socialismo. El estado socialista tendría entonces millones de enemigos, reclutados en el propio Partido Socialistas, así como en las filas de quienes siempre se habían opuesto al socialismo.

No solo estos enemigos serían mucho más numerosos que los que se oponen a nuestra forma actual de gobierno, sino que su ira y su cólera, llevadas a un punto febril por las muchas causas que hemos enumerado, así como por los errores de los gobernantes marxistas, los instarían a cometer actos de violencia que jamás han sido concebidos ni siquiera por el "escuadrón de bombas" de los revolucionarios de la I. W. W.

La rebelión contra el nuevo gobierno sería el pan de cada día, y el Estado socialista no perduraría por mucho tiempo. Se vendría abajo, y el pobre trabajador, en medio de la anarquía y de la total destrucción de la industria, lamentaría profundamente haber escuchado las imaginaciones enajenadas de los fanáticos de labia dorada.

Los cables de Lincoln Eyre desde Rusia, recibidos por el «New York World» cuando este libro ya estaba en imprenta, más que corroboran el panorama trazado en este capítulo sobre los «peligros para los trabajadores» derivados de cualquier intento de llevar a la práctica las falacias económicas del socialismo.

En primer lugar, según el cable de Eyre del 26 de febrero de 1920, publicado en el «World» del 28 de febrero de 1920, toda la sangre y la violencia infligidas a Rusia no han logrado instaurar el comunismo real en ese país.

Por cortesía del «World», reproducimos parcialmente la declaración de Eyre al respecto, extraída del cable recién mencionado:

En la Francia, Inglaterra o Alemania en tiempos de guerra, ningún hombre podía conseguir por amor al arte ni por dinero más que un máximo especificado de alimentos, combustible o artículos para el hogar. En la Rusia revolucionaria en tiempos de guerra, gobernada por una dictadura comunista, cualquier hombre con suficientes billetes de mil rublos puede comprar toda la comida y el calor que desee. Durante toda la guerra, los habitantes de Londres, París o Berlín afectados por las condiciones bélicas (y eso significaba prácticamente todo el mundo) fueron eximidos de pagar alquiler mediante una moratoria. Los residentes de Moscú y Petrogrado aún están obligados a pagar el alquiler y a un precio mayor que en los días anteriores a la guerra. Estos dos hechos incontrovertibles son la prueba de que un bolchevique todopoderoso en el Gobierno comunista ha instalado en dos años una menor medida de comunismo en la práctica real de la que existía en los países europeos beligerantes durante los años de guerra. A mi parecer, esta es una de las más severas, aunque de las más rara vez mencionadas, acusaciones contra el vasto programa comunista de los bolcheviques, puesto que revela su impotencia para alcanzar su objetivo inicial: la abolición de las clases.

En segundo lugar, no solo se ha fracasado en destruir el capitalismo y en igualar las posesiones, sino que han surgido nuevas distinciones de clase y «nuevas aristocracias». Citamos a Eyre sobre este punto del mismo número del «World», del 28 de febrero de 1920:

"Si bien el capitalismo en el sentido más amplio del término ha sido destruido, junto con la propiedad privada a gran escala, el capital sigue acumulándose y haciendo sentir su influencia. Un hombre aún puede poseer más que otro en bienes terrenales y recibir una paga más alta por su trabajo. La igualdad de posesiones materiales es tan inexistente en la república social rusa como lo es en la república «burguesa» estadounidense. De ahí que estén surgiendo nuevas agrupaciones de la población rusa, nuevas líneas de demarcación económica, nuevas formas de posición social y de riqueza. Se vislumbran los comienzos de dos nuevas aristocracias. Una se encuentra en la jerarquía gubernamental, la otra en la creciente clase de los especuladores... Los Sóviets... no pueden prescindir de los especuladores (lo que significa todas las personas dedicadas al comercio privado)".

En tercer lugar, la Rusia «comunista» ya tiene su «clase dominante», tan privilegiada y tan claramente diferenciada del jornalero común como en cualquier república «burguesa». Citamos a Eyre sobre esto del mismo artículo:

"La aristocracia gubernamental tiene sus botas incrustadas en el Kremlin, esa antigua ciudadela de Moscú... En la Rusia soviética de hoy se habla del Kremlin como se hablaba de Versalles en los magníficos días de Luis XIV... Solo los comisarios del pueblo más eminentes y unas pocas estrellas soviéticas de primera magnitud están domiciliados allí, en los grandiosos palacios que antaño albergaron a las figuras más famosas de la historia moscovita. Protegidos tras numerosas barreras de bayonetas y ametralladoras, los jefes bolcheviques han hecho de este nido bárbaramente suntuoso de autocracia oriental el palpitante centro neurálgico de la revolución mundial... Y de sus ceñudas puertas salen a raudales en sus limusinas de gran potencia para atender asuntos de Estado, tal como los zares en su día salían a supervisar la administración de su colosal herencia. La alta sociedad del bolchevismo está en el Kremlin. Las luces menores de la aristocracia bolchevique deben conformarse con aposentos en las «casas soviéticas», que eran los principales hoteles de la ciudad, y que ahora son viviendas nacionalizadas reservadas para destacados funcionarios soviéticos. Estos edificios, al igual que el Kremlin, están mejor calefaccionados y generalmente mejor atendidos que la mayoría de los demás domicilios, y la comida que se sirve en ellos es ligeramente más abundante. Centinelas montan guardia en las puertas para impedir la entrada de visitantes no autorizados... El hecho de que algunos individuos vayan a la ópera en limusinas mientras el resto camina produce necesariamente división de clases. Ya existe un término de jerga para los primeros: la burguesía proletaria, los llaman."

El lector observador también habrá deducido del fragmento recién citado que, en cuarto lugar, la «clase dirigente» de la Rusia comunista desconfía mucho más de la «gente común» de lo que jamás se le ocurriría desconfiar a ninguna clase en los Estados Unidos, Gran Bretaña o Francia.

Así pues, los señores y señoritos de la «dictadura del proletariado» se atrincheran en «ciudadelas», tras «barreras de bayonetas y ametralladoras», mientras «los centinelas custodian las puertas» para impedir la entrada a los «visitantes».

¿Qué pensaríamos nosotros, los pobres estadounidenses «burgueses», si nuestros habitantes más ricos y funcionarios públicos mantuvieran a los «ciudadanos comunes» a distancia mediante tal despliegue de infantería y artillería?

En quinto lugar, a pesar de toda la sensiblería sobre una república de "trabajadores" en Rusia, ese país se encuentra ahora absolutamente indefenso bajo el yugo de la autocracia más absoluta que el mundo ha visto en mucho tiempo. A este respecto citamos el telegrama de Lincoln Eyre, fechado el 25 de febrero de 1920 y publicado en el "New York World" del 27 de febrero de 1920. Eyre dice:

"Lenin... y Trotsky... ejercen un poder más absoluto que cualquier zar... Son los únicos hombres verdaderamente fuertes que se pueden detectar entre los bolcheviques o en cualquier otro lugar de Rusia. Que su fuerza es mayor que nunca queda demostrado por el asombroso programa para la militarización del trabajo en el que acaban de embarcarse; un programa que, cuando se propuso por primera vez, despertó la animadversión instantánea del Partido Comunista, pero que en pocos días los dictadores persuadieron fácilmente a sus discípulos para que apoyaran."

Volveremos sobre esta asombrosa conscripción de mano de obra un poco más adelante. Se menciona aquí meramente para mostrar quién gobierna en realidad en el tan pregonado gobierno «obrero» de Rusia. Eyre continúa:

"Hay una ley y un orden férreos en toda Rusia, sin que se vislumbre anarquía ni caos... Con la reciente abolición de la pena de muerte, el terror rojo, descolorido desde hace tiempo hasta convertirse en un rosa pálido, llegó a un fin definitivo. Tal es la omnipotencia de los sóviets que ya no necesitan aterrorizar a sus oponentes para obligarlos a obedecer".

De este modo, las carnicerías horribles ya no son necesarias porque ya nadie se atreve a resistir. Toda libertad, todo autogobierno, toda iniciativa propia han sido aplastados en el tornillo de banco de hierro de la política dictada. Este es el caso, como dice Eyre, «veintisiete meses después de que la revolución social apresara a la nación en un abrazo de acero que jamás se ha relajado desde entonces».

¿No es semejante muerte mental, moral y espiritual una calamidad mayor que la muerte física?

En sexto lugar, el pueblo llano, aplastado bajo este Juggernaut socialista experimental, se está muriendo de hambre. En el artículo citado en último lugar, aparecido en el "World" del 27 de febrero de 1920, Eyre dice:

"El problema alimentario es espantosamente agudo, aunque no tan crítico como al principio del invierno. En Moscú, Petrogrado y otros centros industriales, unos 8.000.000 de seres humanos, de los cuales solo una diminuta fracción son bolcheviques, se mueren lenta pero inexorablemente de hambre. Hay abundantes reservas de alimentos en el sur y el este, pero no pueden transportarse en cantidad suficiente a través de los ferrocarriles semiparalizados... «Trotsky mismo definió la situación industrial como una carrera entre la reconstrucción económica y la regresión al salvajismo»."

Séptimamente, el deseo de comida es una de las cosas que hacen imposible excluir al especulador alimentario, cuya extorsión al menos ayuda a prolongar la vida. Como dice Eyre:

La especulación con los alimentos de la ciudad y del campo, que la dictadura hasta ahora confiesa su incapacidad para reprimir o siquiera controlar, está desarrollando rápidamente una nueva clase capitalista bajo las mismas narices de los comunistas. Uno de los espectáculos más dolorosos en Rusia es ver a alguna anciana pálida, delgada y tambaleante pagar más de lo que gana en una semana por unos pocos terrones de azúcar comprados a un comerciante bien alimentado del campo en la Sujáriovka, el mercado al aire libre de Moscú.

Octavo, el pueblo llano tiene casi tanto frío como hambre. En el cable publicado en el «World» del 27 de febrero de 1920, Eyre dice:

El combustible es algo menos escaso que hace dos meses. La falta de calefacción, sin embargo, está ayudando a que la escasez de alimentos aumente la tasa de mortalidad, que probablemente alcance el 30 por ciento en Moscú antes de la primavera.

En noveno lugar, la enfermedad campa por sus respetos en la tierra, de la mano del frío y de la hambruna. El artículo recién citado contiene lo siguiente de Eyre:

La enfermedad hace estragos, y la epidemia de tifus en Siberia, donde Kolchak dejó decenas de miles de víctimas a su paso en su retirada, se propaga rápidamente hacia el oeste. Debido a la falta de materiales médicos, la epidemia solo puede combatirse mediante cuarentena.

En décimo lugar, el "trabajo" en Rusia, la verdadera "clase trabajadora", es reclutado, esclavizado bajo disciplina militar y "explotado" bajo un increíble sistema de tribunales marciales militares —una degradación de los trabajadores por parte de los tiranos socialistas de Rusia con la que ninguna forma de "capitalismo" moderno ha soñado desde que se abolió la esclavitud humana—. Sobre este tema, Eyre dice, en el "World" del 27 de febrero de 1920:

"Cuatro de los diezmados ejércitos de Trotsky se han convertido en «ejércitos del trabajo», lo que significa que los soldados recién salidos de las victorias en los frentes militares están siendo obligados a trabajar, aún bajo el mando y la disciplina militares, en el «frente económico». Se les utiliza principalmente para reconstruir el sistema de transporte y asegurar el envío de alimentos y combustible del campo a la ciudad... «El trabajo en general está siendo militarizado hasta un grado asombroso. Se está imponiendo la disciplina a los trabajadores fabriles mediante el establecimiento de tribunales especiales con facultades de consejo de guerra. Los comisarios comunistas, que ya no son necesarios en el frente, están siendo apartados de sus regimientos y enviados a estimular el esfuerzo de producción en las industrias y los ferrocarriles»."

¿Es este el tipo de cosas a las que la pandilla socialista de aspirantes a «explotadores» del trabajo de Hillquit atraería a los trabajadores estadounidenses amantes de la libertad, llamándoles «esclavos» en su actual y digna situación de hombres libres autogobernados y autosuficientes?

El 13 de diciembre de 1919, los presidentes y secretarios de los 113 sindicatos nacionales e internacionales afiliados a la Federación Estadounidense del Trabajo se reunieron en Washington, D. C., con los dirigentes de las cuatro hermandades ferroviarias y varias organizaciones de agricultores, y deben ser felicitados por haber aprobado la siguiente resolución, que la información reciente procedente de Rusia corrobora abrumadoramente:

"Considerando que la Federación Americana del Trabajo es una institución estadounidense, que cree en los principios e ideas estadounidenses, y "Considerando que se está haciendo un intento de inyectar el espíritu del bolchevismo y del I. W. W. en los asuntos de la Federación Americana del Trabajo, y "Considerando que la Federación Americana del Trabajo se opone al bolchevismo, al I. W. W. y al liderazgo irresponsable que fomentó tal política, por lo tanto, se "Resuelve, que la conferencia de representantes de los sindicatos afiliados a la A. F. of L., y otras organizaciones asociadas en esta conferencia, repudia y condena la política del bolchevismo y del I. W. W. por ser destructiva de los ideales estadounidenses e impracticable en su aplicación; se resuelve además, "Que esta conferencia reitera la acción de las convenciones de la Federación Americana del Trabajo, y la defensa de los principios de conciliación y arbitraje voluntario y negociación colectiva."

Citamos esto aquí para poner la libertad de autodeterminación, practicada por el gran cuerpo progresista del trabajo estadounidense, en vívido contraste con la esclavitud abyecta que los socialistas de Rusia están imponiendo ahora al trabajo de ese país.

La declaración de Lincoln Eyre sobre la situación laboral en Rusia es confirmada por el propio Trotsky, según nos entera el "New York World" del 28 de febrero de 1920, de la siguiente manera:

"Londres, 27 de febrero.--León Trotsky, Ministro de Guerra de la Rusia soviética, al dirigirse al tercer Congreso ruso, celebrado en Moscú el 25 de enero pasado, expuso el plan bolchevique para convertir el Ejército Rojo en un ejército de trabajo. Según los informes de su discurso que llegan aquí, dijo: "'Todavía queda un camino abierto para la reorganización de la economía nacional: el camino de unir el ejército y el trabajo y transformar los destacamentos militares del ejército en destacamentos de un ejército de trabajo. "'Muchos en el ejército ya han cumplido su tarea militar, pero aún no pueden ser desmovilizados. Ahora que han sido liberados de sus deberes militares, deben luchar contra la ruina económica y contra el hambre; deben trabajar para conseguir combustible, turba y otros productos generadores de calor; deben tomar parte en la construcción, en el despeje de las vías de nieve, en la reparación de caminos, en la construcción de cobertizos, en la molienda de harina, etcétera. "'Ya hemos organizado varios de estos ejércitos y se les han asignado sus tareas. Un ejército debe obtener alimentos para los obreros de los distritos en los que estuvo estacionado anteriormente, y también cortará leña, la transportará a los ferrocarriles y reparará locomotoras. Otro ejército ayudará en el tendido de líneas ferroviarias para el transporte de petróleo crudo. Un tercer ejército de trabajo será utilizado en la reparación de aperos y máquinas agrícolas y, en primavera, tomará parte en el trabajo de la tierra... "'Los sindicatos deben registrar a los obreros calificados en los pueblos. Solo en aquellas localidades donde los métodos sindicales sean inadecuados se deben introducir otros métodos, en particular el de la compulsión, porque el servicio de trabajo obligatorio otorga al estado el derecho de decirle al obrero calificado que está empleado en algún trabajo sin importancia en su pueblo: "Estás obligado a dejar tu empleo actual e ir a Sormovo o Kolomna, porque allí se requiere tu trabajo". "'El servicio de trabajo obligatorio significa que los obreros calificados que abandonan el ejército deben dirigirse a los lugares donde se les requiere, donde su presencia es necesaria para el sistema económico del país. Debemos alimentar a estos obreros y garantizarles la ración mínima de alimentos'".

Sin duda, estos «trabajadores cualificados» son lo que llamamos «obreros especializados».

He aquí, en su cruda realidad, la «liberación» de la «esclavitud del salario» que los locos socialistas de todas las escuelas llevan tanto tiempo predicando a los hombres libres trabajadores de América. ¿Cómo les gustaría a los millones de nobles del trabajo en la Federación Americana del Trabajo ver a Debs, Hillquit y Victor L. Berger chasquear el látigo sobre ellos al estilo de Lenin, Trotsky y Zinóviev en Rusia?

Observe el lenguaje «capitalista» de Trotsky: «Nosotros» —los zánganos tiránicos y explotadores en el Kremlin— «debemos alimentar a estos obreros y garantizarles la ración alimentaria mínima».

¿No son los «obreros» quienes producen los alimentos? Entonces, ¿por qué no los toman y les cortan el cuello a estos zánganos?

¿No es esta la doctrina socialista que nos enseñan nuestros teóricos estadounidenses, quienes echan espuma por la boca a causa de la supuesta «esclavitud salarial» de los obreros estadounidenses que crían familias inteligentes en hogares confortables y mantienen la independencia y la iniciativa propia de los hombres libres estadounidenses?

En undécimo lugar, observamos que a los obreros de Rusia, como recompensa por la esclavitud total bajo el servicio militar obligatorio y los tribunales de consejo de guerra, no se les garantiza nada más que esta «ración alimentaria mínima» y la posibilidad de poder comprar con sus salarios suficiente comida adicional como para aplazar la inanición. Esta última posibilidad nos la describe Lincoln Eyre en su telegrama aparecido en el «New York World» del 27 de febrero de 1920, donde, debe recordarse, habla de los obreros más privilegiados, los de las grandes ciudades. Dice así:

"Nadie en Rusia que dependa exclusivamente de los alimentos «Sovietsky» —alimentos distribuidos a través de agencias oficiales— come lo suficiente, excepto los soldados, un pequeño porcentaje de trabajadores pesados y los altos funcionarios soviéticos. Los trabajadores fabriles ordinarios rara vez reciben más del 60 por ciento de sus necesidades alimentarias a través del Gobierno. El resto deben comprarlo a precios fantásticamente altos a los especuladores. Y aunque ellos mismos, en colaboración con la dictadura central, fijen sus propios salarios, nunca ganan lo suficiente para cubrir el costo de vida que asciende con rapidez. Si este es el apuro de los trabajadores, es decir, de la clase dominante, la truculencia de la situación a la que se enfrentan los elementos menos favorecidos de la población bien puede imaginarse."

¿Es con ironía que Eyre habla de estos "trabajadores" como "la clase dominante"?

¿Qué son los verdaderos obreros en Rusia sino víctimas de este cruel experimento de "intelectuales" socialistas tiranizadores?

Observamos a continuación, en duodécimo lugar, que el sistema soviético de distribución de alimentos, totalmente desigual y por lo tanto anticomunista, ha dado como resultado la división de los rusos en ocho clases, teniendo cada categoría una tarjeta especial que define su ración particular. El relato de esto lo da Lincoln Eyre en un cable fechado el 9 de marzo de 1920, y publicado en el "New York World" del 10 de marzo de 1920, del cual tomamos dos frases:

"El comisariado de control de alimentos ha creado gradualmente no menos de ocho clases distintas... También se proporcionan tarjetas especiales para niños de uno, de dos a cinco y de cinco a dieciséis años. Se puede ver que esto suma un total de ocho variedades distintas de tarjeta."

El efecto de estas distinciones puede deducirse del siguiente ejemplo dado en el artículo recién citado:

En el mes de noviembre el Sóviet de Petrogrado distribuyó en total 13.631.480 libras de pan... Si todo el pan se hubiera repartido equitativamente entre toda la población, cada persona habría tenido aproximadamente media libra al día, mientras que, de hecho, una categoría recibió mucho menos de esa cantidad diariamente y la tercera categoría nada en absoluto.

En el decimotercer lugar, observamos que los tiranos socialistas rusos dan a los obreros, a cambio de su trabajo, pedazos de papel salidos de imprentas que casi parecen haber resuelto el problema del movimiento perpetuo.

Los obreros son prudentes si gastan este dinero fiduciario diariamente en cualquier cosa que pueda proporcionarles en alimentos, pues su valor colapsará por completo cuando la dictadura estalle, dejando al país financieramente en la ruina, sin crédito ni medios de cambio.

Esta es una de las mayores estafas jamás perpetradas contra los trabajadores. Eyre lo describe en un cable fechado el 3 de marzo de 1920, y publicado en el "New York World" del 4 de marzo de 1920, del cual citamos:

En «la República Federativa Socialista de los Sóviets de Rusia», por dar al territorio bolchevique su título oficial, no se hace ninguna mención de las finanzas. La razón de esto es simple. No hay finanzas, en el sentido europeo o americano de la palabra, en la Rusia actual. El Gobierno soviético paga a su propio pueblo lo que tiene que pagar en dinero de papel, del cual imprime cantidades ilimitadas. Como está decidido a abolir por completo el dinero en favor del intercambio comunista de productos, no le preocupa la depreciación del valor de su moneda. Posee alrededor de 1.000.000.000 de rublos —la cantidad exacta se mantiene en riguroso secreto— en oro, con el cual pretende pagar los bienes comprados en el extranjero hasta que pueda establecer un sistema de trueque con los intereses comerciales extranjeros. Desde el punto de vista capitalista, sus gastos presupuestarios son caóticos, pero a los ojos comunistas son tanto sensatos como lógicos.

Solo a mentes financieramente dementes o criminalmente degeneradas podría parecerles semejante sistema «sensato y lógico». Su cuidadosamente guardada reserva de oro demuestra que los dictadores bolcheviques no están locos, sino que son criminales. Entienden muy bien su juego, que consiste en una estafa a gran escala para «explotar» al trabajo a una escala mayor que la que el mundo jamás haya visto.

El dinero de papel honesto es una promesa de pago, por valor recibido, en oro, plata o buena mercancía. Si estos impostores utilizan este formato, lo hacen con la intención deliberada de repudiarlo, ya que la posibilidad de pago queda además destruida por las riadas de este material que se fabrican.

Si el papel entregado no es una promesa de pago, se pone en circulación merced a la simple tiranía de unos hombres que, mediante la amenaza del castigo o la inanición, obligan a los obreros a cambiar una jornada de trabajo por un poco de comida y un trozo de papel.

En cualquier caso, los explotadores laborales del Kremlin exigen a los trabajadores de Rusia, a cambio de un poco de comida y un puñado de papel, un valor genuino, producto del duro trabajo, que estos estafadores de rápido enriquecimiento pueden convertir en oro, o cambiar con el resto del mundo por cualquier cosa que deseen. Todo lo que obtienen los obreros rusos es una semiinanición y la ilusión temporal, transmitida mediante bellos discursos, de que «participan en el juego», cuando en realidad no son más que sus incautos.

El carácter sin valor del papel moneda, que los obreros, no obstante, tienen que aceptar y gastar para mantener el alma y el cuerpo unidos, queda demostrado por el hecho de que los campesinos lo rechazan.

En su cablegrama publicado en el «New York World» del 27 de febrero de 1920, Eyre dice que «el campesino a veinte millas de Moscú... tiene más comida de la que puede comer, más ropa de la que puede vestir», pero «se niega a vender sus productos por dinero, a excepción de aquella proporción de los mismos que está obligado a entregar a los Sóviets a un precio fijo».

«En el comercio privado —continúa Eyre—, solo acepta a cambio de sus productos alimenticios artículos manufacturados, ropa y otras cosas que necesita».

Así pues, el campesino es afortunado por vivir en una tierra donde al menos puede producir lo suficiente para comer; mientras que el «proletario», en cuyo nombre los socialistas fingen haber hecho la revolución rusa, es el más victimizado por ella.

La razón por la cual los dictadores bolcheviques están reclutando ahora mano de obra rusa parece evidente. Estos carteristas han terminado de explotar a la aristocracia y a la "burguesía" rusa, las han exprimido hasta la saciedad y han despilfarrado lo que robaron. El único juego que les queda ahora es explotar el trabajo hasta el límite y apropiarse de las ganancias.

Dos características más de este tinglado completan la denuncia del complot más inhumano para explotar el trabajo que el mundo ha visto en siglos.

Una de estas nos muestra, en decimocuarto lugar, que los bribones Lenin y Trotsky están invitando en realidad al "capital extranjero" a asociarse con ellos en su explotación del trabajo ruso, bajo la promesa de entregar a este "capital" externo una buena parte de los "beneficios" que se arrancarán, mediante la conscriptación laboral, del sudor de la frente de Rusia.

La invitación al "capital extranjero" para unir fuerzas con la dictadura bolchevique, bajo la promesa de buenos beneficios y garantías de seguridad, fue hecha tanto por Lenin como por Trotsky a través de entrevistas concedidas a Lincoln Eyre.

Por cortesía del "New York World", hemos citado las propuestas de estos "amigos" del trabajo ruso casi al final del Capítulo XV de este libro, como el lector sin duda recordará, y simplemente rememoramos los hechos aquí para ponerlos en consonancia con los demás aspectos de la opresión laboral bolchevique que acabamos de examinar.

¿Quién podría haber imaginado que, poco más de dos años después de iniciar su bárbara experiencia socialista con las industrias rusas, la descarada dictadura instaría al "capital extranjero" a sumarse a un plan para extraer un beneficio tanto nacional como extranjero del esfuerzo de los trabajadores rusos, reclutados por capataces socialistas y retenidos en la esclavitud salarial bajo el temor a la pena de muerte por consejo de guerra?

En el décimo quinto lugar, tenemos el espantoso hecho de que el trabajo ruso está esclavizado por una autocracia socialista no con el propósito de promover la paz, sino con el de promover la guerra. En nuestro último capítulo citamos las declaraciones de Zinóviev a Lincoln Eyre en el sentido de que la Tercera Internacional nunca abandonaría su propósito de hacer que todo el mundo fuera bolchevique. Eyre también descubrió que en Rusia existía la creencia generalizada de que, mientras los socialistas conserven el poder, cualquier paz que hagan con el mundo exterior será solo una tregua corta para prepararse para otra guerra. Dice, en su cablegrama publicado en el «New York World» del 27 de febrero de 1920:

"Todos, incluidos los bolcheviques, sienten que mientras los sóviets sigan en el poder en Rusia y el bolchevismo no se extienda a otras tierras, la paz no puede ser más que una tregua en la lucha de clases internacional".

Nuevamente, en su telegrama publicado en el «New York World» del 4 de marzo de 1920, Lincoln Eyre dice:

Las victorias del Ejército Rojo contra Kolchak, Yudénich y Denikin son en sí mismas paradójicas, en la medida en que sirven para incrementar la necesidad rusa de paz... Cada avance registrado en Siberia o Crimea aleja la línea del frente de la base y complica la tarea de abastecer de municiones, alimentos y equipo. Así, se hace cada vez más evidente para todos los rusos, sean cuales sean sus inclinaciones políticas, que Rusia debe tener paz para sobrevivir económicamente. Y, sin embargo —otra paradoja—, todos sienten que cualquier paz que se establezca ahora entre la autoridad soviética y los gobiernos burgueses y democráticos no puede ser más que una breve tregua, porque el socialismo y el capitalismo no pueden coexistir y porque ninguno de los dos puede ser suprimido sin guerra. La fe bolchevique en la aparición definitiva de una revolución mundial no ha mermado, pero su esperanza de que llegue pronto ha disminuido considerablemente.

¿Quién, sino los sufridos rusos, toleraría el destino desesperado que el socialismo ha impuesto al trabajo ruso?

Los obreros fueron reclutados por los ejércitos de Trotski. Obtuvieron victorias, pero estas no los han liberado. Al regresar del frente son reclutados para ejércitos de trabajo, para trabajar tal como pelearon, bajo disciplina militar, sujetos a consejo de guerra y a la muerte si se rebelan.

Sin embargo, este esfuerzo militar no los liberará. Trabajan como esclavos bajo las pistolas de los comisarios solo para dotarse económicamente para una nueva guerra contra sus vecinos "capitalistas", y en esta guerra el obrero, si aún puede caminar, será reclutado para ir al frente de nuevo.

Si sobrevive a esto, ¿deberá comenzar el mismo ciclo otra vez?

¿Pero por qué no ir a la huelga contra esta esclavitud? El trabajo ruso no se atreve a ir a la huelga. El tierno socialismo ha hecho de la huelga laboral un crimen en Rusia. Dice Lincoln Eyre, en un cablegrama fechado el 11 de marzo de 1920 e impreso en el "New York World" del 13 de marzo de 1920:

"Los sindicatos, por supuesto, perdieron su anterior arma principal: la huelga. Hoy en día, cualquier grupo de trabajadores que se atreviera a ir a la huelga sería considerado, citando al presidente Melnitchansky de los sindicatos de Moscú, como traidores a su patria socialista y como tales serían indudablemente fusilados."

Con este colapso total de las teorías y profesiones socialistas en la Bolcheviquilandia, no debe extrañarnos que, según un cablegrama del "New York Times" del 2 de marzo de 1920, el Congreso Socialista Nacional francés se hubiera disuelto en Estrasburgo el 1 de marzo de 1920, "tras rechazar por más de 2 a 1 una moción para alinear a los socialistas de Francia con Lenin y Trotsky".

Según el mismo cablegrama, "a los defensores de la Tercera Internacional, formada en Moscú, se les respondió que las hermosas doctrinas promulgadas allí habían sido descartadas por Lenin y Trotsky y que cualquiera que creyera en el socialismo real sería un tonto si respaldaba a los líderes de la Rusia soviética".

¿Ha llegado ahora el momento de que nuestros bolcheviques americanos, Gene Debs, Morris Hillquit (alias Hilkovitz) y Vic Berger, nos informen solemnemente de que el bolchevismo ruso nunca fue socialismo, ni nada que se le parezca, sino tan solo una baja falsificación?

¿Y nos informarán también de que Lenin y Trotsky son unos aventureros sin principios y unos canallas cínicos que se han escondido tras la máscara del socialismo para apalear a un gran pueblo y robar una riqueza en cuya acumulación no trabajaron ni un solo día?

Cuando nuestros ondeadores estadounidenses de la Bandera Roja intenten ocultar sus teorías naufragadas tras un repudio de la Bolcheviquilandia, tendremos que recordarles sus muchas, muchísimas declaraciones que nos aseguraban jubilosamente que «el bolchevismo es el socialismo en la práctica».

Un espécimen bastará, tomado de uno de los libros publicados por la Federación Socialista Judía de América, una «parte del Partido Socialista» de los Estados Unidos dirigida por Debs, Hilkovitz y Berger, que citamos tal como aparece en la página 34 del «Esquema de las pruebas tomadas ante el Comité Judicial» de la Asamblea de Nueva York:

"El bolchevismo no es una nueva teoría socialista, sino la puesta en práctica en la vida de la antigua teoría socialista. "El bolchevismo, especialmente, no es una teoría. El bolchevismo es un método sobre cómo instaurar el socialismo en la vida. "El bolchevismo es el socialismo práctico, el socialismo de hoy, y no de un lejano día futuro."
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