—Posee usted un genio extraordinario para los detalles —le comenté.
“Aprecio su importancia. He aquí mi monografía sobre el rastro de las huellas, con algunas observaciones sobre los usos del yeso de París como conservador de impresiones. Aquí está también una curiosa obrita sobre la influencia de un oficio en la forma de la mano, con litotipos de las manos de pizarreros, marineros, cortadores de corcho, tipógrafos, tejedores y pulidores de diamantes. Esa es una cuestión de gran interés práctico para el detective científico—especialmente en casos de cadáveres no reclamados, o para descubrir los antecedentes de los criminales. Pero le aburro con mi pasatiempo”.
—En absoluto —contesté con fervor—. Es de gran interés para mí, sobre todo desde que he tenido la oportunidad de observar su aplicación práctica de este. Pero usted hablaba hace un momento de observación y deducción. Sin duda, lo uno implica en cierta medida lo otro.
—Pues apenas —contestó, recostándose voluptuosamente en su sillón y exhalando densas espirales azules de su pipa—. Por ejemplo, la observación me muestra que usted ha estado esta mañana en la oficina de correos de Wigmore Street, pero la deducción me permite saber que, una vez allí, envió un telegrama.
—¡Exacto! —dije—. ¡Exacto en ambos puntos! Pero confieso que no veo cómo ha llegado a deducirlo. Fue un impulso repentino por mi parte y no se lo he mencionado a nadie.
“Es de una sencillez meridiana —observó, riéndose entre dientes ante mi sorpresa—, tan absurdamente sencillo que sobra toda explicación; y, sin embargo, tal vez sirva para definir los límites de la observación y de la deducción. La observación me dice que tiene usted un poco de barro