rojizo adherido al empeine. Justo enfrente de la oficina de Seymour Street han levantado el pavimento y amontonado cierta cantidad de tierra, colocada de tal modo que resulta difícil evitar pisarla al entrar. La tierra es de este tinte rojizo tan peculiar que no se encuentra, hasta donde yo sé, en ninguna otra parte del vecindario. Hasta ahí llega la observación. El resto es deducción”.
“¿Cómo dedujo, entonces, lo del telegrama?”
—Pero, por supuesto que sabía que usted no había escrito ninguna carta, ya que estuve sentado frente a usted toda la mañana. Veo también en su pupitre abierto que tiene un pliego de sellos y un buen fajo de postales. ¿A qué otra cosa iba a entrar en la oficina de correos, entonces, sino a poner un telegrama? Elimine todos los demás factores, y el que quede tiene que ser la verdad.
“En este caso sin duda es así —repliqué, tras meditar un poco—. El asunto, sin embargo, es, como usted dice, de lo más simple. ¿Le parecería impertinente si sometiera sus teorías a una prueba