Cayó enfermo de tercianas, y cuando numerosos encantamientos y conjuros hubieron resultado inútiles, pues la enfermedad reaparecía una y otra vez, alguien dijo que en cierto templo de las Colinas del Norte vivía un hombre sabio y santo que en el verano del año anterior (las tercianas hacían entonces estragos y los conjuros habituales no daban alivio) había sido capaz de obrar muchas curaciones notables:
«No pierdas tiempo en consultarle, pues mientras pruebas un medio inútil tras otro, el mal se apodera más de ti».
Al punto envió un mensajero a buscar al hombre santo, quien, sin embargo, respondió que las flaquezas de la vejez ya no le permitían salir.
—¿Qué se puede hacer? —dijo Genji—; debo ir a visitarle en secreto; y tomando solo a cuatro o cinco criados de confianza, partió mucho antes del alba.
El lugar se adentraba un tanto en las colinas. Era el último día del tercer mes y en la capital las flores ya habían caído. El cerezo silvestre aún no había florecido; pero al acercarse a campo abierto, las neblinas comenzaron a adoptar formas extrañas y hermosas, lo que le agradó aún más porque, siendo alguien cuyos movimientos estaban atados a muchas normas de decoro, raras veces había presenciado tales espectáculos antes.
Los templos también le deleitaron. El hombre santo vivía en una profunda cueva excavada en una alta muralla de roca. Genji no dio su nombre y marchaba muy disfrazado, pero su rostro era bien conocido y el sacerdote lo reconoció al instante.
—Perdone —dijo—; fue usted, ¿no es así?, quien me mandó llamar el otro día. Ay, ya no pienso en las cosas de este mundo y mucho me temo que he olvidado cómo obrar mis curaciones. Siento muchísimo de verdad que haya venido desde tan lejos —y, fingiendo estar muy disgustado, miró a Genji, riendo.
Pero pronto resultó evidente que era un hombre de gran piedad y sabiduría. Escribió ciertos talismanes y se los administró, y recitó ciertos conjuros.
Para cuando esto hubo terminado, el sol ya había salido, y Genji se alejó un poco de la cueva y miró a su alrededor. Desde el terreno elevado en el que se encontraba, contempló varias ermitas dispersas.
Un sendero sinuoso conducía a una choza que, aunque estaba cercada con la misma maleza pequeña que las demás, tenía una planta más espaciosa, con un agradable callejón techado que se extendía desde ella, y había bosquecillos bien cuidados a su alrededor.
Preguntó de quién era la casa y uno de sus hombres le respondió que cierto abad había estado viviendo allí en retiro durante dos años.
«Lo conozco bien —dijo Genji al oír el nombre del abad—; no me gustaría rencontrarme con él vestido y acompañado como voy. Espero que no se entere...»
Justo entonces, un grupo de niños bien vestidos salió de la casa y comenzó a arrancar flores de las que se usan para la decoración de altares e imágenes sagradas.
«Hay algunas niñas con ellos», dijo uno de los hombres de Genji. «No podemos suponer que Su Reverencia las tenga. ¿Quiénes pueden ser entonces?», y para satisfacer su curiosidad, bajó un poco la colina y los observó.
«Sí, hay algunas muchachas muy bonitas, algunas ya crecidas y otras todavía niñas», volvió a informar.
Durante gran parte de la mañana Genji estuvo ocupado con su cura. Cuando al fin terminó la ceremonia, sus servidores, temiendo la hora en la que solía regresar la fiebre, se esforzaron por distraer su atención llevándole un poco más allá, monte arriba, hasta un punto desde el que se podía ver la Capital.
«Qué encantadoras —exclamó Genji— son esas lejanías medio perdidas en la bruma y ese
difuminado
de bosques titilantes que se extiende por todas partes. ¿Cómo podría alguien ser infeliz ni un solo instante si viviera en un lugar así?»
«Esto no es nada —dijo uno de sus hombres—. Si pudiera mostrarle tan solo los lagos y montañas de otras provincias, pronto vería cuánto superan a todo lo que aquí admira»; y comenzó a hablarle primero del monte Fuji y de muchos otros picos famosos, y luego de la Región del Oeste con todas sus agradables bahías y costas, hasta que olvidó por completo que era la hora de su fiebre.
—Allí, más cerca de nosotros —prosiguió el hombre, señalando hacia el mar—, está la bahía de Akashi, en Harima. Fíjate bien en ella; pues aunque no es un lugar precisamente apartado, la sensación que uno tiene allí de estar aislado de todo salvo de un inmenso páramo de mar la convierte en el rincón más extrañamente desolado que conozco.
Y es allí donde la hija de un monje laico que antaño fue gobernador de la provincia preside una mansión de una magnificencia tan desproporcionada como inesperada. Él es descendiente de un Primer Ministro y se esperaba que figurara con distinción en el mundo. Pero es un hombre de carácter muy singular y es adverso a toda compañía.
Durante un tiempo fue oficial de la Guardia del Palacio, pero lo dejó y aceptó la provincia de Harima. Sin embargo, pronto se enemistó con los lugareños y, anunciando que lo habían tratado mal y que iba a regresar a la Capital, no hizo nada de eso, sino que se rapó la cabeza y se convirtió en monje laico.
Luego, en vez de instalarse, como se suele hacer, en alguna ladera recóndita, se construyó una casa a la orilla del mar, lo que os puede parecer algo muy extraño; pero, a decir verdad, aunque en esa provincia unos u otros ermitaños se han establecido por todas partes, la región montañosa es mucho más aburrida y solitaria y habría puesto a prueba la paciencia de su joven esposa y de su hijo; y así, como solución de compromiso, eligió la orilla del mar.
Una vez, cuando viajaba por la provincia de Harima, aproveché para visitar su casa y observé que, aunque en la Capital había vivido con un estilo muy modesto, aquí la había construido a la escala más magnífica y pródiga; como si estuviera decidido, a pesar de lo ocurrido (ahora que se había librado de la molestia de gobernar la provincia), a pasar el resto de sus días con la mayor comodidad imaginable. Pero, al mismo tiempo, preparaba intensamente la vida venidera y ningún sacerdote ordenado habría podido llevar una vida más austera y piadosa.
—¿Pero no hablaste de su hija? —dijo Genji.
—Es bastante agraciada —respondió él—, y ni mucho menos tonta. Varios gobernadores y oficiales de la provincia se han enamorado perdidamente de ella y le han declarado su amor con la mayor insistencia; pero el padre los ha despedido a todos. Parece que, aunque él mismo es tan indiferente a la gloria mundana, está decidido a que esta única criatura, su único objeto de atención, resarza su oscuridad, y ha jurado que si alguna vez ella elige en contra de su voluntad, y cuando él ya no esté se burla de su firme propósito y mandato para satisfacer algún capricho vano, su fantasma se alzará y le pedirá al mar que la cubra.
Genji escuchó con gran atención.
«Vaya, es como la virgen vestal que no puede conocer a más esposo que el Rey Dragón del Mar»,
y se rieron de las absurdas ambiciones del viejo exgobernador. El narrador de la historia era un hijo del actual gobernador de Harima, quien, de haber sido un simple empleado en el Tesoro, el año pasado había recibido el nombramiento de oficial de Quinto Rango. Era famoso por sus lances amorosos y los demás se susurraban unos a otros que había desviado su camino para visitar la costa de Akashi con la firme intención de persuadir a la dama para que desobedeciera las órdenes de su padre.
—Temo que su educación deba de ser algo provinciana —dijo uno—; difícilmente puede ser de otro modo, dado que ha crecido sin más compañía que la de sus padres anticuados, aunque la verdad es que parece que su madre era una persona de cierta importancia.
—Pues sí —dijo Yoshikiyo, el hijo del gobernador—, y por esta razón pudo conseguir que niñas y niños de las mejores casas de la Capital la visitaran en la orilla del mar para ser compañeros de juegos de su propia hijita, la cual adquirió así los modales más refinados.
—Si una persona sin escrúpulos se encontrara en esos parajes —dijo otro—, mucho temo que, a pesar de la maldición del difunto padre, no le resultaría fácil resistirse a ella.
El relato dejó una profunda impresión en la imaginación de Genji. Como bien sabían sus caballeros, todo lo fantástico o grotesco, tanto en las personas como en las situaciones, lo atraía de inmediato con fuerza. Por lo tanto, no les sorprendió verlo escuchar con tanta atención.
«Ya ha pasado con creces el mediodía —dijo uno de ellos—, y creo que podemos dar por sentado que pasará el día sin que se le declare de nuevo el mal. Así que será mejor que vayamos poniéndonos en marcha hacia casa».
Pero el sacerdote lo persuadió de quedarse un poco más:
«Las influencias siniestras aún no se han disipado por completo —dijo—; sería conveniente que un nuevo ritual continúe en silencio durante la noche. Mañana por la mañana, creo que podrá continuar».
Todos sus caballeros le instaron a quedarse; y él tampoco tenía ninguna reticencia, pues la novedad de un alojamiento semejante lo divertía.
«Muy bien, entonces, al amanecer» —dijo, y como no tenía nada que hacer hasta la hora de acostarse, que todavía quedaba muy lejos, salió a la ladera de la colina y, al amparo de la densa niebla vespertina, se detuvo cerca del seto de maleza. Sus asistentes habían regresado a la cueva del ermitaño y solo Koremitsu estaba con él.
En el ala occidental, frente a la cual estaba de pie, había una monja entregada a sus devociones. La persiana estaba medio levantada. Le pareció que estaba dedicando flores a una imagen.
Sentada cerca del pilar central, con un libro de sutras apoyado en un banquillo a su lado, había otra monja. Estaba leyendo en voz alta; había una expresión de gran infelicidad en su rostro. Parecía tener unos cuarenta años; no era una mujer de la gente común. Su piel era blanca y muy fina, y aunque estaba muy demacrada, había cierta redondez y plenitud en sus mejillas, y su cabello, cortado al rape a la altura de los ojos, caía en un flequillo tan delicado sobre su frente que parecía, pensó Genji, más elegante e incluso a la moda con este atuendo de convento que si hubiera tenido el cabello largo.
Dos criada muy bien dispuestas la atendían. Varias niñitas entraban y salían corriendo de la estancia mientras jugaban. Entre ellas había una que parecía tener unos diez años.
Entró corriendo en la habitación vestida con un vestido blanco bastante gastado y forrado con una tela de un color azafrán intenso. Jamás había visto a una niña así. ¡En qué criatura tan asombrosa se convertiría! Su cabello, espeso y ondulado, se desplegaba en abanico alrededor de su cabeza. Estaba muy son Srojada y sus labios temblaban.
«¿Qué ocurre? ¿Te has peleado con alguna de las otras niñitas?».
La monja levantó la cabeza al hablar y a Genji le pareció que había cierto parecido entre ella y la niña. Sin duda era su madre.
—Inu ha dejado salir a mi gorrión, el pequeñito que tenía en el cesto de la ropa —dijo, con cara de mucha tristeza.
—¡Qué muchacho tan pesado es ese Inu! —dijo una de las dos doncellas—. Se merece un buen rapapolvo por jugárnosla con una travesura tan tonta. ¿Dónde se habrá metido? ¡Y eso que nos había costado tanto trabajo domesticarlo bien! Solo espero que los cuervos no lo hayan encontrado —y dicho esto, salió de la habitación.
Era una mujer de aspecto agradable, con el pelo muy largo y ondulado. Las demás la llamaban nodriza Shōnagon, y parecía estar a cargo de la niña.
—Ven —dijo la monja a la pequeña—, no debes ser tan nena. Estás pensando todo el tiempo en cosas que no importan en absoluto. ¡Imagina! Incluso ahora, cuando estoy tan enferma que cualquier día pueden arrancarme de tu lado, no te preocupas por mí, sino que te afliges por un gorrión. Es muy poco amable, sobre todo porque te he dicho no sé cuántas veces que está mal encierrar a los seres vivos en jaulas. ¡Ven aquí! —y la niña se sentó a su lado.
Sus facciones eran muy exquisitas; pero era sobre todo la forma en que le crecía el cabello, en masas nubosas sobre las sienes, pero echado hacia atrás de manera infantil desde la frente, lo que le pareció maravillosamente hermoso. Mientras la observaba y se preguntaba cómo sería cuando creyera, se le ocurrió de repente que guardaba un gran parecido con alguien a quien había amado con todo su ser,64 y ante aquel parecido lloró en secreto.
La monja, acariciándole el cabello a la niña, le dijo entonces:
«Es una hermosa maraña, aunque eres tan traviesa para dejarte peinar. Pero me preocupa mucho que sigas tan aniñada. Algunos niños de tu edad son muy diferentes. Tu querida madre tenía solo doce años cuando su padre murió; sin embargo, se mostró bastante capaz de administrar sus propios asuntos. Pero si me apartaran de ti ahora, no sé qué sería de ti, la verdad es que no»,
y rompió a llorar. Incluso Genji, que observaba la escena a distancia, se sintió bastante afligido. La niña, que había estado mirando el rostro de la monja con una extraña intensidad nada infantil, bajó entonces la cabeza con desánimo y, al hacerlo, su cabello cayó hacia adelante sobre sus mejillas en dos grandes olas negras.
Mirándola con cariño, la monja recitó el poema:
«Sin saber si alguien vendrá a nutrir la tierna hoja sobre la que yace, cuán reacia es la gota de rocío a desvanecerse en el aire soleado».
A lo que la doncella respondió con un suspiro:
«Oh, gota de rocío, seguro que te detendrás hasta que la joven hoja en brote muestre en qué bella forma pretende crecer».
En este momento el sacerdote a quien pertenecía la casa entró en la habitación por el otro lado:
—Ruego a ustedes —dijo—, ¿no se están exponiendo indebidamente? Han elegido un mal día para apostarse tan cerca de la ventana. Acabo de enterarme de que el príncipe Genji ha venido a ver al ermitaño de allí para curarse de unas tercianas. Pero se ha disfrazado con un hábito tan humilde que no lo reconocí, y he estado tan cerca de él todo el día sin ir a presentarle mis respetos.
La monja retrocedió horrorizada: «¡Qué desagradable! Puede incluso que haya pasado y nos haya visto...» y se apresuró a bajar la persiana plegable.
—Me alegra mucho de veras tener la oportunidad de visitar a este príncipe Genji de quien tanto se habla. Dicen que es tan apuesto que incluso los austeros viejos sacerdotes como yo olvidan en su presencia los pecados y las penas de la vida que han abandonado y cobran ánimos para vivir un poco más en un mundo donde habita tanta belleza. Pero ya les contaré todo con detalle...
Antes de que el viejo sacerdote tuviera tiempo de salir de la casa, Genji ya iba de regreso a la ermita.
¡Qué criatura tan encantadora había descubierto!
¡Y qué razón habían tenido sus amigos aquella noche lluviosa cuando le dijeron que, en excursiones extrañas como esta, la belleza bien podía hallarse al acecho en rincones inesperados!
¡Qué deleite haber salido a pasear por casualidad y haber hecho de inmediato un hallazgo tan asombroso!
¿De quién sería esta niña exquisita? Daría lo que fuera por tenerla siempre cerca, por poder acudir a ella en cualquier momento en busca de consuelo y distracción, tal como una vez había acudido a la dama de Palacio.
Ya estaba acostado en la cueva del ermitaño cuando (estando todo muy cerca) oyó la voz del discípulo del viejo sacerdote que llamaba a Koremitsu.
«Mi padre acaba de enterarse —dijo este discípulo— de que se alojaba tan cerca; y aunque le pesa que a su paso no lo honrara con una visita, le habría presentado de inmediato sus respetos al Príncipe, de no haber pensado que lord Genji no podía ignorar su presencia en las inmediaciones de esta ermita y tal vez se hubiera abstenido de visitarlo solo por no querer revelar el motivo de su actual peregrinaje. Pero mi master le recuerda —continuó el hombre— que nosotros también en nuestra pobre choza podríamos ofrecerle camas de paja donde recostarse, y sentiríamos mucho que se marchara sin honrarnos...»
—Durante diez días —contestó Genji desde el interior—, he estado sufriendo de una fiebre cuartana que se repetía con tanta frecuencia que ya estaba desesperado, cuando alguien me aconsejó consultar al ermitaño de esta montaña, a quien en consecuencia visité.
Pero pensando que le resultaría muy desagradable a un sabio de su reputación que, en un caso como el mío, se supiera que su tratamiento no había tenido éxito, me esmeré más en ocultarme de lo que lo habría hecho si hubiera visitado a un taumaturgo corriente.
Te ruego que le pidas a tu amo que acepte esta disculpa y dile que entre en la cueva.
Así animado, el sacerdote se presentó. Genji le temía bastante, pues aunque era eclesiástico, era un hombre de talento superior, muy respetado en el mundo secular, y Genji sentía que no era nada apropiado recibirlo con la ropa vieja y raída que había usado para su disfraz.
Tras dar algunos detalles de su vida desde que había abandonado la Capital y venido a vivir retirado a esta montaña, el sacerdote le rogó a Genji que lo acompañara a visitar el manantial frío que brotaba en el jardín de su choza.
He aquí la ocasión de volver a ver a la gente que tanto le había interesado.
Pero la idea de todas las historias que el viejo sacerdote podría haberles contado sobre él le hizo sentirse bastante incómodo.
¿Qué importaba?
A toda costa tenía que volver a ver a aquella encantadora criatura y siguió al viejo sacerdote de regreso a su choza.
En el jardín, la vegetación natural de la ladera había sido aprovechada con habilidad.
No había luna, y se habían encendido antorchas a lo largo de los lados del foso, mientras que farolillos venecianos colgaban de los árboles.
El salón delantero estaba muy bien dispuesto. Un intenso perfume de aromas costosos y exóticos emanaba de incensarios ocultos y llenaba la estancia con una fragancia deliciosa. Estos perfumes le resultaban del todo ajenos a Genji, quien supuso que debían haber sido preparados por las damas de la habitación interior, las cuales parecían haber empleado un ingenio considerable en tal tarea.
El sacerdote comenzó a contar historias sobre la incertidumbre de esta vida y las retribuciones de la venidera. Genji se estremeció al pensar cuán graves debían de ser ya sus propios pecados. Bastante malo era tenerlos sobre su conciencia por el resto de su vida presente. Pero luego estaba también la vida venidera. ¡Qué terribles castigos le aguardaban! Y mientras el sacerdote hablaba, Genji pensaba en su propia maldad. Qué buena idea sería volverse ermitaño y vivir en un lugar así...
Pero de inmediato sus pensamientos se desviaron hacia el hermoso rostro que había visto aquella tarde y, con el anhelo de saber más de ella: —¿Quién vive con usted aquí? —preguntó—. Me interesa saberlo, porque una vez vi este lugar en un sueño y me sorprendió reconocerlo cuando vine hoy.
Ante esto, el sacerdote rió:
Su sueño parece haber surgido de repente en la conversación —dijo—, pero me temo que, si continúa con su investigación, sus expectativas se verán tristemente defraudadas. Probablemente nunca haya oído hablar de Azechi no Dainagon, pues murió hace mucho tiempo. Se casó con mi hermana, quien tras su muerte le dio la espalda al mundo. Justo en esa época yo mismo me hallaba en ciertas dificultades y no podía visitar la capital; así que, para hacerse compañía, vino a reunirse conmigo aquí en mi retiro.
—He oído que el Dainagon de Aseji tuvo una hija. ¿Es verdad? —dijo Genji al azar—; estoy seguro de que no pensará que hago la pregunta con mala intención...
—Tuvo una hija única que murió hace unos diez años. Su padre siempre había querido presentarla en la Corte. Pero ella no quiso saber nada de eso, y cuando él murió y solo quedaba mi hermana la monja para cuidarla, permitió que una infeliz celestina la presentara al príncipe Hyōbukyō, de quien se convirtió en amante. Su esposa, una mujer orgullosa e implacable, la persiguió desde el principio con constantes vejaciones y afrentas; día tras día continuó esta persecución implacable, hasta que por fin murió de pena. Dicen que la crueldad no puede matar, pero yo nunca diré eso, pues a causa de esto únicamente vi a mi pariente enfermar y perecer.
«Entonces la pequeña debe de ser la hija de esta dama», comprendió Genji por fin. Y eso explicaba su parecido con la dama de palacio.65 Se sintió más atraído hacia ella que nunca. Era de buena cuna, lo cual nunca está de más; y su sencillez un tanto provinciana sería una auténtica ventaja cuando se convirtiera en su discípula, como ahora estaba decidido a que fuera; pues eso le facilitaría moldear sus gustos inmaduros a la medida de los suyos propios.
—¿Y no dejó la señora cuya triste historia me ha contado ningún recuerdo tras de sí? —preguntó Genji, aún con la esperanza de encauzar la conversación hacia la niña misma.
—Murió poco después de que naciera su hija, y esta también fue niña. Su cuidado recayó en mi hermana, quien, con la salud quebrantada, no se siente en absoluto capaz de semejante responsabilidad.
Todo estaba ahora claro.
«Le parecerá una propuesta muy extraña —dijo Genji—, pero siento que me gustaría adoptar a esta niña. ¿Quizás le mencionarías esto a tu hermana? Aunque otros me envolvieron pronto en matrimonio, su elección me resultó desagradable y, dado que, según parece, tengo muy poco gusto por la sociedad, ahora vivo completamente solo. Ella es, bien lo sé, una mera niña, y no estoy proponiendo...»
Aquí hizo una pausa y el sacerdote respondió: «Le agradezco mucho este ofrecimiento; pero temo que resulta evidente que usted no se da cuenta en absoluto de que la niña en cuestión es una mera infante. Ni siquiera le resultaría divertida como una distracción pasajera. Pero es verdad que una niña, a medida que crece, necesita el respaldo de amigos poderosos si ha de abrirse camino en el mundo, y aunque no puedo prometerle que de esto vaya a resultar algo, sin duda debo mencionar el asunto a su abuela».
Su actitud se había vuelto de pronto un tanto fría y severa. Genji sintió que había sido indiscreto y guardó un silencio turbado.
«Hay algo que debería estar haciendo en el Salón de Nuestro Señor Amida —prosiguió el sacerdote al poco rato—, así que debo dejarles por un momento. También he de rezar mis vísperas, pero volveré con ustedes más tarde»,
y emprendió la subida de la colina.
Genji se sentía muy desconsolado. Había empezado a llover; un viento frío soplaba a través de la colina, trayendo consigo el sonido de una cascada —audible hasta entonces como un suave chapoteo intermitente, pero ahora convertido en un rugido poderoso—; y con él, elevándose y cayendo somnolientamente, se mezclaba el canto monótono de las escrituras.
Hasta la naturaleza más insensible se habría sumido en la melancolía ante tales circunstancias. ¡Cuánto más el príncipe Genji, mientras yacía insomne en su lecho, ideando y des ideando planes sin cesar!
El sacerdote había hablado de «vísperas», pero la hora era en verdad muy tardía. Era evidente, sin embargo, que la monja seguía despierta, pues aunque procuraba hacer el menor ruido posible, de vez en cuando su rosario golpeaba con un leve chasquido contra el reclinatorio.
Había algo seductor en el sonido de aquel golpeteo sutil y tenue. Parecía provenir de muy cerca. Abrió un pequeño espacio entre los biombos que separaban la sala de estar de la cámara interior y abanicó con un susurro.
Tenía la impresión de que alguien en la habitación interior, tras una pequeña vacilación, se había acercado al biombo como si se dijera a sí misma: «No puede ser, y sin embargo podría jurar que he oído...», y luego se había retirado un poco, como pensando: «Bueno, ¡al fin y al cabo no era más que una ilusión mía!».
Ahora parecía ir tanteando a tientas en la oscuridad, y Genji dijo en voz alta: «Sigue al Señor Buda y, aunque tu camino yazca en las tinieblas, no te extraviarás».
Al oír de repente su clara voz juvenil en la oscuridad, la mujer no tuvo al principio el valor de responder. Pero al fin se las arregló para contestar:
«¿En qué dirección, por favor, me está guiando Él? Me temo que no lo entiendo del todo».
—Lamento haberla asustado —dijo Genji—. Solo tengo este pequeño favor que pedirle: que le entregue a su señora el siguiente poema:
«Desde que vio por primera vez la hoja verde del tierno arbusto, ni por un momento se ha secado el rocío del anhelo en la manga del viajero».
—Seguramente sabrá que aquí no hay nadie que entienda mensajes de esa clase —dijo la mujer—; ¿a quién se referirá, me pregunto?
—Tengo un motivo muy particular para desear que su señora reciba el mensaje —dijo Genji—, y le agradecería mucho que se ingeniara para entregárselo.
La monja comprendió de inmediato que el poema se refería a su nieta y supuso que Genji, habiendo sido mal informada su edad, pretendía hacerle el amor. Pero ¿cómo había descubierto la existencia de su nieta?
Durante un buen rato meditó con gran molestia y perplejidad, y al fin respondió con prudencia mediante un poema en el que decía que «aquel que apenas pasa una noche en el lecho cubierto de rocío de un viajero poco podía saber de aquellos cuyo hogar está para siempre sobre el musgo frío de la ladera».
De este modo dio a su poema un significado inofensivo.
—Dile —dijo Genji cuando le trajeron la respuesta— que no estoy acostumbrado a entablar conversaciones de esta manera indirecta. ¡Por muy tímida que sea, debo pedirle en esta ocasión que prescinda de formalidades y hable de este asunto conmigo seriamente!
—¿Cómo ha podido ser tan mal informado? —dijo la monja, creyendo aún que Genji se imaginaba a su nieta como a una mujer adulta. Estaba aterrorizada ante la orden repentina de comparecer ante este ilustre personaje y se preguntaba qué excusa pondría.
Sus doncellas, sin embargo, estaban convencidas de que Genji se ofendería gravemente si ella no aparecía y, al fin, saliendo de la cámara de las mujeres, ella le dijo:
«Aunque ya no soy una joven, dudo mucho que debiera presentarme de este modo. Pero puesto que mandó decir que tiene asuntos serios que tratar conmigo, no he podido negarme...»
—Tal vez —dijo Genji—, mi propuesta le parezca tan inoportuna como frívola. Solo puedo asegurarle que hablo con absoluta seriedad. Que el Buda juzgue... —Pero aquí se detuvo, intimidado por la edad y la seriedad de ella.
«Ciertamente ha elegido usted una manera muy extraña de comunicarme esta propuesta. Pero, aunque todavía no ha dicho de qué se trata, estoy segura de que habla completamente en serio».
Así animado, Genji continuó:
«Me conmovió profundamente la historia de su prolongada viudez y de la muerte de su hija. Yo también, al igual que esta pobre criatura, me vi privado en mi más tierna infancia del único ser que me amaba con ternura, y en mi niñez sufrí largos años de soledad y miseria. Así pues, ambos nos hallamos en idéntica situación, y esto me ha inspirado una simpatía tan profunda por la niña que ansío resarcirla de lo que ha perdido. Fue, por tanto, para pedirle si consentiría en dejarme desempeñar el papel de madre que, a esta hora insólita e inoportuna, he atropellado de manera tan desconsiderada su paciencia».
—Estoy segura de que tiene la intención de ser muy amable —dijo la monja—, pero —perdóneme— es evidente que le han malinformado. Ciertamente hay una muchacha viviendo aquí bajo mi cuidado; pero es una mera criatura y no podría ser del menor interés para usted de ningún modo, de modo que no puedo consentir su propuesta.
—Por el contrario —dijo Genji—, estoy perfectamente al corriente de cada detalle relativo a esta niña; pero si cree que mi simpatía por ella es exagerada o está mal dirigida, le ruego que me perdone por haberlo mencionado.
Era evidente que no se daba cuenta en absoluto de lo absurdo de su propuesta, y ella no vio utilidad en explicarse más.
El sacerdote regresaba en ese momento y Genji, diciendo que no esperaba que ella aceptara su idea de inmediato y que confiaba en que pronto vería el asunto bajo otra luz, cerró el biombo tras ella.
La noche casi tocaba a su fin. En una ermita cercana se practicaban las Cuatro Meditaciones de la Flor de la Ley. Las voces de los oficiantes que entonaban en ese momento las Letanías de la Expiación flotaban arrastradas por el viento racheado de la montaña, y con este sonido solemne se mezclaba el rugido de las aguas impetuosas.
«Despertado de mi sueño por una ráfaga errante del vendaval de la montaña, escuché la cascada y ante la belleza de su música lloré».
Así saludó Genji al sacerdote; y este a su vez respondió con el poema:
«Ante el ruido de un torrente en el que a diario lleno mi cuenco es poco probable que retroceda con asombro y delicia».
—Me he acostumbrado tanto —añadió a modo de disculpa.
Una intensa neblina cubría el cielo matutino, y hasta el chirrido de los pájaros de la montaña sonaba apagado y tenue.
Tal variedad de flores y árboles en flor (él no sabía sus nombres) crecía en la ladera, que las rocas parecían estar cubiertas de un bordado multicolor.
Por encima de todo, se maravillaba ante el exquisito andar de los ciervos que se desplazaban por la pendiente, ora pisando con delicadeza, ora deteniéndose de repente; y mientras los observaba, los últimos vestigios de su enfermedad se disiparon por pura delicia.
Aunque al ermitaño apenas le respondían las extremidades, se las ingenió como pudo para ejecutar los místicos movimientos del Hechizo Protector,66 y aunque su voz anciana era ronca y temblorosa, leyó el texto sagrado con gran dignidad y fervor.
Varios de los amigos de Genji llegaron entonces para felicitarlo por su recuperación, entre ellos un mensajero de Palacio.
El sacerdote de la cabaña de más abajo trajo un regalo de raíces de aspecto extraño para las cuales se había adentrado profundamente en el barranco. Suplicó que lo disculpasen por no acompañar a Genji en su camino. «Hasta fin de año —dijo—, estoy atado por un voto que debe privarme de lo que habría sido un gran placer», y le entregó a Genji la copa de la despedida. «Si tan solo pudiera seguir mis propios deseos —dijo Genji tomando la copa—, no dejaría estas colinas y arroyos. Pero me han dicho que mi padre, el Emperador, se inquieta preguntando por mí. Volveré antes de que la floración termine». Y recitó el verso: «Volveré con los hombres de la Ciudad y les diré que vengan pronto, no sea que el viento silvestre, adelantándose a ellos, sacuda estas flores de la rama del cerezo».
El anciano sacerdote, halagado por la cortesía de Genji y cautivado por el encanto de su voz, respondió con el poema:
«Como quien halla en flor el áloe, hacia la flor del cerezo montañés ya no dirijo la mirada».
—A fin de cuentas, no soy una rareza tan grande como la flor del áloe —dijo Genji sonriendo.
A continuación el ermitaño le entregó una copa de despedida, con el poema «Aunque rara vez abro la puerta de pino de mi celda en la montaña, he visto ahora cara a cara la flor que pocos llegan a ver», y al levantar la vista hacia Genji, se le llenaron los ojos de lágrimas. Le dio, para protegerlo en el futuro de todo mal, una varita mágica; y al ver esto, el hermano de la monja a su vez le presentó un rosario traído de Corea por el príncipe Shōtoku. Estaba ornamentado con jade y aún se encontraba en la misma caja de apariencia china en la que había sido traído de aquel país. La caja estaba dentro de una bolsa calada, y con ella venía una rama de pino de cinco hojas. También le dio unos pequeños floreros de cristal azul para guardar sus medicinas, junto con ramas de cerezo en flor y de glicinia, además de otros obsequios que el lugar podía ofrecer.
Genji había enviado a la Capital por obsequios con los que retribuir su acogida en la montaña. Primero le dio una recompensa al ermitaño, luego distribuyó limosnas entre los sacerdotes que habían entonado liturgias en su nombre y, por último, entregó regalos útiles a los pobres aldeanos de los alrededores.
Mientras leía un breve pasaje de las escrituras para prepararse de cara a su partida, el viejo sacerdote entró en su casa y le preguntó a su hermana, la monja, si tenía algún recado para el Príncipe.
«Es muy difícil decir nada por el momento —dijo ella—. Quizá si todavía sintiera la misma inclinación de aquí a cuatro o cinco años, podríamos empezar a considerarlo».
«Eso es justamente lo que yo pienso», dijo el sacerdote.
Genji vio con pesar que no había avanzado absolutamente nada. En respuesta al recado de la monja, envió a un muchacho del servicio del sacerdote con el siguiente poema:
«Anoche de verdad, aunque fuera solo en la penumbra del crepúsculo, vi la hermosa flor. Pero hoy una odiosa neblina la ha ocultado por completo de mi vista».
La monja respondió:
«Para saber si de verdad le duele tanto dejar esta flor, observaré atentamente los movimientos de este cielo brumoso».
Estaba escrito en una mano notable y muy aristocrática, pero carente por completo de los encantos de un arte deliberado.
Mientras le preparaban el carruaje, llegó desde el Gran Salón un numeroso grupo de jóvenes nobles que decían haber tenido grandes apuros para averiguar qué había sido de él y que ahora deseaban escoltarlo.
Entre ellos se encontraban Tō no Chūjō, Sachū Ben y otros señores de menor rango, que habían acudido por el afecto que le profesaban al Príncipe.
—No hay nada que nos guste más que atenderles —dijeron, con cierto tono de agravio—, no ha sido amable por su parte dejarnos atrás.
—Pero ya que hemos llegado hasta aquí —dijo otro—, sería una pena marcharse sin descansar un rato bajo la sombra de estos árboles en flor; —tras lo cual se sentaron todos en fila sobre el musgo bajo una roca alta y se pasaron de mano en mano una tosca vasija de barro con vino.
Cerca de ellos, el arroyo saltaba sobre las rocas en una magnífica cascada. Tō no Chūjō sacó una flauta de los pliegues de su vestido y tocó unos cuantos trinos. Sachū Ben, golpeando ociosamente con su abanico, comenzó a cantar «El templo de Toyora».
Los jóvenes señores que habían venido a buscarlo eran todos personajes de gran distinción; pero tan llamativo era el aspecto de Genji mientras estaba sentado, apoyado desoladamente contra la roca, que ninguna mirada corría el riesgo de dirigirse hacia otro lado.
Uno de sus acompañantes interpretó entonces una pieza con la flauta de caña; resultó que otro era un hábil intérprete de shō67.
Al poco rato, el viejo sacerdote salió de su casa llevando una cítara y, poniéndola en las manos de Genji, le suplicó que tocara algo, «para que se regocijen las aves de la montaña». Él protestó diciendo que no se sentía en absoluto con ánimos para tocar; pero, cediendo a la persuasión del sacerdote, ofreció una actuación que en realidad no carecía en absoluto de mérito.
Después de eso, todos se levantaron y emprendieron el camino a casa.
Todos en la montaña, desde el más humilde de los sacerdotes hasta el más joven de los neófitos, estaban amargamente decepcionados por la brevedad de su estancia, y se derramaron muchas lágrimas; mientras que la anciana monja puertas adentro lamentaba pensar que apenas había tenido ese breve atisbo de él y tal vez no volviera a verlo nunca.
El sacerdote declaró que, por su parte, creía que la Tierra del Sol Naciente, en sus últimos días de decadencia, merecía muy poco que un Príncipe así hubiera nacido en ella, y se secó los ojos.
La niña también estaba muy contenta con él y decía que era un caballero más apuesto que su propio padre.
«Si eso piensas, más te valdría convertirte en su niña en vez de la de tu padre», dijo su niñera.
Ante lo cual la criatura asintió, pensando que aquello era en verdad un excelente plan; y en adelante, la persona mejor vestida de los dibujos que pintaba se llamó «Príncipe Genji», y lo mismo ocurrió con su muñeca más hermosa.
A su regreso a la Capital, se dirigió directamente al Palacio y le describió a su padre las experiencias de los últimos dos días. El Emperador lo encontró con un aspecto muy demacrado y se mostró muy preocupado. Hizo numerosas preguntas acerca de los poderes mágicos del ermitaño, a todas las cuales Genji respondió con gran detalle.
«Sin duda debería haber sido nombrado Gran Mago hace mucho tiempo», dijo Su Majestad. «Sus ministraciones han cosechado repetidos y grandes éxitos, pero por alguna razón sus servicios han pasado desapercibidos para el reconocimiento público», y promulgó un decreto en este sentido.
El Ministro de la Izquierda salió a su encuentro cuando venía de la Presencia y se disculpó por no haber ido con sus hijos a buscarlo a la montaña.
- «Pensé —dijo— que, como habías ido allí en secreto, te desagradaría que te fueran a buscar; pero espero de veras que ahora vengas a pasar unos días tranquilamente con nosotros; tras lo cual consideraré un privilegio escoltarte a tu palacio».
No quería ir en absoluto, pero no había escapatoria. Su suegro lo llevó a la Gran Sala en su propio carruaje y, una vez desatados los bueyes, lo arrastró hasta la puerta con sus propias manos. Tal trato pretendía sin duda ser muy amistoso, pero a Genji las atenciones del Ministro le resultaron meramente irritantes.
Los aposentos de Aoi, en previsión de la llegada de Genji, acababan de ser puestos en orden minuciosamente. En el largo intervalo transcurrido desde su última visita, se habían hecho muchos cambios; entre otras mejoras, se había construido una hermosa terraza.
No había ni una sola sola cosa fuera de su lugar en aquella casa sumamente bien ordenada. Aoi, como de costumbre, no se dejaba ver por ninguna parte. Solo tras repetidas súplicas de su padre accedió por fin a presentarse ante su esposo.
Posada como una princesa en un cuadro, se sentía casi inmóvil. Hermosa era, ciertamente.
«Me gustaría hablarle de mi visita a la montaña, si tan solo creyera que le interesaría en lo más mínimo o que obtendría una respuesta de su parte.
Odio seguir siempre así. ¿Por qué es usted tan fría, distante y orgullosa? Año tras año no logramos entendernos y usted se aisla de mí de manera más radical que antes.
¿No podemos arreglasnos por un breve momento para tratarnos con normalidad? Parece bastante extraño, teniendo en cuenta lo enfermo que he estado, que no intente interesarse por mi salud. O más bien, es exactamente lo que cabría esperar; pero aun así me resulta sumamente doloroso».
«Sí —dijo Aoi—, es sumamente doloroso cuando a la gente no le importa lo que sea de uno». Miró por encima del hombro al hablar, con el rostro lleno de desdén y orgullo, luciendo inusualmente hermosa al hacerlo.
—Casi nunca hablas —dijo Genji—, y cuando lo haces, solo es para decir cosas desagradables y tergiversar las palabras inofensivas de uno para que parezcan insultos. Y cuando intento encontrar la manera de ayudarte, al menos por un tiempo, a ser un poco menos intratable, te vuelves cada vez más inaccesible, sin remedio. ¿Lograré algún día hacerte entender...? —y, diciendo esto, entró en el dormitorio. Ella no lo siguió.
Yacía por un momento en un estado de gran disgusto y congoja. Pero, probablemente porque en el fondo no le importaba demasiado ni una cosa ni la otra, pronto le entró somnolencia y toda clase de asuntos muy diferentes pasaron por su cabeza.
Deseaba tanto como siempre tener a la pequeña bajo su custodia y verla convertirse en mujer. Pero la abuela tenía razón; la niña era absurdamente joven y sería muy difícil volver a sacar el tema.
Sin embargo, ¿no sería posible ingeniárselas para que la trajeran a la Capital? Sería fácil entonces encontrar excusas para ir a buscarla y así, incluso mediante un arreglo de ese tipo, podría convertirse en una fuente de deleite constante para él.
El padre, el príncipe Hyōbukyō, era por supuesto un hombre de modales muy distinguidos; pero no era nada apuesto. ¿Cómo era posible que la niña se pareciera a una de sus tías y fuera tan distinta a todas las demás? Tenía la idea de que Fujitsubo and el príncipe Hyōbukyō eran hijos de la misma madre, mientras que las otras eran solo hermanastras.
El hecho de que la pequeña estuviera estrechamente emparentada con la dama a la que había amado durante tanto tiempo hacía que estuviera aún más empeñado en conseguirla, y comenzó de nuevo a romperse la cabeza buscando algún medio para lograrlo.
Al día siguiente le escribió su carta de agradecimiento al sacerdote. Sin duda contenía alguna alusión a su proyecto.
A la monja le escribió:
«Viéndote tan resueltamente adversa a lo que te había propuesto, me abstuve de justificar mis intenciones tan plenamente como me hubiera gustado. Pero si resultara que, aun con las pocas palabras que me atreví a decir, fui capaz de convencerte de que esto no es un mero capricho ni una fantasía vulgar, cuán feliz me haría semejante noticia».
En un trozo de papel doblado pequeño y metido en la carta escribió el poema:
«Aunque con todo mi corazón traté de dejarla atrás, ni por un momento me ha abandonado: ¡la bella faz de esa flor de la montaña!».
Aunque hacía ya tiempo que había pasado el cenit de sus años, la monja no pudo menos que sentirse complacida y halagada por la elegancia de la esquela; pues no solo estaba escrita con una letra exquisita, sino que venía doblada con una destreza displicente que ella admiraba enormemente.
Sentía mucha lástima por él y se habría alegrado, de habérselo permitido su conciencia, de haberle enviado una respuesta más favorable.
«Nos encantó —escribió— que, estando por el vecindario, aprovecharas la ocasión para hacernos una visita. Pero me temo que cuando (como espero fervientemente que hagas) vengas aquí a propósito para visitarnos, no podré añadir nada a lo que ya he dicho.
En cuanto al poema que adjuntas, no esperes que ella te responda, pues todavía no sabe escribir bien su “Naniwa Zu”68, ni siquiera letra por letra. Déjame entonces que se lo responda yo:
“¡Durante todo el tiempo que los cerezos en flor permanezcan intactos en la orilla de Onoe, donde azotan las salvajes tormentas, así de constante has sido tú hasta ahora!”
Por mi parte, estoy muy intranquila con este asunto».
El sacerdote respondió en el mismo sentido. Genji quedó muy decepcionado y, al cabo de dos o tres días, mandó llamar a Koremitsu y le entregó una carta para la monja, pidiéndole al mismo tiempo que averiguara todo lo que pudiera con Shōnagon, la nodriza de la niña.
«Qué carácter tan impresionable tiene», pensó Koremitsu.
Tan solo había avistado a la niña; pero eso le había bastado para convencerse de que era una simple criatura, aunque recordaba haberla encontrado bastante bonita. ¿Qué jugada le gastaría esta vez el corazón de su señor?
El viejo sacerdote quedó profundamente impresionado por la llegada de una carta de manos de un mensajero tan especial y de tanta confianza. Tras entregarla, Koremitsu buscó a la nodriza. Repitió todo cuanto Genji le había pedido que dijera y añadió una gran cantidad de información general sobre su señor. Como era un hombre de muchas palabras, habló sin parar, introduciendo continuamente algún nuevo tema que de repente se le había ocurrido como relevante.
Pero al final de todo, Shōnagon estaba tan desconcertada como los demás a la hora de explicarse el interés de Genji por una niña tan ridículamente joven. Su carta era muy deferente. En ella decía que ansiaba ver una muestra de su escritura infantil hecha letra por letra, tal como la monja le había descrito. Como antes, incluyó un poema:
«¿Fueron las sombras del pozo en la montaña las que le dijeron que mi propósito no era más que una broma?»69
A lo cual ella respondió: «Algunas tal vez de las que se han asombrado en ese pozo ahora se arrepienten amargamente. ¿Pueden las sombras decirme si volverá a ser así?», y Koremitsu trajo un mensaje hablado en el mismo sentido, junto con la seguridad de que, tan pronto como la salud de la monja mejorara, esta tenía la intención de visitar la capital y entonces volvería a comunicarse con él. La perspectiva de su visita era muy emocionante.
Por entonces, la dama Fujitsubo cayó enferma y se retiró temporalmente de Palacio. Ver la congoja y la preocupación del Emperador conmovió la compasión de Genji. Sin embargo, no pudo evitar pensar que era una oportunidad que no debía desaprovechar.
Pasó todo aquel día en un estado de gran agitación, incapaz de pensar en otra cosa o de atender a nadie, ya fuera en su propia casa o en Palacio. Cuando por fin el día llegó a su fin, logró persuadir a la doncella Ōmyōbu para que entregara un mensaje.
La muchacha, aunque consideraba de lo más imprudente cualquier comunicación entre ambos, al ver en su rostro una extraña expresión, como la de alguien que camina en sueños, se apiadó de él y fue. La Princesa contemplaba su relación anterior como algo perverso y horrible, y el recuerdo de esta era un tormento continuo para ella. Había decidido firmemente que algo así jamás debía volver a suceder.
Lo recibió con rostro severo y afligido, pero esto no disimulaba su encanto, y como si fuera consciente de que él la admiraba desmedidamente, comenzó a tratarlo con gran frialdad y desdén.
Anhelaba encontrar algún defecto en ella, pensar que se había equivocado y quedarse en paz.
No necesito contar todo lo que sucedió. La noche pasó con demasiada rapidez.
Él le susurró al oído el poema: «Ahora que al fin nos hemos encontrado, ¡quién pudiera desvanecerse para siempre en el sueño que hemossoñado esta noche!». Pero ella, aún atormentada por la culpa: «Aunque me ocultara en la oscuridad del sueño eterno, aun así mi vergüenza recorrería el mundo de boca en boca».
Y en verdad, como Genji bien sabía, no era sin causa justificada que ella hubiera caído de repente en este ataque de aprensión y remordimiento. Al marcharse, Ōmyōbu corrió tras él con su capa y otras pertenencias que había olvidado.
Yació todo el día en su cama con gran tormento. Envió una carta, pero le fue devuelta sin abrir.
Esto había sucedido muchas veces en el pasado, pero ahora le llenaba de tal consternación que durante dos o tres días estuvo completamente postrado y no salió de su habitación.
Todo este tiempo vivió con el constante temor de que su padre, lleno de solicitud, empezara a indagar qué nueva desgracia le había sobrevenido.
Fujitsubo, convencida de que su perdición era un hecho, cayó en una profunda melancolía y su salud empeoraba día a día. Constantemente llegaban mensajeros de la Corte rogándole que regresara sin demora; pero ella no lograba decidirse a ir. Su dolencia había tomado ahora un giro que la llenaba de sombríos presentimientos, y se pasaba el día entero sentada, preguntándose distraída qué sería de ella. Cuando comenzó el tiempo caluroso, dejó por completo de levantarse de la cama.
Habían pasado ya tres meses y no había duda de su estado. Pronto se sabría y se comentaría por todas partes. Ella estaba consternada por la calamidad que la había abrumado.
Sin saber que hubiera motivo alguno para guardar el secreto, su gente estaba extrañada de que no hubiera informado al emperador de su estado hacía mucho tiempo. Las especulaciones corrían a sus anchas, pero la cuestión era un asunto que solo la propia princesa estaba en condiciones de resolver definitivamente.
Ōmyōbu y la hija de su vieja nodriza, que la atendía en el tocador y en los baños, notaron de inmediato el cambio y se quedaron algo desconcertadas. Pero Ōmyōbu no estaba dispuesta a hablar del asunto. Tenía la incómoda sospecha de que era el encuentro que ella había organizado el que ahora había surtido efecto con cruel prontitud y precisión. Se anunció en Palacio que otros trastornos habían confundido a quienes la rodeaban y les habían impedido reconocer la verdadera naturaleza de su estado. Esta explicación fue aceptada por todos.
El Emperador mismo estaba lleno de tierna zozobra, y aunque los mensajeros lo mantenían constantemente informado, las dudas y los pensamientos más sombríos cruzaban sin cesar por su mente.
Por entonces, Genji tuvo un sueño de lo más aterrador y extraordinario. Mandó llamar a los intérpretes, pero pudieron sacar muy en claro. Había en verdad ciertos pasajes a los que no lograban dar ningún sentido; pero esto al menos era evidente: el soñador había dado un paso en falso y debía estar en guardia.
—No fue mi sueño —dijo Genji, sintiéndose algo alarmado—. Consulto en nombre de otra persona —y se preguntaba cuál habría sido ese «paso en falso» cuando le llegó la noticia del estado de la Princesa.
¡Este era, pues, el desastre que su sueño había presagiado! De inmediato le escribió una carta inmensa llena de apasionados autorreproches y exhortaciones. Pero Ōmyōbu, pensando que eso solo aumentaría su agitación, se negó a entregársela, y él no podía confiar en ningún otro mensajero. Incluso las pocas y desdichadas líneas que ella solía enviarle de vez en cuando habían cesado por completo desde hacía un buen rato.
En su séptimo mes volvió a presentarse en la Corte. Desbordado de alegría por su regreso, el Emperador le prodigó un afecto sin límites. La nueva redondez de su figura, la inusual palidez y delgadez de su rostro le conferían, a su parecer, un encanto nuevo e incomparable. Como antes, pasaba todo su tiempo libre en su compañía.
Durante este tiempo tuvieron lugar varios festivales en la Corte y la presencia de Genji era requerida constantemente; a veces se le llamaba para tocar el koto o la flauta, a veces para servir a su padre de otras maneras. En tales ocasiones, por mucho que se esforzara en no mostrar rastro de desconcierto o agitación, temió más de una vez haberse delatado; mientras que para ella tales encuentros constituían un prolongado tormento.
La salud de la monja había mejorado un tanto y ahora vivía en la Capital. Él había averiguado dónde se hospedaba y le mandaba recados de vez en cuando, y recibía (que era en verdad todo cuanto esperaba) tan poco aliento como antes.
En los últimos meses, su añoranza por la criatura había aumentado en vez de disminuir, pero los días pasaban uno tras otro sin que hallara manera alguna de cambiar la situación. Al acercarse el fin del otoño, cayó en un estado de gran abatimiento.
Una hermosa noche de luna en la que había decidido, en contra de su propia inclinación, hacer una cierta visita secreta,70 se puso a llover. Como había salido del Palacio y el lugar al que se dirija estaba en los suburbios del Sexto Barrio, se le ocurrió que sería desagradable ir tan lejos bajo la lluvia.
Estaba pensando qué debía hacer cuando advirtió una casa derruida rodeada de árboles muy antiguos. Preguntó de quién podría ser aquella mansión sombría y desolada, y Koremitsu, quien, como de costumbre, iba con él, le respondió: «Vaya, esa es la casa del difunto Azechi no Dainagon. Hace uno o dos días tuve la ocasión de pasar por allí y me dijeron que mi Señora, la monja, se ha debilitado mucho y ya no se entera de lo que ocurre a su alrededor».
«¿Por qué no me dijiste esto antes?», dijo Genji profundamente preocupado; «Debería haber pasado de inmediato para transmitirle mi pésame a su familia. Te ruego que entres ahora mismo y preguntes cómo está».
Koremitsu envió en consecuencia a uno de los criados menores a la casa, con instrucciones de dar la impresión de que Genji había venido expresamente a interesarse por ella. Cuando el hombre anunció que el príncipe Genji lo había enviado en busca de noticias y que él mismo estaba esperando afuera, se desató en la casa una gran emoción y consternación.
Su ama, dijeron los sirvientes, llevaba varios días postrada en un estado muy precario y mal podía recibir una visita. Pero no se atrevían simplemente a despachar a un visitante tan distinguido, y tras ordenar apresuradamente el salón del sur, lo hicieron entrar en él, diciendo: «Tienen que perdonarnos por recibirlos en esta habitación desordenada. Hemos hecho todo lo posible por hacerla presentable. Quizá, en una visita imprevista, nos disculpen por conducirlo a un rincón tan apartado...».
No era en absoluto, desde luego, la clase de habitación a la que estaba acostumbrado.
«Llevaba mucho tiempo con la intención de visitar esta casa —dijo Genji—, pero una y otra vez las propuestas que hice por escrito respecto a cierto proyecto mío fueron rechazadas de inmediato y esto me desanimó. De haber sabido que la salud de vuestra señora había dado este giro a peor...»
«Dile que en este momento mi mente está clara, aunque pronto pueda volver a oscurecerse. Soy muy consciente de la bondad que ha mostrado al venir a visitar mi lecho de muerte, y lamento no poder hablar con él cara a cara. Dile que si por alguna casualidad no ha cambiado de opinión respecto al asunto que ha tratado conmigo antes, que sin falta, cuando haya llegado el momento, la cuente entre las damas de su casa. Es con gran angustia que la dejo atrás y temo que semejante vínculo con la tierra pueda impedirme alcanzar la vida por la que he rezado».
Su habitación estaba tan cerca y el tabique era tan delgado que, mientras le daba su recado a Shōnagon, él podía oír de vez en cuando el sonido de su voz triste y temblorosa. Poco después la oyó decirle a alguien: «Qué amable, qué muy amable de su parte haber venido. ¡Si tan solo la criatura tuviera la edad suficiente para agradecérselo como es debido!».
«Ciertamente no se trata de amabilidad —le dijo Genji a Shōnagon—. ¡Es evidente que solo un sentimiento muy profundo me habría impulsado a mostrar tanta y tan fervorosa persistencia! Desde que vi a esta niña por primera vez, un sentimiento de extraña ternura se apoderó de mí, y ha crecido hasta convertirse en un amor que no puede ser únicamente de este mundo.71 Aunque no sea más que un capricho vano, tengo el anhelo de escuchar su voz. ¿No podrías llamarla antes de que me vaya?»
—Pobre criatura —dijo Shōnagon—. Duerme profundamente en su habitación y no sabe nada de todos nuestros sufrimientos.
Pero, apenas hubo hablado, se oyó un ruido de alguien que se movía en los aposentos de las mujeres y de pronto se escuchó una voz que decía: «¡Abuela, abuela! El príncipe Genji, que vino a vernos a las montañas, está aquí de visita. ¿Por qué no dejas que entre a hablar contigo?».
—¡Calla, niña, calla! —gritaron todas las damas, escandalizadas.
—No, no —dijo la niña—; la abuela dijo que, cuando vio a este príncipe, se sintió mejor al instante. No estaba diciendo ninguna tontería.
Este discurso deleitó a Genji; pero las damas de la casa consideraron la intromisión de la niña penosa e indecorosa, y fingieron no oír su último comentario.
Genji abandonó la idea de hacer una visita en forma y regresó a su casa en carruaje, pensando por el camino que el comportamiento de ella era en verdad todavía el de una mera infante. ¡Y sin embargo, qué fácil y deleitable sería moldearla!
Al día siguiente hizo una visita formal. A su llegada envió un poema escrito en su habitual tira diminuta de papel:
«Desde que oí por primera vez la voz de la joven grulla, ¡mi barca muestra una extraña tendencia a atascarse entre los juncos!»
Estaba destinado a la pequeña y había sido escrito con una letra grande e infantil, pero con gran belleza, de modo que las damas de la casa, en cuanto lo vieron, dijeron: «Esto tendrá que ir al cuaderno de caligrafía de la niña».
Shōnagon le envió la siguiente esquela:
«Mi señora, sintiendo que tal vez no sobreviviría al día, nos pidió que la trasladáramos al templo en las colinas, y ya va de camino. Me encargaré de que se entere de su visita, si tan solo logro hacerle llegar un recado antes de que sea demasiado tarde».
La carta lo conmovió profundamente.
Durante aquellas tardes de otoño su corazón se encontraba en un fermento continuo. Pero aunque todos sus pensamientos estaban ocupados en otra parte, sin embargo, debido a la extraña relación en la que la niña se hallaba con el ser que así obsesionaba su mente, el deseo de hacer suya a la muchacha durante todo aquel tiempo tormentoso crecía día a día.
Recordaba la tarde en que la había visto por primera vez y el poema de la monja: «Sin saber si alguien vendrá a nutrir la tierna hoja...». Ella siempre sería encantadora; pero en algunos aspectos tal vez no cumpliera sus primeras promesas. Había que correr riesgos. E ideó el poema: «¿Cuándo la veré reposando en mi mano, la hierba joven de la ladera del brezal que brota de raíces72 púrpuras?».
En el décimo mes, el Emperador iba a visitar el Suzaku-in para el Festival de las Hojas Rojas.
Los bailarines debían ser todos hijos de las casas más nobles. Los más diestros entre los príncipes, cortesanos y otros grandes caballeros habían sido elegidos para sus papeles por el propio Emperador, y desde los Príncipes Reales y los Ministros de Estado en adelante todos estaban ocupados con continuas prácticas y ensayos.
Genji suddenly realized that for a long while he had not enquired after his friends on the mountain. He at once sent a special messenger who brought back this letter from the priest:
«The end came on the twentieth day of last month. It is the common lot of mankind; yet her loss is very grievous to me!»
This and more he wrote, and Genji, reading the letter was filled with a bitter sense of life’s briefness and futility.
¿Y qué hay del niño por cuyo futuro la difunta había mostrado tanta inquietud? Él no recordaba la muerte de su propia madre con ninguna claridad; pero algún vago recuerdo aún flotaba en su mente y otorgaba a su carta de pésame una mayor calidez de sentimientos. Fue contestada, no sin cierta importancia propia, por la nodriza Shōnagon.
Terminados el funeral y el luto, el niño fue llevado de vuelta a la Capital.
Al enterarse de esto, dejó pasar un breve lapso y luego, en una noche hermosa y serena, fue a la casa por su propia voluntad. Esta mansión sombriza, ruinosa y semidesierta debía de ejercer, pensó, un efecto de lo más deprimente en el niño que vivía allí.
Le hicieron pasar a la misma salita que antes. Allí Shōnagon le contó, entre sollozos, toda la historia de su pérdida, ante la cual él también se sintió extrañamente conmovido.
«Enviaría a mi pequeña señora a casa de su alteza, su padre —continuó—, si no recordara cuán cruelmente trataron a su pobre madre en esa casa. Y aun así lo haría si mi pequeña fuera una niña de teta que no supiera adónde la han llevado ni qué sienten los de allí hacia ella. Pero ya es una niña demasiado grande para ir a reunirse con un montón de extraños que quizá no la traten con amabilidad. Eso mismo decía su pobre abuela difunta hasta su último día. Usted, señor, ha sido muy bueno con nosotros, y me quitaría un gran peso de encima saber que ella se va con usted, aunque solo fuera por un corto tiempo; y no le importunaría preguntándole qué será de ella después. Solo por su bien lamento de verdad que no sea unos años mayor, para que usted pudiera casarse con ella. Pero la forma en que ha sido criada la hace joven incluso para su edad».
—No hace falta que me recuerdes tan a menudo su niñez —dijo Genji—.
«Aunque es en verdad su juventud y desamparo lo que despierta mi compasión, comprendo (¿y por qué habría de ocultármelo a mí mismo o a ti?) que un lazo mucho más estrecho une nuestras almas. Déjame que le diga yo mismo lo que acabamos de decidir»,
y recitó un poema en el que preguntaba si «como las olas que bañan la orilla donde crecen los juncos jóvenes, debía avanzar solo para retroceder de nuevo».
—¿Se sorprenderá demasiado? —añadió.
Shōnagon, diciendo que había que traer a la niña a toda costa, respondió a su poema con otro en el que le advertía que no debía esperar que ella «flotara a la deriva como las algas marinas con las olas», antes de comprender sus intenciones.
—Vamos, ¿qué te hizo pensar que te enviaría sin dejar que ella te viera? —preguntó, hablando en un tono descuidado y familiar que a él le resultó fácil perdonar.
Su aspecto, que las damas de la casa examinaron con gran esmero mientras él esperaba a la niña y tarareaba para sí una estrofa de la canción ¿Por qué cuesta tanto cruzar la colina?, causó en ellas una profunda impresión, y no olvidaron aquel momento hasta mucho tiempo después.
La niña estaba acostada en su cama llorando por su abuela.
«Un caballero con una gran capa ha venido a jugar contigo», dijo una de las mujeres que la atendían; «me pregunto si será tu padre».
Ante esto, ella se levantó de un salto y exclamó:
- «Niñera, ¿dónde está el caballero de la capa? ¿Es mi padre?»
y salió corriendo hacia la habitación.
«No —dijo Genji—, no es tu padre; pero es alguien más que quiere que lo quieras mucho. Ven...»
Había deducido por la forma en que la gente hablaba de él que el príncipe Genji era alguien muy importante y, sintiendo que él debía de estar muy enojado con ella por haberlo llamado «el caballero de la capa», fue directa a su nodriza y le susurró: «Por favor, tengo sueño».
«Ya no debes tener vergüenza de mí —dijo Genji—. Si tienes sueño, ven aquí y acuéstate en mis rodillas. ¿No vas a venir siquiera a hablar conmigo?».
«Vaya —dijo Shōnagon—, ya ves qué pequeña salvaje es», y empujó a la niña hacia él.
Ella se quedó de pie, sin fuerzas, a su lado, pasando la mano por debajo del cabello para que este cayera en ondas sobre su suave vestido o agarrando un gran mechón donde se abultaba espeso alrededor de sus hombros.
Al poco rato él le tomó la mano; pero de inmediato, aterrorizada por ese contacto cercano con alguien a quien no estaba acostumbrada, ella exclamó: «Dije que me quería ir a la cama», y arrebatando su mano salió corriendo hacia los aposentos de las mujeres.
Él la siguió gritando: «¡Querida, no huyas de mí! Ahora que tu abuela ya no está, debes quererme a mí en su lugar».
—¡Vaya! —jadeó Shōnagon, profundamente escandalizada—. ¡No, eso ya es demasiado! ¿Cómo puedes tener el valor de decirle una maldad semejante a la pobre criatura? Y tampoco sirve de mucho pedir a la gente que a uno lo quiera, ¿verdad?
—Por el momento, tal vez no —dijo Genji—. Pero ya verás cómo suceden cosas extrañas si uno pone su corazón en algo como lo he puesto yo ahora.
Caía granizo. Era una noche salvaje y terrible. La idea de dejarla pasarla en esta lúgubre y semidesierta mansión lo deprimía imensamente y, asiéndose a este pretexto para permanecer cerca de ella:
«¡Cierren la puerta divisoria! —gritó—. Me quedaré un rato y haré de centinela aquí en esta noche terrible. ¡Acérquense a mí, todos ustedes!»
y, dicho esto, como si fuera lo más natural del mundo, tomó a la niña en brazos y la llevó a su cama.
Las damas estaban demasiado asombradas y confusas como para moverse de sus asientos; mientras que Shōnagon, aunque sus arbitrarios procedimientos la alteraban y alarmaban en gran medida, tuvo que confesar para sus adentros que no había una razón real para intervenir, y solo pudo quedarse gimiendo en su rincón.
The little girl was at first terribly frightened. She did not know what he was going to do with her and shuddered violently. Even the feel of his delicate, cool skin when he drew her to him, gave her goose-flesh. He saw this; but none the less he began gently and carefully to remove her outer garments, and laid her down. Then, though he knew quite well that she was still frightened of him, he began talking to her softly and tenderly: ‘How would you like to come with me one day to a place where there are lots of lovely pictures and dolls and toys?’ And he went on to speak so feelingly of all the things she was most interested in that soon she felt almost at home with him. But for a long while she was restless and did not go properly to sleep.
La tormenta aún arreciaba.
«Qué habría sido de nosotras si este caballero no hubiera estado aquí —susurró una de las mujeres—; bien sé que, por mi parte, habría muerto de pánico. ¡Si al menos nuestra pequeña señora fuera más afín a su edad!».
Shōnagon, todavía desconfiada, se sentó muy cerca de Genji todo el tiempo.
Por fin el viento comenzó a amainar. La noche estaba muy avanzada, ¡pero su regreso a esa hora no causaría ninguna sorpresa!
«Se ha vuelto tan querida para mí —dijo Genji—, que, sobre todo en este momento tan triste de su vida, me duele dejarla incluso por unas pocas horas. Creo que voy a trasladarla a algún lugar donde pueda verla siempre que lo desee. Me sorprende que no tenga miedo de vivir en un sitio como este».
«Creo que su padre habló de venir a buscarla —dijo Shōnagon—; pero es probable que no sea hasta que terminen los cuarenta y nueve días».
«Por supuesto, en circunstancias normales sería natural que su padre se ocupara de ella —admitió Genji—; pero como ha sido criada enteramente por otra persona, no tiene más motivo para importarle él que yo. Y aunque hace tan poco tiempo que la conozco, sin duda le tengo mucho más cariño del que su padre jamás podrá tenerle».
Dicho esto, le acarició el cabello a la niña y luego, a regañadientes y mirando hacia atrás una y otra vez, salió de la habitación.
Había ahora una densa niebla blanca, y la escarcha cubría gruesa la hierba. De repente se descubrió deseando que aquello fuera un verdadero romance, y se sintió muy deprimido. Se le ocurrió que de camino a casa pasaría por cierta casa que antaño había frecuentado con familiaridad.
Llamó a la puerta, pero nadie respondió. Entonces ordenó a uno de sus sirvientes, que tenía buena voz, que recitara los siguientes versos:
«Aunque la niebla matutina mantenga todo el mundo tan oscuro como la noche junto a la puerta de mi hermana, no pude dejar de detenerme».
Cuando esto hubo sido cantado dos veces, la dama mandó a la puerta a un criado impertinente y presumido, quien, tras recitar el poema
«Si te disgustaba el seto de niebla que circunda este lugar, una puerta de mimbre ajada no te tendría de pie en la calle»,
volvió inmediatamente a entrar en la casa. Él esperó; pero nadie más acudió a la puerta y, aunque no estaba de humor para volverse aburridamente a casa dado que ya era pleno día, ¿qué otra cosa podía hacerse?
En su palacio estuvo yacente largo rato, sonriendo para sus adentros con placer al recordar los bonitos dichos y modales de la niña.
Hacia el mediodía se levantó y comenzó a escribirle una carta; pero no hallaba las palabras adecuadas, y tras apartar el pincel muchas veces, decidió por fin enviarle en su lugar unas bonitas imágenes.
That day Prince Hyōbukyō paid his long-promised visit to the late nun’s house. The place seemed to him even more ruinous, vast and antiquated than he remembered it years ago. How depressing it must be for a handful of persons to live in these decaying halls, and looking about him he said to the nurse:
‘No child ought to live in a place like this even for a little while. I must take her away at once; there is plenty of room in my house. You’ (turning to Shōnagon) ‘shall be found a place as a Lady-in-Waiting there. The child will be very well off, for there are several other young people for her to play with.’
Llamó a la pequeña y, al advertir el exquisito perfume que impregnaba su vestido desde que Genji la había tomado en brazos, el Príncipe dijo: «Qué bien huele tu vestido. ¿Pero no es un poco apagado?». No bien hubo dicho esto, recordó que estaba de luto y se sintió un poco incómodo.
«A veces solía decirle a su abuela —continuó— que debería dejarla venir a verme y acostumbrarse a nuestras costumbres; pues en verdad era una extraña crianza para ella vivir año tras año sola con alguien cuya salud y ánimos decaían constantemente. Pero ella, por alguna razón, se mostraba muy esquiva conmigo, y en otro sector73 también había una reticencia que, me temo, aun en un momento como este tal vez no se supere por completo...».
—Si es así —dijo Shōnagon—, por aburrido que le resulte estar aquí, no creo que deba ser trasladada hasta que esté un poco más en condiciones de valerse por sí misma.
Durante días y días la niña había estado en un estado de profunda tristeza, y al no haber probado bocado de nada se había quedado muy delgada, sin dejar de ser por ello encantadoramente bella. Él la miró con ternura y le dijo:
«Ya no debes llorar más. Cuando la gente muere, no hay remedio posible y debemos soportarlo con valor. Pero ahora todo va bien, pues he venido yo en su lugar...»
Pero se hacía tarde y no podía quedarse más tiempo. Al volverse para marchar vio que la niña, lejos de encontrar consuelo ante la perspectiva de quedar bajo su cuidado, volvía a llorar amargamente. El Príncipe, derramando a su vez unas cuantas lágrimas, hizo cuanto pudo por consolarla:
«No te aflijas así —le dijo—, hoy o mañana mandaré por ti para que vengas a vivir conmigo»,
y con eso se marchó.
La niña seguía llorando y no se hallaba modo de distraer sus pensamientos. No era desde luego que tuviera ninguna preocupación por su propio futuro, pues en semejantes asuntos aún no había empezado a pensar en absoluto; sino tan solo que había perdido al compañero de quien durante días y días no se había separado ni un solo momento. Por joven que fuera, sufría de manera tan cruel que había abandonado por completo todos sus juegos habituales, y aunque a veces durante el día su ánimo mejoraba un poco, al caer la noche se ponía tan melancólica que Shōnagon empezó a preguntarse cuánto tiempo más seguirían las cosas así y, desesperada por no poder consolarla, rompía ella misma a llorar.
Al poco rato llegó Koremitsu con un recado que decía que Genji tenía intención de visitarlas, pero que, debido a una orden repentina de Palacio, le había sido imposible hacerlo, y que, muy inquieto por el grave estado de la pequeña, enviaba a informarse de su evolución.
Una vez entregado el recado, Koremitsu hizo pasar a algunos de los servidores de Genji a quienes este había enviado para montar guardia en la casa aquella noche.
—Esta amabilidad está sin duda fuera de lugar —dijo Shōnagon—. Puede que a él no le parezca de gran importancia que sus hidalgos se instalen aquí; pero si el padre de la niña se entera, a nosotros, los sirvientes, se nos culpará de que se haya entregado a la pequeña dama a un caballero casado. Se nos dirá que fuisteis vosotras quienes permitisteis que todo esto empezara. Ahora tened cuidado —dijo, volviéndose hacia sus compañeras de servicio—, no permitáis ni que ella le mencione estos guardias a su padre.
Pero, ¡ay!, la criatura era del todo incapaz de comprender tal prohibición, y Shōnagon, tras desahogar numerosas lamentaciones ante Koremitsu, continuó:
«No dudo de que a su debido tiempo ella se convertirá de algún modo en su esposa, pues tal parece ser el decreto de su destino. Pero ahora y durante mucho tiempo no puede haber la menor mención de algo semejante, y esto, como él me ha dicho sin rodeos, lo sabe tan bien como el resto de nosotros. Así que lo que persigue, no logro ni por asomo imaginármelo. Tan solo hoy, cuando el príncipe Hyōbukyō estaba aquí, me ordenó que la vigilara de cerca y no permitiera que la trataran con ninguna indiscreción. Confieso que, al decirlo, recordé con irritación ciertas libertades que he permitido tomar a su señor, sin darles apenas importancia en su momento».
No bien hubo dicho esto, cuando empezó a temer que Koremitsu interpretara sus palabras peor de lo que pretendía, y negando con la cabeza muy melancólicamente recayó en el silencio. Y no andaba muy desencaminada, pues Koremitsu se preguntaba en verdad de qué índole habrían podido ser las fechorías de Genji.
Al oír el informe de Koremitsu, el corazón de Genji se llenó de compasión por la situación de la niña y le habría gustado ir a verla en el acto. Pero temía que la gente ignorante malinterpretara estas frecuentes visitas y, creyendo que la muchacha era mayor de lo que era, esparcieran habladurías insensatas. Habría sido mucho más sencillo llevarla a su palacio y tenerla allí.
Durante todo el día envió numerosas cartas y, al anochecer, Koremitsu volvió a la casa diciendo que un asunto urgente le había impedido una vez más a Genji ir a visitarlas, por cuya negligencia presentaba sus disculpas.
Shōnagon respondió cortante que el padre de la niña había decidido de repente ir a buscarla al día siguiente y que estaban demasiado ocupadas para recibir visitas:
«Los criados están todos alterados por tener que dejar esta ruinosa y vieja casa en la que han vivido tanto tiempo para ir a un lugar extraño y grandioso...»
Respondió a sus siguientes preguntas con tanta brevedad y parecía tan concentrada en su costura, que Koremitsu se marchó.
Genji se hallaba en el Gran Salón, pero como de costumbre no había podido arrancarle una sola palabra a Aoi y, de ánimo sombrío, punteaba su cítara cantando: «¿Por qué cruzaste campo y colina Tan deprisa en esta noche de lluvia?».74
Las palabras de la canción iban dirigidas a Aoi y las cantó con mucha emoción. En esta ocupación se hallaba cuando Koremitsu llegó al Gran Salón. Genji lo mandó llamar de inmediato y le ordenó que contara su historia.
Las noticias de Koremitsu eran muy inquietantes. Una vez que ella estuviera en el palacio de su padre, se vería muy extraño que Genji fuera a buscarla, incluso si ella iba por su propia voluntad. Inevitablemente se rumorearía por todas partes que se había fugado con ella como un robachicos, un ladrón. Mucho mejor era adelantarse a su rival y, tras exigir una promesa de silencio a la gente que la rodeaba, llevársela a su propio palacio de inmediato.
«Iré allí al romper el alba», le dijo a Koremitsu; «encarga el carruaje en el que vine, puede usarse tal como está, y asegúrate de que uno o dos sirvientes estén listos para acompañarme».
Koremitsu hizo una reverencia y se retiró.
Genji knew that whichever course he chose, there was bound to be a scandal so soon as the thing became known. Inevitably gossips would spread the report that, young though she was, the child by this time knew well enough why she had been invited to live with Prince Genji in his palace.
Let them draw their own conclusions. That did not matter.
There was a much worse possibility. What if Hyōbukyō found out where she was? His conduct in abducting another man’s child would appear in the highest degree outrageous and discreditable. He was sorely puzzled, but he knew that if he let this opportunity slip he would afterwards bitterly repent it, and long before daybreak he started on his way.
Aoi seguía tan fría y huraña como siempre.
«Acabo de recordar algo muy importante de lo que debo ocuparme en casa —dijo—; no tardaré mucho», y se escurrió tan silenciosamente que los sirvientes de la casa ni se enteraron de que se había ido.
Le trajeron su capa desde sus propios aposentos y partió en carruaje acompañado únicamente por Koremitsu, quien iba a caballo detrás. Tras llamar insistentemente, lograron que les abrieran el portal, pero lo hizo un sirviente que no estaba al tanto de nada. Koremitsu le ordenó al hombre que metiera el carruaje de Genji con el menor ruido posible y se dirigió él mismo directamente a la puerta principal, la cual sacudió mientras tosía para que Shōnagon supiera quién estaba allí.
«Mi señor está esperando», dijo cuando ella se acercó a la puerta.
«Pero la joven duerme profundamente —dijo Shōnagon—; Su Alteza no tiene por qué estar levantado y andando a estas horas de la noche». Dijo esto pensando que él regresaba de alguna escapada nocturna y solo había pasado por allí de camino.
«Me han dicho —intervino Genji acercándose en ese momento— que van a trasladar a la niña a casa de su padre y tengo algo importante que debo decirle antes de que se marche».
«Cualquier asunto que tenga que tratar con ella, estoy segura de que le prestará su máxima atención», replicó Shōnagon con burla. ¡Asuntos importantes, nada menos, con una niña de diez años!
Genji entered the women’s quarters.
‘You cannot go in there,’ cried Shōnagon in horror; ‘several aged ladies are lying all undressed....’
‘They are all fast asleep,’ said Genji. ‘See, I am only rousing the child,’ and bending over her: ‘The morning mist is rising,’ he cried, ‘it is time to wake!’
And before Shōnagon had time to utter a sound, he had taken the child in his arms and begun gently to rouse her. Still half-dreaming, she thought it was the prince her father who had come to fetch her.
‘Come,’ said Genji while he put her hair to rights, ‘your father has sent me to bring you back with me to his palace.’
For a moment she was dazed to find that it was not her father and shrank from him in fright. ‘Never mind whether it is your father or I,’ he cried; ‘it is all the same,’ and so saying he picked her up in his arms and carried her out of the inner room.
—¡Vaya! —exclamaron Koremitsu y Shōnagon, estupefactos. ¿Qué iba a hacer a continuación?
—Parece —dijo Genji— que os inquietó que os dijera que no podía visitarla aquí tan a menudo como deseaba y que dispondría lo necesario para que ella fuera a un lugar más conveniente. Me he enterado de que la vais a enviar a donde me será todavía más difícil verla. Por tanto... preparaos uno u otro para venir conmigo.
Shōnagon, que ahora se daba cuenta de que iba a raptar a la niña, cayó en un terrible estado de desconcierto. «¡Oh, señor —dijo—, no podría haber elegido peor momento! Hoy viene su padre a buscarla, y ¿qué voy a decirle? Si tan solo esperara, estoy segura de que al final todo se arreglaría. Pero al actuar con tanta precipitación no se hará ningún favor y dejará a los pobres sirvientes en un aprieto muy triste».
«Si eso es todo —exclamó Genji—, que la sigan en cuanto les plazca», y para desesperación de Shōnagon hizo que acercaran el carruaje. La niña estaba de pie, llorando y desconcertada. No parecía haber forma de impedir que cumpliera su propósito y, recogiendo la ropita de la niña que había estado cosiendo la noche anterior, la nodriza se puso su mejor vestido y subió al carruaje. La casa de Genji no estaba lejos y llegaron antes del amanecer. Se detuvieron frente al ala oeste y Genji bajó. Tomando a la niña suavemente en brazos, la puso en el suelo. Shōnagon, a quien estos extraños acontecimientos le parecían un sueño, dudó como si aún no estuviera segura de si debía entrar en la casa o no. «No tiene necesidad de entrar si no quiere —dijo Genji—. Ahora que la niña misma está aquí a salvo, estoy más que satisfecho. Si prefiere regresar, no tiene más que decirlo y la acompañaré».
De mala gana bajó del carruaje. La brusquedad del traslado ya era por sí sola suficiente para alterarla; pero además le preocupaba lo que el príncipe Hyōbukyō pensaría cuando descubriera que su hija había desaparecido.
Y en verdad, ¿qué iba a ser de ella? De un modo u otro, todas sus damas parecían serle arrebatadas, y solo cuando empezó a temer de haber estado llorando tanto tiempo seguidos, se secó al fin los ojos y se puso a rezar.
The western wing had long been uninhabited and was not completely furnished; but Koremitsu had soon fitted up screens and curtains where they were required.
For Genji makeshift quarters were soon contrived by letting down the side-wings of his screen-of-honour. He sent to the other part of the house for his night things and went to sleep.
The child, who had been put to bed not far off, was still very apprehensive and ill at ease in these new surroundings. Her lips were trembling, but she dared not cry out loud.
‘I want to sleep with Shōnagon,’ she said at last in a tearful, babyish voice.
‘You are getting too big to sleep with a nurse,’ said Genji, who had heard her. ‘You must try and go to sleep nicely where you are.’
She felt very lonely and lay weeping for a long while. The nurse was far too much upset to think of going to bed and sat up for the rest of the night in the servants’ quarters crying so bitterly that she was unconscious of all that went on around her.
Pero cuando aclaró, empezó a mirar un poco a su alrededor. No solo este gran palacio con sus maravillosas columnas y tallas, sino la arena del patio exterior, que le parecía una alfombra de joyas, le causó una impresión tan deslumbrante que al principio se sintió un tanto intimidada.
Sin embargo, el hecho de ya no encontrarse en un hogar de mujeres le dio una agradable sensación de seguridad.
Era la hora en que los negocios traían a varios desconocidos a la casa. Había varios hombres caminando justo afuera de su ventana y oyó a uno de ellos susurrarle al otro:
«Dicen que alguien nuevo ha venido a vivir aquí. ¿Quién será, me pregunto? Una dama de importancia, te lo aseguro».
Se trajo agua para el baño desde la otra ala, y arroz al vapor para el desayuno. Genji no se levantó hasta bien entrada la mañana.
«No es bueno que la niña esté sola —le dijo a Shōnagon—, así que anoche, antes de venir a verte, hice los arreglos para que unas personitas vengan a quedarse aquí»,
y dicho esto mandó a un criado a «buscar a las niñitas del ala oriental». Había dado órdenes estrictas de que fueran lo más pequeñas posible y ahora cuatro de las criaturas más diminutas y bonitas que uno pueda imaginarse hacían su aparición en escena.
Murasaki aún dormía, tendida y envuelta en la propia casaca de Genji. Le costó trabajo despertarla.
—Ya no debes estar triste —dijo—; si no te tuviera tanto cariño, ¿estaría cuidándote así? Las niñas deben ser muy dóciles y obedientes en su comportamiento.
Y así comenzó su educación.
Ahora que podía examinarla con tranquilidad, le pareció aún más hermosa de lo que había imaginado, y pronto se embarcaron en una cariñosa conversación.
Mandó buscar encantadores cuadros y juguetes para mostrárselo y se puso a trabajar para entretenerla de todas las formas posibles. Poco a poco la convenció de que se levantara y mirara a su alrededor.
Con su vestido raído de algún material gris oscuro, ella parecía tan encantadora ahora que reía y jugaba, con todas sus penas olvidadas, que Genji también rio de placer mientras la observaba.
Cuando por fin se retiró al ala este, ella salió al aire libre para contemplar el jardín. Mientras abría paso con cuidado entre los árboles y a lo largo de la orilla del lago, y contemplaba con delicia los macizos de flores escarchadas que brillaban alegres como una estampa, mientras una multitud colorida de gente desconocida entraba y salía constantemente de la casa, empezó a pensar que aquel era un lugar verdaderamente agradable.
Luego miró los maravillosos cuadros pintados en todos los paneles y biombos y quedó completamente enamorada de ellos.
Durante dos o tres días Genji no fue a Palacio, sino que pasó todo el tiempo divirtiendo a la pequeña. Finalmente le dibujó toda clase de imágenes para que las pusiera en su cuaderno, mostrándoselas una por una mientras lo hacía. A ella le parecieron el conjunto de dibujos más encantadores que jamás había visto.
Luego escribió parte del poema de Musashi-no.75 Ella quedó encantada con la forma en que estaba escrito con trazos de tinta audaces sobre un fondo teñido de púrpura. Con una letra más pequeña estaba el poema:
«Aunque la raíz principal76 no puedo ver, con ternura amo a su retoño,77—la planta cubierta de rocío que crece en el páramo de Musashi».
—Ven —le dijo Genji mientras ella lo admiraba—, tú también tienes que escribir algo.
—Todavía no sé escribir bien —respondió ella, levantando la mirada hacia él con un encanto tan totalmente inconsciente que Genji se echó a reír.
—Aunque no sepas escribir bien, no podemos dejarte escapar por completo. Déjame darte una lección.
Con muchas miradas tímidas hacia él, comenzó a escribir. Incluso la manera infantil con la que agarraba el pincel le produjo una emoción de deleite que no acertaba a explicar.
—Oh, lo he estropeado —exclamó de pronto y, sonrojándose, le ocultó lo que había escrito. Pero él la obligó a dejárselo ver y encontró el poema:— «No sé qué te ha hecho pensar en Musashi y estoy muy desconcertada. ¿Qué planta es esa que dices que es pariente mía?».
Está escrito con una letra grande e infantil que, en verdad, estaba muy poco desarrollada, pero que, sin embargo, era muy prometedora. Mostraba un gran parecido con la caligrafía de la difunta monja. Estaba seguro de que, si le daban cuadernos de caligrafía modernos, pronto escribiría muy bien.
A continuación construyeron casas para las muñecas y jugaron tanto tiempo juntos a este juego que Genji olvidó por un momento la gran ansiedad78 que por entonces le devoraba la mente.
Los criados que se habían quedado en la casa de Murasaki se sintieron sumamente desconcertados cuando el príncipe Hyōbukyō vino a buscarla. Genji les había hecho prometer, al menos por un tiempo, que no le dirían a nadie lo sucedido, y Shōnagon había parecido estar de acuerdo en que era lo mejor.
En consecuencia, él no pudo sacarles nada, salvo que Shōnagon se había llevado a la niña sin decir nada sobre adónde iba. El príncipe se sentía completamente desconcertado. Quizás la abuela le había metido en la cabeza a la nodriza la idea de que las cosas no irían bien para la niña en su palacio. En ese caso, la nodriza, con un exceso de astucia, en lugar de decir abiertamente que temía que la niña no fuera bien tratada bajo su techo, podría haber pensado que era más prudente huir con ella cuando se presentara la oportunidad.
Se fue a casa muy deprimido, pidiéndoles que le avisaran al instante si tenían alguna noticia, una petición que de nuevo los desconcertó. También hizo averiguaciones con el sacerdote del templo en las colinas, pero no pudo averiguar nada. Ella le había parecido una niña entrañable y encantadora; era muy
decepcionante
perderle la pista de esa manera. La princesa, su esposa, hacía tiempo que había superado su antipatía hacia la madre de la niña y estaba indignada ante la idea de que no se confiara en que ella cumpliría debidamente con su deber hacia la pequeña.
Poco a poco, los criados de la casa de Murasaki se fueron reuniendo en su nuevo hogar. Las niñas que habían sido llevadas para jugar con ella estaban encantadas con su nueva compañera y pronto jugaban todas juntas muy felices.
Cuando su príncipe estaba ausente u ocupado, en las tardes sombrías todavía a veces añoraba a su abuela la monja y lloraba un poco. Pero nunca pensaba en su padre, a quien nunca estaba acostumbrada a ver sino a raros intervalos.
Ahora, en verdad, tenía «un nuevo padre» a quien cada día cobraba mayor cariño. Cuando él regresaba de alguna parte, ella era la primera en salir a su encuentro y entonces comenzaban maravillosos juegos y conversaciones, sentada ella todo el tiempo en su regazo sin la menor timidez ni reserva. No se habría podido imaginar un compañero más encantador.
Podría ser que, cuando fuera mayor, no siempre fuese tan confiada. Nuevos aspectos de su carácter podrían entrar en juego. Si sospechara, por ejemplo, que él se interesaba por otra persona, podría resentirse, y en tal caso es probable que sucedan toda clase de cosas inesperadas; pero por el momento era un juguete encantador.
De haber sido realmente su hija, las convenciones no le habrían permitido seguir viviendo mucho más tiempo con ella en términos de una intimidad tan completa; pero en un caso como este sentía que tales escrúpulos no venían al caso.