POR mucho que lo intentaba, no lograba disipar la melancolía en que la repentina muerte de Yūgao79 lo había sumido, y aunque ya habían pasado muchos meses, la añoraba con la misma pasión de siempre.
En otros círculos donde había buscado afecto, la frialdad competía con la frialdad y el orgullo con el orgullo. Anhelaba escapar una vez más de las exigencias de aquellas naturalezas apasionadas y temperamentales, y renovar la vida de tierna intimidad que durante un tiempo le había brindado una dicha tan grande.
Pero ¡ay!, jamás volvería a encontrar otra Yūgao. A pesar de su amarga experiencia, seguía imaginando que algún día podría al menos descubrir a alguna hermosa muchacha de origen humilde a la que pudiera ver sin ocultarse, y escuchaba con avidez cualquier insinuación que pudiera ponerlo en una pista prometedora.
Si las perspectivas parecían favorables, continuaba sus indagaciones escribiendo una carta discreta que, como bien sabía por experiencia, rara vez obtenía una respuesta del todo desalentadora. Incluso aquellas que parecían empeñadas en demostrar, por la rígida formalidad de sus respuestas, que anteponían la virtud a la sensibilidad, y que al principio apenas parecían familiarizadas con los usos de la buena sociedad, terminaban cediendo de repente a la intimidad más desenfrenada, la cual se prolongaba hasta que su matrimonio con algún marido vulgar interrumpía la correspondencia.
Hubo momentos vacíos en los que pensó en Utsusemi con añoranza. Y estaba también su compañera; tarde o temprano habría sin duda una oportunidad de enviarle un mensaje inesperado. Si al menos pudiera verla de nuevo como la había visto aquella noche junto al tablero de ajedrez bajo la penumbra de la lámpara. No era de su naturaleza, en verdad, olvidar jamás a nadie de quien alguna vez se hubiera enamorado.
Entre sus viejas nodrizas había una llamada Sayemon a quien, después de la madre de Koremitsu, profesaba un profundo afecto. Tenía una hija llamada Taifu no Myōbu que estaba al servicio en Palacio. Esta muchacha era hija ilegítima de cierto miembro de la familia imperial que por entonces ocupaba el cargo de viceministro del Ministerio de Guerra.
Era una joven de carácter muy alegre y Genji recurría a menudo a sus servicios. Su madre, la nodriza de Genji, se habia casado después con el gobernador de Echizen y se había marchado con él a su provincia, de modo que la muchacha, cuando no estaba en Palacio, vivía principalmente en casa de su padre.
Sucedió que un día, mientras hablaba con Genji, le mencionó a cierta princesa, hija del difunto príncipe Hitachi. Esta señora, dijo, nació cuando el príncipe era ya muy anciano y se habían esmerado todos los cuidados en su crianza. Desde su muerte había vivido sola y era muy infeliz.
La compasión de Genji se despertó y comenzó a interrogar a Myōbu acerca de esta desafortunada dama.
—Tampoco sé gran cosa sobre su carácter o su apariencia —dijo Myōbu—; es de costumbres extremadamente recluidas. A veces he hablado un poco con ella al atardecer, pero siempre con una cortina de por medio. Creo que su cítara es la única compañera en la que está dispuesta a confiar.
«De los Tres Amigos80 al menos uno resultaría inadecuado en su caso», dijo Genji. «Pero me gustaría oírla tocar; su padre era un gran intérprete de este instrumento y es improbable que ella no haya heredado algo de su destreza».
—Ay, me temo que no merece la pena que vengas a escucharla —dijo Myōbu. —Eres muy desanimador —respondió él—, pero a pesar de todo me esconderé allí una de estas noches, cuando la luna llena esté tras las nubes, para escucharla tocar; y tú vendrás conmigo.
No le hizo mucha gracia; pero justo entonces, incluso sobre el ajetreado Palacio, pareció haberse instalado una quietud propia de la primavera y, al encontrarse completamente desocupada, accedió a acompañarle.
La casa de su padre quedaba a cierta distancia de la ciudad y, por comodidad, a veces él se hospedaba en el palacio del príncipe Hitachi. Myōbo se llevaba mal con su madrastra y, habiéndole tomado afición a las solitarias dependencias de la princesa, guardaba allí una habitación.
Fue en verdad en la noche posterior a la luna llena, bajo una luz velada tal como Genji había mencionado, cuando visitaron el palacio de Hitachi.
—Me temo —dijo Myōbu— que no es una noche muy propicia para escuchar música; los sonidos no parecen propagarse muy bien.
Pero él no se dejó disuadir tan fácilmente.
—Ve a su habitación —dijo— y persuádela para que toque unas cuantas notas; sería una pena que me fuera sin haberla oído en absoluto.
A Myōbu le daba un poco de vergüenza dejarlo así en su pequeña y privada habitación. Encontró a la princesa sentada junto a la ventana, con los alerones aún sin cerrar para la noche; estaba disfrutando del aroma de un ciruelo en flor que se encontraba en el jardín de enfrente. En verdad parecía el momento oportuno.
«Pensé qué hermoso sonarían tus acordes en una noche como esta —dijo—, y no pude resistirme a venir a verte. Siempre voy con tanta prisa, yendo y viniendo del Palacio, que, ¿sabes?, nunca he tenido tiempo de oírte tocar. Es una verdadera lástima».
—La música de esta índole —respondió—, no le reporta ningún placer a quien no la ha estudiado. ¿Qué pueden importarle tales asuntos a quienes andan todo el día de un lado para otro en la Ciudad de las Cien Torres?81
Hizo que le trajeran el arpa de mesa, pero el corazón le latía con fuerza. ¿Qué impresión causaría su interpretación en esta muchacha? Con timidez, tocó unas cuantas notas. El efecto resultó muy agradable. Es verdad que no era una gran intérprete, pero el instrumento era excepcionalmente bueno y a Genji su ejecución le pareció de lo más grata de escuchar.
Viviendo en este palacio solitario y semirruinoso tras una educación (repleta sin duda de formalidades y restricciones anticuadas) como la que su padre probablemente le había dado, sería en verdad extrañó que su vida no consistiera en su mayor parte en recuerdos y remordimientos.
Este era justo el tipo de lugar que en un viejo cuento se elegiría como escenario para los acontecimientos más románticos. Con la imaginación así agitada, pensó en enviarle un mensaje. Pero tal vez a ella le pareciera aquello demasiado repentino. Por alguna razón se sintió tímido y dudó.
—Parece que se está nublando —dijo la astuta Myōbu, consciente de que Genji se llevaría una impresión mucho más profunda si no oía nada más por el momento.
—Alguien venía a verme —prosiguió—; no debo hacerlo esperar. Tal vez en otra ocasión en que no tenga tanta prisa... Permítame que le cierre la ventana,
y con estas palabras volvió junto a Genji, sin darle a la princesa ningún incentivo para seguir tocando.
—Se detuvo tan pronto —se quejó—, que apenas valía la pena haber hecho que tocara. A uno no le dio tiempo de captar por dónde iba lo que estaba tocando. ¡En verdad es una lástima!
De que la princesa era hermosa no le cabía la menor duda. «Te agradecería mucho que hicieras los arreglos para que pudiera escucharla más de cerca».
Pero Myōbu, pensando que esto conduciría a una desilusión, le dijo que la princesa, que llevaba una existencia tan parecida a la de una ermitaña y parecía siempre tan deprimida y apagada, difícilmente recibiría con agrado la sugerencia de actuar ante un extraño.
—Naturalmente —dijo Genji—, una cosa de ese tipo solo podría sugerirse entre personas que se tienen confianza o a alguien de rango muy diferente. El rango de esta dama, como sé perfectamente, le da derecho a ser tratada con toda consideración, y yo no le pediría a usted más que insinuar mi deseo.
Él había prometido encontrarse con otra persona esa noche y, disfrazándose cuidadosamente, se disponía a partir cuando Myōbu dijo riendo: «A veces me divierte pensar en cómo el Emperador deplora la vida demasiado estricta y doméstica a la que te obliga. ¿Qué pensaría si pudiera verte disfrazado de este modo?».
Genji se rio. —Temo —dijo al salir de la habitación— que tú no eres precisamente la persona más indicada para reprochármelo. Quienes consideran condenable semejante conducta en un hombre, la encontrarán aún menos excusable en una muchacha.
Ella recordó que a Genji le había tocado a menudo reprocharle sus coqueteos imprudentes y, sonrojándose, no respondió.
Aún con la esperanza de divisar a la tañedora de cítara, se deslizó sigiloso hacia su ventana. Estaba a punto de ocultarse en un punto donde la cerca de bambú se encontraba algo derruida cuando advirtió que un hombre ya estaba apostado allí.
¿Quién podría ser? Sin duda, se trataba de uno de los amantes de la princesa, y retrocedió para ocultarse en la oscuridad. El desconocido lo siguió y resultó no ser otro que Tō no Chūjō.
Aquesa tarde habían salido juntos del Palacio, pero al separarse Genji (como se había fijado Chūjō) no se dirigió ni hacia el Gran Salón ni de regreso a su propio palacio.
Esto despertó la curiosidad de Chūjō y, a pesar de que él también tenía una cita secreta esa noche, decidió seguir primero a Genji y descubrir qué se traía entre manos.
Así pues, montado en un caballo extraño y vistiendo una capa de caza, se había disfrazado de forma tan infame que pudo seguir a Genji sin ser reconocido en el camino.
Al verlo entrar en un lugar tan inesperado, Chūjō trataba de imaginar qué asuntos podría tener su amigo en un barrio semejante cuando la música comenzó y él se ocultó con la vaga idea de salirle al encuentro a Genji cuando saliera.
Pero el príncipe, que no sabía quién era el desconocido y temía ser reconocido, se deslizó de puntillas hacia la sombra.
Chūjō le salió de repente al encuentro:
«Aunque me esquivaste de manera tan descortés, creí que era mi deber vigilar tus pasos», dijo, y recitó el poema: «Aunque juntos dejamos la gran colina del Palacio, no quisiste mostrarme tu lugar de ocaso, ¡Luna de la decimosexta noche!».
Así discurrió; y Genji, aunque al principio se había sentido un tanto contrariado al descubrir que no estaba solo, al reconocer a Tō no Chūjō no pudo evitar divertirse bastante.
«Ésta es en verdad una inesperada atención por tu parte», dijo, y expresó su leve molestia en el verso de respuesta:
«Aunque doquiera que brilla los hombres se maravillan de su luz, ¿quién hasta hoy se ha dignado seguir a la luna llena hasta el monte donde se oculta?»
—Es de lo más peligroso andar así —dijo Chūjō—. Lo digo muy en serio. Deberías llevar siempre un guardaespaldas; así estarías a salvo pase lo que pase. Ojalá me dejaras acompañarte siempre. Me temo que estas expediciones clandestinas puedan traerte problemas algún día —y repitió la advertencia con solemnidad.
Lo que más preocupaba a Genji era la idea de que esta pudiera no ser la primera ocasión en que Chūjō lo había seguido; pero si había sido su costumbre hacerlo, desde luego había sido muy prudente al no haberle preguntado jamás a Genji sobre la hija de Yūgao.82
Aunque cada uno tenía una cita en otra parte, acordaron no separarse. Ambos subieron al carruaje de Genji y, habiéndose ocultado la luna tras una nube, amenizaron el camino hacia el Gran Salón tocando un dueto con sus flautas.
No mandaron llamar a los portadores de antorchas para que los alumbraran en las puertas, sino que, deslizándose con mucha quietud, se adentraron hasta un pórtico donde no pudieran ser vistos y allí hicieron que les trajeran sus ropas habituales. Tras cambiarse, entraron en la casa tocando alegremente sus flautas, como si acabaran de regresar de Palacio.
El padre de Chūjō, que solía fingir que no los oía cuando regresaban tarde por la noche, en esta ocasión sacó su flautín, que era su instrumento favorito, y se puso a tocar muy gratamente.
Aoi mandó a buscar su cítara e hizo que todas sus damas tocaran los instrumentos en los que sobresalían. Tan solo Nakatsukasa, a pesar de ser conocida por su destreza con el laúd —habiendo abandonado a Tō no Chūjō, quien había sido su amante, debido a su encaprichamiento por Genji, con quien su único trato era que a veces lo veía de pasada cuando visitaba el Gran Salón—, tan solo Nakatsukasa se sentó abatida y sin ánimo; pues su pasión se había vuelto del conocimiento de la madre de Aoi y de los demás, y se estaban mostrando muy desagradables al respecto.
Pensaba en su desesperación que tal vez sería mejor irse a vivir a algún lugar donde no volviera a ver a Genji en absoluto; pero la decisión era difícil de tomar y era muy infeliz.
Los jóvenes príncipes pensaban en la música que habían escuchado antes por la noche, en aquellos parajes románticos teñidos de una singular e inexplicable belleza.
Tan solo porque le placía imaginarla así, Tō no Chūjō ya había dotado a la moradora de la solitaria mansión de todos los encantos. Había decidido por completo que Genji la había estado cortejando durante meses o incluso años, y pensaba con impaciencia que él por su parte, si al igual que Genji estuviera perdidamente enamorado de una dama de esta laya, habría estado dispuesto a arriesgarse a unos cuantos reproches o incluso a la pérdida de un poco de reputación.
No podía creer, sin embargo, que su amigo tuviera la intención de dejar las cosas como estaban por mucho más tiempo y decidió divertirse con un poco de rivalidad.
Desde entonces ambos le enviaban cartas a la dama, pero ninguno recibió jamás respuesta alguna. Esto a la vez les molestaba y desconcertaba. ¿Cuál podría ser el motivo?
Pensando que tales imágenes eran apropiadas para una dama criada en estos entornos rústicos, en la mayoría de los poemas que le enviaban aludían a árboles y flores delicados u otros aspectos de la naturaleza, esperando tarde o rajear dar con algún tema que despertara su interés en sus pretensiones.
Aunque ella era de buena cuna y educación, tal vez por haber estado tanto tiempo enterrada en su vasta mansión ya no le quedaba el ingenio para escribir una respuesta. Y, a fin de cuentas, ¿qué importaba que respondiera o no?, pensaba Tō no Chūjō, quien, no obstante, se sentía algo picado.
Con su franqueza habitual, le dijo a Genji:
«Me pregunto si habrás tenido alguna respuesta. Debo confesar que, a modo de experimento, yo también envié una leve indirecta, pero sin ningún éxito, así que no he vuelto a intentarlo».
«Vaya, que él también ha estado probando suerte», pensó Genji sonriendo para sus adentros.
—No —respondió en voz alta—, mi carta no necesitaba respuesta, lo cual fue tal vez la razón de que no la recibiera.
A partir de esta enigmática respuesta, Chūjō dedujo que Genji había estado en comunicación de algún tipo con la dama, y se sintió un tanto molesto por el hecho de que ella hubiera mostrado preferencia entre ambos.
Los sentimientos más profundos de Genji no estaban involucrados en absoluto, y aunque su vanidad se sintió un poco herida, no habría ido más allá de no ser porque conocía el poder persuasivo del estilo de Chūjō, y temía que incluso ahora ella pudiera superar sus escrúpulos y enviarle una respuesta. Chūjō se volvería insoportablemente presumido si se le metía en la cabeza la idea de que la princesa le había transferido a él su afecto.
Tenía que ver qué se podía persuadir a Myōbu de hacer.
«No puedo entender —le dijo— por qué la princesa se niega a prestar atención a mis cartas. Es en verdad muy grosero de su parte. Supongo que piensa que soy una persona frívola que pretende divertirse un poco en su compañía para luego desaparecer. Es una concepción extrañamente falsa de mi carácter. Como sabes, mis afectos nunca cambian, y si alguna vez le he parecido infiel al mundo, siempre ha sido porque en realidad mi cortejo había tropezado con algún desánimo inesperado. Pero esta dama se encuentra en una situación tal que ninguna oposición de padres o hermanos puede interrumpir nuestra amistad, y si tan solo confía en mí, descubrirá que el estar sola en el mundo, lejos de exponerla a un trato insensible, la hace aún más atractiva».
—Ven —respondió Myōbu—, no debes quedarte con la idea de que puedes tratar a esta gran señora como a un simple pasatiempo al borde del camino; al contrario, es sumamente difícil de abordar y su rango la ha acostumbrado a ser tratada con deferencia y ceremonia.
Así habló Myōbu, de acuerdo en verdad con su propia experiencia de la princesa.
—Es evidente que no tiene deseos de pasar por ingeniosa o audaz —dijo Genji—; por alguna razón la imagino muy amable y comprensiva. Al decir esto, estaba pensando en Yūgao.
Poco después cayó enfermo de su fiebre y tras ello estuvo ocupado en un asunto de gran secreto; de modo que tanto la primavera como el verano habían transcurrido antes de que pudiera volver a prestar atención a la dama solitaria.
Pero en otoño llegó un tiempo de tranquila meditación y reflexión.
Nuevamente el sonido de los mazos de las bataneras llegó a sus oídos, atormentándolo con recuerdos y añoranzas. Escribió muchas cartas a la tocadora de cítara, pero con no más éxito que antes. Su grosería lo exasperaba. Más que nunca estaba decidido a no ceder, y haciendo llamar a Myōbu la regañó por haberle sido de tan poca ayuda.
—«¿Qué estará pasando por la mente de la princesa? —dijo—; nunca antes había conocido un comportamiento tan extraño».
Si él estaba picado y sorprendido, Myōbu, por su parte, estaba disgustada de que el asunto hubiera salido tan mal.
«Nadie puede decir que hayas hecho nada tan sumamente excéntrico o indiscreto, y no creo que ella piense así. Si no responde a tus cartas, es solo parte de su reticencia general a enfrentarse al mundo exterior».
—Pero semejante manera de comportarse es verdaderamente bárbara —dijo Genji—; si fuera una muchacha en la adolescencia y bajo el cuidado de padres o tutores, semejante timidez podría perdonarse; pero en una mujer independiente resulta inconcebible. Jamás le habría escrito de no haber dado por sentado que tenía cierta experiencia del mundo. Tan solo esperaba haber encontrado a alguien que en momentos de ocio o depresión me correspondiera con simpatía. No me dirigí a ella en el lenguaje de la galantería, sino que tan solo le rogué permiso para conversar a veces con ella en esa extraña y solitaria morada. Pero, puesto que parece incapaz de comprender lo que le estoy pidiendo, debemos ver qué se puede hacer sin esperar su permiso. Si me ayudas, puedes estar seguro de que no te deshonraré de ningún modo.
Myōbu had once been in the habit of describing to him the appearance of people whom she had chanced to meet and he always listened to such accounts with insatiable interest and curiosity; but for a long while he had paid no attention to her reports.
Now for no reason at all the mere mention of the princess’s existence had aroused in him a fever of excitement and activity. It was all very unaccountable. Probably he would find the poor lady extremely unattractive when he saw her and she would be doing her a very poor service in effecting the introduction; but to give Genji no help in a matter to which he evidently attached so much importance, would seem very ill-natured.
Aun en vida del príncipe Hitachi, las visitas a esta rígida y anticuada casa habían sido muy raras, y ahora ningún pie volvía a abrirse paso entre la espesura que iba cercando el edificio. Puede imaginarse, por tanto, lo que la visita de una persona tan célebre como Genji habría significado para las damas de compañía y los sirvientes menores de la casa, y con cuánta urgencia le suplicaban a su señora que enviara una respuesta favorable.
Pero la misma timidez desesperada seguía dominándola y ni siquiera quería leer las cartas de Genji.
Al enterarse de esto, Myōbu decidió presentarle la petición de Genji en algún momento oportuno, cuando ella y la princesa mantuvieran una de sus habituales e incómodas conversaciones, con el biombo de honor de la princesa instalado entre ambas.
«Si parece disgustada —pensó Myōbu—, no volveré a saber nada del asunto de ninguna manera; pero si lo recibe y se inicia algún tipo de romance entre ellos, afortunadamente no hay nadie allegado a ella que pueda regañarme o meterme en líos».
Como resultado de estas y otras reflexiones, estando bastante curtida en asuntos de esta índole, decidió sensatamente no decirle nada del asunto a nadie, ni siquiera a su padre.
Tarde en la noche, poco después del vigésimo día del octavo mes, la princesa se sentó a esperar que la luna saliera. Aunque la luz de las estrellas brillaba clara y encantadora, el lamento del viento en las ramas de los pinos la agobiaba con su melancolía, y cansándose de esperar, entre muchas lágrimas y suspiros, le contaba a Myōbu historias de hombres y días pasados.
Ahora era el momento de transmitir el mensaje de Genji, pensó Myōbu. Lo mandó llamar y, con el mismo secreto que antes, él se deslizó sigilosamente hasta el palacio. La luna apenas comenzaba a alzarse. Se detuvo donde el seto de bambú descuidado crecía de forma algo rala y se puso a observar.
Persuadida por Myōbu, la princesa ya estaba ante su cítara. Tan lejos como alcanzaba a oírla a esa distancia, la música no le parecía desagradable; pero Myōbu, en su ansiedad y confusión, pensaba que la melodía era muy sosa y deseaba que a la princesa se le ocurriera tocar algo un poco más moderno.
El lugar donde Genji esperaba estaba bien oculto a la vista y no le costó trabajo introducirse desapercibido en la casa. Aquí llamó a Myōbu, quien, fingiendo que la visita era una absoluta sorpresa para ella, le dijo a la princesa:
«Cuánto lo siento, aquí está el príncipe Genji que ha venido a verme. Siempre me meto en problemas con él por no lograr conseguirle su favor. De verdad he hecho todo lo posible, pero usted no me facilita darle ningún tipo de aliento, así que ahora supongo que ha venido a resolver el asunto por sí mismo. ¿Qué se supone que debo decirle? Puedo garantizarle que no hará nada violento ni imprudente. Pienso que, considerando todas las molestias que se ha tomado, podría al menos decirle que le hablará a través de un biombo o una cortina».
La idea llenó a la princesa de consternación.
«No sabría qué decirle», se lamentó y, al pronunciar las palabras, salió huyendo hacia el otro extremo de la habitación con un pudor tan infantil que Myōbu no pudo evitar reírse.
—En verdad, señora —dijo—, es una niñería que se tome el asunto tan a pecho. Si fuera una joven corriente bajo la atenta mirada de unos padres y hermanos severos, se podría comprender; pero que una persona de su posición siga eternamente temiendo enfrentarse al mundo es absurdo.
Así que Myōbu la amonestó y la princesa, que nunca se le ocurría ningún argumento en contra de hacer lo que le mandaban, dijo por fin:
«Si solo tengo que escuchar y no necesito decir nada, él puede hablarme desde detrás de la puerta enrejada, siempre y cuando esté bien cerrada con llave».
—No puedo pedirle que se siente en el banco de los sirvientes —dijo Myōbu—. Realmente no tienes por qué temer que vaya a hacer nada violento o repentino.
Así persuadida, la princesa se dirigió a una puertecilla que comunicaba los aposentos de las mujeres con la tribuna de los forasteros y, tras cerrarla firmemente con su propia mano, encajó contra ella un colchón para asegurarse de que no quedara ninguna rendija sin tapar.
Se encontraba en un estado de tal terrible confusión que no tenía la menor idea de lo que debía decirle a su visitante, en caso de tener que hablarle, y había accedido a escucharle únicamente porque Myōbu le había dicho que debía hacerlo.
Varias sirvientas ancianas del tipo de las nodrizas habían estado medio dormidas en la habitación interior desde el anochecer. Había, sin embargo, una o dos muchachas más jóvenes que habían oído hablar mucho de este príncipe Genji y estaban listas para enamorarse de él en cualquier momento. Sacaron entonces el vestido más hermoso de su señora y la persuadieron de que las dejara arreglarla un poco; pero ella no mostró ningún interés en estos preparativos.
Myōbu, mientras tanto, pensaba en lo bien que se le veía a Genji con el pintoresco disfraz que había ideado para usar en estas excursiones nocturnas y deseaba que se estuviera empleando en algún lugar donde fuera más probable que se le supiera apreciar. Su único consuelo era que una dama tan apacible difícilmente le haría demandas excesivas o lo fastidiaría con celos y exigencias. Por otro lado, estaba bastante preocupada por la princesa.
«¿Qué pasaría —pensó Myōbu—, si ella se enamorara de él y su corazón se rompiera simplemente porque a mí me daba miedo que me regañaran?»
Recordando su rango y su educación, él distaba mucho de esperar que ella se comportara con la vivaz impertinencia de una señorita moderna. Sería languideciente; sí, languideciente y apasionada. Cuando, medio empujada por Myōbu, la princesa finalmente tomó su posición cerca del biombo donde debía conversar con su visitante, un delicioso aroma de sándalo83 invadió sus fosas nasales, y este detalle de coquetería avivó de inmediato sus esperanzas.
Comenzó a decirle con gran fervor y elocuencia cómo durante casi un año ella había ocupado continuamente sus pensamientos. ¡Pero ni una sola palabra respondió ella; hablar con él equivalía a escribir!
Irritado hasta el límite, recitó el verso: «Si con voto de silencio una y otra vez renuevo mi combate, es porque al menos contra mí no se ha dictado sentencia de mudez».
—Di al menos una palabra de rechazo —prosiguió—; no me dejes en esta perplejidad.
Había entre sus damas una llamada Jijū, hija de su antigua nodriza. Siendo una muchacha muy vivaz e inteligente, no podía soportar ver a su señora haciendo tal papel y, acercándose a su lado, respondió con el poema:
«La campana84 había sonado y por un momento se impuso el silencio en mis labios. El haberos hecho esperar me aflige, y que ahí quede el asunto».
Pronunció las palabras de tal modo que Genji cayó plenamente en la trampa y creyó que era la princesa quien había respondido de ese modo tan expeditivo a su poema. No se esperaba tanta agudeza de una dama aristocrática de la vieja escuela; pero la sorpresa fue agradable y respondió:
«Señora, ha ganado la partida», añadiendo el verso: «Aunque bien sé que los pensamientos no expresados cuentan más que los expresados, jugar a las adivinanzas no es un juego muy animado».
Siguió hablando de cualquier bagatela a medida que se le ocurría, esforzándose al máximo por entretenerla; pero fue en vano.
Pensando por fin que el silencio podía ser en aquella extraña criatura, después de todo, meramente un signo de profunda emoción, él ya no pudo contener su curiosidad y, empujando con facilidad la puerta cerrojada, entró en la habitación.
Myōbu, viendo con consternación que él había desmentido todas sus garantías, pensó que era mejor no saber nada de lo que siguió y, sin volver la cabeza, huyó a sus propios aposentos.
Jijū y las otras damas de compañía habían oído hablar tanto de Genji y estaban tan ansiosas por echarle una ojeada que estaban más que dispuestas a perdonar su descortés intrusión. Su único temor era que su ama no supiera cómo lidiar con una situación tan inesperada.
La encontró de hecho en el colmo de la timidez y la vergüenza, pero dadas las circunstancias, pensó Genji, eso era natural. Mucho se explicaba por la estricta reclusión en la que había sido criada. Debía ser paciente con ella...
A medida que sus ojos se acostumbraban a la penumbra, empezó a ver que ella no era en absoluto hermosa. ¿Es que no tenía entonces ni una sola cualidad para justificar todas estas esperanzas y planes? Aparentemente, ni una. Era tarde. ¿De qué servía quedarse? Profundamente decepcionado, salió de la casa.
Myōbu, intensamente curiosa por saber qué sucedería, se había quedado despierta escuchando.
Quería, sin embargo, mantener la apariencia de que no había presenciado la intrusión de Genji y, aunque lo oyó claramente salir de la casa, no fue a despedirlo ni emitió sonido alguno.
Escapándose tan silenciosamente como le fue posible, regresó al Nijō-in y se tendió sobre su lecho. Al menos esta vez, pensaba, iba por buen camino.
¡Qué desengaño! Y lo peor de todo era que se trataba de una princesa, una gran dama. ¡En qué lío se había metido!
Y seguía pensando en esto cuando entró en la habitación Tō no Chūjō.
«¡Qué tarde vienes! —exclamó—; ya me imagino el motivo».
Genji se levantó: «Estaba tan a gusto durmiendo aquí completamente solo que me he quedado dormido —dijo—. ¿Vienes de Palacio?».
«Sí —respondió Chūjō—, iba de camino a casa. Ayer me enteré de que hoy eligen a los bailarines y músicos para las celebraciones de la visita del Emperador al Suzaku-in, y voy a casa a decírsemo a mi padre. Pasaré por aquí a la vuelta».
Al ver que Chūjō tenía prisa, Genji dijo que iría con él al Gran Salón. Mandó a buscar su desayuno de inmediato y ordenó que también le sirvieran al invitado. Dos carruajes se acercaron a esperarlos, pero ambos subieron al mismo.
«Todavía pareces muy adormilado —dijo Chūjō en un tono ofendido—; estoy seguro de que has estado haciendo algo interesante de lo que no me quieres hablar».
Aquel día tenía que cumplir una serie de deberes importantes y trabajó duro en el Palacio hasta el anochecer. No se dio cuenta hasta una hora muy avanzada de que al menos debía enviar la carta de costumbre.
Llovía. Myōbu le había reprochado el día anterior que utilizara el palacio de la princesa como «refugio de paso». Hoy, sin embargo, no tenía la menor inclinación a detenerse allí.
Cuando pasaron las horas y seguía sin llegar ninguna carta, Myōbu comenzó a compadecer mucho a la princesa, a quien imaginaba sufriendo agudamente por la descortesía de Genji.
Pero en realidad la pobre dama seguía demasiado ocupada con la vergüenza y el horror por lo que había sucedido la noche anterior como para pensar en cualquier otra cosa, y cuando ya bien entrada la tarde por fin llegó la esquela de Genji, no pudo comprender en absoluto qué significaba.
Comenzaba con el poema:
«Apenas la neblina de la tarde se había disipado y revelado el paisaje a mi vista, cuando la lluvia nocturna me envolvió sombríamente».
«Esperaré con impaciencia una señal de que las nubes se están abriendo», continuaba la carta.
Las damas de la casa comprendieron de inmediato y con consternación el significado de aquella nota: Genji no tenía la intención de volver jamás. Pero todas coincidieron en que debía enviarse una respuesta, y su señora se encontraba por entonces en un estado demasiado alterado como para tomar el pincel; así que Jijū (señalando que era tarde y no había tiempo que perder) acudió de nuevo al rescate:
«¡Pensad en los aldeanos que aguardan la luz de la luna en esta noche nublada, aunque, mientras contemplan el cielo, ¡cuán distintos son sus pensamientos de los vuestros!»
Esto se lo dictó a su señora, quien, bajo la dirección conjunta de todas sus damas, lo escribió en un papel que antaño fuera púrpura, pero que ahora estaba descolorido y ajado. Su escritura era burda y rígida, de un estilo muy mediocre, con los trazos ascendentes y descendentes del mismo grosor.
Genji lo dejó a un lado apenas sin mirarlo; pero la situación lo tenía muy preocupado. ¿Cómo haría para evitar herir sus sentimientos? Un asunto así sin duda le acarrearía algún tipo de problemas. ¿Qué iba a hacer? Tomó la determinación de que, cuajara lo que cuajara, tenía que seguir viéndola. Mientras tanto, ajena a esta decisión, la pobre señora era muy infeliz.
Aqu aquella noche su suegro pasó por él al regreso del Palacio y se lo llevó al Gran Salón.
Aquí, en preparación para el próximo festival, se habían reunido todos los jóvenes príncipes, y durante los días siguientes todos estuvieron ocupados practicando los cantos o las danzas que les habían sido asignados.
Jamás la Gran Sala había resonado con un flujo tan continuo de música. La flauta dulce y la gran flauta sonaban a todo pulmón todo el tiempo; e incluso el gran tambor fue rodado hasta la galería, mientras los príncipes más jóvenes se divertían experimentando con él. Genji estaba tan ocupado que apenas tenía tiempo de hacer alguna que otra visita furtiva ni siquiera a sus amigos más queridos, y el otoño pasó sin que regresara al Palacio de Hitachi. La princesa no lograba comprenderlo.
Justo cuando los ensayos musicales se hallaban en su apogeo, Myōbu vino a verlo. Su relato sobre el estado de la princesa era muy desconsolador.
«Es triste presenciar día tras día, como yo lo hago, cómo sufre la pobre dama a causa de su mal trato»,
dijo y casi lloró mientras le hablaba al respecto. Él se sintió doblemente abochornado. ¿Qué debía estar pensando Myōbu de él ahora que había descubierto que él había tergiversado tan descaradamente todas las garantías de buen comportamiento que ella había dado en su nombre? Y luego la princesa misma... Podía imaginar la figura tan patética que debía ser, sumida en silencio en sus propios pensamientos y dudas desalentadores.
«Por favor, déjale en claro —dijo— que he estado sumamente ocupado; esa es realmente la única razón por la que no la he visitado».
Pero añadió con un suspiro:
«Espero tener pronto la oportunidad de enseñarle a no ser tan rígida y tímida».
Sonrió al decirlo y, debido a que era tan joven y encantador, Myōbu sintió de algún modo que, a pesar de su indignación, ella también debía sonreír. A su edad era inevitable que causara cierta cantidad de sufrimiento. De repente, le pareció perfectamente correcto que él obrara según sus inclinaciones sin pensar demasiado en las consecuencias.
Cuando hubo pasado el ajetreado tiempo de los festivales, él hizo efectivamente varias visitas al palacio de Hitachi, pero luego siguió su adopción de la pequeña Murasaki, cuyas maneras lo cautivaron tanto que se volvió muy irregular incluso en sus visitas al Sexto Barrio;85 aún menor era su inclinación, por más que sintiera tanta lástima por la princesa como antes, a visitar aquel palacio desolado. Durante mucho tiempo no tuvo deseos de sondear el secreto de su timidez ni de sacarla a la luz del día. Pero al fin se le ocurrió la idea de que tal vez se había equivocado todo este tiempo. Era solo una impresión vaga recogida en una habitación tan oscura que uno apenas podía verse la mano delante de la cara. ¿Y si tan solo pudiera persuadirla para que le permitiera verla como se debía? Pero ella parecía aterrorizada de someterse a la prueba de la luz del día.
En consecuencia, una noche en que supo que pillaría a la servidumbre con la guardia baja, se deslizó sin ser visto y espió a través de una rendija en la puerta de las habitaciones de las mujeres. La princesa misma no era visible. Había un biombo de honor muy deteriorado al fondo de la estancia, pero parecía como si no lo hubieran movido de su sitio en años y años.
Cuatro o cinco damas de compañía ancianas se encontraban en la habitación. Estaban preparando la cena de su señora en vasijas chinas que parecían de la famosa cerámica «azul real»,86 pero estaban muy estropeadas y la comida que habían preparado parecía de todo punto indigna de aquellos platos tan valiosos. Las ancianas se retiraron pronto, presumiblemente a cenar ellas también. En un cuartucho que daba al pasillo principal pudo ver a una dama con aspecto muy friolero, ataviada con un vestido blanco increíblemente manchado de humo y un delantal sucio atado a la cintura. A pesar de tal desaliño, llevaba el pelo recogido sobre un peinado de concha al estilo de los antiguos criados de la Corte cuando servían en la mesa de sus amos, aunque le colgaba de forma desordenada. A veces había visto figuras como aquella merodeando por las habitaciones de la despensa en el Palacio, ¡pero no tenía idea de que todavía pudiera verse a alguien sirviendo de verdad a una persona viva!
«¡Ay, Dios mío, ay, Dios mío! —exclamó la dama del delantal—. ¡Qué invierno tan frío estamos pasando! No valía la pena vivir tanto tiempo solo para toparse con tiempos como estos»,
y soltó una lágrima.
«¡Si tan solo las cosas hubieran seguido como en los tiempos del viejo Príncipe!»,
se lamentó.
«¡Qué cambio! Sin disciplina, sin autoridad. ¡Pensar que he tenido que vivir para ver días así!»,
y temblaba de horror como alguien que,
«si fuera un pájaro, alzaría el vuelo y se alejaría».87
Continuó desgranando un relato tan lastimoso de las cosas torcidas que Genji no pudo soportarlo más y, fingiendo que acababa de llegar, llamó a la puerta del biombo. Entre numerosas exclamaciones de sorpresa, la anciana trajo una vela y lo dejó entrar. Desafortunadamente, Jijū había sido elegida junto con otras jóvenes para servir a la Virgen Vestal y no se encontraba en casa. Su ausencia hizo que la casa pareciera más rústica y anticuada que nunca, y su rareza le llamó la atención aún con más fuerza que antes.
La melancólica nieve caía ahora cada vez con más fuerza. Nubarrones oscuros colgaban del cielo, el viento soplaba furioso y salvaje. El gran farol se había apagado y parecía no importarle a nadie encenderlo. Él recordó aquella noche terrible en la que Yūgao había sido embrujada. La casa, en verdad, estaba casi igual de ruinosa. Pero no era tan grande y estaba (para alivio de Genji) habitada al menos en pequeña medida.
Aun así, era un lugar deprimente para pasar la noche con un tiempo como aquel. No obstante, la tormenta de nieve poseía una belleza y una fascinación propias, y resultaba fastidioso que la dama a la que había ido a visitar fuera demasiado rígida e incómoda como para unirse a él en la apreciación de su fiereza. El alba empezaba a clarear y, levantando uno de los postigos con su propia mano, contempló los arriates cubiertos de nieve. Más allá se extendían grandes campos de nieve no hollada por pie alguno. El espectáculo era muy extraño y hermoso, y, movido por el pensamiento de que pronto tendría que dejarlo atrás:
«Ven a ver qué hermoso está el exterior», exclamó a la princesa que se encontraba en una habitación interior. «Es una grosería que siempre me trates como si fuera un desconocido».
Aunque aún estaba oscuro, el resplandor de la nieve permitió a las ancianas damas de compañía, que ya habían regresado a la estancia, apreciar la lozanía y belleza del rostro de Genji. Contemplándolo con indisimulado asombro y deleite, exclamaron a su señora:
«Sí, señora, en verdad debe venir. No se está comportando como debiera. Una señorita debe ser toda amabilidad y buenos modales».
Así amonestada, la princesa —que cuando le decían lo que tenía que hacer nunca se le ocurría ningún motivo para no hacerlo—, dando un toque aquí y allá a su atuendo, avanzó a hurtadillas con renuencia hacia la estancia delantera.
Genji fingió seguir mirando por la ventana, pero al poco se las ingenió para echar una ojeada al interior de la habitación. Su primera impresión fue que sus modales, de haber sido un poco menos tímidos, habrían resultado sumamente agradables. Qué error tan absurdo había cometido. Era ciertamente muy alta, como demostraba la longitud de su espalda al tomar asiento; apenas podía creer que semejante espalda perteneciera a una mujer. Un momento después advirtió de repente su principal defecto. Era su nariz. No pudo evitar mirarla. ¡Le recordó a la trompa de la cabalgadura de Samantabhadra88! No solo era increíblemente prominente, sino que (lo más extraño de todo) la punta, que colgaba ligeramente hacia abajo, estaba teñida de rosa, contrastando de la manera más extraña con el resto de su tez, de una blancura que habría hecho avergonzar a la nieve. Su frente era desacostumbradamente alta, de modo que en conjunto (aunque esto quedaba en parte disimulado por la inclinación hacia adelante de su cabeza) su rostro debía de ser enormemente alargado. Era muy delgada, con los huesos asomando de la manera más dolorosa, en particular los de los hombros, que sobresalían lastimosamente por encima de su vestido. Ahora se arrepentía de haberle exigido tan angustiosa exhibición, pero ofrecía un espectáculo tan extraordinario que no pudo por menos de seguir contemplándola.
En un punto al menos no desmerecía ante las mayores bellezas de la Capital. Su cabello era magnífico; lo llevaba suelto y le colgaba un pie o más por debajo del dobladillo de su vestido. Una descripción completa de la indumentaria de las personas suele ser tediosa, pero como en los cuentos lo primero que se dice de los personajes es invariablemente qué llevaban puesto, intentaré hacer tal descripción por una vez. Sobre un corpiño de púrpura imperial terriblemente descolorido, llevaba una bata cuyo tono púrpura se había vuelto definitivamente negro con los años. Su manto era de pieles de marta fuertemente perfumado con esencia. Una prenda como aquel manto se consideraba muy elegante varias generaciones atrás, pero a él le pareció el atuendo más extravagante para una muchacha relativamente joven. Sin embargo, a decir verdad, parecía que sin aquel envoltorio monstruoso perecería de frío, y no pudo evitar sentir compasión por ella.
Como de costumbre, parecía carecer por completo de conversación, y su silencio acabó por privar también a Genji del uso de la palabra. Sintió, no obstante, que debía intentar de nuevo vencer su mudez religiosa y comenzó a soltar una retahíla de observaciones casuales. Abrumada por la vergüenza, ocultó su rostro con la manga. Esta actitud, unida a su indumentaria, le recordó con tanta fuerza a los extraños y pomposos funcionarios de antaño que a veces había visto marchar a paso de funeral en procesiones solemnes, estrechando sus insignias de cargo contra el pecho, que no pudo evitar reírse. Consideró que esto era una falta de educación imperdonable. De verdad que sentía mucha pena por ella y, deseando poner fin rápidamente a su apuro, se levantó para marchar.
«Hasta que comencé a ocuparme de ti, no había nadie en quien pudieras confiar. Pero de aquí en adelante creo que debes proponerte ser sincera conmigo y contarme todos tus secretos. Tu fría altivez me resulta muy dolorosa»,
y recitó el verso:
«Ya se funde en los rayos del sol matutino el carámbano que cuelga del alero. ¿Cómo es que este goteo vuelve a convertirse en hielo?».
Ante esto, ella soltó una ligera risita. Encontrando insoportable su incapacidad para expresarse, abandonó la casa. Aun con la penumbra del principio de la mañana, advirtió que la puerta del patio donde le aguardaba su carruaje estaba tambaleante sobre sus postes y muy torcida; la luz del día, estaba seguro, habría revelado muchos otros signos de ruina y abandono. En todo el paisaje desolado que se extendía monótonamente ante él bajo la luz desapacible del alba, solo el espeso manto de nieve que cubría los pinos aportaba una nota de consuelo y casi de calidez.
Seguramente era un lugar como este, sombrío como una pequeña aldea en las colinas, en el que sus amigos habían pensado aquella noche lluviosa cuando hablaron de la puerta «profundamente sepultada entre frondosos matorrales».
Si tan solo hubiera realmente oculta tras estos muros alguna criatura tan exquisita como se habían imaginado. ¡Con qué paciencia, con qué ternura la cortejaría!
Anhelaba alguna experiencia que le brindara un respiro a la angustia con la que cierta pasión desesperada e ilícita lo atormentaba por entonces. Ay, nadie podría haber sido menos propenso a traerle la ansiada distracción que la dueña de esta mansión romántica.
Sin embargo, el mero hecho de que no tuviera nada que la recomendara hacía imposible que él renunciara a ella, pues era seguro que nadie más se tomaría la molestia de visitarla.
Pero ¿por qué, por qué le había tocado a él, entre todas las personas, convertirse en su íntimo? ¿Acaso el espíritu del difunto príncipe Hitachi, infeliz ante la desamparada situación de la muchacha, lo había elegido y lo había conducido hasta ella?
Al borde del camino vio un pequeño naranjo casi sepultado en la nieve. Le ordenó a uno de sus servidores que lo desenterrara.
Como si estuviera celoso de la atención que el hombre le prestaba a su vecino, un pino cercano sacudió sus ramas pesadamente cargadas, arrojando grandes borbotones de nieve sobre su manga.
Encantado con la escena, Genji deseó de repente tener algún compañero con quien compartir este placer; no necesariamente alguien que amara esas cosas como él, sino uno que al menos respondiera a ellas de manera corriente.
La verja por la que tenía que pasar su carruaje para salir de los terrenos seguía cerrada con llave. Cuando al fin se localizó al hombre que guardaba la llave, resultó ser extremadamente viejo y endeble.
Con él había una muchacha grande y torpe que parecía ser su hija o su nieta. Su vestido lucía muy mugriento en contraste con la nieve nueva en medio de la cual estaba parada. Parecía sufrir mucho por el frío, pues abrazaba un pequeño brasero de algún tipo con uno o dos trozos de carbón que ardían con muy poca fuerza.
El viejo no tenía fuerzas para empujar la puerta, y la muchacha tiraba de ella al mismo tiempo. Sintiéndose compadecido por ellos, uno de los sirvientes de Genji fue en su ayuda y la abrió rápidamente.
Genji recordó el poema en el que Po Chü-i describe los sufrimientos de los aldeanos en tiempo invernal y murmuró los versos: «Los niños pequeños corren desnudos en el frío; los ancianos tiemblan por falta de ropa de invierno».
De repente recordó el aspecto frívolo que aquella infeliz flor había dado al rostro de la princesa y no pudo evitar sonreír. Si alguna vez pudiera mostrársela a Tō no Chūjō, ¿qué extraña comparación, se preguntó, usaría Chūjō al respecto? Recordó cómo Chūjō lo había seguido en la primera ocasión. ¿Habría continuado haciéndolo? Quizás incluso en este minuto estaba bajo observación. El pensamiento lo irritó.
Si sus defectos hubiesen sido menos llamativos, le habría sido totalmente imposible continuar con aquellas visitas angustiosas. Pero como la había visto en toda su trágica rusticidad, la compasión acabó por imponerse y, a partir de entonces, mantuvo un contacto constante con ella y le demostró toda clase de amabilidades.
Con la esperanza de que abandonara sus lutos, le envió regalos de seda, satén y telas acolchadas. También le mandó paño grueso, como el que usan los ancianos, para que el viejo de la puerta pudiera ir mejor abrigado. De hecho, envió obsequios a todos los habitantes de la finca, desde el más alto hasta el más bajo.
Ella no pareció tener objeción alguna en recibir estas donaciones, lo cual, dadas las circunstancias, resultaba muy conveniente, ya que le permitía limitar en su mayor parte su singularísima amistad a buenas obras de esta índole.
También Utsusemi, recordaba, le había parecido poco agraciada cuando la había espiado la tarde de su repentina huida. Pero al menos sabía cómo comportarse, y eso libraba a su sencillez de resultar impertinente.
Era difícil creer que la princesa perteneciera a una clase tan superior a la de Utsusemi. No hacía sino demostrar cuán poco tienen que ver estas cosas con el nacimiento o la posición. Pues en sus ratos de ocio aún lamentaba la pérdida de Utsusemi, y todavía le dolía en lo más hondo haber permitido al final que la inflexible persistencia de ella saliera con la suya.
Y así el año llegó a su fin. Un día, cuando se encontraba en sus aposentos en el Palacio del Emperador, Myōbu fue a verlo. Le gustaba que ella le arreglara el cabello y le hiciera pequeños encargos. No estaba en lo más mínimo enamorado de ella; pero se llevaban muy bien y su conversación le resultaba tan divertida que, incluso cuando ella no tenía obligaciones que cumplir en Palacio, la animaba a ir a visitarlo siempre que tuviera alguna noticia.
—Ha sucedido algo tan absurdo —dijo ella—, que casi no me atrevo a contárselo... —y se detuvo con una sonrisa. —Me cuesta creer —respondió Genji— que pueda haber algo que te dé miedo contarme. —Si estuviera relacionado con mis propios asuntos —dijo—, sabe muy bien que se lo contaría de inmediato. Pero esto es algo muy distinto. De verdad me resulta muy difícil hablar de ello.
Durante un buen rato no pudo sacarle nada, y solo después de regañarla por armar tanto alboroto innecesario, ella por fin le entregó una carta. Era de la princesa.
—Pero esto —dijo Genji tomándola— es lo último en el mundo que tendrías motivo alguno para ocultarme.
Ella observó con interés mientras él la leía. Estaba escrita en papel grueso empapado de un fuerte perfume; los trazos eran audaces y firmes. Junto a ella venía un poema:
«A causa de tu duro corazón, tan solo de tu duro corazón, las mangas de este vestido mío de China están empapadas en lágrimas».
El poema, pensó, debía de hacer referencia a algo que no estaba contenido en la carta.
Estaba considerando qué podía ser aquello, cuando su mirada tropezó con un arca de ropa tosca y anticuada, envuelta en una funda de lona pintada.
—Ahora —dijo Myōbu—, tal vez comprendas por qué me sentía bastante incómoda. Puede que no lo creas, pero la princesa quiere que te pongas esta chaqueta el Día de Año Nuevo. Me temo que no puedo devolvérsela; eso sería demasiado desconsiderado. Pero si quieres, la guardaré para ti y nadie más la verá. Solo te pido que, ya que te la envió a ti, le eches un vistazo antes de que se marche.
—Pero me disgustaría mucho que se marchase —dijo Genji—; me parece un detalle muy amable de su parte.
Era difícil saber qué decir. Su poema era, en verdad, el revoltijo de sílabas más desagradable con el que se había topado jamás. Ahora comprendía que los otros poemas debían habérselos dictado, tal vez Jijū o alguna de las otras damas. Y seguramente también era Jijū quien sostenía el pincel de la princesa y hacía de maestra de caligrafía. Cuando pensaba en lo que su máximo esfuerzo poético sería capaz de producir, comprendía que aquellos versos absurdos eran probablemente su obra maestra y debían apreciarse en consecuencia.
Comenzó a examinar el paquete; Myōbu se sonrojó mientras lo observaba. Era una chaqueta sencilla, de color ante, anticuada y de tejido fino, aunque Aparentemente no muy bien cortada ni cosida. Era en verdad un regalo extraño y, desplegando su carta, escribió algo con despreocupación en el margen. Cuando Myōbu miró por encima del hombro, vio que él había escrito el verso:
«¿Cómo es que con mi manga desoñé esta flor de azafrán89 que no tiene belleza ni de forma ni de tono?»
¿Qué —se preguntaba Myōbu— podía significar aquel arrebato contra una flor? Al fin, sopesando en su mente las diversas ocasiones en que Genji había visitado a la princesa, recordó algo90 que ella misma había presenciado una noche de luna y, aunque le parecía una broma más bien cruel, no pudo evitar divertirse.
Con soltura ensayada, recitó un poema en el que le advertía que, ante los ojos de un mundo severo, incluso aquel cortejo medio caprichoso podía arruinar fatalmente su buena reputación. Su poema improvisado era sin duda imperfecto; pero Genji pensó que si la pobre princesa poseyera tan solo el grado tan corriente de agudeza de Myōbu, las cosas serían mucho más fáciles; y era muy cierto que jugar con una dama de tan alto rango no era del todo seguro.
Llegados a este punto, los visitantes empezaron a llegar.
«Por favor, guarde esto en algún lugar donde no se vea», dijo Genji señalando la chaqueta; «¿quién habría creído que era posible que a uno le regalaran semejante objeto?», y soltó un gemido.
«Ay, ¿por qué se lo habré enseñado?», pensó Myōbu. «El único resultado es que ahora estará enfadado conmigo además de con la princesa», y con el ánimo por los suelos salió sigilosamente de sus aposentos.
Al día siguiente se encontraba de servicio ante el Emperador y, mientras aguardaba con otras damas en la cámara común de las mujeres, Genji se acercó y dijo: «Aquí tiene. La respuesta a la carta de ayer. Me temo que está algo traída por los pelos», y le arrojó una esquela.
La curiosidad de las demás damas se despertó vivamente. Genji salió de la estancia tarareando «La dama del monte Mikasa»,91 lo que naturalmente divirtió mucho a Myōbu. Las otras damas querían saber por qué el príncipe se reía para sus adentros. ¿Había acaso alguna broma...?
«Oh, no —dijo Myōbu—; creo que solo ha sido que se ha fijado en alguien cuya nariz estaba un poco roja por el frío de la mañana. La canción que tarareaba era desde luego muy apropiada».
«Me parece una tontería —dijo una de las damas—. Hoy no hay nadie aquí con la nariz roja. Debe de estar pensando en la dama Sakon o en Higo no Uneme».
Estaban completamente desconcertadas. Cuando Myōbu presentó la réplica de Genji, las damas del Palacio Hitachi se congregaron a su alrededor para admirarla. Estaba escrita con descuido en papel blanco liso, pero no por ello era menos elegante.
«¿Acaso vuestro obsequio de una prenda significa que deseáis que se guarde entre nosotros mayor distancia que nunca?»92
En la noche del último día del año devolvió la caja que había contenido su chaqueta, poniendo en ella un traje de corte que le había sido regalado anteriormente, un vestido de tejido teñido de color uva y varias telas de color rosa amarillento y similares.
La caja fue traída por Myōbu. Las ancianas damas de compañía de la princesa se dieron cuenta de que Genji no aprobaba el gusto de su señora por los colores y deseaba darle una lección.
«Sí —dijeron a regañadientes—, es un rojo intenso y hermoso mientras es nuevo, pero piensen tan solo en cómo se desvanecerá. Y en el poema de la señora también, estoy segura, había mucho más buen sentido. En su respuesta él solo intenta lucirse».
La princesa compartía la buena opinión que ellas tenían de su poema. Le había costado un gran esfuerzo y, antes de enviarlo, había tenido la precaución de copiarlo en su cuaderno de notas.
Luego llegaron las celebraciones del Año Nuevo; y este año también habría mascarada de Año Nuevo, una banda de jóvenes nobles que iba de un lado a otro bailando y cantando por varias partes del Palacio. Después de la fiesta del Caballo Blanco, el día siete, Genji se marchó de la presencia del Emperador al anochecer y se fue a sus propios aposentos en el Palacio, como si tuviera la intención de pasar allí la noche.
Pero más tarde se trasladó al Palacio Hitachi, que en esta ocasión tenía un aspecto menos desalentador que de costumbre. Incluso la princesa era algo más corriente y accesible. Esperaba que, al igual que la estación, ella también hubiera comenzado de nuevo, cuando vio que la luz del sol entraba en la habitación.
Tras dudar un momento, se levantó y salió a la habitación del frente. Las puertas dobles del extremo del ala oriental estaban de par en par y, al haberse derrumbado el tejado de la galería, la luz del sol se vertía directamente en la casa. Todavía caía un poco de nieve y su claridad hacía que la luz de la mañana fuera aún más exquisitamente brillante y centelleante.
Ella observó a un sirviente que le ayudaba a ponerse la capa. Estaba recostada a medias fuera de la cama, con la cabeza un poco inclinada hacia abajo y el cabello cayendo en grandes ondas hasta el suelo. Complacido con la escena, comenzó a preguntarse si algún día ella dejaría atrás su fealdad.
Empezó a cerrar la puerta de los aposentos de las mujeres, pero de repente, sintiendo que le debía una compensación por la dura opinión que se había formado antes sobre su aspecto, no la cerró del todo, sino que, arrastrando hacia ella un taburete bajo, se sentó allí a arreglarse el tocado desordenado.
Una de las sirvientas le trajo un tocador increíblemente ajado, peines chinos, una caja de artículos de aseo y otras cosas. Le divirtió descubrir que en esta casa de mujeres aún sobrevivía algo de indumentaria masculina, incluso en un estado tan decrépito.
Notó que la princesa, que ya se había levantado y vestido, lucía bastante elegante. De hecho, llevaba las ropas que él le había enviado antes de Año Nuevo, aunque al principio no las reconoció. Sin embargo, comenzó a formarse la vaga idea de que su manto, con su estampado bastante llamativo, se parecía mucho a una de las cosas que le había regalado.
—Espero de verdad —dijo al cabo de un rato— que este año seas un poco más conversadora. Anhelo el día en que te muestres un poco más condescendiente conmigo, con más ganas que el poeta con que cante el primer ruiseñor. ¡Si tan solo, al igual que el año que ha cambiado, tú también comenzaras de nuevo!
Su rostro se iluminó. Había pensado en un comentario y, temblando de pies a cabeza con un esfuerzo tremendo, soltó la cita: «Cuando los chorlitos trinan y todo crece de nuevo».
—Espléndido —dijo Genji—. Esta es una señal de que el año nuevo en verdad ha comenzado —y, dedicándole una sonrisa alentadora, salió de la casa, mientras ella lo seguía con la mirada desde el lecho en el que yacía. Su rostro, como de costumbre, estaba medio cubierto por su brazo; pero la desafortunada flor aún florecía de manera llamativa.
—Pobre, en verdad es muy fea —pensó Genji con desesperación.
Cuando regresó al Nijō-in, encontró a Murasaki esperándolo. Se estaba convirtiendo en una muchacha tan hermosa como cualquiera podría desear, y prometía un gran porvenir. Llevaba un vestido sencillo y ajustado de color cereza; sobre todo, la gracia natural y la soltura de sus movimientos lo cautivaron y deleitaron mientras la veía venir a su encuentro. De acuerdo con los deseos de su abuela anticuada, no tenía los dientes ennegrecidos, pero sus cejas estaban delicadamente teñidas. «Vaya, pudiendo jugar con una niña hermosa, ¿por qué paso el tiempo con una mujer fea?», se preguntaba Genji una y otra vez, perplejo, mientras se sentaban juntos a jugar con sus muñecas. Luego comenzó a dibujar y a colorear. Después de haber pintado toda clase de cosas extrañas y divertidas, «Ahora voy a hacerte un dibujo a ti», dijo Genji y, dibujando a una dama con el cabello muy largo, le puso un punto de rojo en la nariz. Incluso en un dibujo, pensó deteniéndose a contemplar el efecto, aquello transmitía una sensación de lo más desagradable. Fue a mirarse al espejo y, como si estuviera insatisfecho con su propio cutis fresco, de pronto se puso en la nariz un punto rojo idéntico al que le había dado a la dama del dibujo. Se miró en el espejo. Su apuesto rostro se había vuelto instantáneamente ridículo y repulsivo. Al principio la niña se echó a reír. «¿Te seguiría gustando si fuera siempre tan feo como esto?», preguntó. De repente, ella empezó a temer que la pintura no se fuera. «Ay, ¿por qué lo has hecho?», exclamó. «¡Qué horror!». Él fingió frotárselo sin éxito. «No», dijo con pesar, «no se quita. ¡Qué final tan triste para nuestro juego! Me pregunto qué dirá el Emperador cuando vuelva a Palacio». Lo dijo con tanta seriedad que ella se sintió muy infeliz y, deseando curarlo, mojó un trozo de papel grueso y suave en el cántaro de agua que estaba junto a sus utensilios de escritura, y comenzó a fregarle la nariz. «Cuidado», exclamó riendo, «no vayas a tratarme como Heichū93 fue tratado por su dama. Prefiero tener la nariz roja antes que negra». Así pasaban el tiempo, formando la pareja más encantadora.
Bajo la apacible luz del sol primaveral, los árboles ya brillaban con la bruma de los brotes recién nacidos. Entre ellos, eran los ciruelos los que ofrecían la promesa más segura, pues sus flores ya se estaban desatando, como unos labios abiertos en una leve sonrisa.
El primero de todos fue un ciruelo rojo que crecía junto a los escalones cubiertos. Estaba en su pleno color.
«Aunque hermoso sea el árbol en el que brota, esta flor roja me infunde un extraño desasosiego»,94
cantó Genji con un profundo suspiro.
Veremos en el próximo capítulo lo que al fin sucedió con todas estas personas.