EN la Corte de un Emperador (el cual vivió no importa cuándo) había entre las muchas damas de guardarropa y cámara una que, aunque no era de muy alto rango, gozaba de un favor muy por encima de todas las demás; de modo que las grandes damas de Palacio, cada una de las cuales había esperado en secreto ser la elegida, miraban con desprecio y odio a la advenediza que había disipado sus sueños.
Aún menos conformes estaban sus antiguas compañeras, las damas menores del guardarropa, al verla elevada tan por encima de ellas. Así pues, su posición en la Corte, por preponderante que fuera, la exponía a una constante envidia y mala voluntad; y pronto, consumida por pequeños pesares, cayó en una depresión, volviéndose muy melancólica y retirándose con frecuencia a su casa.
Pero el Emperador, lejos de cansarse de ella ahora que ya no estaba bien ni alegre, se mostraba cada día más tierno y no prestaba la menor atención a quienes lo reprendían, hasta que su conducta se convirtió en la comidilla de todo el país; y aun sus propios barones y cortesanos empezaron a mirar con desconfianza un apego tan imprudente. Susurraban entre ellos que en la Tierra del Más Allá tales sucesos habían conducido al motín y al desastre.
Los habitantes del país no tardaron en manifestar muchos motivos de queja: y algunos la comparaban con Yang Kuei-fei, la favorita de Ming Huang.1
Aun con todo este descontento, tan grande era el poder protector del amor de su señor que nadie se atrevía a hostigarla abiertamente.
Su padre, que había sido concejal, había muerto. Su madre, que nunca olvidaba que el padre había sido en su día un hombre de cierta