HACIA el vigésimo día del segundo mes, el Emperador ofreció un banquete chino bajo el gran cerezo de la Corte del Sur. Tanto Fujitsubo como el Príncipe Heredero estarían presentes. Kōkiden, aunque sabía que la mera presencia de la Emperatriz bastaba para arruinarle el gusto, no pudo resignarse a perderse tan deleitable entretenimiento.
Tras algunos indicios de lluvia, el día resultó magnífico; y a pleno sol, con los pájaros cantando en cada árbol, a los invitados (príncipes reales, nobles y poetas profesionales por igual) se les entregaron las rimas que el Emperador había sorteado, y se pusieron a componer sus poemas.
Con voz clara y sonora, Genji leyó la palabra «Primavera» que le había tocado como sonido de rima para su poema. Le siguió Tō no Chūjō quien, sintiendo que todas las miradas estaban puestas en él y decidido a causar una impresión favorable en su audiencia, se desplazó con la mayor elegancia y gracia posibles; y al anunciar su nombre, rango y títulos tras recibir su rima, se esmeró mucho en hablar con agrado además de con claridad.
Muchos de los otros caballeros estaban bastante nerviosos y lucían muy pálidos al aproximarse, pero salieron del paso con dignidad. Sin embargo, los poetas profesionales, sobre todo debido al alto nivel de competencia que el vivo interés del Emperador y del Príncipe Heredero por la poesía china había difundido en la Corte por aquel entonces, se sentían muy incómodos; al cruzar el largo espacio del jardín camino de recibir sus rimas, se sentían totalmente desamparados. Sin duda, un simple verso chino no es pedirle gran cosa a un poeta profesional; pero todos ostentaban una expresión de la más profunda melancolía.
Uno espera que los eruditos ancianos sean algo excéntricos en sus movimientos y comportamiento, y resultaba divertido observar la viva inquietud con la que el Emperador contemplaba sus variadas y siempre toscas y erráticas formas de acercarse al Trono.
Ni que decir tiene que se había preparado una gran cantidad de música. Hacia el atardecer se interpretó la deleitable danza conocida como El trino de los ruiseñores de primavera, y al terminar, el Príncipe Heredero, recordando el Festival de las Hojas Rojas, colocó una guirnalda sobre la cabeza de Genji y le instó con tanta insistencia que le fue imposible negarse. Poniéndose en pie, bailó con gran suavidad un fragmento del pasaje de las mangas giratorias en la Danza de las Olas. En pocos momentos volvió a tomar asiento, pero aun en este breve extracto de una larga danza logró infundir un encanto y una gracia inigualables. Incluso su suegro, que no estaba de muy buen humor con él, se sintió profundamente conmovido y se descubrió secándose una lágrima.
—¿Y por qué no hemos visto a Tō no Chūjō? —dijo el Príncipe Heredero.
Acto seguido, Chūjō bailó el Parque de los Sauces Floridos, ofreciendo una ejecución mucho más completa que la de Genji, pues sin duda sabía que se lo pediría y se había tomado la molestia de preparar su danza. Fue un gran éxito y el Emperador le regaló una capa, lo cual, según todos decían, constituía un honor de lo más inusual. Tras esto, los demás jóvenes nobles presentes bailaron sin ningún orden en particular, pero ya estaba tan oscuro que era imposible distinguir entre sus actuaciones.
Luego se abrieron los poemas y se leyeron en voz alta. La lectura de los versos de Genji se vio interrumpida continuamente por ruidosos murmullos de aplausos.
Hasta los poetas profesionales quedaron profundamente impresionados, y bien puede imaginarse con qué orgullo el Emperador, para quien a veces Genji era motivo de consuelo y deleite, lo contemplaba en una ocasión como esta.
Fujitsubo, al permitirse mirar en su dirección, se maravillaba de que incluso Kōkiden pudiera encontrar en su corazón motivos para odiarlo.
«Es porque me quiere; no puede haber otra razón», decidió por fin, y el verso «Si fuera yo una simple mortal que ahora contempla la hermosura de esta flor, de sus dulces pétalos no retendría por mucho tiempo el rocío del amor», se formó en sus labios, aunque no se atrevió a pronunciarlo en voz alta.
Era ya muy tarde y el banquete había terminado. Los invitados se habían dispersado. La Emperatriz y el Heredero al Trono habían regresado a Palacio; todo estaba en calma.
La luna se había levantado muy brillante y despejada, y Genji, acalorado por el vino, no soportaba la idea de abandonar un escenario tan hermoso. La gente en Palacio probablemente yacía sumida en un profundo sueño. En una noche así no era imposible que alguna persona descuidada hubiera dejado alguna puerta sin trancar, alguna contraventana sin cerrojo.
Con cautela y sigilo, se arrastró hacia los aposentos de Fujitsubo y los inspeccionó. Todos los cerrojos estaban echados. Suspiró; allí, evidentemente, no había nada que hacer.
Pasaba por la galería del palacio de Kōkiden cuando advirtió que las contraventuras del tercer arco no estaban cerradas. Tras el banquete, la propia Kōkiden se había dirigido directamente a las habitaciones del Emperador. No parecía haber nadie por los alrededores. Una puerta que comunicaba la galería con el interior de la casa estaba abierta, pero no se oía ningún sonido dentro.
«Es precisamente en circunstancias como esta donde uno es propenso a verse arrastrado a situaciones comprometedoras», pensó Genji. No obstante, trepó silenciosamente a la balaustrada y ojeó el interior. Todo el mundo debía estar dormido. Pero no; una voz juvenil y muy agradable, con una entonación que ciertamente no era la de ninguna dama de compañía ni de una persona común, tarareaba suavemente los dos últimos versos de la Oborozuki-yo.115
¿No venía la voz hacia él? Así parecía, y al estirar la mano se encontró de repente aferrando la manga de una dama.
—Ay, qué susto me has dado —exclamó ella—. ¿Quién es?
—No temas —susurró él—. Que ninguno de los dos se conformara con perderse la belleza de esta noche que se marchaba es una prueba más clara que la luna medio nublada de que estábamos destinados a encontrarnos; y mientras recitaba estas palabras, la tomó suavemente de la mano y la condujo al interior de la casa, cerrando la puerta tras ellos.
Su aire de sorpresa y desconcierto lo fascinó.
—Hay alguien ahí —susurró ella con voz temblorosa, señalando hacia la habitación interior.
—Niña —respondió él—, se me permite ir a donde me plazca, y si llamas a tus amigas, lo único que te dirán es que tengo todo el derecho a estar aquí. Pero si te quedas tranquilamente conmigo...
Era Genji. Ella reconoció su voz y el descubrimiento la tranquilizó un tanto. Consideró que su conducta era más bien extraña, pero estaba decidida a no permitir que él la creyera mojigata o estirada. Y así, dado que él, por su parte, aún se encontraba algo alterado tras los acontecimientos de la velada, mientras que ella era demasiado joven y dócil para ofrecer una resistencia seria, no tardó en salirse con la suya con ella.
De repente vieron para su desconcierto que el alba se filtraba en el cielo. Ella parecía, pensó Genji, como si muchos pensamientos inquietantes se agolparan en su mente.
—Dime tu nombre —dijo—. ¿Cómo voy a escribirte si no lo haces? ¿Acaso este no va a ser nuestro único encuentro?
Ella respondió con un poema en el que decía que los nombres son solo de este mundo y que a él no le importaría saber el suyo si estaba decidido a que su amor durara hasta los mundos venideros. Fue una mera ocurrencia y Genji, divertido por su agudeza, respondió: «Tienes toda la razón. Fue un error por mi parte preguntar». Y recitó el poema: «Mientras aún busco en qué brizna habita el rocío, un gran viento sacude los pastos de la llanura».
—Si no te arrepintieras de este encuentro —continuó—, sin duda me dirías quién eres. No creo que quieras...
Pero aquí fue interrumpido por el ruido de gente que se movía en la habitación contigua. Había mucho alboroto y era evidente que pronto saldrían para traer de vuelta a la princesa Kōkiden de Palacio. Apenas hubo tiempo de intercambiar abanicos como muestra de su nueva amistad antes de que Genji se viera obligado a huir precipitadamente de la estancia.
En sus propios aposentos encontró a muchos de sus caballeros esperándolo. Algunos estaban despiertos, y estos se dieron codazos al verle entrar como queriendo decir «¿Jamás pondrá fin a estas deshonrosas excursiones?», pero la discreción les prohibía demostrar que lo habían visto y todos fingieron estar profundamente dormidos.
Genji también se acostó, pero no pudo descansar. Intentó recordar los rasgos de la dama con la que acababa de pasar un rato tan agradable. Sin duda debía de ser una de las hermanas de Kōkiden. Tal vez la quinta o la sexta hija, ambas aún solteras. Las más apuestas (o eso siempre había oído) eran la esposa del príncipe Sochi y la cuarta hija, aquella con la que Tō no Chūjō se llevaba tan mal. Sería realmente divertido que resultara ser la esposa de Chūjō. La sexta iba a casarse en breve con el Príncipe Heredero. ¡Qué fastidio si fuera ella!
Pero por el momento no se le ocurría ningún modo de asegurarse. Ella no se había comportado en absoluto como si no quisiera volver a verle. ¿Por qué entonces se había negado a darle la menor oportunidad de comunicarse con ella? De hecho, se preocupó tanto por el asunto y le dio vueltas en la cabeza con tan interminable persistencia que pronto se hizo evidente que se había enamorado perdidamente de ella.
Sin embargo, no bien acudió de nuevo a su mente el recuerdo de la seriedad y el talante recatado de Fujitsubo, comprendió cuán incomparablemente más significaba ella para él que esta dama despreocupada.
Aquel día el banquete posterior lo tuvo ocupado hasta altas horas de la noche. Por orden del Emperador tocó el koto de trece cuerdas y tuvo un éxito aún mayor que con su baile del día anterior. Al amanecer, Fujitsubo se retiró a las habitaciones del Emperador. Decepcionado en su esperanza de que la dama de la noche anterior hiciera acto de presencia en alguna parte o de algún modo, mandó llamar a Yoshikiyo y Koremitsu, con quienes compartía todos sus secretos, y les ordenó vigilar a la familia de la dama.
Cuando regresó al día siguiente de cumplir con sus obligaciones en el Palacio, le informaron que acababan de presenciar la partida de varios carruajes que habían estado aparcados bajo resguardo en el Patio de la Guardia.
«Entre un grupo de personas que parecían ser los sirvientes domésticos de aquellos para quienes esperaban los carruajes, dos caballeros se abrieron paso con gran prisa. A estos los reconocimos como Shii no Shōshō y Uchūben,116 de modo que hay pocas dudas de que los carruajes pertenecían a la princesa Kōkiden. Por lo demás, notamos que las damas no eran para nada desparecidas y que todo el grupo se marchó en tres carruajes».
El corazón de Genji latía con fuerza. Pero no estaba más cerca que antes de averiguar cuál de las hermanas había sido. Suponiendo que su padre, el Ministro de la Derecha, llegara a enterarse de algo de esto, ¡menudo escándalo se armaría! Eso significaría sin duda su ruina absoluta. Era una pena que, ya puestos, no se hubiera quedado con ella hasta que aclarara un poco más. ¡Pero así era! No conocía su rostro, pero aun así estaba decidido a reconocerla. ¿Cómo? Se quedó tumbado en su lecho ideando y rechazando interminables planes.
Murasaki también debía de estar impacientándose. Habían pasado días desde la última vez que la había visitado y recordaba con ternura lo abatida que se ponía cuando él no podía estar con ella. Pero en un instante sus pensamientos regresaron a la dama desconocida. Todavía tenía su abanico. Era un abanico plegable con varillas de madera de hinoki y borlas atadas con un nudo de empalme. Un lado estaba cubierto de hoja de plata sobre la cual se pintaba una luna tenue, dando la impresión de una luna reflejada en el agua. Era un motivo que había visto muchas veces antes, pero tenía asociaciones agradables para él, y continuando la metáfora de la «hierba en el páramo» que ella había usado en su poema, escribió en el abanico: «¿Se ha devanado jamás un mortal los sesos con una pregunta tal como la de preguntar adónde va la luna cuando abandona el cielo al alba?». Y guardó el abanico a buen recaudo.
Tenía en su conciencia el no haber ido en mucho tiempo al Gran Salón; pero temiendo que Murasaki también pudiera sentirse muy infeliz, primero se fue a casa para darle sus lecciones. Cada día ella mejoraba no solo en apariencia, sino también en la amabilidad de su carácter. La belleza de su disposición era en verdad de lo más común. La idea de que una naturaleza tan perfecta estuviera en sus manos, para formarla y cultivarla como mejor le pareciera, resultaba muy atractiva para Genji. Podría haberse objetado, sin embargo, que recibir toda su educación de un joven probablemente haga que una chica sea algo atrevida en sus modales.
Primero había mucho que contarle sobre lo que había sucedido en las fiestas de la Corte de los últimos días. Luego le siguió su clase de música, y ya era hora de irse.
«Oh, ¿por qué tendrá que irse siempre tan pronto?»
se preguntó con tristeza, pero a estas alturas ya estaba tan acostumbrada que ya no se angustiaba como lo había hecho hacía poco tiempo.
En el Gran Salón apenas pudo, como de costumbre, arrancarle una palabra a Aoi. En el momento en que se quedó de brazos cruzados, mil dudas y enigmas comenzaron a dar vueltas en su mente. Tomó su cítara y se puso a cantar:
En ese momento llegó el padre de Aoi y comenzó a comentar el insólito éxito de las recientes festividades.
«Por viejo que sea —dijo—, y puedo afirmar que he vivido para ver a cuatro soberanos ilustres ocupar el Trono, jamás he participado en un banquete que produjera versos tan inspirados ni una danza y una música interpretadas con tanta maestría. El talento de toda clase parece abundar en la actualidad; pero honra a quienes detentan la autoridad el haber sabido aprovecharlo bien. ¡Por mi parte, lo pasé tan bien que, de haber sido unos años más joven, sin duda me habría sumado al baile!».
«No se tomaron medidas especiales para descubrir a los músicos —respondió Genji—. Simplemente recurrimos a aquellos que eran reconocidos por el gobierno en una u otra región como intérpretes capaces. Si se me permite decirlo, fue la Danza del Sauce de Chūjō la que causó la impresión más profunda y es probable que siempre sea recordada como una actuación notable. Pero si usted, señor, nos hubiera honrado en verdad, un nuevo brillo se habría añadido al reinado de mi padre».
Los hermanos de Aoi llegaron entonces y, recostados contra la balaustrada, ofrecieron un pequeño concierto, con sus diversos instrumentos fundiéndose de manera encantadora.
Fugaz como había sido su encuentro, había bastado para sumir a la dama cuya identidad el príncipe Genji trataba ahora de establecer en las profundidades de la desesperación, pues en el cuarto mes iba a convertirse en la esposa del Heredero Aparente.
Un torbellino llenaba su mente. ¿Por qué no la había visitado Genji de nuevo? Sin duda debía de saber de quién era hija. Pero ¿cómo iba a saber cuál de las hijas? Además, la casa de su hermana Kōkiden no era un lugar donde, salvo en circunstancias muy extrañas, fuera a sentirse del todo a sus anchas.
Y así esperaba con gran impaciencia y angustia; pero de Genji no había noticias.
Hacia el vigésimo día del tercer mes, su padre, el Ministro de la Derecha, celebró una competición de tiro con arco a la que asistieron la mayoría de los jóvenes nobles y príncipes. A esta le siguió un banquete de glicinias. Los cerezos en flor ya habían pasado en su mayor parte, pero dos árboles, que el Ministro de algún modo parecía haber persuadido para florecer más tarde que todos los demás, seguía siendo un espectáculo encantador.
Había mandado reconstruir su casa hacía poco tiempo para celebrar la iniciación de sus nietas, las hijas de Kōkiden. Era ahora un edificio magnífico y no había en él nada que no fuera de la última moda. Había invitado a Genji cuando se lo encontró en Palacio pocos días antes y se mostró sumamente molesto cuando este no apareció. Sintiendo que la fiesta sería un fracaso si Genji no acudía, envió a su hijo Shii no Shōshō a buscarlo, con el poema: «Fuesen mis flores como las de otros jardines, jamás me habría atrevido a convocaros».
Genji se encontraba al servicio del Emperador y de inmediato le mostró el mensaje. «Parece muy satisfecho de sí mismo y de sus flores», dijo Su Majestad con una sonrisa; y añadió: «Ya que te ha mandado llamar de este modo, creo que harías bien en ir. Al fin y al cabo, tus hermanastras se están criando en su casa, y no debes tratarle exactamente como a un desconocido».
Fue a sus aposentos y se vistió. Era ya muy tarde cuando por fin hizo su aparición en la fiesta. Vestía una capa de fino tejido chino, blanca por fuera pero forrada de amarillo. Su túnica era de un profundo color vino tinto con una cola muy larga. La dignidad y la gracia con que llevaba este atuendo fantasiosamente regio117 en una compañía donde todos iban vestidos con sencillas túnicas oficiales eran verdaderamente notables, y al final su presencia tal vez contribuyó más al éxito de la fiesta que la fragancia de las flores de las que presumía el Ministro. A su entrada le siguió una música muy agradable.
Ya era bastante tarde cuando Genji, con el pretexto de que el vino le había dado dolor de cabeza, abandonó su asiento y se fue a dar un paseo. Sabía que sus dos hermanastras, las hijas de Kōkiden, se encontraban en los aposentos interiores del palacio. Fue hacia el pórtico oriental y descansó allí. Era en este lado de la casa donde crecían las glicinias. Las persianas de madera estaban levantadas y varias damas se asomaban por la ventana para disfrutar de las flores. Habían colgado túnicas y chales de colores vivos sobre el alféizar de la ventana tal como se hace en la época de los bailes de Año Nuevo y otros días de gala, y se comportaban con una libertad de encanto que contrastaba muy extrañamente con la sobria decorosidad de la casa de Fujitsubo.
«Me siento un tanto abrumado por todo el ruido y bullicio de la fiesta de las flores», explicó Genji. «Lamento mucho molestar a mis hermanas, pero no se me ocurre ningún otro lugar donde buscar refugio...» y avanzando hacia la puerta principal de los aposentos de las mujeres, apartó la cortina con el hombro.
«¡Refugio, desde luego!», exclamó una de las damas riéndose de él. «Ya deberías saber a estas alturas que solo los parientes pobres vienen a buscar refugio en los miembros más prósperos de su familia. ¿A qué vienes a molestarnos, te ruego?».
«¡Criaturas impertinentes!», pensó, pero a pesar de todo había algo en sus modales que le convencía de que eran personas de cierta importancia en la casa y no, como había supuesto al principio, simples Doncellas de compañía. Un aroma de costosos perfumes impregnaba la estancia; las faldas de seda crujían en la oscuridad. Había pocas dudas de que estas eran las hermanas de Kōkiden y sus amigas. Profundamente absortas, como en verdad lo estaba toda esta familia, en los bullicios de moda del momento, habían desafiado el decoro y se habían colocado en la ventana para poder ver lo poco que pudieran del banquete que se estaba desarrollando afuera.
Sin pensar que su plan pudiera tener éxito, aunque guiado por los deliciosos recuerdos de su encuentro anterior, avanzó hacia ellas tarareando en un tono descuidado y bajo la canción:
Pero en lugar de «cinturón» sustituyó la palabra por «abanico» y por este medio trató de descubrir cuál de las damas era su amiga. —¡Vaya, te has equivocado! ¡Jamás había oído hablar de ese coreano! —exclamó una de ellas. Ciertamente, no era ella. Pero había otra que, aunque permanecía en silencio, le pareció suspirar suavemente para sus adentros.
Se deslizó hacia la cortina de estado tras la cual ella estaba sentada y, tomando su mano entre las suyas a la ventura, le susurró el poema: «Si en este día de tiro mi flecha se desvió, fue porque en la penumbra del alba apenas titilaba la blanco a mi vista».
Y ella, incapaz ya de ocultar que lo conocía, respondió con el verso: «Si hubiese sido con las flechas del corazón con las que habías disparado, aunque del delgado arco de la luna no brotase claridad, ¿habrías fallado tu blanco?».
Sí, era su voz. Estaba encantado y, sin embargo...