EN la Corte de un Emperador (el cual vivió no importa cuándo) había entre las muchas damas de guardarropa y cámara una que, aunque no era de muy alto rango, gozaba de un favor muy por encima de todas las demás; de modo que las grandes damas de Palacio, cada una de las cuales había esperado en secreto ser la elegida, miraban con desprecio y odio a la advenediza que había disipado sus sueños.
Aún menos conformes estaban sus antiguas compañeras, las damas menores del guardarropa, al verla elevada tan por encima de ellas. Así pues, su posición en la Corte, por preponderante que fuera, la exponía a una constante envidia y mala voluntad; y pronto, consumida por pequeños pesares, cayó en una depresión, volviéndose muy melancólica y retirándose con frecuencia a su casa.
Pero el Emperador, lejos de cansarse de ella ahora que ya no estaba bien ni alegre, se mostraba cada día más tierno y no prestaba la menor atención a quienes lo reprendían, hasta que su conducta se convirtió en la comidilla de todo el país; y aun sus propios barones y cortesanos empezaron a mirar con desconfianza un apego tan imprudente. Susurraban entre ellos que en la Tierra del Más Allá tales sucesos habían conducido al motín y al desastre.
Los habitantes del país no tardaron en manifestar muchos motivos de queja: y algunos la comparaban con Yang Kuei-fei, la favorita de Ming Huang.1
Aun con todo este descontento, tan grande era el poder protector del amor de su señor que nadie se atrevía a hostigarla abiertamente.
Su padre, que había sido concejal, había muerto. Su madre, que nunca olvidaba que el padre había sido en su día un hombre de cierta importancia, se las arregló a pesar de todas las dificultades para darle una educación tan buena como suele corresponder por lo general a las señoritas cuyos padres están vivos y en la plenitud de la fortuna.
Las cosas habrían resultado mucho más fáciles si hubiera habido algún tutor influyente que se ocupara de los intereses de la niña. Por desgracia, la madre estaba completamente sola en el mundo y a veces, cuando venían los problemas, sentía con mucha amargura la falta de alguien a quien poder acudir en busca de consuelo y consejo.
Pero volviendo a la hija. A su debido tiempo ella le dio un pequeño príncipe que, tal vez porque en alguna vida anterior un estrecho lazo los había unido, resultó ser un varoncito tan hermoso y prometedor como pudiera haberlo en toda la tierra. El Emperador apenas cabía en sí durante los días de espera.2
Pero cuando, en el primer momento posible, el niño fue presentado en la Corte, vio que los rumores no habían exagerado su belleza.
Su primogénito era el hijo de la Dama Kōkiden, hija del Ministro de la Derecha, y este niño era tratado por todos con el respeto debido a un indudable Heredero al Trono. Pero no era un niño tan hermoso como el nuevo príncipe; además, el gran afecto del Emperador por la madre del recién llegado hacía que este sintiera al muchacho, en un sentido muy peculiar, como posesión suya.
Por desgracia, ella no era del mismo rango que los cortesanos que le servían en el Palacio Alto, de modo que, a pesar del amor que le profesaba, y aunque ella adoptaba todos los aires de una gran dama, no sin bastantes reticencias había convertido ahora en su costumbre tenerla a su lado no solo cuando había algún entretenimiento, sino incluso cuando se trataba de algún asunto de importancia.
A veces, en efecto, la retenía al despertar por la mañana, sin dejarla volver a sus habitaciones, de modo que, quiera o no, desempeñaba el papel de una Dama en Permanente Asistencia.
Al ver todo esto, la dama Kōkiden comenzó a temer que el nuevo príncipe, por quien el Emperador parecía sentir una marcada preferencia, fuera promovido al Palacio del Este antes de que ella pudiera impedirlo si no se cuidaba.3 Pero ella tenía, después de todo, prioridad sobre su rival; el Emperador la había amado devotamente y ella le había dado príncipes. Incluso ahora era principalmente el temor a sus reproches lo que lo hacía sentirse inquieto respecto a su nuevo modo de vida.
Así, aunque su favorita tenía la seguridad de su protección, hubo muchos que buscaron humillarla, y ella se sentía tan débil en su interior que al final le parecía que todos los honores colmados sobre ella le habían traído terror en lugar de alegría.
Se alojaba en el ala llamada Kiritsubo. Era natural que las muchas damas cuyas puertas tenía que cruzar en sus repetidos trayectos hacia la habitación del Emperador se hubieran exasperado; y a veces, cuando estas idas y venidas se hacían desmedidamente frecuentes, sucedía que en los puentes y pasillos, aquí o allá a lo largo del camino por el que debía transitar, le jugaban extrañas tretas para asustarla o dejaban tiradas cosas desagradables que arruinaban los vestidos de las damas que la acompañaban.4
Una vez, de hecho, alguien cerró con llave la puerta de un pórtico, de modo que la pobre anduvo errante de aquí para allá durante un buen rato con gran desconsuelo. Tantos eran los sufrimientos en los que esta situación la sumía a diario que el Emperador ya no pudo soportar presenciar sus vejaciones y la trasladó al Kōrōden.
Para hacerle espacio, se vio obligado a desviar a la Dama Principal del Guardarropa a unos aposentos fuera de allí. ¡Lejos de mejorar las cosas, no había conseguido sino una nueva y encarnizada enemiga!
El joven príncipe tenía ahora tres años. La Puesta de los Pantalones se llevó a cabo con tanta ceremonia como en el caso del Heredero al Trono. Maravillosos regalos fluyeron del Tesoro Imperial y de la Casa de Tributos.
Esto también atrajo la censura de muchos, pero no acarreó enemistad hacia el niño mismo; pues su creciente belleza y el encanto de su carácter eran una maravilla y un deleite para todos los que lo conocían. En verdad, muchas personas de vasta experiencia confesaron sentirse asombradas de que semejante criatura hubiera podido nacer en estos últimos y degenerados días.
En el verano de aquel año la dama se desanimó mucho. Pedía permiso una y otra vez para ir a su casa, pero no se le concedía.
Durante un año continuó en el mismo estado. A todas sus súplicas el Emperador respondió únicamente: «Espera un poco más».
Pero ella empeoraba cada día, y cuando llevaba cinco o seis días debilitándose sin cesar, su madre envió a Palacio una súplica llena de lágrimas para que la dejaran marchar.
Temiendo aun ahora que sus enemigos pudieran ingeniar algún oprobio inimaginable contra ella, la dama enferma dejó a su hijo atrás y se dispuso a abandonar el Palacio en secreto.
El Emperador supo que había llegado el momento en que, por mucho que le disgustara, tenía que dejarla marchar. Pero que ella se fuera sin una sola palabra de despedida era más de lo que podía soportar, y se apresuró a acudir a su lado.
La encontró todavía encantadora y hermosa, pero con el rostro muy delgado y demacrado. Ella lo miró con ternura, sin decir nada. ¿Estaba viva? Tan débil era la chispa menguante que apenas lo parecía.
Olvidando de repente todo lo que había sucedido y todo lo que estaba por venir, la llamó por cientos de nombres cariñosos y, llorando, le profusó mil caricias; pero ella no respondió. Pues los sonidos y las visiones le llegaban muy tenuemente, y parecía aturdida, como alguien que apenas recordaba que yacía sobre una cama.
Al verla así, no sabía qué hacer. Con gran desconcierto y perplejidad, mandó a buscar una litera de mano. Pero cuando iban a colocarla en ella, se lo prohibió, diciendo: «Hubo un juramento entre nosotros de que ninguno iría solo por el camino que todos al fin debemos transitar. ¿Cómo puedo dejarla marchar ahora de mi lado?».
La señora lo oyó y «¡Al fin!», dijo; «Aunque ese deseado al fin haya llegado, puesto que me voy sola, ¡qué con gusto viviría!».
Así, con voz débil y aliento desfalleciente, susurró. Pero aunque había hallado fuerzas para hablar, cada palabra fue pronunciada con gran esfuerzo y dolor.
Viniera lo que viniese, el Emperador la habría velado hasta el final, pero los sacerdotes que debían leer la Intercesión ya habían sido enviados a su casa. Debía ser trasladada allí antes del anochecer y, al fin, se forzó a sí mismo a dejar que los porteadores se la llevaran.
Intentó dormir, pero se sentía sofocado y no pudo cerrar los ojos. En toda la noche los mensajeros iban y venían entre la casa de ella y el Palacio.
Desde el principio no trajeron buenas noticias, y poco después de medianoche anunciaron que esta vez, al llegar a la casa, habían oído un ruido de llanto y lamento, y se enteraron por los de dentro que la dama acababa de dar su último suspiro. El Emperador yacía inmóvil, como si no hubiera entendido.
Aunque su padre era muy aficionado a su compañía, después de este suceso se consideró mejor que el Príncipe se fuera de Palacio.
No comprendía lo que había sucedido, pero al ver a los criados retorciéndose las manos y al propio Emperador llorando continuamente, sintió que debía de ser algo muy terrible.
Sabía que incluso las separaciones de lo más corrientes hacían desgraciada a la gente; pero aquí había un lamento y un llanto tan lúgubres como nunca antes había visto, y dedujo que aquello debía de ser una clase de despedida muy extraordinaria.
Cuando llegó la hora de comenzar el funeral, la madre de la niña exclamó que el humo de su propio cuerpo se vería ascender junto al humo de la pira de su hija. Fue en el mismo carruaje con las damas de la corte que habían acudido al funeral. La ceremonia tuvo lugar en Atago y se celebró con gran esplendor.
Tan abrumador era el afecto de la madre que, mientras contemplaba el cuerpo, aún pensaba en su hija como si estuviera viva. Fue solo cuando encendieron la pira que de repente comprendió que lo que yacía sobre ella era un cadáver. Entonces, aunque intentó hablar con sensatez, tambaleó y casi cae del carruaje, y quienes la acompañaban se miraron y dijeron: «Por fin lo sabe».
Un heraldo llegó del palacio y leyó una proclama por la cual se ascendía a la difunta dama al Tercer Rango.
La lectura de esta larga proclama junto al féretro resultó ser un asunto triste. El Emperador se arrepintió amargamente de no haberla nombrado hacía mucho tiempo Dama de Compañía, y por eso ahora elevaba su rango en un grado.
Hubo muchos que le escatimaron incluso este honor; pero algunos, menos obstinados, empezaron ahora a recordar que ella había sido en verdad una dama de una belleza inusual; y otros, que poseía modales muy gentiles y agradables; mientras que algunos llegaron tan lejos como para decir que era una pena que a alguien le hubiera disgustado una dama tan dulce, y que si no la hubieran distinguido injustamente de los demás, nadie habría dicho una sola palabra en su contra.
Las siete semanas de luto se observaron minuciosamente por orden del emperador. El tiempo pasó, pero él aún vivía en rigurosa reclusión de las damas de la corte. Los sirvientes que lo atendían llevaban una vida triste, pues él lloraba casi sin cesar tanto de día como de noche.
Kōkiden y las demás grandes damas seguían implacables, y andaban diciendo que «parecía que el Emperador iba a estar tan obcecado neciamente por su memoria como lo había estado por su persona». Él, en efecto, veía a veces al hijo de Kōkiden, el príncipe primogénito. Pero esto solo hacía que anhelara aún más ver al hijo de la difunta dama, y siempre enviaba a servidores de confianza, como su propia nodriza anciana, para que le informaran sobre los progresos del muchacho.
Había llegado el tiempo del equinoccio de otoño. El tacto del aire vespertino ya resultaba frío en la piel. Tantos recuerdos se agolparon en él que envió a una muchacha, la hija de su ballestero, con una carta a la casa de la difunta dama.
Era un hermoso tiempo de luna llena, y tras despachar a la mensajera, se detuvo un rato contemplando la noche. Era en momentos como este cuando solía pedir música. Recordaba cómo las palabras de ella, susurradas levemente, se habían mezclado con aquellas armonías de extraño diseño; recordaba cómo todo era extraño, su rostro, su aire, su forma. Pensaba en el poema que dice que «las cosas reales en la oscuridad no parecen más reales que los sueños» y ansiaba una sustancia tan tenue como la vida onírica de aquellas noches.
El mensajero había llegado a las puertas de la casa. Las empujó y una extraña visión salió a su encuentro.
La anciana llevaba mucho tiempo siendo viuda y toda la carga de mantener la finca en buen estado había recaído sobre su hija. Pero desde la muerte de esta, la madre, sumida en la vejez y la desesperación, no había hecho nada en el lugar, y por todas partes crecían las malas hierbas altas; y a toda esta desolación se sumaba la furia del vendaval otoñal.
Grandes matas de artemisa crecían tan densas que solo la luz de la luna podía penetrarlas.
El mensajero desmontó a la entrada de la casa.
Al principio, la madre no halló palabras con las que saludarlo, pero pronto dijo:
«¡Ay, he tardado demasiado en el mundo! No puedo soportar pensar que un mensajero tan distinguido como tú se haya aborrascado paso a través de los matorrales cubiertos de rocío que cierran el paso a mi casa»,
y rompió a llorar de forma incontrolable.
Entonces la hija del portador del carcaj dijo: «Una de las doncellas de palacio que vino aquí le dijo a Su Majestad que se le había desgarrado el corazón de piedad por lo que vio. Y yo, señora, estoy en el mismo caso».
Entonces, tras una pequeña vacilación, repitió el mensaje del Emperador:
«Durante un tiempo busqué en la oscuridad de mi mente, tanteando en busca de una salida a mi sueño; pero tras mucho meditar no encuentro la manera de despertar. No hay nadie aquí para aconsejarme. ¿No vendrás a mí en secreto? No está bien que el joven príncipe pase sus días en un lugar tan desolado y triste. ¡Que venga él también!»
Esto dijo y mucho más, pero de forma confusa y con muchos suspiros; y yo, viendo que el esfuerzo por ocultarme su dolor le estaba costando caro, me aleje apresuradamente de Palacio sin escuchar todo. Pero aquí hay una carta que él envió».
«Mi vista está nublada», dijo la madre.
«Déjame acercar Su carta a la luz».
La carta decía:
«Había pensado que al cabo de un tiempo habría algún desvanecimiento, un leve borramiento. Pero no. A medida que pasan los días y los meses, más insensata, más insoportable se vuelve mi vida. Pienso continuamente en el niño, preguntándome cómo le va. Había esperado que su madre y yo juntos vigiláramos su crianza. ¿No querrás ocupar su lugar en esto y traérmelo como un recuerdo del pasado?»
Tal fue la carta, y a ella se añadieron muchas instrucciones junto con un poema que decía «Al sonido del viento que cuaja el rocío frío en el brezal de Takagi, mi corazón vuela hacia los tiernos tallos de lila».
Del joven príncipe hablaba en símbolos; pero ella no leyó la carta hasta el final. Por fin dijo la madre: «Aunque sé que la larga vida solo significa amargura, he permanecido tanto tiempo en el mundo que incluso ante el Pino de Takasago ocultaría mi cabeza avergonzada. ¿Cómo iba entonces a encontrar el valor para ir de aquí para allá en el gran Palacio de las Cien Torres? Aunque el augusto mandato me llamara una y otra vez, yo misma no podría obedecer. Pero el joven príncipe (si acaso habrá oído el augusto deseo, no lo sé) está impaciente por regresar y, lo que no es de extrañar, se muestra muy abatido en este lugar. Dígale esto a su Majestad, y todo lo demás de mis pensamientos que aquí haya sabido por mí. Para un niño pequeño esta casa es en verdad un sitio triste...». «Dicen que el niño está dormido» —respondió la hija del ballestero—. «Me habría gustado verlo y decirle al Emperador qué aspecto tiene; pero se me espera en Palacio y debe de ser tarde».
Ella se apresuraba a marchar, pero la madre:
«Ya que incluso aquellos que deambulan en la oscuridad de sus propios pensamientos negros pueden obtener mediante la conversación un rayo momentáneo que guíe sus pasos, te ruego que a veces me visites por tu propia voluntad y cuando estés desocupada. ¡En años pasados era en momentos de alegría y triunfo cuando venías a esta casa, y ahora esta es la noticia que traes! ¡Necios son en verdad aquellos que confían en la fortuna! Desde el momento en que nació hasta la muerte de él, su padre, que sabía muy bien lo que quería, se empeñó en que ella debía ir a la Corte y me encargó una y otra vez que no defraudara sus deseos si él llegaba a morir. Y así, aunque pensé que la falta de un tutor la metería en muchas dificultades, estuve decidida a cumplir su deseo. En la Corte descubrió que los favores, demasiado grandes, habrían de ser suyos, y todo el tiempo tuvo que soportar en secreto las señales de una malicia inhumana; hasta que el odio amontonó sobre ella una carga de preocupaciones tan pesada que murió como si la hubieran asesinado. En verdad, el amor que en Su sabiduría Él se dignó mostrarle (o eso me parece a veces en la incomprensible oscuridad de mi corazón) fue más cruel que la indiferencia».
Así habló, hasta que las lágrimas le permitieron hablar más; y ya había llegado la noche.
«Todo esto —respondió la muchacha— lo ha dicho él mismo; y además:
“Que así, contra Mi voluntad y juicio, cediera indefenso a una pasión tan desbocada que hizo parpadear los ojos de los hombres, tal vez fue decretado por la misma razón de que nuestro tiempo estaba predestinado a ser tan corto; era la pasión salvaje y vehemente de aquellos que están señalados para una separación instantánea. Y aunque había jurado que nadie sufriría a causa de mi amor, al final ella cargó sobre sus hombros el pesado odio de muchos que creían que por su causa habían sido agraviados.”
—Así, una y otra vez, he oído al Emperador hablar entre lágrimas. Pero ahora la noche está muy avanzada y debo llevar mi mensaje a Palacio antes de que llegue el día.
Así ella, llorando también, habló mientras se apresuraba a marchar. Pero la luna poniente brillaba en un cielo sin nubes, y en las matas de hierba que temblaban con el viento frío, los grillos de campana tintineaban su llamado irresistible. Era difícil dejar estas matas de hierba, y la hija del portador del carcaj, reacia a alejarse a caballo, recitó el poema que dice: «Incesantes como las interminables voces del grillo de campana, toda la noche hasta el alba fluyen mis lágrimas».
La madre respondió: «Sobre los matorrales que bullen con innumerables voces de insectos cae el rocío de las lágrimas de un Habitante de las Nubes»; pues la gente de la Corte es llamada habitantes por encima de las nubes.
Luego le dio al mensajero una banda, un peine y otras cosas que la difunta dama había dejado bajo su custodia —obsequios del Emperador que ahora, ya sin uso, le enviaba de regreso como recuerdos del pasado—.
Las nodrizas que habían venido con el muchacho estaban deprimidas no tanto por la muerte de su ama como por verse repentinamente privadas de las vistas y sensaciones cotidianas del Palacio. Rogaron regresar de inmediato.
Pero la madre estaba decidida a no ir ella misma, sabiendo que daría una imagen demasiado desolada. Por otro lado, si se separaba del muchacho, sentiría una gran ansiedad por él todos los días. Por eso no fue inmediatamente con él ni lo envió al Palacio.
La hija del carcajero encontró al Emperador todavía despierto. Él, con el pretexto de visitar las macetas frente al Palacio que entonces estaban en plena floración, la esperaba al aire libre, mientras cuatro o cinco damas de confianza conversaban con él.
Por entonces solía examinar mañana y tarde un cuadro de El agravio eterno,5 el texto escrito por Teiji no In,6 con poemas de Ise7 y Tsurayuki,8 ambos en la lengua de Yamato y en la de los hombres de más allá del mar, y la historia de este poema era el tema recurrente de sus conversaciones.
Ahora se volvió hacia el mensajero y le pidió con impaciencia todas sus noticias. Y cuando esta le hubo dado un relato secreto y fiel del triste lugar de donde venía, le entregó la carta de la madre:
«Los graciosos mandatos de Su Majestad los leo con una reverencia más profunda de lo que puedo expresar, pero su sentido ha traído gran oscuridad y confusión a mi mente».
Todo esto, junto con un poema en el que comparaba a su nieto con una flor que ha perdido el árbol que la resguardaba de los grandes vientos, era tan desatinado y estaba tan mal escrito que solo podía tolerarse por venir de la mano de alguien cuya pena aún no había sanado.
Nuevamente el Emperador se esforzó por mantener la compostura en presencia de su mensajero. Pero al imaginarse el momento en que la dama muerta llegó por primera vez a su lado, mil recuerdos lo asaltaron con fuerza, y el recuerdo unido al recuerdo lo arrastró consigo, hasta que se estremeció al pensar cuán absolutamente imperceptibles, cuán ignoradas habían volado todas aquellas horas y días.
Por fin dijo: «Yo también he pensado mucho y con agrado en cómo podría cumplirse con mayor provecho el deseo que dejó tras de sí su padre, el Consejero; pero no hablemos más de eso. Si el joven Príncipe vive, aún podrá encontrarse la ocasión... Es por su larga vida por lo que debemos rezar».
Él miró los regalos que ella había traído de vuelta y «¡Ojalá, como el mago que eras, hubieras traído una horquilla de martín pescador como muestra de tu visita al lugar donde mora su espíritu!», exclamó, y recitó el poema:
Oh, si hubiera un maestro de la magia que fuera a buscarla y mediante un mensaje me enseñara dónde mora su espíritu.
Pues por muy diestro que fuera el pintor, el retrato de Kuei-fei no era más que la obra de un pincel y carecía de fragancia viva. Y aunque el poeta nos diga que la gracia de Kuei-fei era como la «del hibisco del Lago Real o los sauces del palacio de Wei-yang», la dama del cuadro era todo pintura y polvos y tenía un aire remilgado y achinado.
Pero cuando pensaba en la voz y la forma de la dama perdida, no hallaba en la hermosura de las flores ni en el canto de los pájaros ninguna comparación adecuada.
Continuamente se lamentaba de que el destino no les hubiera permitido cumplir el voto del que tanto hablaban por la mañana y por la tarde: el voto de que sus vidas fueran como las de los pájaros gemelos que comparten un ala, los árboles gemelos que comparten una rama.
El susurro del viento, el chirrido de un insecto bastaban para sumirlo en la más profunda melancolía; ¡y ahora Kōkiden, a quien desde hacía mucho tiempo no se le permitía la entrada a sus habitaciones, tenía que sentarse a la luz de la luna a tocar música hasta bien entrada la noche!
Esto evidentemente lo afligía en extremo, y aquellas damas y cortesanos que estaban con él se sentían igualmente consternados y afligidos en su nombre. Pero la dama ofensora era una mujer muy pagada de su dignidad y estaba decidida a comportarse como si nada de importancia hubiera sucedido en el Palacio.
Y ahora la luna se había puesto. El Emperador pensó en la madre de la muchacha en la casa entre los matorrales y se preguntó, componiendo un poema con ese pensamiento, con qué sentimientos habría observado el hundimiento de la luna de otoño:
«pues aun nosotros, los Hombres por encima de las Nubes, llorábamos al verla hundirse».
Alzó las antorchas bien alto en sus soporte y siguió desvelado. Pero al fin oyó voces que venían desde la Casa de Guardia de la Derecha y supo que la hora del Buey9 había dado. Entonces, temiendo ser visto, se retiró a sus aposentos.
Comprobó que no podía dormir y se levantó antes del alba. Mas, como si recordara las palabras «no sabía que la aurora estaba en su ventana» del poema de Ise,10 prestó escasa atención a los asuntos de su Audiencia Matutina, apenas probó su arroz seco y parecía apenas advertir los manjares de la gran Mesa, de modo que los cortadores y servidores gemían al ver el apuro de su Señor; y todos sus criados, tanto hombres como mujeres, no cesaban de susurrarse los unos a los otros: «¡En qué ocupación tan insensata se ha convertido la nuestra!», y suponían que estaba cumpliendo algún voto extravagante.
A pesar de los murmullos de sus súbditos, él permitía continuamente que su mente se desvía de los asuntos de estos hacia los suyos propios, de modo que el escándalo de su negligencia era ahora tan peligroso para el Estado como lo había sido antes, y de nuevo comenzaron a oírse referencias susurradas sobre cierto emperador de otra tierra.
Así pasaron los meses y los días, y al fin el joven príncipe llegó a la Corte. Había crecido hasta convertirse en un niño de una belleza sin rival y el emperador estaba encantado con él.
En primavera se proclamaría a un heredero del trono y el emperador se sentía gravísimamente tentado de pasar por alto al príncipe primogénito en favor del niño pequeño. Pero no había nadie en la Corte que apoyara semejante elección y era improbable que el pueblo la tolerara; en verdad, aquello traería peligro más que gloria para el niño.
Así que ocultó cuidadosamente al mundo que tuviera semejante designio, y ganó gran crédito, diciendo los hombres: «Aunque está loco por el muchacho, hay al menos cierto límite a su insensatez». Y hasta las grandes damas de Palacio se quedaron un poco más tranquilas.
La abuela quedó inconsolable e, impaciente por emprender la búsqueda del lugar donde moraba el espíritu de la difunta dama, no tardó en expirar.
De nuevo el Emperador se sumió en un gran desconsuelo; y esta vez el muchacho, que ya tenía seis años, comprendió lo sucedido y lloró amargamente. Y a menudo hablaba con tristeza de lo que había visto cuando lo llevaron a visitar a la pobre difunta que durante tantos años había sido tan buena con él.
En adelante vivió siempre en Palacio. Al cumplir los siete años comenzó a aprender las letras, y su presteza era tan insólita que su padre estaba maravillado. Pensando que ahora nadie tendría el corazón de ser cruel con el niño, el Emperador comenzó a llevarlo a los aposentos de Kōkiden y las demás, diciéndoles: «Ahora que su madre ha muerto, sé que ustedes serán buenas con él».
Así, el muchacho comenzó a traspasar la Cortina Real. El soldado más rudo, el enemigo más acérrimo no habrían podido contemplar a semejante niño sin esbozar una sonrisa, y Kōkiden no lo despidió. Tenía dos hijas que, a decir verdad, no eran tan refinadas como el pequeño príncipe. También jugaba con las Damas de la Corte, quienes, dado que ahora era muy apuesto y recatado en sus modales, hallaban una diversión infinita —como de hecho la hallaban todos los demás— en participar en sus juegos.
En cuanto a sus estudios serios, pronto aprendió a hacer que los sonidos de la cítara y la flauta volaran alegremente hacia las nubes. Pero si tuviera que hablarles de todas sus virtudes, pensarían que pronto se convertirá en un petimetre.
En este tiempo llegaron unos coreanos a la Corte y entre ellos un adivino. Al enterarse de esto, el Emperador no mandó que vinieran al Palacio debido a la ley contra la admisión de extranjeros que había dictado el Emperador Uda.11
Pero en estricto secreto envió al Príncipe al barrio de los Extranjeros. Fue bajo la escolta del Secretario de la Derecha, quien debía presentarlo como su propio hijo.
El adivino quedó asombrado por los rasgos del muchacho y expresó su sorpresa asintiendo continuamente con la cabeza:
«Tiene las marcas de alguien que podría llegar a ser Padre del Estado, y si este fuera su destino, no se detendría en ningún grado menor que el de Poderoso Rey y Emperador de toda la tierra. Pero cuando miro de nuevo, veo que la confusión y el dolor acompañarían su reinado. Pero si llegara a ser un gran Oficial del Estado y Consejero del Reino, no veo un final feliz, pues estaría desafiando esos signos reales de los que hablé antes».
El Secretario era un erudito sumamente talentoso, sabio y culto, y ahora comenzó a mantener una conversación interesante con el adivino.
Intercambiaron ensayos y poemas, y el adivino pronunció un breve discurso, diciendo: «Ha sido un gran placer para mí en la víspera de mi partida encontrarme con un hombre de capacidades tan inusuales; y aunque lamento mi partida, ahora me llevaré las impresiones más agradables de mi visita».
El principito le obsequió un verso de poesía muy hermoso, ante el cual este expresó una admiración sin límites y le ofreció al muchacho una serie de hermosos regalos. A cambio, el Emperador le envió una gran recompensa de la Tesorería Imperial.
Todo esto se mantuvo en estricto secreto. Pero de una u otra manera, el abuelo del Príncipe Heredero, el Ministro de la Derecha y otros miembros de su facción se enteraron y se volvieron muy suspicaces.
El Emperador mandó entonces llamar a adivinos nativos y los puso a prueba, explicándoles que, debido a ciertos signos que él mismo había observado, hasta entonces se habíA abstenido de nombrar príncipe al muchacho.
A una sola voz convinieron en que había actuado con gran prudencia y el Emperador determinó no arrojar al niño al mundo como un príncipe sin estatus real ni influencia por parte de la madre.
Pues pensó: «Mi propio poder es muy inseguro. Haré mejor en ponerlo a vigilar de mi parte a los grandes Oficiales de Estado».
Pensando que así había resuelto de forma favorable el futuro del niño, se puso seriamente a trabajar en su educación y se ocupó de que fuera perfeccionado en todas las ramas del arte y del saber.
Mostró tanta aptitud en todos sus estudios que parecía una lástima que siguiera siendo un plebeyo y, como se había decidido que suscitaría sospechas si se le hacía príncipe, el Emperador consultó con ciertos doctores sabios en la ciencia de los planetas y las fases de la luna.
Y ellos a una sola voz recomendaron que fuera hecho Miembro del Clan Minamoto (o Gen). Así pues, esto se hizo.
A medida que pasaban los años el Emperador no olvidaba a su malograda dama; y aunque muchas mujeres fueron llevadas al Palacio con la esperanza de que él pudiera complacerse en ellas, las rechazaba a todas, creyendo que no había en el mundo ninguna como aquella a quien había perdido.
Había por entonces una dama cuya belleza gozaba de gran fama. Era la cuarta hija del anterior Emperador, y se decía que su madre, la Emperatriz Viuda, la había criado con un esmero sin igual.
Cierta Dama de la Corte, que había servido al antiguo Emperador, conocía íntimamente a la joven Princesa, pues la había tratado desde la infancia y aún tenía ocasión de observarla desde fuera.
«He servido en tres cortes —dijo la Dama— y en todo ese tiempo no he visto a ninguna que pueda compararse con la difunta dama, salvo la hija de la Emperatriz Madre. Ella es, en verdad, una dama de rara belleza.»
Así le habló al Emperador, y él, preguntándose mucho qué verdad había en ello, escuchó con gran atención. La Emperatriz Madre se enteró de esto con gran alarma, pues recordaba con cuánta abierta crueldad la siniestra Dama Kōkiden había tratado a su anterior rival, y aunque no se atrevía a hablar abiertamente de sus temores, se las ingeniaba para retrasar la presentación de la muchacha, cuando de repente murió.
El Emperador, al enterarse de que la desconsolada Princesa se encontraba en una situación muy desolada, le mandó recado para decirle cariñosamente que de ahí en adelante la consideraría como si fuera una de las damas princesas, sus hijas. Sus sirvientes, sus guardianes y su hermano, el príncipe Hyōbukyō, pensaron que la vida en el Palacio podría distraerla y al menos sería mejor que la sombría desolación de su hogar, y así la enviaron a la Corte.
Vivía en unos aposentos llamados Fujitsubo (Cuba de Glicinias) y era conocida por este nombre. El Emperador no podía negar que guardaba un asombroso parecido con su amada. No obstante, ella era de rango mucho más elevado, por lo que todos se desvivían por complacerla y, pasara lo que pasara, estaban dispuestos a concederle la máxima libertad; mientras que la difunta dama se había visto en peligro por el favor del Emperador únicamente debido a que la Corte no estaba dispuesta a aceptarla.
Su viejo amor no se apagaba ahora, y aunque a veces encontraba consuelo y distracción al desviar sus pensamientos de la dama que había muerto a la dama que se le parecía tanto, la vida seguía siendo para él un asunto triste.
Genji (‘he of the Minamoto clan’), as he was now called, was constantly at the Emperor’s side. He was soon quite at his ease with the common run of Ladies in Waiting and Ladies of the Wardrobe, so it was not likely he would be shy with one who was daily summoned to the Emperor’s apartments. It was but natural that all these ladies should vie eagerly with one another for the first place in Genji’s affections, and there were many whom in various ways he admired very much.
But most of them behaved in too grown-up a fashion; only one, the new princess, was pretty and quite young as well, and though she tried to hide from him, it was inevitable that they should often meet. He could not remember his mother, but the Dame of the Household had told him how very like to her the girl was, and this interested his childish fancy, and he would like to have been her great friend and lived with her always.
One day the Emperor said to her ‘Do not be unkind to him. He is interested because he has heard that you are so like his mother. Do not think him impertinent, but behave nicely to him. You are indeed so like him in look and features that you might well be his mother.’
Y así, por joven que era, la belleza fugaz se apoderó de sus pensamientos; sintió su primera predilección clara.
Kōkiden jamás había querido demasiado a esta dama, y ahora su antigua enemistad hacia Genji reverdecía; se consideraba que sus propios hijos poseían una belleza de lo más poco común, mas en esto no podían compararse con Genji, que era un muchacho tan hermoso que la gente lo llamaba Hikaru Genji, o Genji el Luminoso; y la princesa Fujitsubo, que también tenía muchos admiradores, era llamada la princesa Sol Radiante.
Aunque parecía una pena vestir a un niño tan encantador con ropas de hombre, ya tenía doce años y había llegado el momento de su Iniciación.
El Emperador dirigió los preparativos con celo incansable e insistió en una magnificencia superior a la prescrita. La Iniciación del Heredero Aparente, que el año pasado se había celebrado en la Sala Meridional, no fue ni un ápice más espléndida en sus preparativos.
La organización de los banquetes que se darían en diversos distritos, así como la labor del Tesorero y del Intendente de Cereales, las supervisó en persona, temiendo que los funcionarios fueran negligentes; y al final todo fue perfección.
La ceremonia tuvo lugar en el ala oriental de los aposentos del propio Emperador, y el Trono se colocó orientado hacia el este, con los asientos del futuro Iniciado y de su Padrino (el Ministro de la Izquierda) enfrente.
Genji arrived at the hour of the Monkey.12 He looked very handsome with his long childish locks, and the Sponsor, whose duty it had just been to bind them with the purple filet, was sorry to think that all this would soon be changed and even the Clerk of the Treasury seemed loath to sever those lovely tresses with the ritual knife. The Emperor, as he watched, remembered for a moment what pride the mother would have taken in the ceremony, but soon drove the weak thought from his mind.
Debidamente coronado, Genji se retiró a sus habitaciones y, tras ponerse ropas de hombre, bajó al patio e interpretó la Danza de Homenaje con tanta gracia que a todos se les anegaron los ojos en lágrimas. Y ahora el Emperador, cuya pena se había aliviado algo últimamente, volvió a verse abrumado por los recuerdos del pasado.
Se había temido que sus delicados rasgos lucieran con menos ventaja cuando se hubiera quitado la ropa de niño; pero, por el contrario, parecía más apuesto que nunca.
Su patrocinador, el Ministro de la Izquierda, tenía una única hija cuya belleza había llamado la atención del Heredero al Trono. Pero ahora el padre empezó a pensar que no alentaría ese enlace, sino que se la ofrecería a Genji.
Tanteó al Emperador sobre este asunto y descubrió que estaría encantado de proporcionarle al muchacho la ventaja de una alianza tan poderosa.
Cuando los cortesanos se reunieron para beber la Copa del Amor, Genji vino y ocupó su lugar entre los demás príncipes. El Ministro de la Izquierda se acercó y le susurró algo al oído; pero el muchacho se sonrojó y no pudo pensar en ninguna respuesta. Un chambelán se acercó entonces al Ministro y le llevó una citación para presentarse ante Su Majestad inmediatamente.
Cuando llegó ante el Trono, una Dama del Guardarropa le entregó la Gran Vestimenta Interior Blanca y la Falda de Doncella,13 que le correspondían por ritual como Padrino del Príncipe.
Luego, cuando le hubo hecho beber de la Copa Real, el Emperador recitó un poema en el que suplicaba que la atadura de la diadema púrpura simbolizara la unión de sus dos casas; y el Ministro le respondió que nada disolvería esta unión salvo la decoloración de la banda púrpura.
Luego descendió las largas escaleras y desde el patio hizo la Gran Reverencia.14
Aquí también se exhibieron los caballos de las Caballerizas Reales y los halcones de la Cetrería Real, que se había decretado como obsequios para Genji. Al pie de las escaleras, los Príncipes y Cortesanos estaban alineados para recibir sus mercedes, y regalos de toda clase llovieron sobre ellos.
Ese día, las cestas de provisiones y de frutas fueron distribuidas conforme a las instrucciones del Emperador por el docto Secretario de la Derecha, y las cajas de pasteles y los regalos se amontonaban de tal manera que apenas se podía dar un paso. Tal profusión no se había visto ni siquiera en la Ceremonia de Iniciación del Heredero al Trono.
Aquella noche Genji fue a la casa del Ministro, donde su compromiso se celebró con gran esplendor. Se pensaba que el pequeño Príncipe parecía algo aniñado y delicado, pero su belleza asombró a todos. Tan solo la novia, que le llevaba cuatro años, lo consideraba un mero bebé y se avergonzaba un poco de él.
El Emperador seguía exigiendo la presencia de Genji en Palacio, de modo que este no se instaló en una casa propia. En lo más hondo de su corazón, no dejaba de pensar en cuánto mejor era ella15 que cualquier otra, y solo deseaba estar con personas que se le parecieran; mas, ¡ay!, nadie se le parecía en lo más mínimo.
Todo el mundo parecía armar un gran revuelo por la princesa Aoi, su prometida, pero él no le hallaba gracia alguna. La muchacha que ahora estaba en Palacio ocupaba por completo sus infantiles pensamientos y esta obsesión se convirtió en un tormento para él.
Ahora que era un «hombre», ya no podía frecuentar los aposentos de las mujeres como solía hacerlo. Pero a veces, cuando había alguna celebración en marcha, encontraba consuelo al escuchar su voz fundiéndose vagamente con el sonido de la cítara o de la flauta, y sentía que su existencia adulta era insoportable.
Tras una ausencia de cinco o seis días, a veces pasaba dos o tres en casa de su prometida. Su suegro, atribuyendo este descuido a su extrema juventud, no se mostraba en absoluto perturbado y siempre lo recibía calurosamente.
Siempre que venía, se convocaba a los jóvenes más interesantes y agradables de la época para que lo conocieran, y se tomaban infinitas molestias en organizar juegos para entretenerlo.
El Shigeisa, una de las habitaciones que habían pertenecido a su madre, le fue asignada como sus aposentos oficiales en el Palacio, y los sirvientes que la habían atendido fueron reunidos de nuevo para formar su séquito.
La casa de su abuela se estaba desmoronando. Se ordenó a la Oficina Imperial de Obras que la reparara.
La disposición de los árboles y la configuración de las colinas circundantes siempre habían hecho que el lugar fuera encantador. Ahora se amplió la cubeta del lago y se llevaron a cabo muchas otras mejoras.
«Si tan solo fuera a vivir aquí con alguien que me gustara», pensó Genji con tristeza.
Algunos dicen que el nombre de Hikaru el Resplandeciente le fue dado en señal de admiración por el adivino coreano.16