conducta; ¿pero cómo debo comportarme con este fin?
No debo hablar. Ni los ojos, ni los labios, deben transmitir la información.
No debe tener la seguridad de que mi corazón es suyo, antes del ofrecimiento del suyo propio; pero debe estar convencido de que no se le ha entregado a otro; se le debe proporcionar espacio sobre el cual edificar una duda en cuanto al verdadero estado de mis afectos; se le debe impulsar a declararse.
La línea de la delicada decencia; ¡qué difícil es no quedarse corto, y no sobrepasarla!
Esta tarde nos reuniremos en el templo. No nos separaremos hasta tarde. A él le corresponderá acompañarme a casa.
La extensión etérea no tiene una sola mancha. Esta brisa suele ser constante, y puede confiarse en su promesa de una tarde apacible y sin nubes. La luna saldrá a las once, y a esa hora, serpentearemos a lo largo de esta orilla.
Posiblemente esa hora decida mi destino. Si se me brinda el aliento adecuado, Pleyel me revelará su alma; y yo, antes de llegar a este umbral, seré hecha la más feliz de los seres.
¿Y es este bien mío? Añade alas a tu velocidad, dulce tarde; y tú, luna, te ordeno que ocultes tus rayos en el momento en que mi Pleyel susurre amor. No querría por nada del mundo que los rubores ardientes y los arrebatos crecientes de ese instante fuesen visibles.
¿Pero qué estímulo hace falta? Debo ser respetuosa con los límites insuperables. Sin embargo, cuando las almas están imbuidas de una genuina simpatía, ¿no son las palabras y las miradas superfluas? ¿No bastan el movimiento y el tacto para transmitir sentimientos como los